El autocine (LV): Especial Bruce Lee

09 noviembre, 2018

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Bien consideradas, las artes marciales son algo más que una ejercitación física. Elevan el estado de consciencia y disipan los bloqueos reestableciendo la energía, siendo una forma de meditación en movimiento y una estructurada técnica de defensa y ataque que permite la utilización de la fuerza del contrario para extinguirla o neutralizarla. Como toda disciplina o vía, ello depende del objetivo que nos marquemos. Con dedicación y entrega, las artes marciales nos ayudan a sintonizar con la energía del universo, escindiendo el desasosiego cotidiano y pacificando el ser interior (pasando por la aceptación de la lucha). De este modo, ayudan a superar el miedo a la muerte, vislumbrando un yo superior. Como actividad que contempla las fuerzas contrarias a modo de complementarias, emanantes de una unidad divina que las contiene y las trasciende, conlleva una parte física y otra filosófica y espiritual.

Estos son valores eternos que también formaron parte del ideario de Bruce Lee (1940-1973), quien, a lo largo de su desgraciadamente corta vida, trató de encontrar su equilibrio personal, alumbrando el camino de mucha gente. No en vano, el verdadero guerrero es el que sabe elegir.


Tras la agradable serie de culto El Avispón Verde (The Green Hornet, Fox, 1966-1968) y una incursión en la destacable Marlowe, detective muy privado (Marlowe, Paul Bogart, 1968), el artista marcial y actor norteamericano de origen chino, se dio cuenta de que si quería sobresalir en el ámbito cinematográfico debía regresar al país de sus ancestros, donde ya había iniciado una carrera como actor infantil y juvenil, durante su adolescencia, antes de trasladarse definitivamente a Estados Unidos (su lugar de nacimiento). Y así procedió, desplazándose con su esposa e hijos a China. Por suerte, el éxito no se hizo esperar, de la mano del productor Raymond Chow (1927), en primer lugar, con Karate a muerte en Bangkok, posteriormente rebautizada, en una traducción más literal, como El gran jefe (The Big Boss, Golden Harvest, 1971), una de las dos películas en las que Lee fue dirigido por Lo Wei (1918-1996).

El joven Cheng Chao (Bruce Lee) llega a Bangkok (China). No te busques peleas, aquí estarás completamente solo, le aconseja su tío, que junto a su progenitora por poco lo convierten en un mojigato. Los matones del villorrio no tardan en presentarse y, por lo tanto, en ponerle a prueba, pero al estilo de lo que le sucedía a uno de los protagonistas de La muerte tenía un precio (Per qualche dollaro in più, Sergio Leone, 1965), el colgante que porta, regalo de su madre y emblema de una promesa de no violencia, impiden que Chao actúe en ese momento. El que sí lo hará será su primo Su-Shen (James Tien), igual de diestro a la hora de repartir leña. La lealtad familiar es muy acusada. Posteriormente, Chao conocerá a su encantadora prima Mei (Maria Yi).

Conviene tener en cuenta, y no es ningún demérito, que la expresividad de los actores marciales está muy cercana a los dibujos animados, siendo muy idiosincrásica. Dependiendo de los dones de cada uno, son portadores de expresivas actitudes de ingenuidad, cabreo, inocencia, pesar, azoramiento (a la salida de un prostíbulo), jolgorio etílico, etc. Botes y giros en el aire, piruetas, muecas y otros arrebatados aspavientos forman parte del peculiar bagaje del personaje marcial. Un simpático repertorio por parte de quien conoce el lugar que ocupa, y que queda apoyado por una realización donde prima el dinamismo; por ejemplo, por medio de los barridos rápidos en la transición de algunas escenas (o del menos elegante teleobjetivo, aunque esto no es privativo de este género).


