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28 febrero, 2018

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Palacio de Carlos V, Granada (Fotografía de MB)
Febrero con su brevedad ha dado a su fin y aunque ha terminado con lluvias y nieve, se encamina hacia la primavera de marzo. Entre esa brevedad y nuestras ocupaciones, tan solo hemos alcanzado las nueve entradas, pero manteniendo las visitas en torno a las 15000. También nos mantenemos igual en nuestras plataformas, tanto en Blogger como en Twitter o nuestra página de Facebook.

Durante estos días hemos tenido equilibrio entre las artes, aunque ha destacado, por cantidad, el cine. Desde ese cine de monstruos con La humanidad en peligro hasta las más dicharacheras y románticas, como ¿Qué me pasa, doctor? pasando por la animación más entrañable, con WALL-E o por los biopics más serios, como El caso Fischer. A su vez, nos acercamos a la literatura más juvenil con Se suspende la función, más clásica con La venganza de don Mendo o más misteriosa, con Los hombres de negro y los OVNIS. Y también tuvimos una entrega más de psicología, esta vez más especializada, sobre la terapia cognitivo-conductual.

Seguiremos en marzo con más entradas. Se acercan, además, fechas especiales a las que esperamos prestar atención, como el Día de la Poesía. Esperamos leer vuestros comentarios y que os gusten nuestros artículos.

Un saludo del administrador,
Luis J. del Castillo

PD: En esta ocasión os recomendamos un canal dedicado a analizar agujeros de guion bastante simpático y bien realizado.



"Escribir es recordar, pero leer también es recordar"
                  - François Mauriac (1905-1970)



El caso Fischer, de Edward Zwick

25 febrero, 2018

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El ajedrez tiene su lugar en la historia como uno de los deportes intelectuales de mayor prestigio, a pesar de que su seguimiento sea bastante pobre en comparación a los grandes deportes de masas. No obstante, eso no evita que también haya tenido sus estrellas, algunas destinadas incluso a ganarse un nombre propio en la historia.

Tal fue el caso de Bobby Fischer (1943-2007), que logró que el ajedrez fuera centro de atención mediática en su país, Estados Unidos, durante los años de su máxima actividad en el deporte que después abandonaría. Nos situamos en los años setenta, pendientes de la guerra fría entre Rusia y EEUU que también se jugó en las tablas de ajedrez, en la denominada partida del siglo entre el norteamericano Fischer y el ruso Borís Spassky (1937).

Sobre esta partida y sobre la particular personalidad del ajedrecista estadounidense versa El caso Fischer (Pawn Sacrifice, 2014), dirigida por Edward Zwick con guion de Steven Knight, ambos más enfocados al mundo del thriller como se nota en esta misma obra.


La obra consta de dos partes que tratan en conjunto tres temas principales que se entrecruzan a lo largo de la película: el ajedrez, la conspiración política y el retrato de la personalidad confusa y agitada de Fischer (Tobey Maguire). La primera parte se centra precisamente en la infancia y juventud de Bobby, mostrando su carrera ascendente y sorprendente mientras crecía siendo un niño solitario, marcado por las paranoias persecutorias de su madre y enfocado tan solo en el deporte de las tablas, su obsesión. Todo ello tendrá su reflejo directo en la segunda parte, pero no podemos dejar de sentirlo casi como un prólogo obligado por el género del biopic, dado que realmente el interés de la película será la partida contra Spassky (Liev Shreiber) más que la biografía completa de Fischer, al punto de que, una vez finalizada la mencionada partida, llega también el abrupto cierre de la obra. 

La segunda parte es, por tanto, el centro del interés sobre el que pendula todo lo demás: un episodio concreto del que se extraen los tres temas antes citados. El desarrollo puede resultar algo tedioso, enredado en tramas políticas que no llevan a ningún puerto y cuya máxima complejidad es el enfrentamiento entre un estadounidense con el comité ruso de ajedrez, del que el gobierno soviético estaba bastante satisfecho por haber dominado el panorama de este deporte en los últimos años. En ese sentido, sale beneficiado el retrato que logra el guion sobre la personalidad de Fischer, que es encarnado a la perfección por un Tobey Maguire en estado de gracia. A través de sus actos observamos prácticamente un personaje bipolar entre la exaltación más pueril y la paranoia más lúgubre. A veces encontramos a un divo del ajedrez que es exigente y cuyas peticiones son tanto absurdas como infantiles, como después vemos a una persona débil tras su caparazón, un genio del ajedrez encerrado en los miedos heredados de la infancia. Es decir, en la conspiración que veía su madre siempre a su alrededor y en la repetición de dogmas que hoy resultarían del todo políticamente incorrectos, aún más cuando observamos que Fischer era hipócrita al criticar a su propia religión, el judaísmo, o a los rusos de los que él tanto había aprendido gracias a las revistas de ajedrez.


