¡A ponerse series! (XXXVII): Por trece razones (tercera temporada)

08 septiembre, 2019

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Creo que una de las cosas que más miedo nos pueden provocar en esta vida son las consecuencias derivadas de la incultura. Esa ignorancia de la que se presume y se hace bandera, que ya no se oculta, sino que se muestra con ufanía y hasta es aplaudida. Es por ello que, honestamente, pienso que recientes producciones como la sobrevaloradísima Tres anuncios en las afueras (Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, Martin McDonagh, 2017) es una película de auténtico terror.

Entre los personajes de ficción más desagradables con los que me he topado a lo largo de mi andadura como lector y espectador, recuerdo en estos momentos a la señora Cathy Ames de Al este del edén (East of Eden, 1952), de John Steinbeck (1902-1968), al predicador puritano Abner Hale (Max Von Sydow) de Hawaii (Íd., George Roy Hill, 1966) o al acosador Adam Berwid (Jürgen Prochnow), en Asesinato por locura (Murder by Reason of Insanity, Anthony Page, 1985). Por citar solo algunos. Son personajes que, por su falta de empatía, su sometimiento a una ideología, del tipo que sea, o por “conexiones familiares”, resultan aún más pavorosos que algunas figuras mediatizadas. A la zaga no le anda la sobreprotección de determinados hijos, conscientes de su poder.

Tal es el caso de Bryce Walker (Justin Prentice), partícipe de esa complacencia presumida del que no sabe nada, pero atesora información de todo. Forma parte de un atajo de consentidos con la psicología hecha un ovillo.

Debo decirlo desde el principio. La nueva temporada de Por trece razones (Thirteen Reasons Why, Netflix-Paramount, 2019) presenta un balance bastante insatisfactorio. Apurando mucho, diría que bueno y malo al cincuenta por ciento (en opinión de quien esto suscribe, claro está, y aún creo que soy generoso). La etapa trata de encontrar su espacio argumental en concordancia -y a ratos sometimiento- a los relatos precedentes y la estructura que los soportaba, que se reitera pero ramifica en exceso. Nos situamos entonces tras una temporada de transición, la segunda. Esto es, entre la clarificación de los poliédricos hechos que llevaron a la estudiante Hannah Baker (Katherine Langford) al suicidio, y la desaparición del estudiante indirectamente responsable de este y otros desmanes, el referido Bryce.

Pero ni siquiera esta sorpresa argumental se sabe conjugar, puesto que al término del segundo capítulo la desaparición de Bryce ya se desvela como como un homicidio, al aparecer su cadáver en la zona de los muelles. A partir de aquí, se pone de nuevo en marcha la estructura a la que antes aludía. Lo que ocurre es que las trece razones narrativas, arrastradas desde los inicios, ya resultan un lastre.


Estas razones conllevan una saturada montaña rusa emocional que pone a prueba la paciencia del espectador, con objeto de clarificar la identidad del causante último de la muerte del estudiante, tan popular como impopular. Pese a todo, el núcleo central de esta nueva entrega (en verdad espero que la cosa no se alargue más, aunque todo apunta a lo contrario) es el cuestionable “blanqueamiento” de la personalidad de esta figura emergente y despótica, socialmente estancada y oligárquica. Y no solo de esta, sino de otros compañeros a los que aplicar progresivos paños calientes. Opinión de cada espectador será si se logra o no; personalmente, me parece una estrategia fallida por falta de credibilidad.

Pues bien, para bien o para mal, una nueva trama se gesta en los pasillos y recovecos del Instituto Liberty, en Evergreen (de localización brumosa pero extrapolable). Un nuevo misterio sazonado de más falsos culpables, fotografías, giros narrativos no exentos de incongruencias de guion, un diario, hermetismo irritante, confesiones a porrillo y secretos expuestos con cuentagotas. Un batiburrillo emocional desenfocado que perjudica la coherencia de la propuesta.

Además, disponemos de una nueva voz en off que, en esta ocasión, corresponde con exclusividad a la nueva estudiante de origen africano Ani Achola (Grace Saif). Voz en off siempre al filo de una sistemática condena al varón, y que para colmo resulta prescindible en la mayoría de las ocasiones, puesto que no ceja en procurar una persistente cháchara de corte psicologista y filosofía de baratillo. En definitiva, un recurso progresivamente engorroso, como si faltara la necesaria convicción en lo que se está narrando a nivel visual.

