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31 agosto, 2017

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Plaza España, Sevilla (Fotografía de LJ)
El verano va tornando a su fin tras la despedida de un agosto donde el calor, como no podía ser de otra forma, ha sido protagonista. Hemos seguido una misma línea en torno a las 11000 visitas mensuales a pesar de que hemos bajado este mes la cantidad de entradas. Tampoco nos ha impedido mantener a nuestros seguidores en Blogger, con 176, en Twitter, donde hemos sumado tres más hasta los 628, y en Facebook, con 174.

De nuevo han dominado el cine y la literatura. Hemos tenido una buena ración de clásicos literarios con la prosa y poesía completa de Rimbaud o la obra teatral Las Meninas, e incluso hemos visitado la campiña inglesa de la mano de Agatha Christie y su Muerte en la vicaría o las profundidades del mar de la mano de Antonio Ribera. En el terreno cinematográfico, hemos tenido para todos los públicos: aquellos que buscan un apasionante western con Duelo en la Alta Sierra, los que prefieren más terror, con El hombre de mimbre o La casa roja, o quienes ansían una nueva aventura de superhéroes, con Spiderman: Homecoming.

Para septiembre volveremos con más cine y literatura, y también tendremos nueva entrega de psicología. Esperamos que nos acompañéis otro mes más.

Un saludo del administrador,
Luis J. del Castillo

PD: Os invitamos a conocer el canal de Pilopi donde este peculiar cocinero replica platos de series, anime, y demás locuras culinarias que se le ocurran. En esta ocasión, aprovechando el final de la séptima temporada de Juego de Tronos, compartimos su receta del pastel de carne.


"Un buen libro no sólo se escribe para multiplicar y transmitir la voz, sino también para perpetuarla"
                  -John Ruskin

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La casa roja, de Delmer Daves

28 agosto, 2017

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En su admirable prólogo, y casi participando del tono documental de algunas de las espléndidas películas de la época, La casa roja (The Red House, Thalia-United Artist, 1947) hace uso de la voz en off para situar al espectador en una geografía muy determinada y en un ámbito muy misterioso. Comenta que, al igual que en otros lugares, en Finey Ridge (de ubicación indefinida en la película), modernas carreteras han invadido su oscuridad y le han llevado la luz.

Este comentario es de lo más interesante, por su carácter atmosférico, que da a entender que antes de la llegada de la civilización, el entorno de Finey Ridge pertenecía al dominio de lo primordial y de la naturaleza, en su más amplio espectro. Característica que “invade” toda la película visual y argumentalmente, remarcando el hecho de que la consciencia de la luz es, en muchas ocasiones, consecuencia de la propia consciencia de la oscuridad (esto es, que cuando se es consciente de la una surge el entendimiento de la otra).

Pese a todos estos adelantos de la civilización, prosigue la voz en off refiriéndose a la pervivencia de unas antiguas veredas tapizadas, que cambian repentinamente de dirección. Una de ellas conduce a la granja de Pete Morgan (el estupendo Edward G. Robinson, artífice de la producción y sostenedor del acentuado hermetismo de toda la trama).

Es este un entramado en el que la naturaleza y la psicología se dan la mano, incluso para mantener un agreste y decisivo pulso, y en el que el llamado Bosque de Oxhead, se erige en protagonista esencial, receloso y mayestático, portavoz presente pero oculto de la propia personalidad de Pete Morgan. Unas contraposiciones que, sin embargo, se ajustan y definen el clima que se vive en la granja que habitan Pete, su hermana Ellen (Judith Anderson), y la joven adoptada Meg (Allene Roberts). Por algo el lugar es definido como un castillo amurallado.


El señor de dicho castillo es el agricultor Pete Morgan, según la novela de George Agnew Chamberlain (1879-1966), The Red House (1943; que sería muy grato se publicara en español alguna vez), dándose la circunstancia de que hace algunos años, sufrió la amputación de una de sus piernas. Su discapacidad se revelará pronto tanto física como mental (o nuevamente, la una, consecuencia de la otra).