En cierta forma, el título original funciona mejor para entender el enfoque que se le otorga a la película: el sacrificio del peón, en traducción directa, tiene un doble significado, el literal otorgado por la jugada de Fischer en una de las partidas contra Spassky, y el metafórico, el que sitúa a Fischer , y también al propio Spassky, como un peón de la política internacional, un peón al que presionar hasta el desvarío y poder sacrificar. Resultará evidente tanto por la manipulación a la que es sometido Fischer como por las escenas que comparte junto a su rival ruso. Entre ambos existe un odio impostado, mantenido más por las presiones que por su carácter. No en vano, El caso Fischer amplía sus miras para dar cabida a escenas protagonizadas por Spassky, que son mantenidas por Schreiber con gran contención y fuerza, en las que veremos cómo el ruso es más consciente que Bobby del interés partidista. La relación entre ambos contrincantes así como el retrato que se hace de ambos son el mejor aspecto de la obra, gracias sobre todo a las interpretaciones de los dos actores principales. 

El resto de aspectos quedan excesivamente difuminados. Como mencionábamos antes, el interés de la película se centra en esa rivalidad durante la partida de 1972, por lo que otros argumentos quedan sin desarrollar o aclarar. Ahí tenemos la fugaz presencia de la familia de Fischer, que es intermitente: no comprendemos del todo la relación materno-filial que se plantea, la preocupación de la hermana de Fischer queda reducida a un par de escenas sueltas, el interés político es representado sobre todo por la atención mediática, pero salvando al abogado de Bobby, no hay apenas presencia de este entramado. En definitiva, líneas demasiado vagas que no hacen sino distraer al espectador y alargar la duración de forma innecesaria. En este sentido, resulta algo pretenciosa para haber quedado tan determinada a un episodio tan concreto.


Por tanto, debemos destacar de El caso Fischer tanto unas actuaciones muy logradas como una dirección limpia y rigurosa, que a pesar de tener una tendencia más afín al lado estadounidense, no le impide criticar la presión de esta política o reflejar con cercanía al rival soviético de Fischer. La película queda sostenida por secundarios que ejercen una gran labor, pero con tramas desarrolladas de forma irregular. Quitando lo predecible, queda un retrato bastante curioso, pero difuminado, de este personaje cuyo nombre quedó ligado a la historia tanto del ajedrez como de la guerra fría.


Otros mundos (XXIV): Los hombres de negro y los OVNIS, de Fabio Zerpa

23 febrero, 2018

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Uruguayo afincado en Argentina, Fabio Zerpa (1928) avistó un ovni hallándose en un avión militar en 1959, lo que le hizo interesarse vivamente por la incógnita de los no identificados. Estudió psicología y sociología, y se introdujo en el proceloso pero apasionante campo de la parapsicología. Esta experiencia inicial, más tarde confirmada por la gran oleada de 1978 sobre cielo sudamericano es, por lo tanto, el acontecimiento que desencadenó en el joven Zerpa un recorrido aventurero, externo e interno, encontrando mentira y verdad, y necesitando buscar la razón de esta gran sin razón de los ovnis (Una introducción inquietante).

Una inquietud que se manifiesta, como tantas veces, en la presentación y dirección de diversos programas de difusión y en la creación de una publicación especializada, Cuarta Dimensión. Investigador de campo, Fabio Zerpa indagó en toda la América latina y en España a través de su organización ONIFE, uno de tantos grupos dedicados, sino al elusivo esclarecimiento, sí a la taxonomía y constatación del fenómeno ovni. Entre la lista de colaboradores y asesores científicos que facilita Zerpa, se encuentran físicos, médicos y pilotos de aviación. Con ello se nos recuerda que, en cuestión de ovnis, la línea divisoria no está entre quienes creen o no creen, sino entre los que están bien informados y los que no (al igual que en cualquier otra circunstancia de la vida, al margen de las especializaciones profesionales).

