Otros mundos (XVIII): ¿Sacerdotes o cosmonautas?, de Andreas Faber Kaiser

11 marzo, 2017

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Permítaseme una introducción a cuento. La maravillosa noticia del hallazgo de una serie de planetas parecidos a la Tierra, a unos cuarenta años luz de distancia, hecha pública el veintidós de febrero del presente año, estuvo acompañada, afortunadamente, de una gran satisfacción y alegría. Sin embargo, durante décadas, hemos debido soportar a los “listos” de determinados medios de comunicación, que siempre llevan la razón, o incluso algunos científicos sui generis, tan sobresalientes en sus materias que nadie discutía sus opiniones sobre otros asuntos de los que no tenían ni idea, rechazando la posibilidad de planetas habitables como el nuestro, allende los soles; o la reducían a una esmirriada, aunque muy científica, ecuación (negando hasta la innata capacidad de renovación de la propia ciencia).

Por caridad agnóstica no citaré nombres, aunque muchos los recordamos. Eran el tipo de profesionales (nadie discute esto) con sonrisa de superioridad, a los que irritaba sobremanera esa moda de los libros sobre ovnis, en las décadas de los sesenta, setenta o primera mitad de los ochenta (el resto éramos ilusos e idiotas, o incluso gente no de ciencias, que de todo esto se ha dicho, ignorando de paso que muchos científicos sí se han tomado la molestia de investigar la cuestión, sino oficialmente, sí extra-oficialmente).


Aún quedan medios recalcitrantes y científicos obstinados en su pesimismo que insisten en que para qué emocionarse con estas cosas de la NASA (sic), si es algo que no va a cambiarnos la vida, y además está lejísimos para nosotros y nuestros descendientes. Ciertamente, el viaje interestelar ha de ser muy aburrido si nos atenemos a nuestra física, pero el pensar que las ciencias no avanzan, lo que es una barbaridad, que permaneceremos estancados en dicha física, cuando hasta la cuántica nos está ofreciendo demasiadas posibilidades teóricas, o que somos los mismos que hace cien o quinientos años, es un acto de soberbia solo al alcance de algunos seres humanos.

El problema no radica, entonces, en la excusa que se ha puesto siempre de que la gente no está preparada para conocer la verdad (o lo que más se aproxime a ella), sino que dicha verdad nos ha de importar una higa. Parece que, a muchos de estos comunicadores, en cuanto se les saca de su ámbito natural, es decir, de la política o el fútbol (materias todas ellas muy respetables), ya no dan pie con bola. Por mi parte, como de política sé lo justo, y lo que sé no me gusta nada, y de fútbol no voy más allá de que el portero es el único que puede tocar el balón con las manos, sencillamente tomé la determinación, hace bastante tiempo, de hablar lo menos posible de tales asuntos. No en vano, a diferencia de estos periodistas y científicos, yo no lo sé todo. No obstante, hay que reconocer que, cuando, para su asombro, algunas de estas personas descubren que figuras muy reputadas se han interesado por el tema, los de naturaleza más noble deciden, al menos, no volver a reírse de aquello de lo que no están debidamente informados.

Claro que, si atendemos al objeto de análisis de algunos espacios mediáticos, donde se discute acerca de si existe o no un adecuado marco legal para las posibles violaciones de los extraterrestres, resulta milagroso que el interesado de a pie lo siga estando, o que sepa vislumbrar el tan ansiado término medio. El caso es que dicen estos científicos aguafiestas que la ciencia exige que seamos precisos. ¿Acaso no lo son los científicos de la NASA? Huyen del sensacionalismo de los titulares, pero ¿acaso no es este un descubrimiento sensacional? Es decir, que según estos pesimistas irredentos, la NASA no tiene derecho a vender como les dé la gana unas investigaciones y descubrimientos que o bien han resuelto ellos o bien han colaborado, como en el caso inicial con el que comenzaba.