Los Morgan no suelen ir al pueblo, no por ser autosuficientes, como comenta Pete a modo de excusa, sino para evitar el trato con la gente “normal” (léase, no traumatizada, ¡o no al mismo nivel!), y para no enfrentarse a los chismorreos que conciernen a su escueta familia. La granja de los Morgan se ha convertido en un reducto donde, como ocurría con la mansión de Baskerville Hall, todo lo demás conforma un traicionero, desolado y nada bucólico páramo. Más aún, para Pete, los alrededores, y en concreto el bosque Oxhead, están malditos, porque rezuman muerte y se revisten de cierta parafernalia sobrenatural, aunque en este caso, en su vertiente estrictamente psicológica, algo con lo que el realizador Delmer Daves (1904-1977) sabe jugar hábilmente (me refiero, con bastante mejor fortuna que en otros ejemplos del torpón subgénero psicoanalítico de la época). Aunque el escenario es completamente real, este casi se contempla como el acceso a otra dimensión, más mental -o temporal-, que espacial, si bien, insisto, más tangible que onírico. En suma, un lugar insólito, pero en absoluto ajeno a la realidad.


Hasta el joven Nath Storm (Lon McCallister), que trabaja como aparcero en las tierras de Pete, advierte que hay algo en esos bosques. En este sentido, la proyección psicológica es plena, siendo el espectro sobrenatural tan solo una intrigante posibilidad. El enclave se las ingenia, por sí mismo, para recrear en las mentes el brumoso misterio de una pasada tragedia. Incluso, cuando el lugar es testigo de las acometidas románticas de los jóvenes protagonistas, lo que incluye a la despierta Tibby (Julie London), joven provinciana pero no pueblerina, sujeta a sus ganas de escapar de dicho entorno (al contrario de Pete), sobre todo, si es en compañía de Nath. De hecho, el bosque se comporta como un personaje asfixiante y omnisciente, con su propio guardián y custodio, el cazador Teller (Rory Calhoun). Así se muestra cuando, una ventosa noche, un sugestionado Nath toma un atajo, bosque a través, en el que se pueden oír los “gritos” provenientes de la Casa Roja, edificación (supuestamente) deshabitada y, literalmente, devorada por la espesura. El coraje del muchacho hará que, a la noche siguiente, vuelva a enfrentarse a sus miedos, acudiendo al mismo terreno incógnito, con ánimo de traspasarlo finalmente (una intrusión más reveladora, aunque no menos accidentada).

En realidad, no es Freud (1856-1939) quien sustenta el relato, sino Jung (1875-1961), al advertir, como ya he señalado antes, que del conocimiento de la oscuridad emerge la luz, y que aquellos que no asumen e incorporan los hechos desagradables de sus vidas, fuerzan a la conciencia a reproducirlos una vez tras otra; de forma que aquello que negamos nos somete. Así lo rubrica la pertinente fotografía de Bert Glennon (1893-1967), que cubre de progresivas sombras al personaje de Robinson (1893-1973).

Pero no se trata tan solo del espacio. También el tiempo es una faceta complementaria dentro del relato. No en vano, los traumas mal pagan los favores recibidos. Por ejemplo, Ellen Morgan ha quemado su vida por tal de hacerse cargo de la de su hermano, hasta el punto de sacrificar la ocasión de un futuro prometedor junto al doctor Byrne (Harry Shannon). No por casualidad, nunca les vemos juntos a lo largo de la película.


Por su parte, a Pete el pasado le pesa tanto que se haya estancado en el presente. De improviso, la joven Meg le parece una persona adulta. No quiere que se marche de la granja; lo que semeja ser una prevención, pronto deriva -o se revela- en una conducta psicopática de egoísmo y proyección (una vez más), llevada a sus últimas consecuencias (Meg es tomada, literalmente, por otra persona, pasando a ocupar su lugar). La estoy perdiendo, se lamenta Pete, que también se muestra, en su progresivo estado de enajenación, supersticioso respecto al muchacho (piensa que las cosas comenzaron a ir mal desde que este apareció, cuando se trata de lo contrario, estas comienzan a aclararse).