Pero no fue únicamente el sorprendido Zerpa testigo de la objetividad del fenómeno; además, lo fue de sus nada angélicos custodios. Unos cancerberos que el autor reconoce le parecían formar parte de una conspiración demasiado ficticia y novelesca (Introducción). Pese a todo, algo positivo se derivó de este hecho, al advertir que yo ya tenía mi dimensión individual gracias a los hombres de negro.

Así, en Los hombres de negro y los OVNIS (Otros Mundos, Plaza y Janés, 1979), Fabio Zerpa anticipa que, en su opinión, estos no pertenecen al servicio secreto de ningún país, sino a un entente poco cordial y bastante más difuso. Seguidamente, nos da a conocer la identidad de su contacto en este asunto fascinante y peliagudo: un matemático de Oxford, catedrático de física y distinguido con el título de sir, que durante algún tiempo fue empleado en el servicio de inteligencia de Reino Unido.


Podemos considerar el de los muy literarios y cinematográficos hombres de negro como un epifenómeno dentro del fenómeno físico de los ovnis (como sucede con UMMO, otra interesante derivada, entronque o no con el evento de una forma directa). No en vano, lo que algunos desinformados (o malintencionados) tildaron de moda, fue la lógica e inquisitiva respuesta a la gran oleada de avistamientos registrada en todo el mundo, entre mediados de los setenta y primeros ochenta. Obviamente, también las hubo antes, ya que considerables oleadas se han venido registrando desde la segunda mitad del siglo XX. Pero especialmente significativa fue la de estos años. Más tarde, por las razones que sea, tales oleadas parecen haber remitido. Sin embargo, pese a la no identificación por parte de nuestra ciencia presente, agotados los debidos análisis y recusaciones, el fenómeno quedó definitivamente incorporado a nuestra sociedad. Tiempos aquellos de gran expectación y apertura, como de buena salud divulgativa (aparte de alguna ufana chaladura). Quien lo vivió lo sabe.

Es por ello que Los hombres de negro y los OVNIS se divide en tres partes intercambiables. En la primera se exponen varios lances ya clásicos, como el encuentro cercanísimo de Antonio Villas Boas (1934-1992), de Brasil, el de José Antonio da Silva (-), también de Brasil, o el del argentino Jorge Castillo (-), sobresaliendo el descubrimiento llevado a cabo por el comandante de aviación Bruce Cathie (1930-2013), respecto a un sistema de red de vigilancia por medio de antenas. Muchos de estos casos se presentan en forma de interrogatorios dialogados, al estilo de las novelas policiacas. Además, Zerpa incluye la evaluación psicológica de algunos de los testigos de tan extraordinarios sucesos (en tanto suponen una drástica alteración de la vida cotidiana). Circunstancias ligadas, en intuitivas palabras del autor, a seres más evolucionados, en escalones superiores de la gran espiral hacia la perfección, en pos de la comprensión y la unidad (75).

Abundando en ello, insiste en que el tiempo y el espacio solo son estructuras de nuestra facultad de percibir las cosas (…), pues en el inconsciente está el pasado y el futuro (124). Por algo, para Albert Einstein (1879-1955), ellos eran viajeros en el tiempo (Ídem). En cualquier caso, lo evidente es que estos visitantes no parecen pertenecer a nuestro tiempo, aunque interactúen con él. A los antedichos testimonios, se añaden de pasada las experiencias de déjà vu de gente tan reconocida como Louis Bromfield (1896-1956), Benjamin Franklyn (1706-1790), Charles Dickens (1812-1870) o sir Walter Scott (1771-1832) (Tiempo).


En segundo lugar, el libro recala en algunas consideraciones sobre el tiempo y las posibilidades teóricas de desplazamiento por él. Otras veces, Zerpa se deja llevar, con la mejor intención, por la candidez (sino real, sí expositiva), caso de elucubraciones más discutibles como la de una Tierra hueca y habitada (sin duda, la zona crepuscular más endeble del libro), o la propia indumentaria oscura de los interfectos (si bien, el propio Zerpa reconoce que no se trata más que de un vistoso aditamento). Por el contrario, gratos son los comentarios dedicados al tarot (262).

De este modo, los hombres de negro hacen su aparición estelar mediado el libro (Los hombres de negro en la investigación ovni), y lo hacen en forma de dos extrañas mujeres, puesto que, metidos en harina, no existe diferenciación por sexos. Hombres y mujeres de negro se hacen pasar por periodistas, investigadores o autoridades militares, y dejan tras de sí un reguero de intimidaciones y falsedades, cuando no de amenazas veladas o expeditivas, una vez han sustraído la información que precisan por vía del amedrentamiento o el robo.