Esto convierte la temporada en un lío morrocotudo de pistas faltas, donde la principal sospecha recaerá en Clay Jensen (Dylan Minnette), cuyo carácter, independiente pero servicial, continúa siendo lo mejor de la función. Al fin y al cabo, Bryce le regaló en su día una buena paliza, y puede que Clay se la haya devuelto.

Por su parte, a las sufridas autoridades del centro les siguen lloviendo palos por todas partes, convertidos en peleles a manos de unos niñatos con actitud chulesca y pasota. Bastante duro es tener que aguantar las impertinencias de la antipática Jessica Davis (Alisha Boe) en nombre de una curiosísima libertad de expresión. Mediada la trama, la muchacha muestra un comportamiento hacia personajes como Justin Foley (Brandon Flynn) o Alex Standall (Miles Heizer), diríamos que manifiestamente mejorable, de “usar y tirar” si se quiere, que ni me imagino tratando de ser justificados en el caso opuesto.

Lo que refleja una sociedad al borde de la esquizofrenia (que cada cual ponga el dedo en el mapa), donde hay que medir tanto las palabras que es un milagro que la gente se pueda seguir entendiendo. Hasta para referirse a la eternamente a la defensiva Jessica, Ani emplea los calificativos de magnífica y aterradora (III). Como mixtura no está mal.


No solo de Bryce, de todos los personajes con doblez se trata de ofrecer la otra cara de la moneda. El problema es que a estas alturas no cuela el procedimiento. Este intento de humanización, es decir, de convertir a los personajes negativos (creo que ahora se dice tóxicos) en personas que-en-el-fondo-no-son-tan-malas, se estira en demasía. El caso de Bryce es el que peor se sostiene: o bien se pecó de maniqueísmo en el pasado, o los -esporádicos- anhelos de conversión del personaje no hay quien se los crea; salvo, tal vez, en el último tramo de la serie. La “fealdad” se traslada entonces a Monty de la Cruz (Timothy Granaderos), circunstancia, empero, que trata de “remediarse” en los capítulos V o VII, rozando el paroxismo. La redención también se hace extensiva a la extremada Jessica, que junto a Tyler Down (un estupendo Devin Druid), habrá de sobrellevar su condición de víctima.

En cuanto a Bryce, este pasa pronto a recibir su propia medicina en un nuevo centro escolar, tras haber obtenido la Condicional. Un nuevo ejemplo de polaridad lo hallamos en el incidente de vandalismo que protagoniza junto a Alex, seguido de la oferta de ayuda a Tyler. De hecho, se juega con la idea de que el poder omnímodo de Bryce también sirva para sacar a otros compañeros de algún atolladero (IX). Aunque a veces da la impresión de que las verdaderas víctimas son los progenitores (cuando se dejan caer por allí, claro), ya que parece imposible que se puedan enterar de algo.

Y ahora vamos con los aspectos, a mi juicio, más positivos. Destaca, en primer lugar, el ambiente de sordidez de cada morada interior, que se hace extensivo a toda la temporada (menos dan otras piedras). Junto al interés por potenciar el misterio de la muerte de Bryce, en versión retruécano pero realista (¡esa carta “terapéutica” escrita por Bryce! VIII). Un misterio que se hace extensivo a los hechos con que concluía la segunda temporada, sitos en el movidillo Baile de Primavera de los alumnos, o en las idas y venidas tras un partido de bienvenida de rugby, en la presente (XI).

También destacaría la visita “guiada” de Clay a Ani, en el que es su primer día en el instituto (I), la “aparición” de Bryce a Clay, en el dormitorio de este último (VII), la emotiva confesión de Taylor a Clay, junto a la veracidad del citado Baile de Primavera (VIII), el Club de los Repudiados -apenas entrevisto- que arropa a Tyler (IX), la conversación entre las madres de Bryce y Hannah (Brenda Strong y Kate Walsh; X), o la visibilidad de los “supervivientes” del instituto (los que sufren en silencio), que se da en el gimnasio (aunque la voz en off está a punto de arruinar la escena; XII). No obstante, lo más atractivo radica en la profundización del personaje de Tyler Down, un aspecto que, como todo lo referido a esta temporada, ha de convivir con otros momentos de menor inspiración, como el poco convincente regreso de Jessica a Justin.


Esta nueva hornada arranca ocho meses después de la previa, con lo que la estructura en flashbacks, interactuando con el presente, está asegurada (bien llevada, esto no es ni bueno ni malo, aunque sí cansino). Forma parte de un estado de ánimo ciclotímico donde la irresponsabilidad parece gratificarse (II), trasladándose a la conducta patológica de algunos de los personajes, con Bryce a la cabeza. Incluso su funeral sirve tanto de “blanqueo” de su figura, como antes adelantaba, como de criminalización de la misma (VI).