A algunos les parecerá que fuerzo algo la máquina encadenando esta noticia con el libro de Andreas Faber Kaiser (1944-1994), pero lo cierto es que, si no hubiera sido por algunos divulgadores, estos temas no habrían calado en la íntima opinión de la gente, o lo que es más importante, no se habría estimulado, por esta vía, la imaginación de algunos futuros científicos, escritores o investigadores, sean de ciencias o de letras. Aparte de que, al fin y al cabo, este era el tipo de cuestiones a las que Faber Kaiser gustaba de meter mano, ya fuera en sus publicaciones o en sus programas de radio.

El gran Antonio Ribera (1920-2001) recordaba en su prólogo a ¿Sacerdotes o cosmonautas? (1971; Plaza & Janés, Otros Mundos), cómo el homo sapiens es muy joven como especie, a escala cósmica, y cómo el autor de la obra constituía una ráfaga de aire fresco, de imaginación creadora y espíritu investigador. Manejo la versión algo aumentada de 1974, pero hay un elemento que no varía, y son los dos sustantivos que componen el título. Dos personajes, cosmonautas y sacerdotes, entendidos como la cabeza visible de toda la tecnología espacial, y como un primer eslabón espiritual de la cadena evolutiva, respectivamente. Los interrogantes advierten acerca de esta relación, y la conjunción disyuntiva “o” incluso los fusiona.

Arriesgado en todo lo concerniente a los aspectos más inquietantes y, a veces, sombríos de la existencia humana, se estuviera de acuerdo o no con sus conclusiones, lo cierto es que Andreas Faber Kaiser tenía todo el derecho del mundo -o de los mundos- a pensar como quisiera, y a hacerlo por sí mismo, sin presiones ni conveniencias, enfrentándose a las versiones oficiales, que competen no solo a tal o cual ejecutivo, sino a todos los colectivos políticos y de presión. Pero es que, además, sus conclusiones pretendían ser más puntos de partida que verdades reveladas, y este es el valor principal de la obra de uno de los más concienzudos y entregados investigadores de lo reservado. Su entrega lo convirtió en un peldaño imprescindible en la empinada escalinata de la investigación paranormal en España.

Pero entonces, como ahora, existía un peligro. Quien escapa de la corriente, por pensamiento, palabra u obra, y no puede ser domesticado, es arteramente invitado a abandonar, o drásticamente apartado, de la línea de meta del pensamiento único, como un elemento subversivo.

En ¿Sacerdotes o cosmonautas? hay posturas ancladas en el tiempo, como la preocupación, muy en boga entonces, por la sobrepoblación humana, en la sobredimensionada línea del ingenuo Marcuse (1898-1979). Esto es cierto, pero otras posturas siguen siendo de primerísima actualidad, como la acuciante contaminación atmosférica. En cualquier caso, la idea central del que fue su primer libro, la especifica el propio autor al señalar que ciencia y religión tienen más puntos de contacto de lo que nos podemos imaginar (Parte I: Capítulo I).

Fragmento del pórtico de la Catedral de Amiens
Faber Kaiser quiso indagar y dejar su testimonio. Y no me refiero solo a un conjunto de teorías particulares, sino a la búsqueda de un camino propio que ansía ser compartido, instigando a otros a dicha búsqueda (algo más valioso, aún, en un tiempo en el que todo nos lo encontramos). Por medio de una serie de capítulos concisos y repletos de pasajes citados en su literalidad, Faber Kaiser emprende un repaso a varios fenómenos extraños, o redescubre aspectos velados de la historia. Desde los discos solares hasta la visión del profeta Ezequiel (622-570 a. C.), o la sugestiva idea del templo celestial, equiparable a la arquitectura, o croquis, de una nave cósmica, una forma complementaria de representar la morada divina. Modelo gráfico de un culto mucho más amplio, junto a otras impresiones personales sobre las apariciones marianas, la resurrección de Cristo (c. -5 – c. 30 d.C.), el avistamiento de Pío XII (1876-1958), la existencia de un alma, las estatuillas Dogu japonesas, la proyección de los mapas de Piri Reis (1465-1554), las señales recibidas desde el espacio, las insólitas formaciones lunares, los extraños objetos en el cielo, desde Bernal Díaz del Castillo (1492-1585) o Plinio, el Viejo (23-79) hasta la actualidad, etc. De hecho, ¿podrían ser las divinidades, en parte, representantes de otras especies? (II: IX). ¿Dónde acaba la naturaleza y comienza la creación artificial? (III: I).