Fabio Zerpa vuelve a ofrecer situaciones de primera mano, como la que narra la experiencia vivida por dos empleados de banca camino de Granada (España), desde Córdoba, al día siguiente de la Nochebuena. O la muy inquietante desaparición de varios adolescentes, en lo que podemos denominar el enigma de Thomasville, Georgia (EEUU) (me encantó esté improbable relato, al fidelísimo estilo de los ultracuerpos, aunque, tratando de encontrar alguna información sobre el particular en 2018, no hallé nada de interés).


En suma, ¿humanos o foráneos? El autor opta por lo primero, si bien, apunta a una posible doble naturaleza, por la que los hombres de negro se conducen como guardianes de una verdad poderosa, tanto como unos agresores fríos y calculadores. Se encargan de enmascarar o destruir, no ya la información emergente, sino el deseo por la información misma, no permitiendo el acceso al conocimiento (algo así como los modernos pedagogos). ¿Pero lo hacen con la complicidad gubernamental o a despecho de esta? En este sentido, su influencia sería de un orden paragubernamental, es decir, no amparada por mecanismos obstructores y paralelos como la CIA.

En fin, no cabe duda de que, a veces, es divertido elucubrar. Personalmente, no sé si han existido o siguen existiendo los hombres de negro, pero sí me interesa la cuestión en lo que tiene de posibilidad de injerencia en las libertades del individuo, aparte de a efectos dramáticos narrativos. En resumidas cuentas, si tales cuentas pueden resumirse, estamos ante la ramificación colateral de un fenómeno real y complejo, donde entrar en contacto con dicha gente parece ser lo más parecido a entrar en contacto con otro universo, alejado de nuestro más apegado egocentrismo. De cualquier manera, lo que sí ha de captar el fino radar del lector es la gran humanidad que se desprende, como prueba irrefutable, de las palabras de Fabio Zerpa.

Escrito por Javier Comino Aguilera 


El autocine (XLVI): La humanidad en peligro, de Gordon Douglas, y The Deadly Mantis, de Nathan Juran

19 febrero, 2018

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El desierto es un lugar donde se mezcla lo peligroso con lo fascinante. En el estado de Nuevo México (EEUU), al lado de White Sands, que es el emplazamiento donde detonó la primera bomba atómica, en 1945, dos agentes de la policía, el sargento Ben Peterson (James Whitmore) y el patrullero Ned (Chris Drake), acuden a socorrer a unos campistas. Lo hacen en coche, pero con apoyatura aérea; un medio suplementario que se verá fundamental, directa o indirectamente, en el desarrollo visual y argumental de La humanidad en peligro (Them, Warner Bros., 1954).

Los agentes solo encuentran a una niña (Sandy Descher), como única superviviente de un ataque cuya naturaleza aún se desconoce. Por desgracia, esta se halla en acusado estado de shock, y no puede revelar ninguna información. Salvo en un caso. Cuando las causantes del enigmático ataque emiten sus vibrantes sonidos, destinados a la comunicación entre sí mismas, la chica reacciona gestualmente y de forma elocuente, pero ni el doctor que la atiende ni el bueno de Ben Peterson se dan cuenta de ello en ese preciso momento. Solo el espectador, tal y como lo ha planificado el realizador Gordon Douglas (1907-1993), advierte el significado de esta expresión.

Habrá que esperar hasta que el resolutivo doctor Harold Medford (Edmund Gwenn), haga otra prueba, a fin de que la muchacha muestre algún signo de reanimación, a base de hacerle oler una muestra concentrada de ácido fórmico. Lo interesante, por lo tanto, es que asistimos a los efectos de una invasión, antes de que sepamos, stricto sensu, las causas u origen de la misma. Estas se determinarán más tarde.


No cabe duda de que es el propio desierto uno de los personajes destacados de La humanidad en peligro, aunque la acción se acabe trasladando a la ciudad de Los Ángeles (EEUU). Entre las criaturas que lo habitan, están algunos seres humanos, en una perdida caravana, o atendiendo un comercio de abastecimientos, también saqueado, como averiguan Ben y Ned cuando inspeccionan dicho establecimiento. De igual modo, el viento del desierto se deja sentir, formando parte de la banda sonora; esta vez, a cargo del competente y versátil Bronislau Kaper (1902-1983).

