Otros mundos (XIV): Las claves ocultas de la biblioteca de El Escorial, de Andrés Vázquez Mariscal

25 septiembre, 2015

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Todo un conocimiento secreto aguarda a que nos iniciemos en buen número de tratados cuajados de símbolos, volúmenes caprichosamente clasificados, tablas numéricas y mensajes cifrados -más que ocultos-… Materiales que conforman un saber aprendido y olvidado en el que un elemento tan aleatorio como es la casualidad también juega un papel relevante: el que reparemos o no en tales objetos puede venir (pre)determinado por vía de lo imprevisto.

De este modo, la observación casual de un amigo fue lo que llamó la atención del gaditano Andrés Vázquez Mariscal (1941), buen conocedor de la figura del arquitecto Juan de Herrera (1530-1597), acerca de una curiosa frase exhibida en pleno monasterio de El Escorial.

Herrera fue el asistente y sustituto de Juan Bautista de Toledo (1515-1567), el primer arquitecto designado para emprender la colosal y salomónica tarea de la planificación, primero, y edificación después, del citado monasterio (cuyas labores de construcción se desarrollaron entre 1563 y 1584).

Pues bien, para los interesados en una visión del complejo más hermética de lo habitual, interesante será adquirir Las claves ocultas de la biblioteca de El Escorial; y en concreto, la segunda edición de la obra (Ed. Creación, 2010), revisada y ampliada por su autor. La tesis queda ya sintetizada en la primera solapa del ejemplar: los frescos de la biblioteca del Monasterio esconden las claves para la localización de ciertos libros de contenido esotérico y ocultista. Una afirmación tal vez demasiado rotunda pero que induce a una fascinante indagación. No en balde, el ser humano se distingue por tener la capacidad de elucubrar y simbolizar el mundo que le rodea por medio de la filosofía, el arte o las distintas religiones.

Grabado de Juan de Herrera
El misterio se desarrolla a lo largo de tres secciones, a modo de introducción, nudo y desenlace: el escenario, los personajes y la búsqueda. Un viaje histórico y, como advertimos, incluso iniciático para el lector más dispuesto. Ensayo de investigación en un escenario completamente real, con una puesta en escena salpicada de conspiraciones, mancias y lugares sagrados.

El volumen se completa con unas láminas a color que detallan las enigmáticas pinturas de la bóveda principal, además de mostrar otros emplazamientos a los que se hace referencia, junto con una serie de apéndices que recogen diversa correspondencia, una sentencia, una memoria, el testamento de Juan de Herrera y algunos de los documentos del traidor por excelencia, Antonio Pérez (1534-1611); sin olvidar un nuevo desentrañamiento de esas claves ocultas… (Apéndice IX). 

Tan solo cabe anotar un “pero”, sito en la página 251, en torno a las palabras de un crítico de cine al que no se nombra; que una cosa es no sobreabundar en información de tipo bibliográfico –de la que el libro prescinde total y conscientemente- y otra muy distinta emplear a un autor y proceder a su ocultismo; es decir, someterlo al anonimato (olvidos -y hablo ahora en general- a los que no nos resignamos aquellos que no queremos que se nos cite sin mencionar la fuente).


En el prefacio se advierte de que en la historiografía la objetividad no es un hecho inalienable, aunque, sin duda, sí debe aspirar a ser objetivo el análisis de los hechos, puesto que la exigencia con la historia, y con uno mismo, no ha de estar reñida con un academicismo tan escéptico que todo resulte literalmente “hermético”. Ya hemos comentado otras veces cómo algunos historiadores y arqueólogos, no todos, se han caracterizado por arrojar a la papelera (de reciclaje o la de toda la vida) aquellos datos que les eran onerosos y no encajaban en sus obstinadas estructuras artificiales.

En cualquier caso, como acabó comprobando el autor de este texto, junto a sus compañeros de aventura e investigación -en oportuna sombra-, aún siendo la más principal, el Monasterio de El Escorial no constituyó la única obra de interés diseñada por el arquitecto cántabro.

Pero con respecto a este formidable, riguroso y real sitio, recordemos que este se sitúa a cincuenta y dos kilómetros de Madrid, y que además del clásico orden dórico, también participa del matemático, el geométrico y el humanístico, siendo su concepción una imagen de adecuada semejanza con el mítico Templo de Salomón (junto con los merovingios, uno de esos reyes que también fue tenido por mago). Como certeramente resume Vázquez Mariscal, estamos ante un edificio que trata de conciliar elementos de la ortodoxia cristiana con la tradición hebraica (pg. 27).