Por ello, para Pete, se hace imperioso el que nada se halle sujeto a cambio, el que todo permanezca igual, como si el tiempo, en efecto, se hubiera detenido. Contempla la granja como un eterno horizonte en el que todos deben vivir para siempre. En su mente, incluso se repite la misma situación dramática que desembocó en los actuales conflictos, cuando al fin se produce su forzoso retorno al “hogar”, la Casa Roja. Momentos antes, Delmer Daves ha deslizado la cámara hacia la pernera de Pete, equiparando la minusvalía del granjero con el percance que acaba de sufrir Meg, en una de sus incursiones por el bosque. Al fin y al cabo, el secreto de la Casa Roja le concierne a ella más que a nadie, y es ella quien lo desentraña en solitario. Si para Pete, el pasado se ha convertido en una losa siempre presente, para Meg no puede haber futuro sin el esclarecimiento de dicho pasado. El día y la noche poseen otro significado en La casa roja.

La reciente reedición de la partitura de Miklós Rózsa (1907-1995), por el sello Intrada (Excalibur Collection, MAF 7122, 2012), permite apreciar, por medio de su habitual personalidad y colorido orquestal, el excelente trabajo atmosférico del compositor. Qué reconfortante tan buena partitura y qué bien casa en una película tan digna y sugerente.

Escrito por Javier C. Aguilera


La librería ambulante y La librería encantada, de Christopher Morley

25 agosto, 2017

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En La librería ambulante (Parnassus on Wheels, 1917; Periférica, 2012), de Christopher Morley (1890-1957), los personajes van a experimentar lo que les sucede a otros… en los libros. No porque vivan lo mismo que en ellos se describe, sino porque van a dar rienda suelta a su propia aventura. En este sentido, el autor hace uso y disfrute de la llamada meta-literatura sin ningún tipo de impostación de “genio”, es decir, sin aburrir ni tratar de epatar al personal, de una forma amena y asequible, con la consabida sofisticación y refinamiento británicos, importados en este caso, pues Christopher Morley era norteamericano de nacimiento. Pero la gracia literaria no entiende de fronteras.

Christopher Morley
Dos hermanos granjeros, Helen y Andrew McGill, despiertan al mundo de las letras. Pero no lo hacen al mismo tiempo. Esta llamada de la literatura es algo que llega a cada uno cuando le toca. El primero será Andrew que, más que lector, se convierte en un ávido escritor de célebres relatos campestres; sin duda, gracias a un don muy innato que reverdece. Después le llegará el turno a Helen, instalada ama de casa que apenas se ha planteado el rebasar sus horizontes domésticos. Esta otra realidad propuesta por los libros también se dará la vuelta irónicamente: cuando el hermano se convierte en escritor prestigiado, el mundo literario pasa a ser lo vergonzante para la esforzada granjera (Capítulo I). Hasta que un colorido carruaje en forma de vagón de tren, rebosante de libros fabulosos, le plantea una oferta que no puede rechazar (II). A partir de ahí, Helen MacGill emprende un acelerado curso de literatura o, lo que viene a ser lo mismo, de vida. Le compra el carromato al señor Roger Mifflin, librero trashumante oriundo de Nueva York, y, con la referida mercancía, decide vivir su propia aventura allende los márgenes de la granja, por el verde paraje de un valle de Connecticut (EEUU).


La intención primera de Helen es apartar a su hermano de esos libros, pero pronto comienza a apreciar tales artefactos, así como a la persona que le va instruyendo en su manejo y deleite. Ambos personajes complementarios emprenden un camino juntos, que es, como suele suceder, tanto físico como emocional. Esto quiere decir que, mientras Andrew se afana en plasmar sus anhelos sobre el papel -hasta que decide echarse al monte-, Helen los vive directamente, convirtiéndose en una protagonista de libro, por derecho y decisión propias.

El caso es que Roger echa de menos su Nueva York natal y anhela el regreso. Son ejemplares los momentos en los que condensa y narra a Helen lo que ha venido siendo su labor como librero ambulante, por medio de un lenguaje sencillo pero pleno de entusiasmo (IV y VI). Justo lo contrario de lo que no siente cualquiera de los empleados de nuestros modernos, desangelados e impersonales receptáculos, o departamentos, dedicados a la venta de libros (lo mismo da que sus propietarios vendieran salchichones).