A la antedicha cuadrilla local se suman, entre otros, Robert Graham (James Arness), oficial de la oficina central del F.B.I. en Álamogordo (Nuevo México), el referido doctor Medford, y su hija, también doctora en el estudio entomológico, Patricia Medford (Joan Weldon). El grupo tratará de determinar las causas de los ataques, así como el paradero de los desaparecidos, en más de un sentido, tragados por las arenas del desierto. Incluso el doctor Medford pondrá al corriente al resto de sus compañeros de equipo, formado por los policías y otros altos mandos del ejército, acerca de la naturaleza y hábitos de los animales que se identifican como la causa de todo el misterio, unas hormigas agigantadas por la radiación atómica. Lo hará por medio de la proyección de una película documental, al estilo de lo que sucedía en Con destino a la luna (Destination Moon, Irving Pichel, 1951). Ello evidencia lo poco que sabemos acerca de nuestros vecinos más comunes e invisibles.


A este respecto, también es significativo anotar cómo antes de que Medford desvele sus sospechas, ellas aparecen. Lo mismo sucederá cuando las reinas volantes emprendan su vuelo: en principio, solo conocemos los resultados dramáticos que causan.

Este sostenimiento del suspense, y el pesar genuino de algunas de las víctimas supervivientes, es lo que distingue a La humanidad en peligro, convirtiéndola en una particular obra maestra del género. Un suspense que, por ejemplo, atañe a la desaparición de dos niños, que como se podrá comprobar, aún continúan con vida.

Todas las fuerzas, científicas, policiales y militares, se coordinan una vez se ha detectado el primer hormiguero. Un enclave inicial, porque de él se propaga la amenaza, en off visual, aunque por eso mismo, de forma sumamente efectiva, de un par de hormigas reina que establecen sendas colonias. La primera será destruida, según se nos narra, al igual que la segunda, aunque esta requerirá del esfuerzo adicional de los protagonistas, ahora sí, visualizado en imágenes, una vez se ha localizado el hormiguero en la citada ciudad de Los Ángeles. Tras mantener el sigilo de cara al público, lo que equivale a decir que de cara a la prensa, la población es informada finalmente del peligro. Pero Gordon Douglas evita los típicos planos de una población aterrorizada. Por el contrario, esta se nos muestra responsable y cumplidora de todas las advertencias. Así, mientras El Monstruo de tiempos remotos (The Beast from 20.000 Fathoms, Eugene Lourie, 1953) tomaba la ciudad indisciplinadamente, aquí las autoridades militares se curan en salud, aconsejando a todos los residentes.

Entre tanto, el considerado “sueño de un científico”, en palabras del doctor Medford, no tarda en convertirse en una verdadera pesadilla, bien ilustrada en el momento en que Ben, Patricia y Robert, descienden por el primer hormiguero, situado en el desierto, procediendo a inspeccionar el nido, después de haberlo envenenado. ¡O casi! Realmente, esta experiencia es lo más parecido a estar en otro mundo, dentro de este.

Sin duda, una idea colosal, tal cual la desarrollaron los guionistas Ted Sherdeman (1909-1987) y Russell Hughes (1910-1958), en torno a un relato de George Worthing Yates (1901-1975).


Como hemos podido comprobar, el temor a la repetición y consecuencias de un pavoroso acontecimiento real, esto es, las pruebas nucleares (es curioso cómo la historia se repite, ahora en otras temibles latitudes), viene a ser el elemento primordial que articula el argumento de La humanidad en peligro; al igual que una erupción volcánica hace lo propio en nuestra siguiente película a reseñar, The Deadly Mantis (La mantis mortífera o El monstruo alado; Universal, 1957). De hecho, este temor conforma el sustrato dramático de todo un (sub)género, el de mutantes, animales prehistóricos revividos, y otros monstruos derivados de la radiactividad atómica.

En esta ocasión, el inasequible e imprescindible productor William Alland (1916-1997), también responsable de la historia original, contrató de nuevo al guionista de Tarántula (Tarantula, Jack Arnold, 1955), Martin Berkeley (1904-1979), para poner en marcha otra Monster Movie (o Bug Movie), que incluye varias imágenes de archivo extraídas de otras películas y documentales. Estas son las referidas al pueblo esquimal que sufre las consecuencias de la mortífera mantis, al deshielo de un glaciar y un iceberg, o a las distintas barreras de radares, distribuidas por el territorio estadounidense, Canadá y la zona polar. En concreto, se acentúa la información respecto a la Barrera del Sistema de Alerta Anticipada, o DEW (Disitant Early Warning System), en pleno Ártico.