Con grandes dosis de entusiasmo, las religiones son contempladas bajo un nuevo prisma, no excluyente de lo ya conocido, sino más rico. Y es perentorio detenernos un momento en este punto para aclarar que, en el pensamiento del autor, la crítica hacia unas conductas o agrupaciones religiosas (terrenas), no redundan en perjuicio de un criterio absolutamente posible, que nos induce a sospechar que no estamos solos; esto es, que es admisible la existencia de una divinidad o que haya seres en el universo que nos guíen veladamente (I: VI). Trayendo a colación a San Agustín (354-430), recuerda Kaiser que el hombre lleva consigo algo que aún su espíritu desconoce (I: VI).

Estatuilla dogu
La idea fundamental del ensayo es que formamos parte de un cosmos, aunque esta cualidad se haya adormecido en algunos. El medio cósmico representa lo esencial de lo que existe, matiza y actúa en el yo consciente del individuo, de igual modo que una partícula actúa sobre cualquier otra, por muy alejada que esté. El ser humano no sería, entonces, más que una de las muchas formas adoptadas por el cosmos (Conclusión), por lo que el autor transita de lo tecnológico a lo trascendente; tal vez, el paso más evolutivo y comprometido de todos.

Otro de los temas abordados, si bien, a modo de cápsulas de pensamiento, es el del silenciamiento de algunos investigadores del fenómeno ovni (IV: V). Irresistibles sospechas que nuestro autor desplegó a lo largo de su devenir impreso y hertziano, y que lo convirtieron en un personaje más de su propio corpus analítico. Al final, el sistema le dio alcance, y nos dejó con la duda de si había sido una víctima involuntaria de su control omnímodo. O puede que, pese a todo, sí lograra lo que logran pocos, escapar al mismo. Tales son las circunstancias de su muerte, que uno tiende a pensar que él estaba más cerca de la realidad de lo que supusimos (pese a lo arbitrario de algunas conclusiones ulteriores). Razón por la que Andreas Faber Kaiser sería uno de los muchos que han engrosado una siniestra y exclusiva lista de sacrificados.

Disco solar
¿Sacerdotes o cosmonautas? supuso la inaugural plasmación del pensamiento de Kaiser, no por primeriza, ausente de todos los temas e inquietudes que, posteriormente, le ocuparían en otras empresas divulgativas. Porque, al fin y al cabo, este fue su mayor y mejor interés, que nazca en el lector una curiosidad, y hasta una preocupación que le lleve a buscar más datos y conexiones (II: I; III: I). De este modo, nos legó una red de enlaces en los que poder meditar (que es distinto que creer), plagados de multitud de fuentes y ejemplos, bajo la firma de astrónomos, médicos, antropólogos, profetas, aventureros, divulgadores, historiadores, matemáticos, patólogos, arqueólogos, parapsicólogos… Lo cual hace amena al lector la lectura del libro.

Desconozco si Jesús anduvo o no por los andurriales de Cachemira, pero lo fundamental no es esto, sino el hecho de llamar la atención acerca de una serie de acontecimientos y fenómenos; de entreabrir nuestras mentes. Con esto no pretendo decir que toda teoría sea válida, que disparates ha habido y los seguirá habiendo a todos los niveles (es prerrogativa del ser humano), sino que la ciencia y lo insólito debieran ir de la mano, sin miedo a lo desconocido, respetando incluso las opiniones más sorprendentes. Al fin y al cabo, vivimos en un cosmos sorprendente.

Escrito por Javier C. Aguilera


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