El caso es que el espíritu impreso va impregnando a Helen, personaje vital pero adocenado por las tareas del hogar que, a sus treinta y nueve años, ¡se siente como una vieja granjera! (IV, X, XIII). Para Roger, sin embargo, es como si llevara dicho espíritu en la sangre. Para él, que tan solo cuenta con cuarenta y un años (XIV), y también se siente algo gastado, el llevar libros a la gente no es un oficio, sino una forma de vida, o de ser. De este modo, además de ir desarrollando su propia visión de la literatura (XI), Helen también irá conociendo en profundidad a Roger, incluso cuando este ya se ha marchado, a través de su diario personal (X) o del testimonio de otros granjeros (compradores de libros), como los Pratt (VIII).


Ahora bien, para pasar a la siguiente novela del díptico compuesto por Christopher Morley, se hace inevitable adelantar un dato, que no es otro que, transcurrido el anterior periodo de prueba y aprendizaje, ¡de rodaje, en definitiva!, los Mifflin ya se han establecido como un matrimonio de libreros en Brooklyn, Nueva York.

A diferencia de La librería ambulante, de carácter y estructura más anecdóticos, La librería encantada (The Haunted Bookshop, 1919; Periférica, 2013) ofrece una bien calculada y primorosa reflexión (más ambiciosa, si se quiere) sobre la cultura y los sentimientos a través de los libros, sazonada por una trama subterránea paralela, que se desarrolla, sobre todo, en la última mitad del libro, y que concierne al misterio de la desaparición de un valioso ejemplar del Cromwell (1599-1658) de Thomas Carlyle (1795-1881).

En La librería encantada, sobresale un incisivo análisis del ser humano (y no solo del ser humano lector), pese a que, como es bien sabido, para los anglosajones apenas existe la literatura en otras lenguas (al menos Morley, o su personaje Roger Mifflin, tiene la deferencia de nombrar a Vicente Blasco Ibáñez [1867-1928]).

Conviene detenerse un momento en otro de los personajes, el joven Aubrey Gilbert. Podría tratarse de cualquier muchacho de nuestra actualidad. Su rol es principal más que de soporte. Morley lo describe como un universitario que, concluidos sus estudios, apenas ha leído buenos libros (I); sin embargo, su buena voluntad es evidente en el desarrollo de la narración, porque Gilbert posee algo más valioso que el conocimiento, y son sus deseos de aprender, su interés por dicho conocimiento, a su ritmo y según sus propios intereses o gustos. Como cualquier joven bien dispuesto, le agrada conocer aquello que desconoce, siempre que se le dé la oportunidad para ello, algo que compartirá con la señorita Titania Chapman, heredera del emporio de Ciruelas Chapman, que queda a cargo del matrimonio de libreros por indicación de su padre (un empresario amante de los libros). No hace falta tener una gran imaginación para augurarles a estos jóvenes un porvenir común, además de ilustrado.

Aubrey trabaja en una agencia de publicidad y se convertirá en un asiduo -y salvador- de los Mifflin y su librería. La cual describe diciendo que aquello parecía un templo secreto, un lugar destinado a extraños rituales (I), sostenido por el hecho de que la gente necesita de los libros, pero no lo sabe, en palabras de Roger Mifflin (I). Dentro de la agudeza ya señalada, una saludable ironía se desprende respecto de los agentes comerciales, los críticos y los libros de moda, y un marcado ingenio psicológico anima a los personajes centrales. Como se suele decir, todos ellos están muy bien dibujados y descritos (un nivel no tan fácil de alcanzar, sobre todo, cuando tanto se lleva el estereotipo). En fin, para Roger, la oferta es creada por la demanda, y no al revés (II).


También es significativo el que, a diferencia de otros establecimientos, en la librería de los Mifflin, los libros sean de segunda mano, lo que se traduce en que son portadores de una vida propia y particular. La mejor definición de por qué está encantado este lugar la ofrece el propio Roger al final del capítulo VI. Hasta cuando dirige una misiva a Andrew, el hermano de Helen, no puede evitar expresarse como un librero muy versado (IX). Para Roger, el único consuelo permanente son los libros (IX).

Aquí, nuestro personaje tiene la más afín edad de sesenta años (más adecuada a las vivencias expresadas en el relato). Lo cual, o bien determina un lapso de tiempo mayor entre ambas novelas, o bien debemos considerar sus cuarenta y un años -¡tan solo un par de años antes!-, como una licencia. Sea como fuere, gracias a su sopesada experiencia nos confiesa que aprendí a desconfiar de la mitad de lo que se publicaba en los periódicos (…), además de que cuando se rasgan todas las fibras de la civilización, es preciso mucho tiempo para volver a tejerlas (VI).