Pero matones aparte, pronto habrá de vérselas Cheng Chao con el director de la fábrica de hielo donde trabaja junto a sus familiares, el despótico e hipócrita Hsiao Mi (Ying-Chieh Han), además de con su chantajista y sobreprotegido hijo Hsiao Chiun (Tony Liu) y el negrero del capataz, Chen (Chih Chen). El lugar donde todo esto acontece es un apartado rincón, en los extrarradios de Bangkok, incluido un antro de juego donde los trabajadores desperdician su escaso dinero y sus parcas ilusiones.

No obstante, aunque los caracteres sean esquemáticos, no por ello carecen de entidad, de un rol bien definido. Aparte de que el riesgo y amenazas que ocasionan es muy real, de una violencia (permítaseme el pleonasmo) muy física. Y la visualización de dicha violencia es deudora de las características más expresivas y duras del no menos ancestral cómic manga, o de las líneas que este desarrollará a partir de la década de los ochenta, a un nivel más internacional. En este sentido, las escenas de lucha están bien filmadas y coreografiadas, en una particularísima y chocante mezcla entre candor juvenil y representación gráfica de la crueldad (especialmente, el asesinato de los confiados Jimmy [Ching-Ying Lam] y Wong [Chen Ying Tu]. Sin embargo, estas muertes no se muestran de una forma directa). En suma, se trata de una curiosa mezcla, muy enraizada en lo cultural, que bascula entre unos momentos de marcada e impulsiva ferocidad, y ese humor y estilo animado, del que forma parte la naturaleza “indestructible” de los camorristas o la silueta en la pared que deja un individuo debidamente despachado. Podemos añadir la adecuada edición de Sung Ming (-; salvo leves fallos de raccord), los escuetos diálogos y un estupendo acompañamiento musical por parte de Wang Fu Ling (1926-1989), tanto en los temas enérgicos como en los románticos; si bien, distingo algunos fragmentos a posteriori del Ignacio (Entends-tu les chiens aboyer?, 1974), de Vangelis (1943), cuando otro de los familiares es llamado por el capataz tras el alboroto en la fábrica, a causa de los trabajadores que han desaparecido; un tema que se repetirá durante la entrada en la ajardinada mansión del gran jefe. Curiosamente, otra versión destinada al mercado europeo contó con la música del competente Peter Thomas (1925), pero desconozco esta glosa.


El camino de Cheng Chao es un proceso doloroso e iniciático, con la pérdida de muchos seres queridos. Como todo héroe canónico, es solitario aunque sirve a los demás. O al menos, a quienes lo necesitan. Observa, intuye y calibra, y después actúa. Como cuando libera material y simbólicamente los pájaros que el gran jefe tiene aprisionados en su jardín. Cierto es que también caerá en algún punto del camino, pues es humano y, en este caso, no inmune a los peligros de la adulación, pero su sendero ya está trazado por las circunstancias y por él mismo.

Después del éxito comercial y cultural de El gran jefe, Bruce Lee acometió Furia oriental (Fist of Fury, Golden Harvest, 1972), con buena parte del anterior equipo técnico y artístico. Un rótulo introductorio nos indica que nuestra historia comienza con la muerte de Ho Yuan-Chia (1860-1910), un héroe legendario de la China, famoso por sus victorias sobre un campeón de lucha ruso y los seguidores del bushido japonés. Antes de proseguir, se hace necesario hacer notar la rivalidad entre los pueblos chino y japonés, estando, en la época en que se desarrolla la acción, el primero sometido por el segundo. Algo que tendrá su importancia a lo largo del desarrollo argumental y visualización de la película.

No se sabe si Yuan-Chia murió envenenado, pero la película nos ofrece la especulación más popular. Esta arranca bajo una copiosa lluvia, durante el sepelio del que ha sido el creador de la Escuela de Chin-Wu. Todos sus alumnos acuden a la ceremonia, incluido Chen Zhen (Bruce Lee), que regresa raudo de otras tierras. Significativamente, Zhen es el único que va vestido de blanco, y ha de propinársele un “palazo” para calmar su pesar e indignación por la pérdida del maestro. La escena no carece de gracia, ya que el fogoso Zhen, en connivencia con la propia personalidad de quien lo interpreta, será el alumno más o menos “díscolo” que no se pliegue ante la situación ni mucho menos se quede de brazos cruzados.

