Vida y aventuras de Santa Claus, de L. Frank Baum, y Una visita de San Nicolás, de Clement C. Moore

24 diciembre, 2017

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Como creo en el hermanamiento de las tradiciones, y no en su exclusión o afán separatista, no veo por qué no han de convivir en buena armonía navideña las de Papá Noel con la de los Tres Reyes Magos, fueran tres o trescientos, magos o soberanos (probablemente ambas cosas), o adornados por una conocida marca de refrescos (aunque ya veremos que no necesariamente coloreados).

Lyman Frank Baum (1856-1919) fue viajante de comercio, criador de aves, autor y actor de comedias teatrales, pequeño empresario, periodista, editor de una revista de publicidad, redactor del Evening Post y, finalmente, productor cinematográfico. Imaginación emprendedora no le faltaba, no cabe duda. Su éxito literario más sonado fue el clásico El maravilloso mago de Oz (The Wonderful Wizard of Oz, 1900), pero en el corazón de los niños también se hizo un confortable hueco la Vida y aventuras de Santa Claus (The Life and Adventures of Santa Claus, 1902; Valdemar-Club Diógenes, 1999).

Antes de alcanzar una santidad muy particular, pues le fue otorgada por el pueblo, como se suele decir, esto es, por niños y adultos, Claus vino al mundo como un bebé humano. Pero con acierto, Baum incide en el aspecto de “desposeer” a su biografiado de un pasado en concreto, por muy brumoso que este resulte, con lo que sus inciertos orígenes incluyen el que desconozcamos su ascendencia familiar o su verdadero nombre, si es que tuvo alguno (no se trata, por lo tanto, de un trasunto de San Nicolás [c. 270 - c. 352]).


El caso es que al recién nacido lo acoge la ninfa Necile, que es la que posteriormente lo bautiza. Baum estructura su biografía de Santa Claus en tres apartados: juventud, madurez y senectud. Comenzando por el primero, es interesante el hecho de que, pese a todos los cuidados prodigados al bebé indefenso y abandonado en los aledaños de tan peculiar bosque, la barrera que separa a los seres humanos de los sobrehumanos es una naturaleza concomitante que los fraterniza, por medio del respeto y el cariño. El autor nos lo presenta cuando, de repente, aparece sobre la hierba (I: II), en un lugar donde la raza humana jamás ha penetrado (I: III). Sin embargo, se hace explícito en la narración el que nunca más será adoptado ningún otro mortal por un inmortal (I: III). Lo que denota una doble cualidad. En primer lugar, el carácter especial del personaje de Claus, y en segundo, su disposición como nexo de unión entre el mundo de la realidad y el de lo mágico; más concretamente, entre lo percibido por los sentidos y lo que escapa a los mismos (pero que se muestra existente y auténtico).

Claus, nos cuenta Baum, aprendió las leyes del bosque. Y en su calidad de ser vinculante, conoce la morada de los hombres, que son sus semejantes. En un primer contacto, traba conocimiento de estos desde el elemento aire, de la mano de Ak, Señor de los Bosques de todo el mundo. Explica este último cómo los (humanos) que son útiles, con toda seguridad volverán a vivir (I: VI); un extremo que, por cierto, no entra en contradicción con la doctrina cristiana.

Ilustración de Thomas Nast
Pero a Claus también le llega la madurez, y ha de buscar su propio camino, abandonando (solo espacialmente) el cascarón del bosque (I. VII). Su existencia entre las ninfas que protegían la foresta le había enseñado que un árbol vivo es sagrado, al estar dotado de sentimientos (II: I). Lo que robustece su mencionado vínculo con la naturaleza, porque la del entorno maravilloso y la del humano, se corresponden.

De hecho, como cualquier superhéroe, si me permiten la comparación, el joven Claus busca su identidad y elabora un refugio-residencia en un lugar apartado, donde las mezquindades no comparecen, pero las gentes de buen corazón sí pueden encontrarlo. En función de tal héroe, Claus también rescata a un pequeño desvalido, Weekum (II: III), y entabla amistad con otros seres tan asombrosos como las ninfas, los gnomos, las hadas o el bromista Jack Frost (Jack Escarcha, II:II).

Ello, a pesar de que, si la bondad se encarna en la figura de Claus, la maldad lo hace en la de los temibles Awgwas (II: VI). Pero por suerte para los niños del planeta, su molesta presencia es reducida a la mínima expresión, porque el bien vence al mal, aun siendo la primera una senda mucho más dificultosa que la segunda.

