El longevo Sinuhé está cansado de los dioses y de los faraones, de lo que hacen y lo que no hacen (Libro I: capítulo I). Parece que estemos condenados a que esto se repita en casi todas las épocas: acabar hartos de quienes nos gobiernan y comprobar que, los que pretenden suplirlos en sus funciones, también nos hastían.
La novela del escritor finlandés Mika Waltari (1908-1979) ejemplifica el sometimiento del individuo, hacia uno mismo, y merced a un ejecutivo sin cortapisas; esto es, sin una efectiva separación de poderes, pues el faraón, y aquellos que desean hacer acopio de la autoridad, lo abarcan todo sin ofrecer gran cosa a cambio. No en vano, un estado sin las debidas delimitaciones es siempre una amenaza, pese a que sus integrantes traten de aliviar las dificultades engrandeciéndolo aún más, y mostrándolo como un ente imprescindible bajo las coartadas más variopintas y bien trovadas (aunque, últimamente, ni siquiera esto último).
Un peligro que se extrapola a toda élite que detenta el poder sobre los demás; como peligrosos e imprevisibles son los intermediarios entre la divinidad -o divinidades- y el resto de los mortales.
Esta sumisión, voluntaria o involuntaria, presenta una doble aunque complementaria faceta. En primer lugar, la de las masas que, en su creencia de que todo les será dado, pensado y organizado, se dejan conducir; y en segundo, la que se fundamenta en los errores cometidos por la propia persona -se asuman o no-, dentro del devenir histórico. Es por ello que Sinuhé, el egipcio (Sinuhe Egyptilainen, 1945; Orbis, 1983; DeBolsillo, 2005; Plaza&Janés, 2016) es una novela de continua actualidad, en la que se aseguran cosas como que los hombres rehúyen la verdad, incluso aunque a veces la busquen (Libro I: III).
Claro que todas estas observaciones, o dolorosas revelaciones, las padece el protagonista a lo largo de toda una vida, y las contempla cuando ya han transcurrido los hechos más trascendentales que le tocaba vivir, hallándose ahora en la transitada senda de la decepción humana (otras veces, su andadura es más temprana). Aparte de que, como ya he señalado, en estas consideraciones cuentan también los errores de bulto, al albur de las circunstancias particulares o del colectivo. Precisamente, Sinuhé habla de la fiebre de Tebas, ciudad en la que acontece parte de la trama, para referirse a esa subordinación al conjunto; maximizada por la circunstancia de que, sin la intercesión de los sacerdotes, no podía conseguirse nada (I: V).
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| Mika Waltari |
Su desesperanza es vital y, sin embargo, le queda la suficiente presencia de ánimo como para abordar la tarea de plasmar sus recuerdos, de una forma tan honesta como poética, porque esto último es lo que queda del ser humano de su paso por la tierra, su capacidad para contemplar el mundo por medio de las manifestaciones artísticas. Dan comienzo estos recuerdos en la época de la niñez y la juventud, recordando Sinuhé cómo los cuentos me divertían el espíritu (I: III). El joven egipcio, que ha sido adoptado por un médico y su esposa, se forma en dicho hogar y en la Casa de la Vida, sita el interior del gran Templo de Amón. Allí es instruido en el sacerdocio y la medicina, pues ambas vertientes se contemplan simultáneamente (Libro II).
Pero al contrario de lo que sucede hoy en día, donde se vilipendian a los fallecidos y se criminaliza a las víctimas, Sinuhé señala que nada hay tan sagrado como la muerte (II: III). No en vano, por encima de su natural inclinación trascendente, su encontronazo religioso es con los hombres más que con la divinidad; es decir, con los gestores de lo sacro, o con todo aquello que el ser humano diviniza y convierte en sacro (aunque haya quienes crean que mensajero y mensaje son la misma cosa); en el caso que nos ocupa, las Iglesias de Amón y de Atón. Es por ello que a Sinuhé le sobran los dioses interpuestos y toda la parafernalia retórica. Desea creer, pero, en un principio, no le dejan, y duro es saber que los dioses consienten impasibles todas las calamidades, sin interferir por medio de su proclamada justicia.
Pero al contrario de lo que sucede hoy en día, donde se vilipendian a los fallecidos y se criminaliza a las víctimas, Sinuhé señala que nada hay tan sagrado como la muerte (II: III). No en vano, por encima de su natural inclinación trascendente, su encontronazo religioso es con los hombres más que con la divinidad; es decir, con los gestores de lo sacro, o con todo aquello que el ser humano diviniza y convierte en sacro (aunque haya quienes crean que mensajero y mensaje son la misma cosa); en el caso que nos ocupa, las Iglesias de Amón y de Atón. Es por ello que a Sinuhé le sobran los dioses interpuestos y toda la parafernalia retórica. Desea creer, pero, en un principio, no le dejan, y duro es saber que los dioses consienten impasibles todas las calamidades, sin interferir por medio de su proclamada justicia.

