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Clásicos Inolvidables (CXIV): Rebelión en la granja, de George Orwell

02 noviembre, 2016

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Muchos regímenes políticos se siguen empecinando en sostener una composición letal, cimentada en la cobardía intelectual, el sometimiento a los grupos de presión (nuestro autor se refiere a la prensa y al entonces Ministerio de Información) y la imposición de una serie de “mandamientos”, más o menos encubiertos, de cara a la opinión pública: la moderna estructura piramidal.

Así lo especifica George Orwell (1903-1950) en el prólogo a su extraordinario relato Rebelión en la granja (Animal Farm, 1945; DeBolsillo, 1987-2015). En este prefacio, no en balde titulado La libertad de prensa, los contenidos se hacen extensibles a otros medios menos en boga o desarrollados por aquel entonces, pero afines; incluso a otras creencias políticas y latitudes. La rusomanía actual es solo un síntoma del debilitamiento generalizado de la tradición liberal occidental (pg. 17), recordaba el escritor británico. Y es que existen ideologías viscerales que, sin embargo, nacieron “libres de culpa”, porque pensarlas supone un esfuerzo de información que muchos no se muestran dispuestos a hacer y que, además, hallan justificación, cometan las tropelías que cometan, en nombre de lo “correcto” para la sociedad. Al fin y al cabo, es mucho más agradecido que nos digan lo que hay que pensar, o que nos lo den (casi) todo hecho por medio del estado o los ayuntamientos de turno.


Ante estas perspectivas se posiciona George Orwell con valentía. Y lo hace porque las ha conocido por dentro y no por fuera. Al fin, los amigos del neo-colectivismo salvaje en aulas, micrófonos y despachos oficiosos no están de enhorabuena; esa gente incapaz de entender que si se favorecen los métodos totalitarios, llegará un día en que se utilizarán contra ella (pg. 16). En demasiados lugares del mundo siguen sin poder ser libres de opinar. Por ello, nada mejor que recurrir de nuevo a las propias palabras del autor cuando especifica que existe una ortodoxia, una serie de ideas que se considera que las personas bien pensantes aceptarán sin discusión; cualquiera que desafíe la ortodoxia dominante se ve silenciado con una eficacia sorprendente (pg. 9).

En efecto, corrupción y “corrección” suelen ir de la mano. Ya decía Lenin (1870-1924) que la mentira era la única arma revolucionaria verdaderamente útil; o el malhadado Trotsky (1879-1940), que los revolucionarios deben pretender actuar a la defensiva, siempre bajo el disfraz de responder a una agresión. Algo en lo que algunos aún les siguen tomando la palabra.

Por ello, George Orwell nos insta a no avergonzarnos de nuestra liberalidad, garante de la libertad más verazmente comprometida e históricamente efectiva (a pesar de algunos tropiezos: nadie dijo que la defensa de la libertad fuera una tarea fácil y cómoda).

A modo de cuento, Rebelión en la granja expone tales peligros. De esta manera, hilarantes y graves son los efectos del revuelo que distorsiona los quehaceres de una granja, así como los atributos humanos que dignifican al común de los animales pero que envilecen a sus élites; lo que incluye la búsqueda de un “cabeza de turco” (Bola de Nieve) por parte del nuevo líder (Napoleón).

Acciones debidamente justificadas por el portavoz del flamante régimen (Chillón); por lo que no deja de tener gracia, además de resultar dramática, la insurrección, perseverante y cíclica, de toda esta tipología de animales-humanos (esa gata que va a su bola y solo valora su confort, pues tal es su tendencia natural).

Sosteniendo la nueva dinámica están el himno convertido en una común cantinela plagada de consignas (capitulo I), la “actividad secreta” de los animales, antes de proceder a “derrocar” al dueño de la granja (II), la elaboración de los mandamientos del “animalismo”, pronto reinterpretados a conveniencia y aderezados con la confección de nuevos símbolos, como una bandera (III); el enfrentamiento directo con los humanos -pocas veces a la altura de las circunstancias- (IV), la disidencia y la expulsión en un sistema sometido al pensamiento único (V), la vulneración de los citados mandamientos por parte de una acomodada élite, ilustrada con las debidas coartadas exculpatorias y las primeras persecuciones ideológicas (VI), la escasez de alimentos y otras materias primas, que deriva en las primeras ejecuciones (VII), el culto al líder y el desembarco de la memoria histórica (VIII), las antedichas escaseces contempladas como “mejorías”, que se acompañan de rumores sobre la existencia de un lugar mejor y más justo (Monte Caramelo); la manipulación en la proclamación de una vida “con dignidad” (por medio de canciones, discursos y procesiones), instante al que se suma la muerte (o el sacrificio) del caballo Boxeador (IX), representante de un pueblo que agoniza; y en fin, los resultados de todo el proceso reflejados en el transcurrir del tiempo, junto a intentos “bienintencionados” de apertura, acercamiento y comprensión mutua entre humanos y animales, que no tardan en frustrarse estrepitosamente (X). Unos humanos representantes del sector más “buenista” e “igualitario”, pero igualmente elitista (como la celebérrima “igualdad” entre los animales de la granja; X).