Aun siendo un librero, ambulante o establecido en Brooklyn, Roger no deja de ser partícipe, en cada una de las novelas, de una apasionante aventura (en compañía de Helen o del joven Aubrey, respectivamente).


Por su parte, Aubrey Gilbert trata de sobrevivir en la creciente jungla de asfalto con sus habilidades y recursos. Pese a no ser un lector tan eminente, el muchacho se convierte en otro personaje de libro, esta vez, de género policíaco, al desentrañar toda la trama misteriosa que se cierne sobre la librería encantada. Entre una determinación pragmática, como publicista, y una imaginación desbocada, como detective amateur, el chico se muestra tan honesto como (felizmente) impulsivo. Para el personaje, no puede haber lo uno sin lo otro. Si en Roger Mifflin, la literatura se confunde con la vida, para Aubrey Gilbert, este está comenzando a vivirla sin darse cuenta de que forma parte de ese universo que se plasma sobre el papel. De hecho, a los cuatro personajes principales dedica Christopher Morley unas últimas palabras, por boca de Roger, que nos recuerdan que la gente que sale en los libros se vuelve más real para el lector que cualquier ser humano de carne y hueso (XV).

Escrito por Javier C. Aguilera


Spider-Man: Homecoming, de Jon Watts

23 agosto, 2017

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La época de superhéroes que vive actualmente el mundo del cine surge con fuerza a inicios de este siglo con dos trilogías que compartieron una característica tercera parte fallida: X-Men y Spiderman. Ambas han sido reseñadas con anterioridad, pero valga la referencia para hablar de la popularidad del héroe arácnido no solo en los cómics, sino también en el mundo audiovisual, incluyendo aparte de hasta cinco adaptaciones cinematográficas en apenas tres lustros, varias series animadas que gozaron o gozan de un éxito dispar, pero siempre contando con la atenta mirada de sus seguidores.

Ahora el increíble hombre araña ha regresado a las manos de Marvel gracias a un acuerdo logrado con Sony para formar parte del universo cinematográfico que han erigido en los últimos años con gran acierto de taquilla y una buena recepción crítica en general. Así ha llegado a nuestras pantallas un nuevo reinicio cinematográfico con el título de Spider-Man: Homecoming (2017).

A los mandos de la película encontramos a Jon Watts (1981), director aún poco conocido que tan solo tenía en su haber dos largometrajes dirigidos: Clown (2014) y Coche policial (2015), ambos de argumento semejante en cuanto a la intriga, la primera en el género del terror y la segunda en el de la road movie. A raíz de su afición por el cine de los ochenta y como fan del superhéroe arácnido, Jon Watts plantea esta versión en un tono adolescente que nos recuerda a ciertas historias ochenteras en torno a la figura del nerd, algo que se plasma incluso en los créditos finales, sin olvidarnos del homenaje inicial a la música de la serie animada de los sesenta y ciertos guiños a las anteriores versiones de Spiderman en el cine.


De esa forma, tenemos a un joven Peter Parker (Tom Holland) al que seguimos en sus primeros intentos de convertirse en un superhéroe. Su carácter juvenil le lleva a actuar con ganas para ayudar a su ciudad, Nueva York, mientras le va restando tiempo a su vida académica y personal de adolescente normal. Sus ansias por conseguir la atención de su mentor y de los Vengadores provocará que se inmiscuya en un negocio de armas y tecnología muy avanzada surgida desde el ataque alienígena de los chitauri, sin medir las consecuencias de sus actos o las vidas que quedarán afectadas. Sin duda, se trata de un adolescente bienintencionado, pero torpe. Capaz de mostrarse perspicaz y buena chispa humorística como Spiderman, pero que como Peter muestra cierta ineptitud social e inexperiencia en el mundo de los héroes. Todavía es un muchacho inocente demasiado inocente para el mundo en el que se está adentrando. A la vez, no deja de sentirse como un niño abandonado por Iron Man (Robert Downey Jr.), a quien ve como el guía para convertirse en el héroe que cree que podría ser.