Considero que las sospechas que recaen sobre otros personajes son un aspecto sugestivo pero reiterativo. Aun así, la coyuntura de la posible arma que porta Taylor está bien llevada en el capítulo correspondiente (IV) y no carece de cierta gracia. Como el hecho de que sus amigos Clay, Ani, Alex y Tony Padilla (Christian Navarro) se afanen en hacer el trabajo de todo un equipo de psicólogos o de policías. Aunque la ayuda prestada por Clay y Anie -infructuosa Pepito Grillo- casi llega a niveles de paranoia (III). De hecho, las pocas escenas en las que ambos no están presentes -o de las que no son informados directamente, por medio de relatos retrospectivos-, parecen extrañas y ajenas (VI). Abundando en ello, sí queda bien expuesto el que las sospechas recaigan sobre Clay (hay otros doce sospechosos, como ya habrán adivinado). Se me da bastante bien lo complicado, admite el chaval (II). Y ocasión tendrá de demostrarlo. Lo más resultón continúa recayendo sobre sus hombros, no tan enclenques.

A lo que se añade el problema de la adicción a las drogas, que afecta a varios de los protagonistas. En este sentido, los actores están bien, sin embargo, cuando los guiones se convierten en rehenes de una doctrina, del talante que sea, mal desarrollo se alcanza (incluida una artificial derivada sobre la inmigración ilegal). La indefinición moral, como en el citado caso de Steinbeck, podía haber sido una buena baza para sostener la temporada, si no fuera porque las situaciones están forzadas al máximo y, por lo tanto, resultan poco verosímiles, rizando todos los rizos anteriores. Al punto de que, para cuando estamos al tanto de la identidad del culpable, nos importa un pepino (¡hasta el capítulo trece no se agiliza la investigación!).


He de confesar que cada vez me fatigan más los culebrones de instituto, convertidos no ya en un género en sí mismo, sino en una manifestación endogámica, donde existe tiempo para todo menos para estudiar. Asumo mi culpa, nadie me obliga a verlos, aunque solo me gusta opinar de lo que he leído o visto. Así, los mantras de todo el mundo miente, nadie está limpio o todos guardamos secretos ya no llaman la atención ni poseen la capacidad perturbadora de antaño. Lo mismo da que sean experimentos como American Vandal (íd., 2017), Faking It (íd., 2014-2016), Riverdale (íd., 2017), The End of the F*** World (íd., 2017), Baby (íd., 2018), Todo es una mierda (Everything Sucks, 2018) o Sex Education (íd., 2019). Salvando todas las distancias que se quieran entre ellas, suponen poco menos que un bucle espacio-temporal, prefabricadamente transgresor. Con esta última, por cierto, comparte la nueva temporada de Por trece razones algunos aspectos: un personaje con la sexualidad reprimida que nos sale pegón, o el descubrimiento de la masturbación por parte de otro de los protagonistas, hastiado ya del sexo compartido. Además, ambas presentan una situación calcada -lo que ya provoca escalofríos-, la del aborto de uno de los personajes. En ambas series se procede de idéntico modo, lo que incluye el retrato caricaturesco y sectario del anejo grupo anti-abortista. Por descontado que el padre, aun siendo el malicioso Bryce, que es que no para, no tiene derecho a estar informado del asunto (para “comprar” la aquiescencia del arrepentido padre, se le informará en el capítulo XII, a aborto pasado: verdaderamente que la sensación de improvisación de esta vorágine de guion es mareante).

El sometimiento (encubierto) de muchas de estas series a la corrección política, tratando de dar a cada entierro una vela, asfixia el fluir natural de sus atractivas posibilidades. A lo que se suma la brutal pobreza del lenguaje (y el inglés no es precisamente el idioma de gramática más dicharachera). Además, como ya adelantaba, se hace demasiado larga; trece capítulos son muchos para contar lo que cuenta (a diferencia de la primera temporada, donde cada capítulo se centraba en cada uno de los protagonistas principales). A lo que finalmente no ayuda el “choteo” de Ani con la policía (XIII). Quien se anda quejando de que la violencia solo engendra violencia, alimenta la mentira con la mentira (por mucho que la policía no sea tonta).

Escrito por Javier Comino Aguilera


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