Nunca han dejado de estar de actualidad las prevenciones plasmadas por George Orwell en su Rebelión en la granja. Y es que existen personas con tareas curiosísimas. Despliegan todo un arsenal de ejemplos sesgados y sectarios, y cuando alguien les rebate sus extremismos ideológicos con datos y cifras irrefutables (y ya se sabe lo testarudos que pueden llegar a ser los datos verificados), estos suelen enmudecer o cambiar de estrategia (no de tema, son tenaces), aunque más tarde nos lleguen noticias de que perseveran en sus tergiversaciones con otros sufridos grupos sociales (de alumnos, pongo por caso). No se trata, pues, de recapacitar sobre unos postulados -aunque solo sea por el hecho de que uno no pueda llevar la razón siempre-, sino de una asumida y cabezona misión de adoctrinamiento. Tal es su servidumbre ideológica y su podredumbre intelectual, por la gracia del credo político más autocomplaciente.

Escrito por Javier C. Aguilera


Clásicos Inolvidables (XLI): 1984, de George Orwell

23 abril, 2014

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Hoy, conmemorando el Día Internacional del Libro, recordamos una famosa obra cuyo título y posterior adaptación al cine celebran su treinta aniversario este año. 1984 es una novela política de ficción distópica, escrita por George Orwell y publicada en 1949. La novela introdujo los conceptos del omnipresente y vigilante Gran Hermano, reduciendo la sociedad a un ámbito de fines represivos, basándose en el siguiente principio: Lo que no está en la lengua, no puede ser pensado.
 
La novela fue un éxito en términos de ventas y se ha convertido en uno de los más influyentes libros del siglo XX. Tanto es así que se la considera como una de las obras cumbre de la trilogía de las distopías de principios del siglo XX junto a la novela Un mundo feliz (Brave new world, 1932), de Aldous Huxley, y Fahrenheit 451 (1953), de Ray Bradbury. Actualmente, muchos analistas detectan paralelismos entre la sociedad actual y el mundo de 1984, sugiriendo que estamos comenzando a vivir en lo que se ha conocido como sociedad orwelliana. El término orwelliano se ha convertido en sinónimo de las sociedades u organizaciones que reproducen actitudes totalitarias y represoras como las representadas en la novela.

 

Tras años trabajando para el Ministerio de la Verdad, Winston Smith descubre que los retoques de la historia en los que consiste su trabajo son sólo una parte de la gran farsa en la que se basa su gobierno, y descubre la falsedad intencionada de todas las informaciones procedentes del Partido Único. En su ansia de evadir la omnipresente vigilancia del Gran Hermano (que llega inclusive a todas las casas), encuentra el amor de una joven rebelde llamada Julia, también desengañada del sistema político; ambos encarnan así una resistencia de dos contra una sociedad que se vigila a sí misma.

Nadie oía lo que lo que el gran camarada estaba diciendo. Era sólo unas cuantas palabras para animarlos, esas palabras que suelen decirse a las tropas en cualquier batalla y que no es preciso entenderlas una por una, sino que infunden confianza por le simple hecho de ser pronunciadas.

George Orwell

Winston se caracteriza por ser una persona muy racional y por ser totalmente contrario del sistema que maneja el Gran Hermano. Sufrirá un gran cambio a través del dolor, comprenderá que la cordura es cuestión de estadística, que sólo hay que aprender a pensar como ellos. Descubriremos también que al Gran Hermano solo le interesa el poder, y lo ansía tanto que dejará a un lado los principios básicos para la convivencia y la conciencia del ser humano. 

Juntos, Winston y Julia creen afiliarse a la Hermandad, un supuesto grupo de resistencia dirigido por Emmanuel Goldstein, un personaje casi tan omnipresente como el propio Gran Hermano, y que es en realidad uno más de los instrumentos de control del Partido. A través de una historia intrincada, con temas como el lavado de cerebro, el lenguaje, la psicología y la inventiva encaminados al control físico y mental de todos los individuos o la educación totalitaria de la juventud, Orwell relata la historia trágica y aparentemente emancipadora de Winston Smith y Julia, quienes tratan de escapar de un sistema donde la intimidad y el libre pensamiento están prohibidos.

1984, adaptación al cine dirigida por Michael Radford (1984)

 Le sorprendió que en los momentos de crisis no estemos luchando nunca contra un enemigo externo, sino siempre contra nuestro propio cuerpo.

Sin duda, estamos ante una novela que narra cuidadosamente y atrapa desde el principio hasta el final, con temas y preocupaciones que podrían extrapolarse aún actualmente. Su final, abrupto, abierto, quizás fue un intento por parte del autor para que el lector no sólo se dedicase a la lectura, sino también a despertar en él el nacimiento de una reflexión final y de una asimilación de lo leído. Estupenda obra que podemos encuadrar en las distopías que se generan siempre en los momentos más decadentes de la historia, como fue el período de entreguerras, y que, curiosamente, sigue cobrando significado en la actualidad, en las condiciones que vivimos.


Escrito por Mariela B. Ortega


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