
Nacido en Barcelona a principios de 1933, Juan Marsé fue dado en adopción al no poder encargarse su padre viudo de los dos hijos que tenía, cuestión que marcaría su idea del azar de la identidad así como la plasmación de vivencias personales en sus novelas.
Disfrutó y se formó a través del cine, siendo aficionado tanto al cine negro norteamericano de los años 30 y 40 como al western, a lo que acompañaron sus primeras lecturas a través de tebeos, novelas de kiosco y autores como Stevenson y, posteriormente, Stendhal y Balzac. Sin embargo, no publicará hasta 1960, con su primera novela Encerrados con un solo juguete. A la que seguirían posteriormente obras como Últimas tarde con Teresa (1966), La oscura historia de la prima Montse (1970) o, su considerada mejor novela, Si te dicen que caí (1973). A su carrera como escritor se unirá su perfil como periodista en diversas revistas, generalmente de carácter humorístico irónico.
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Juan Marsé |
Tanto el inspector como la niña, Rosita, son dos derrotados que tan solo actúan como testigos de este momento. El primero se muestra fracasado ante lo que fue en el pasado, habiendo dejado de ser un hombre fuerte y poderoso, mientras que ella es una huérfana de guerra que ha quedado degradada por la violación, aunque aún mantiene sueños e ilusiones infantiles, propias de su edad, entre los trece y catorce años. Entre ambos surge un vínculo de complicidad que evoluciona a lo largo de la novela, en gran medida porque el propio inspector comienza a cambiar en este paseo por la ronda, acabando por identificarse no con quien fue, sino con aquellos perdedores entre los que deambula ahora, llegando al arrepentimiento de la figura represora en que llegó a convertirse. Algo que terminará por confirmarse al final, cuando la verdad sea manipulada para mantener la ilusión de una victoria o de un caso resuelto.
La excusa de la identificación del violador, tema central de la novela, sirve para conocer el pasado y el presente de los personajes que conviven en este barrio de Barcelona sumido en la pobreza, a pesar de residir diferentes clases. Las paradas de Rosita, acompañada por el inspector, funcionan como una especie de via crucis que permite adentrarse en diferentes retratos de la sociedad barcelonesa, ninguna exenta del humor negro que Marsé emplea para las escenas más cruentas, logrando una naturalidad de lo grotesco que nos recuerda al esperpento de Valle-Inclán. Cabe destacar también el uso de personajes pertenecientes a otras obras del autor, en un universo común que podría recordarnos a la misma técnica empleada por Galdós entre sus novelas.
En definitiva, una novela cruda que bebe del género negro para mostrar la dureza de la posguerra, de una forma similar al reflejo que autores como Raymond Chandler lograban de la sociedad norteamericana a partir de sus casos. No obstante, destaca entre los retratos la complicidad de los dos personajes centrales, cada uno perteneciente a bandos distintos, pero ambos perdedores, un reflejo de la situación de la que el propio autor fue testigo entre esas mismas calles de su infancia. Juan Marsé nos ofrece en esta Ronda del Guinardó la visión descarnada y sin piedad de una España fría y miserable donde convivían personas de vidas rotas e ilusiones incumplidas; el precio de una guerra para cualquier bando.
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