Spider-Man 2, de Sam Raimi

27 mayo, 2017

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En la mayoría de historias de superhéroes, si no en todas, se da algún punto de inflexión sobre lo que supone ser ese superhéroe y sobre lo que, a la vez, se sacrifica por serlo. Una reflexión que suele darse de forma estrecha con los orígenes, sobre todo por suponer el primer impacto de cambio, o con algún hecho traumático para el personaje. En Spider-Man 2 (2004), Sam Raimi, con el guion de Alvin Sargent tras valorar distintas propuestas anteriores, propone seguir un camino ya iniciado en Spider-Man (2002): el conflicto que supone para la vida de Peter Parker ser Spiderman.

Han pasado dos años desde que el superhéroe arácnido se dio a conocer derrotando al Duende Verde. Ahora, Peter Parker (Tobey Maguire) mantiene un difícil equilibrio entre sus dos identidades, pero distintas decepciones producidas en su vida cotidiana provocarán que decida abandonar la máscara. Sin embargo, un nuevo peligro encarnado por el Doctor Octopus (Alfred Molina) sitúa a sus seres queridos como objetivos y le obligarán a hacer frente a la amenaza para salvar la ciudad de una destrucción inminente.

Así, si en la primera entrega, Peter Parker debía afrontar su nueva identidad y convertirse en el héroe para sanar tanto sus propias heridas como las de la ciudad, en esta segunda entrega debe afrontar los problemas que supone tener una doble identidad, viendo cómo ambas se entorpecen mutuamente. No en vano, la anterior película marcaba varias ideas sobre esta cuestión: el peligro que suponía para sus allegados, como su tía May (Rosemary Harris) o Mary Jane (Kirsten Dunst), las consecuencias nefastas de sus aventuras, como las muertes de su tío Ben o de Norman Osborn (Willem Dafoe), padre de su mejor amigo, o el hecho de tener que rechazar al amor de su vida.


Todos estos eventos vuelven a estar presentes en esta secuela, dado que son primordiales para la evolución de todos los personajes. Pero, precisamente, el problema es dual, dado que no es Parker quien falla a sus amigos, sino él mismo al ser Spiderman: Harry Osborn (James Franco) le considera un asesino y Mary Jane cada vez perdona menos sus ausencias. El punto culmen en esta película será la confesión a tía May sobre su culpabilidad por la muerte del tío Ben. En este sentido, Raimi logra que todas las subtramas y heridas abiertas tras la primera película y las mostradas en esta segunda se cierren o continúen hacia un futuro incierto, como en el caso del hijo de Norman, en Spider-Man 3 (2007).

Así pues, a lo largo de la obra, nuestro protagonista deberá afrontar estos problemas y hacerles frente, en ocasiones de la forma más inesperada, otras siendo él quien de manera valiente desvele sus auténticos sentimientos. Todo el impacto emocional le provocará una inexplicable ausencia de poderes, momento en el que se desaprovecha la oportunidad de mostrar la parte más inventiva del personaje con, por ejemplo, la creación de sus telarañas artificiales. No obstante, deberá retomar las riendas de su vida y, a cambio, obtendrá las razones por las que debe seguir siendo el héroe que todos esperan, algo representado por esa agradecida escena del tren, donde los ciudadanos ven a la persona frágil (si es solo un chiquillo, podría ser mi hijo...) que les ha salvado la vida. Lamentablemente, no podemos dejar de notar una falta de evolución en su personalidad respecto a la primera entrega.


Esta dualidad también la encontramos en el Doctor Octopus. Este personaje no es un villano en sí mismo, sino que sufre una transformación a partir de un hecho traumático acompañado de cierto mecanismo neuronal que le nubla la conciencia. Descrito así, nos recuerda al mismo cambio que se produce con Duende Verde en la anterior entrega y lo cierto es que ambos personajes tienen un mismo desarrollo y final. Lamentablemente, este personaje está menos trabajado que el interpretado por Dafoe, se echa en falta cierta expresión de su tormento personal por lo acaecido y aunque nos entrega algunos momentos de acción junto a Spiderman, no acaba de sentirse como una auténtica amenaza. Por así decirlo, el centro de interés de esta entrega será siempre el superhéroe y su debate interno, por lo que quizás no se le presta suficiente atención el antagonista.

Y dentro del apartado del espectáculo, debemos recordar las secuencias del tren, que hemos nombrado antes, el atraco al banco o la explosión del invento de Otto Octavio. Junto a estas secuencias, debemos volver a mencionar la herencia del cine B que se ejemplifica en la violenta escena de los brazos electrónicos actuando y asesinando con vida propia. El tramo final resulta algo confuso a nivel visual y también hay momentos de cierta ridiculez que quizás auguraban el mayor de los defectos de la secuela. El esquema argumental reitera lo que ya ofrecía la anterior entrega, variando tan solo los datos concretos. Ahí tenemos de nuevo las dudas de Peter, el rescate que revaloriza a Spider-Man para la opinión pública, el secuestro de su tía, a Mary Jane en peligro y un villano que, en realidad, es víctima de sí mismo.


Sin embargo, logra ofrecer sensación de evolución, algo lenta, pero de cambio y reafirmación en las ideas finales de la anterior entrega, es decir, la aceptación de su identidad. Incluso se alcanza cierta redención personal y se asienta una de las tramas a explotar en el futuro, la del propio arco evolutivo de Harry Osborn. Quizás lo que se echa más en falta es una evolución en el aspecto más divertido y sarcástico del superhéroe, más fidedigna a las aventuras gráficas, dado que Raimi sí supo mostrar con las dos primeras entregas una buena versión de la torpeza social de Peter Parker.

Si bien no se trata de una joya del cine y podemos considerarla algo reiterativa, sí estamos ante una película de superhéroes bien construida, que humaniza a su villano y muestra los conflictos internos de su protagonista de forma centrada. Incluso anticipa o muestra a diferentes personajes que se erigen como posibles enemigos futuros de la tercera entrega, en el caso de Lagarto, que al final no sería, o un nuevo Duende.


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