Adaptaciones (LXVIII): Asesinato en el Orient Express, de Kenneth Branagh

20 diciembre, 2017

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Después de tantos acercamientos al mito del detective, ¿podemos seguir sorprendiéndonos? En la actualidad, siguen funcionando con mucha facilidad los thrillers, el suspende más audaz, no solo en cine, sino también en televisión. Un claro ejemplo lo encontramos en la producción española, cuyos últimos éxitos han sido en esta área. Tampoco nos hemos alejado de la imagen del detective clásico, capaz de encontrar la solución a cualquier crimen con el uso de su ingenio y pocas herramientas más, pero ha quedado reducido sobre todo a la pequeña pantalla y a capítulos generalmente autoconclusivos dentro de un serial cuyo principal interés es la resolución más o menos grandilocuente de los casos y con apenas un hilo conductor que aporte un cierto interés.

El cine parece tener espacio para el suspense, pero no tanto para esta figura. Por eso, nos puede parecer sorprendente que Kenneth Branagh se haya decidido a rescatar a Hercules Poirot en uno de sus casos más célebres y populares: Asesinato en el Orient Express (2017). Sobre todo si consideramos que no ha tratado de crear un espectáculo de pirotecnia como lo fue Sherlock Holmes (Guy Ritchie, 2009), aunque quizás peque del exceso contrario, un cierto anquilosamiento teatral.

La trama es bastante conocida y lo cierto es que el punto más interesante de la misma es lo que subyace dentro de los personajes y su conclusión, que, ya advertimos en su momento a la hora de analizar la novela original, se aleja de los casos usuales. La casualidad lleva a Poirot a viajar en el Orient Express consiguiendo un pasaje a última hora gracias a sus amistades. En ese lujoso tren encontrará un variopinto grupo de personas, entre los que se encuentra Ratchett (Johnny Depp), un tipo repulsivo que le propondrá protegerle de una posible venganza mortal. Sin embargo, el detective belga no aceptará por reconocer en este hombre la mirada de un criminal. Al día siguiente, su asesinato, realizado con múltiples cuchilladas, iniciará el caso: ¿quién, de entre los pasajeros del tren, lo mató?


Un relato en apariencia sencillo que esconde una reflexión sobre la frontera entre la justicia y la venganza. Agatha Christie consigue en sus novelas plantear algo más que un simple caso sin necesidad de tener que ofrecer al lector la explicación de aquello que quiere decir, sin embargo, Kenneth Branagh opta por la grandilocuencia y el exceso retórico. Podemos valorar la valentía en la elección de planos y secuencias, que resultan más originales y trabajadas que otras producciones que optan por los recursos más reconocibles y fáciles. Ahí tenemos un travelling con el recorremos el tren desde fuera mientras Poirot lo recorre en su interior cruzándose con casi todos los demás personajes o una secuencia grabada desde un plano superior. Incluso elige evitar mostrar el descubrimiento del cadáver mostrando tan solo la reacción de quienes lo encuentran, en este caso, el detective protagonista. El cuerpo tan solo lo veremos cuando lo requiera la narración, por ejemplo, en una primera y única inspección forense.

Ahora bien, llegado el momento, Branagh no escapa de una espectacularidad vacía y sin sentido, como una persecución dentro de los andamios de un puente, así como una pomposidad sentenciosa que se acumula en el tramo final y donde se desmenuza el sentido de la obra para que su resolución quede cristalina al espectador. Tanto que al final se sobrepone este mensaje al propio argumento. En este sentido, resulta curioso cómo un caso tan sencillo, aunque escabroso, acabe resultando difícil de comprender por la forma en que es expuesto en la pantalla. Por ejemplo, cuando se refieren al pasado en referencia al caso Armstrong, se emplea una voz en off sobre unas imágenes mudas en blanco y negro que, en realidad, tan solo se corresponden a una mínima parte del relato que se debería plantear. Volverá a recurrir a este tipo de secuencia en varias ocasiones, proponiendo un estilo visual clásico y bastante teatral, pero poco estimulante, donde prima más, de nuevo, lo oral sobre lo puramente cinematográfico.


Si debemos destacar algo son las actuaciones particulares, la reunión de actores de cierta talla (destacan Michelle Pfeiffer, Judi Dench y el propio Kenneth Branagh)  y la originalidad con la que se afronta la película, pero las actuaciones no sirven si apenas existe conexión y profundidad en la escritura de los personajes, y los destellos de originalidad y buenas propuestas cinematográficas se ahogan en el tono rimbombante que adopta todo el relato.

Para acabar, debemos valorar la conseguida versión de Hercules Poirot en pantalla, aunque se le otorgue un excesivo protagonismo frente al resto y se introduzcan elementos un tanto incomprensibles, como las menciones a Katherine, cuya identidad nunca nos es revelada, o su mención final a un asesinato en el Nilo, que entendemos como una referencia a una posible y futura adaptación de Muerte en el Nilo, a pesar de encontrarse el personaje lejos del lugar de los hechos. En definitiva, una adaptación grandilocuente y con excesos, que sobrepasa para mal al relato original y que desperdicia todos sus recursos para ofrecernos un mensaje claro, pero que sentimos muy vacío por su forma.


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