Biblioteca de El Escorial
Es por ello que para poder compartir con el lector el enigma, este deberá poseer sus propias claves, que el autor va proporcionando a lo largo del texto, en una redacción asequible y amena, que incluso llega a interpelarlo por medio de algún que otro coloquialismo.

Sintetizando algunas de esas claves, recordemos también cómo entre los hebreos arraigó una sabiduría casi mística de los números, basada, a su vez, en la tradición de Pitágoras (c.569-c.475 A.C.) y el tetractys. Un significado esotérico por parte de los pitagóricos al que se sumó el de los cabalistas, cuya interpretación está íntimamente ligada al valor correspondiente de cada letra del alfabeto hebreo, el cual contiene, en sí mismo, los secretos más profundos de la Creación, directamente revelados por Yahvé a Moisés.

Secretos dilucidados por Euclides (325-265 A.C.) o el mecenas Michael Maier (1568-1622), que desembocan en las figuras de Salvador Dalí (1904-1989), que se hace eco de una tradición pictórica esotérica derivada de los maestros del renacimiento (93) o Jean Cocteau (1889-1963), y que discurren por el importante trasbordo que ofrece el no menos mítico Enchiridion Leonis papae, el manual redactado por el papa León III (c.750-816) como un significativo regalo para Carlomagno (c.742-814), cuyas recetas mágicas aseguraban la obtención de determinados dones (un asunto al que el autor dedicará otro apasionante libro-viaje).

Solo teniendo en cuenta este cíclico e ininterrumpido fluir de la historia de lo no visible seremos capaces de profundizar en la relación primordial entre alquimia, cábala, astrología y geometría –a la vista pero oculta-, de los frescos y estructuras propuestos por Juan de Herrera, siempre conforme a los designios del propio rey Felipe II (1527-1598). Y en estas andaban hasta que en el siglo XVI el significado de dicha simbología hubo de ser ocultado por temor a ser considerado hereje. 

La última Cena, de Salvador Dalí
Hace algún tiempo comentábamos el excelente libro El escritor en su paraíso de Ángel Esteban (1963). En él se nos recordaba la figura del hebraísta y humanista Benito Arias Montano (1527-1598) que, precisamente, fue el primer bibliotecario del Monasterio y que, como habrá advertido el lector más observador, nació, vivió y murió en idénticos años que su regio empleador.

Sea como fuere, la clave de esta ocultación se ha conservado -tal parece- en hebreo y con la singularidad de aparecer en ella dos letras mal escritas, las cuales permiten -o permitirían- pulsar otras muchas teclas, como las que compartimos en el presente libro, que se lee con el interés de una crónica histórica (al menos en lo que a los datos aportados por la misma se refiere), que repasa las vertientes esotéricas o corrientes ocultas más arraigadas e interesantes de las desarrolladas por el ser humano. Con el apartado dedicado a la búsqueda en sí, el texto pasa a convertirse en un relato narrado en primera persona, en pos de la localización de los restos de Juan de Herrera o de la confirmación de su valioso escondrijo secreto, caso de haberlo... Eso sí, más que tesoros contantes y sonantes lo que se pretendió salvaguardar fueron libros y documentos.


Cuando tras arriesgadas especulaciones e inevitables reconsideraciones en torno a todo ese material que sí ha sobrevivido a incendios y saqueos -al tiempo, en definitiva-, estas toman forma en un enclave geográfico y físico determinado, uno comprende que, finalmente, ha sido partícipe de un dichoso viaje de iniciación; aunque siempre arribando al buen puerto de los detectives más humildes (véase el apartado de las conclusiones).

En suma, Las claves ocultas de la biblioteca de El Escorial es un texto franco y directo, punteado por documentos y apreciaciones de la época, junto a informaciones más que curiosas, como las medidas esotéricas del monasterio (81). Y pese a que no todas las huellas del pasado perviven, algunas sí han sido llamadas a permanecer y favorecer toda suerte de hipótesis de trabajo, investigaciones y excursiones.

Escrito por Javier C. Aguilera


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