Con amor, Simón, de Greg Berlanti

08 junio, 2018

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De las últimas películas con temática gay que he podido ver recientemente, tres me han gustado de forma especial, Llámame por tu nombre (Call Me By Your Name, Luca Guadagnino, 2017), Tierra de Dios (God’s Own Country, Francis Lee, 2017), y sobre todo, Con amor, Simón (Love, Simon, Greg Berlanti, 2018). El hecho de que suponga la incorporación de un personaje homosexual como fundamento de la trama, en lugar de un aditamento, más o menos vistoso o divertido, para cumplir con una cuota, dice bastante a favor del estudio responsable de su distribución. En este caso, el mérito corresponde a Twentieth Century Fox.

De hecho, el cine con homosexual no ha de ser un cine destinado exclusivamente a los homosexuales, sino a todo tipo de público formado, ya que en él interactúan las mismas reglas cinematográficas que en cualquier otro género o argumento. En este sentido, Con amor, Simón está pulcramente filmada por el también guionista y creador de la serie -que desconozco- Everwood (Warner Bros., 2002-2006), Greg Berlanti (1972). Curiosamente, al indagar en su currículum, descubro que es el responsable de El club de los corazones rotos (The Broken Hearts Club, 2000), otra película que, en su día, me agradó (aunque hace tiempo que no la he vuelto a ver).

Ello no quiere decir que Con amor, Simón deje de atender a algunos tópicos argumentales y visuales, pero estos están sorteados con innegable pericia. Por ejemplo, parece inevitable que, en muchas películas de similar temática, y he visto unas cuantas, el protagonista se presente a sí mismo y a quienes le rodean por medio de la voz en off. Pero este recurso, muy característico de la narrativa cinematográfica, por otra parte, está bien empleado, entre otras cosas, porque no anula la potencialidad de la imagen. Así sucede cuando el adolescente Simon Spier (Nick Robinson), declara tener un secreto, instantes antes de observar por la ventana a otro muchacho. El secreto queda establecido sin necesidad de ningún subrayado verbal.

De este modo la presentación es divertida, y describe el buen entendimiento con los restantes miembros de la familia, una hermana y los padres (interpretados por Talitha Bateman, Jennifer Garner y Josh Duhamel, respectivamente).


Familiares que se nos anuncian como establecidos en el conjunto de la sociedad de la manera acostumbrada. Precisamente, Simon hace hincapié en esta presentación inicial, en la que se dirige al espectador, en que, secretos particulares aparte, yo soy exactamente como tú.

Y si el Día de la Graduación suele marcar una frontera en la vida de los concurrentes, para Simon Spier lo será el poder compartir su secreto con otra persona. Aunque quién es esa persona es, asimismo, otro secreto.

En efecto, Simon entabla una conversación a través de una red social con otro joven en idéntica situación, pues se halla dentro del armario y tiene miedo de salir al exterior; de enfrentarse a esa lotería que son el comportamiento y aceptación de las personas que nos rodean. Aún de forma involuntaria, todos los comentarios que Simon recibe por parte de sus padres, o más concretamente, de su padre, dan por sentado que es heterosexual. Por lo que resulta muy oportuno el montaje visual que muestra la mordaz (por inversa) reacción de algunos progenitores, cuyos hijos les hacen partícipes de su… ¡heterosexualidad! Una divertida pero elocuente incorporación, que transcurre en la cabeza de Simon. No en vano, a quien se le nota la pluma en el instituto, se le suele insultar, como le sucede Ethan (Clark Moore), si bien, al personaje no le falten otros amigos más comprensivos. Por eso, Simon es valiente al afrontar su condición cuando esta se hace pública.