Ilustración de Arthur Rackham
A lo largo de la narración, se cimenta la leyenda de Santa Claus. Así sucede con su primer viaje con los renos (III: VIII), o con la explicación de por qué fueron colgados en las chimeneas los primeros calcetines (II: XI).

Todo lo cual, depara el más feliz y consentido allanamiento de morada perpetuo. Santa Claus entra en los corazones de las gentes que se prestan a recibirle (y donde no es invitado, no acude, como el castillo de un enojoso terrateniente: algo que subsanará su agradecido descendiente). Esta no injerencia es significativa, pues Claus no habría cambiado la naturaleza de los pequeños, aunque hubiera tenido el poder de hacerlo (II: IX).

¿Y por qué el día de Nochebuena? Baum nos lo explica en el capítulo II: X. Por otra parte, en la labor desplegada por Santa Claus, o Papá Noel, como lo conocemos aquí, ha de ver la ayuda inestimable de buena parte de los seres maravillosos del bosque. Una labor abierta a todos los que deseen creer en él, ya que también existen países cálidos donde no hay nieve en invierno, pero Claus y sus renos los visitaban igual que los de los climas fríos (II: XII). No en vano, son sus acciones las que le procuran la inmortalidad al personaje (II: I).

Llegados a la senectud, un último capítulo es dedicado a los referidos ayudantes de Santa Claus que, como un relámpago, deposita sus regalos vía chimenea (en los calcetines), o a través de las paredes (bajo el Árbol de Navidad) (III: III). Finalmente, en otra bonita idea, Baum hace que Claus adopte las jugueterías y centros comerciales como sucursales suyas, pues artesanos y jugueteros son sus ayudantes, más o menos encubiertos, y porque de esta manera, puede nuestro personaje cubrir las necesidades lúdicas de un niño, procurándole sanas distracciones, tanto en los momentos de enfermedad, como a lo largo de otras celebraciones, tales como el cumpleaños (III: III).

A modo de anexo quisiera añadir aquí la bonita edición y traducción de Luis Alberto de Cuenca (1950), del clásico poema de Clement C. Moore (1779-1863), Una visita de San Nicolás (A Visit of St. Nicholas, también conocido como The Night Before Christmas, 1823; Snacks de Reino de Cordelia, 2013).

Teólogo y profesor de literatura griega y hebrea, Moore lo publicó de forma anónima en un primer momento, aunque dada su aceptación popular, acabó por asumir la paternidad. El Santa Claus ofrecido por Moore sí ha de ver con la tradición del santo cristiano de origen griego, residente en la Anatolia (Turquía) del siglo IV.

Además, las ilustraciones originales que acompañaban al poema, obra de Ilse Bischoff (1901-1990) y Arthur Rackham (1867-1939), presentaban por vez primera a un Santa Claus vestido de rojo (por lo que están de más ulteriores interpretaciones). En el poema aparece, asimismo, guiando un trineo conducido por renos, todos con sus respectivos nombres, e introduciéndose por las chimeneas. Un niño contempla y narra, en primera persona, su encuentro nocturno con este revivido San Nicolás.

Inaugural, fantasmagórico y entrañable, en palabras de Luis Alberto de Cuenca, Una visita de San Nicolás lo componen ciento doce versos repartidos en veintiocho estrofas, que nos ayudan a saborear y entender la validez de las distintas aportaciones a la iconografía navideña.

Ilustración de Arthur Rackman
Aparte de que ambos textos nos animan a combatir esa tontada de que la Navidad se ha convertido en simple comercio y compra de regalos. En primer lugar, porque ello no impide, se diga lo que se diga, el poder celebrar el nacimiento de Cristo, y, en segundo, porque todo ese desarrollo comercial da de comer a muchísima gente durante este periodo del año; jugueteros, pintores, artesanos del dulce, maquetistas, distribuidores o fabricantes de papel tienen el legítimo derecho a poder ganarse la vida como todo el mundo (es curioso cómo determinadas ideologías, políticas y religiosas, se hermanan para hacer retroceder todo cuanto tenga que ver con la libertad del individuo). Y si me permiten una tercera razón, que ya he comentado en alguna otra ocasión, a nadie se le obliga bajo pistola a comprar algo que no desee, al menos, en una democracia como Dios manda.

Escrito por Javier C. Aguilera


1 comentario :

  1. belleza, belleza, belleza! gracias y felicidades por mil para otro año juntos!!!! saludosbuhos

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