Considero que todas estas aclaraciones iniciales son oportunas, pues además de conferir una pátina realista a la película, nos preparan para la subsiguiente información de una señal misteriosa que va y viene; con lo que no se sabe, a ciencia cierta, a qué corresponde. Unas veces se muestra por encima del radar, y otras por debajo del mismo.


En suma, es esta una producción sobre la que se han cebado los tópicos, que si el militarismo (para los que cualquier presencia militar en la pantalla resulta ofensiva), que si la falta de carisma del guión o los intérpretes, que si el excesivo protagonismo del monstruo (¡pues claro!)... Sin embargo, al margen de algunas inconsistencias, The Deadly Mantis funciona como relato de terror, bien organizado por el austriaco afincado en Estados Unidos, Nathan Juran (1907-2002). Arquitecto, director artístico, y finalmente realizador de algunas memorables películas, Juran inserta en The Deadly Mantis la idea precedente de un colosal monstruo, que también puede volar, tal y como se muestra, y que asimismo acaba buscando refugio en un entorno artificial cerrado. Aparte de que, esta vez, el protagonismo es compartido, no ya por el animal, sino por otros cuatro personajes, como son el coronel Parkman (Craig Stevens), el doctor Nedrick Jackson (William Hopper), jefe de antropología del Museo de Historia Natural de Washington; su ayudante y directora de la revista del museo, Marjorie Blaine (Alix Talton), y el general Mark Ford (Donald Randolph). Un grupo al que se suma esporádicamente un patólogo, el profesor Gunther (Florenz Ames).


La cámara se desplaza por un mapa de todo el globo al inicio de la película. Más concretamente, se detiene en el Mar de Weddell, en el Círculo Polar Ártico, donde acontece la citada erupción, y más adelante, en Polo Norte, lugar donde la reacción que prosigue a toda acción, tal y como advierte una voz en off, se deja sentir en forma de terremoto, haciendo que un ejemplar extraordinario de mantis religiosa se libere de su prisión de hielo, descongelándose tras miles de años. La criatura pertenece a un tiempo del pasado en el que esta zona polar no estaba dominada por los témpanos. La intriga se extiende, por lo tanto, al origen de este monstruoso organismo.

La misma voz en off nos informa acerca de los antedichos y diversos sistemas de prevención por radar. A partir de ahí, la situación es análoga a la de La humanidad en peligro. A los puntos ya señalados, podemos añadir el hecho de que las apariciones del monstruo vienen precedidas por el sonido que origina, así como la pérdida de contacto con una base de avanzadilla, en funciones de estación meteorológica; la enigmática ausencia de cuerpos humanos en los escenarios vulnerados, la retención de la noticia hasta que llega el momento de darla a conocer, por medio de la prensa, o la extraña evidencia de unas huellas difíciles de clasificar (esta vez, en la nieve: aquí el escenario es otro tipo de desierto). Con la adición de que los ataques a dicha estación sí que son mostrados, al menos en parte, pues se pretende conservar el suspense en la medida de lo posible. Más aún, la agresión y posterior derribo de un C-47 del ejército, es planificado de forma bien sencilla y efectiva, por medio de un solo plano en el interior de la cabina.


Pero al contrario que las hormigas de La humanidad en peligro, ni el fuego ni las balas parecen poder detener al descomunal insecto. Ni siquiera un buen puñado de misiles. Finalmente, este sucumbirá al gas, ¡pero no sin un gran esfuerzo por parte de Parkman y sus ayudantes!

Eso será después de que la base de operaciones de los protagonistas se traslade desde el Ártico a la ciudad de Washington, donde la mantis lega una de las imágenes más icónicas de la película y del género. Aquella en la que se encarama al Monumento de Washington (finalizado en 1884), en una escena filmada, en parte, con una mantis auténtica. En este sentido, están bien resueltos los efectos especiales de Clifford Stine (1906-1986), que lega otros momentos estupendos, como los del monstruo apostado entre la niebla, atacando un barco de pesca o un autobús; o acercándose y posándose en el referido monumento nacional. Particularmente trabajada está también la música de William Lava (1911-1971) e Irving Gertz (1915-2008); como de costumbre, coordinada por Joseph Gershenson (1904-1988).



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