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El jinete eléctrico, de Sydney Pollack

28 septiembre, 2014

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Sonny Steele (Robert Redford) es un vaquero experimentado en una fase de madurez, en el sentido de repensar, más que su pasado, su futuro. Lo que hasta ahora ha sido su vida se narra espléndidamente en los créditos iniciales, que cuentan el ascenso y declive de eso que llamamos un “ídolo de multitudes”. Diez años de una vida consagrada al mundo de los espectáculos de rodeo, y cinco veces campeón mundial.

Es el arranque de El jinete eléctrico (The electric horseman, Universal, 1979), dirigida por Sydney Pollack (1934-2008), y según se nos informa en los créditos finales, en base a un relato corto (story) de Shelly Burton. El motivo de las reflexiones y determinaciones de Sonny serán su conversión en una “estrella”, pertrechada con colores chillones y que puede ser sustituida por un doble porque “no se nota la diferencia”, junto a los tejemanejes de Industrias AMPCO, una compañía liderada por Hunt Sears (John Saxon), que pretende fusionarse con un importante banco. Más concretamente, por el trato dispensado al símbolo de dicha fusión, un caballo purasangre llamado Estrella Naciente (Rising Star), valorado en doce millones de dólares.

Incluso el vaquero tratará en determinado momento de responderse a la surrealista cuestión de “¿qué hace ese caballo en un parking?”. En definitiva, Steele es prescindible en un mundo que no es el suyo, porque el suyo ya está desapareciendo. Pero la imprevisible reacción del público será quien de verdad acabe determinando todo el incidente, haciendo que la empresa repiense el asunto; con miras siempre a lograr beneficios, desde luego, pero a lo mejor no son necesarios ciertos excesos para vender(se).


Pese a su honestidad, Steele no es un hombre perfecto, somos testigos de sus fallas: sus borracheras, incumplimiento de contrato y sus relaciones con las mujeres (la última, su ex esposa Charlotta -Valerie Perrine-, ya no sabe cómo hacer efectivo el divorcio). Aún así, prevalece el carácter más “solar” e íntegro del personaje.

A Sonny Steele se añaden las mañas de la periodista Alice ‘Hallie’ Martin (Jane Fonda). La imagen que de él dan las noticias en un principio, hace que el jinete y custodio de Estrella Ascendente cambie de opinión con respecto a conceder una entrevista. Comprobará que aún queda dignidad en algunos profesionales. De este modo, lo que comienza siendo un reportaje se convierte en “algo más”. Cuando Alice establece ciertos vínculos con Steele durante su estancia en las “Cataratas Cisco”, él le recordará que “aquí es donde yo vivo”.

Y es que ella se encuentra ahora dentro de su mundo, del mismo modo que él ha estado sobreviviendo en el de ella. Él se muestra tal cual es, junto a sus motivaciones, y finalmente, ella le lee sus anotaciones, lo más privado que posee.


A este entramado añade Sydney Pollack una estupenda secuencia de acción: la persecución “atemporal” entre el animal y la máquina (los coches). Sin olvidar el sentido del humor, por ejemplo cuando Hallie vaga por pleno desierto con sus botas de ciudad y “cargando con todo el equipo”.

Otro buen momento lo encontramos en el discurso improvisado que la periodista capta al vaquero con su cámara, cuando este no se sabe filmado. Un discurso que resulta más convincente que el que ha sido “planeado”.

En las historias de Pollack suele darse un romance y una separación. Los dos mundos retratados no pueden mezclarse, por tanto, no pueden permanecer juntos; solo se entrecruzan. De ese modo, no existe una respuesta directa a la pregunta “¿qué vas a hacer mañana?”, cuando Sonny y Alice se despiden en una cafetería cualquiera, frente a una estación de autobús.

El jinete eléctrico sigue siendo una película muy recomendable, con el aliciente de la fotografía de Owen Roizman (1936), la música de Dave Grusin (1934) y las canciones - además de su participación como Wendell, un amigo de Sonny Steele-, de Willie Nelson (1933).

Escrito por Javier C. Aguilera


El cardenal, de Otto Preminger

16 abril, 2014

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La vida de El cardenal (The cardinal, Columbia Pictures, 1963), es la de un hombre al que le ha tocado observar el paso del optimismo desbocado que se instala tras la Primera Guerra Mundial, a la desolación de los tiempos previos a la Segunda. 

Una desolación que, no obstante, no está exenta de otro tipo de optimismo, menos vital que ideológico, que por fortuna y pese a la exagerada leyenda negra con que se le ha recubierto, tiene fecha de caducidad. Nos referimos, claro está, a la aquiescencia de una parte de la iglesia con el totalitarismo, o con la segregación racial, otro aspecto no exento de cierta connivencia.

Y es que, pese a lo que pudiera pensarse, el argumento de El cardenal no se centra tanto en los entresijos eclesiásticos como en ese discurrir de todo un periodo histórico, bastante confuso de por sí, aunque naturalmente, los interiores vaticanos tengan su relevancia, principalmente a la hora de abordar el choque entre renovadores y conservadores.

Estamos en 1963, otra época de cambios, reflejados ya más tangencialmente en la espléndida película de Otto Preminger (1905-1986), escrita por Robert Dozier (1930-2012), en base a la novela de Henry Morton Robinson (1898-1961), con fotografía de Leon Shamroy (1901-1974) y música de Jerome Moross (1913-1983).