Todos estos elementos se entremezclan para dejarnos uno de los mejores retratos del personaje en el cine sin necesidad de centrarse en sus orígenes o añadir un exceso de tragedia. Ahora bien, podemos notar cómo falta cierto carácter trascendental, sobre todo cuando el tema de fondo de la película es la cuestión del superhéroe y qué supone serlo y merecer tal nombre. Si bien tendremos varias escenas serias muy bien planteadas, como un excelente diálogo entre el Buitre y Peter Parker digna de un buen thriller o el clásico anticlímax en el que el protagonista sufre una crisis y debe asumir su deber como héroe frente a la adversidad, nos parece insuficiente frente al exceso de humor repartido entre prácticamente todos los personajes, pudiendo llegar a resultar cansino. Es más, otro de sus defectos es la ausencia de conflictos secundarios relevantes o meramente interesantes, dado que el resto de personajes del plantel, a excepción del antagonista, están vacíos o son estereotipos y clichés que solo sirven para aportar el perfil justo o la frase necesaria, sin más.


Ahí tendremos el interés romántico del adolescente, Liz (Laura Harrier), el simpático amigo aún más friki que el propio protagonista, Ned Leeds (Jacob Batalon), el rival o matón descafeinado en todos los sentidos, Flash Thompson (Tony Revolori), incluso la compañera de clase excéntrica y crítica que estará habitualmente pendiente o cercana al protagonista, Michelle Jones (Zendaya). Ni siquiera faltará la figura del mentor en Iron Man, la del profesor enrollado o una tía May (Marisa Tomei) más juvenil, alegre y alocada, en el rol de madre cercana y laxa. Por cierto, sin mención alguna al tío Ben o a su muerte, ni parece que haya ninguna necesidad.

Por contra, debemos alabar el desarrollo de un villano creíble gracias a un Buitre (Michael Keaton) que se inserta a la perfección en la lógica del universo cinematográfico y que se nutre de los acontecimientos anteriores para dar verosimilitud a su maldad. Estamos ante una especie de gángster moderno que se autojustifica en el porvenir de su familia sin atender al daño que está causando a su alrededor, llegando a ser tan astuto como despiadado. Cuando Spiderman comience a inmiscuirse en su camino, será el momento en que su rivalidad se convierta en algo personal, pero con un fondo de cierto honorabilidad, como comprobaremos en la secuencia de los créditos.


Toda la trayectoria del villano prosigue la línea de lo ya visto en anteriores películas de la franquicia: el efecto negativo de los actos de los Vengadores. Resulta relevante mencionar la importancia que tiene mencionar el universo cinematográfico que ha creado Marvel y donde se introduce este personaje gracias a esta película. A diferencia de otras versiones cinematográficas del personaje, este Spiderman vive su inserción en un universo que ya ha sido creado antes de su aparición. Quizás por ello, los responsables de la película no han dudado en dar un enorme peso a las consecuencias del resto de historias, lo que le otorga cierto carácter episódico posterior a la superior Capitán América: Civil War (Hermanos Russo, 2016).

Es decir, más que una historia sobre el héroe arácnido, estamos ante la narración de cómo se inserta al personaje en este mundo de Vengadores, invasiones extraterrestres y consecuencias reales, lo que acaba por restarle importancia al personaje en sí frente a la franquicia. Precisamente, estamos ante un cine de empresa, más que un cine de autor, como pudiéramos encontrar en el caso de Pixar, donde cada obra comienza a compararse entre sí por el sello y no por la mano de quien la dirige, quizás con la excepción en este caso de James Gunn (1970) con Guardianes de la Galaxia, sin dejar de estar cortada por un patrón semejante.


Al llegar a este punto, cabe plantearse qué valoración podemos tener de Spider-Man: Homecoming y tan solo sobresale su capacidad para entretener de forma vistosa, su posible gracia, aunque pueda llegar a resultar pesada la acumulación de chistes, su carácter adolescente que gustará a ciertas edades, su giro argumental poco sorprendente para los espectadores más habituados y una realización corriente, correcta, que brilla en ciertas ocasiones. No podemos sentirla más que como una aventura más a las que nos estamos acostumbrando en el panorama Marvel, quizás con una de las mejores y más divertidas encarnaciones del héroe arácnido, sin caer en excesos melodramáticos, pero que no ha tenido una historia tan firme y atractiva como se merecía. Quizás esté por llegar.


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