Lo cierto es que el primero en hacerlo ha sido ese otro chico, apodado Blue, con el que nuestro protagonista se va a cartear vía online. Para Simon, esta posibilidad constituye una ventana abierta por la que poder respirar, como él mismo será capaz de abrir otra, o ensanchar la anterior, para quienes vengan detrás. El desconocido Blue ha colgado un angustioso comentario, al que Simon responde, con objeto de hacerle ver que no es el único en esa situación, además de para poder conversar con alguien que sí le va a comprender.

Pero en lugar de firmar su respuesta de manera anónima, como sí hace la persona que va a airear su implicación en estos mensajes -por mucho que se sepa quién ha sido-, Simon opta por adoptar un nombre, una identidad, aunque sea falsa. Lo cual denota sus deseos de no permanecer en un estancado anonimato por más tiempo.

¿Quién se esconde bajo el sobrenombre de Blue? ¿Será algún compañero de pupitre? ¿Alguien del instituto, o de fuera del instituto?

La forma en que Simon enreda las cosas y a sus amigos para salir del paso, y que no se haga pública esta correspondencia, responde a la estructura de una comedia clásica. Por ejemplo, cuando empareja al chantajista en cuestión, Martin (Logan Miller), con una compañera llamada Abby (Alexandra Shipp), o a Nick (Jorge Lendeborg) con su amiga de la infancia, Leah Burke (la estupenda Katherine Langford). De tal modo que, cuando todo queda al descubierto, es bonito el apunte por el que Simon confiesa no haberse sincerado con Leah, porque le iba a doler más perder una amistad de trece años, que una de seis meses (con Abby, sin dejar por ello de resultar doloroso).


De igual modo, tiene gracia cómo algunos docentes se afanan y esfuerzan para que en el instituto reine una absoluta naturalidad, aquella que está destinada a todos los alumnos. Entre tanto, se van descartando las posibilidades de Simon de poder identificar positivamente a su interlocutor misterioso. Sus misivas a dicho destinatario, aún sin saber de quien se trata, suponen una ilusión muy grande en su día a día. Por eso, desencantado al cosechar una decepción tras otra (lo que también es un componente de la comedia clásica, como las notas finales de romanticismo), el personaje lo pasará regular hasta que el misterio del receptor al fin se desvela, en la emotiva escena del parque de atracciones. En realidad, la esperanza puesta en esta relación online, sin descartar su posible materialización, es lo que mantiene vivo el deseo y la seguridad en Simon.

Un desarrollo pues, de comedia, y por lo tanto, de género cinematográfico, por el que hasta la persona que chantajea al protagonista sabrá reconocer su error, teniendo en cuenta que su intención era, de la misma manera, ser querido por otra persona; en este caso, Abby (Alexandra Shipp), como contrapartida de la referida coacción.

Abundando en ello, están los padres de Simon, que de ser abiertos y enrollados en una sola dirección, pasarán a serlo de forma más amplia, conocedores de las preferencias de su hijo. Aparte de que no todas las personas maduran a un mismo tiempo, esto es, se aperciben de su sexualidad con idéntica firmeza (caso del oculto Blue).


Las clases, los amigos deportistas, la fiesta de rigor (planificada con bastante mejor gusto que otras de la misma índole), las miradas curiosas o burlonas en los pasillos del instituto… todo esto se encuentra presente en la película, pero insisto en que sin asomo de reiteración o efectismo. Por ello, el guion de Elizabeth Berger (-) e Isaac Aptaker (-), en torno a la novela Simon vs. The Homo Sapiens Agenda (2015), de Becky Albertalli (1982), sabe sortear tales lugares comunes, procurando un conjunto equilibrado y sumamente conmovedor. Porque Con amor, Simón es la pequeña gran epopeya de un chaval de nuestro entorno, que solo desea la libre expresión de sus afectos. Digamos que una igualdad bien entendida respecto a los demás, sin tener por ello que renunciar a su particular individualidad y forma de ser (incluso dentro del colectivo de su orientación). En suma, una historia sencilla pero no simplona, de quien se merece el sosiego de la normalidad.

Escrito por Javier Comino Aguilera



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