Ésta vida está narrada en amplios flashbacks, que Preminger establece por medio de encadenados: el tiempo queda así inexorablemente ligado a esas vivencias, personales pero ecuménicas. Y también dolorosas, es éste un caminar de la mano de la inherente crueldad que proporciona el paso del tiempo. Ya durante los títulos de crédito, al maduro caminante le acompaña la soledad (más física que espiritual), además de la épica aunque nostálgica música de Moross. Nuestro personaje camina por calles y sube escalinatas, en una sencilla pero bonita metáfora de ese devenir, por el que los hombres pasan mientras los peldaños permanecen. El trayecto es tanto físico como vital, puede decirse que el ahora cardenal está literalmente pisando la historia, ¡como no puede ser de otro modo en Roma! No se me ocurre forma más gráfica y hermosa de comenzar el relato.

Otro elemento resulta destacable. A lo largo de la película, Preminger da relevancia a la profundidad de campo, presentando nítidamente figuras dentro del paisaje, al fondo. Sucede en un claustro, o durante la algarabía de unos estudiantes con las juventudes hitlerianas, en Viena. Hasta el humor tiene un claro fundamento, como ocurre con el comensal que se arrima a Steve durante un baile vienés, o con las voces de Hitler, a puerta cerrada (y tumba abierta).


Steve (Stefano para los italianos) Fermoyle (Tom Tryon) es un hombre que, en definición de su amigo y colega, el obispo Quarenghi (Raf Vallone), combina “el empuje norteamericano y el amor romano por la vida”. Es originario de Boston, y cuando regrese a visitar a su familia, de ascendencia irlandesa, se pondrán a prueba sus atribuciones.

El primer flashback se centra en la infelicidad de su hermana Mona (una estupenda Carol Linley), cuyo episodio con el joven judío Benny (John Saxon) refrenda que las religiones pueden ser excluyentes de un amor entre diferentes credos. “Creemos que solo nuestra Iglesia es la verdadera”, admite Steve. Éste será un hombre muy distinto al del final del relato, sin que ello signifique menoscabo en sus creencias. Lo que sí cambia es su acercamiento a ellas, el punto de vista en favor de una mayor humanidad, aunque siga manteniendo su ya temprana postura con respecto a no tomar las Escrituras “al pie de la letra”. Pero de momento, el hecho es que él cree que “un sacerdote ha de ocultar sus sentimientos”.

Steve desea trabajar como historiador y teólogo, pero para su desgracia, se ha convertido en un erudito en un mundo de administradores. Ya en la parroquia de Boston es testigo de la influencia de ciertos personajes pudientes y “distinguidos”. Y peor aún, comprenderá los motivos reales del esporádico apoyo a sus escritos. Más parece que sea el roce con otros seres humanos que la adscripción a unas determinadas creencias, lo que le hace reexaminar todo continuamente. La “cura” se la proporciona el cardenal Glenn (John Huston), cuando le envíe por un tiempo a una parroquia de pueblo, Stonebury, para echar una mano al padre Halley (Burges Meredith), y encontrar las raíces de su vocación.


El resto de rememoraciones de Steve también están cronológicamente fijadas. En Viena, 1924, el joven sacerdote aparece como un profesor de idiomas vestido de seglar, lo que favorece su amistad con la estudiante Anne Marie (Romy Schneider), en un momento en que sigue repensando su condición ministerial.

En Roma y Estados Unidos, 1934, tomará contacto con el racismo y la discriminación hacia las personas “de color”. Cuando una de las manifestantes le recuerda que su posición “está en la Biblia”, Steve comprende el peligro real de malinterpretar, o tomar “al pie de la letra”, las Escrituras. La comunidad eclesial es vista así como la tensión que se establece entre los motivos personales que han permitido a cada uno abrazarla, más la voluntad de adecuarla, frente al compromiso y obediencia generales. 

Sucintamente se apunta que, pese a la explicitud de una doctrina, hay varias iglesias dentro de la Iglesia, según las nacionalidades que la conforman (como sucede con la alegría o decepción que conlleva el que un Papa sea de tal o cual nacionalidad). En este sentido, Steve es el portavoz conciliar de la adaptación de la vida cristiana de los fieles.


Junto a la necesidad del pueblo por creer –incluso por vía de un falso milagro de la Virgen-, se agazapa la crueldad de las reglas divinas (o humanas), caso de la hermana, sin reparar en la crueldad que conlleva un consejo, solo porque así lo establecen dichas normas. Claro que se suele aprender con el transcurrir del tiempo, cuando el daño está hecho.

Debemos hacer mención a la excelente labor fotográfica de Leon Shamroy, que traslada todo este ocaso vital, por ejemplo, a la habitación donde está encamado Ned Halley, a la penumbra del cuartucho que habita Mona, durante la charla del aún sacerdote con el cardenal Glenn, en Roma, o a la iglesia vienesa donde Steve medita a solas. Así mismo, resulta estremecedora la conversación final entre Anne Marie y Steve, cuando ella ya ha sido encarcelada.

Premiger con Romy Schneider (Foto del rodaje)
Análisis de las carencias de una institución bastante humana, y así mismo recordatorio de las personas que con su honestidad y dedicación la pulen, El cardenal es, además, meta-cinematográficamente, el reflejo de otro momento trascendente, el del Concilio Vaticano Segundo.

Entre otros actores de soporte, destacan Cecil Kellaway, David Opathosu, Ossie Davis, Murray Hamilton y Arthur Hannicutt.

Escrito por Javier C. Aguilera


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