Estamos ante otra variante del sendero del héroe, la del discípulo que se queda sin su maestro. Pese a todo, la escuela continúa bajo las abyectas amenazas de sus rivales japoneses, proporcionando hombres y mujeres dignos para la patria China, con el ánimo de fortalecer la mente y el cuerpo de los jóvenes, para que ni el más débil quede desamparado (lo que se nos recuerda -o informa- durante el penoso entierro).

El adversario, como digo, es el director de la escuela japonesa Hug-Ti, Susuki (Chikara Hashimoto), que se sirve de su subalterno Wu (Ping Ou Wei) para el trabajo menos decoroso. Como también señalábamos, la excluyente confrontación entre China y Japón será uno de los ejes temáticos del relato.


En un proceso igual aunque inverso al del protagonista de El gran jefe, el héroe de Furia oriental habrá de aprender a contenerse, disciplinarse e incluso sacrificarse. El parecido estriba en que, en lugar del medallón de la madre, aquí lo que le atan son las provechosas enseñanzas de su guía instructor y filósofo. Chen Zhen sabrá ser habilidoso y a aplicar sus recursos por medio de los disfraces (en definitiva, a ser paciente y metódico para lograr sus objetivos). En lo que es una buena idea visual, por básica que esta resulte, su cambio de actitud coincidirá con el del color de su vestimenta. Una vez más, Chen Zhen actúa y medita en solitario, pero a favor de quienes lo merecen.

Nuevamente dirigida, escrita y ambientada por Lo Wei, Furia oriental muestra la destreza de Lee en el manejo de los munchacos, una especie de palitroques unidos por una cadena, que deben fastidiar lo suyo. Sus danzas defensivas están articuladas con una rapidez sin parangón y una precisión de danzarín felino. Sin duda, el espectáculo de la película es ver a Bruce Lee moverse y danzar en estas luchas casi ritualizadas y míticas (ya entonces), con autóctonas resonancias simbólicas, como cuando no se le permite la entrada a un parque público, a causa del estado de sometimiento japonés, o durante su enfrentamiento con el letal Petrov (Robert Baker). Todo esto, sin emplear las armas de fuego.

El furor del dragón (The Way of the Dragon, Golden Harvest, 1972) fue escrita y dirigida por el propio Lee, que deseaba dejar su impronta tras las cámaras, como lo había hecho ante ellas con inusitado y merecido éxito en las anteriores películas. Se trataba de la tercera producción de Raymond Chow, y en ella, una morriconiana partitura adereza la imagen (imagino que solo en la versión “occidental” de que disponemos, sustituyendo la música original de Joseph Koo [1933] en algunos pasajes). De hecho, el sello inconfundible del maestro italiano se destapa en fragmentos donde cobra una especial importancia el suspense a través de la percusión, marca de la casa (incluidos algunos compases de Hasta que llegó su hora [C’era una volta il west, Sergio Leone, 1968]). Pero esto son anécdotas de posteriores remezclas. Pese a su contundente título en español, El furor del dragón despliega todo el humor sagitariano y el (calculado) sentido de la desmesura del inimitable Bruce Lee. Tang Lung (Lee) aguarda con su petate en el aeropuerto de Roma, donde se sorprende del “exorbitante” valor de la lira; una situación que proporciona uno de los mejores gags de la película. Alguien va a venir a buscarlo, y es la dueña de un restaurante chino, Chen Ching Hua (Nora Miao), que brega con un sindicato de matones con la pacata ayuda de su tío y gerente Wang (Chung-Hsin Huang).


Ella esperaba un abogado o algo así, pero su otro tío le ha enviado a Tang Lung, con lo que se siente algo defraudada, en principio, cuando se encuentra con un pariente pueblerino que no se sabe desenvolver en los ambientes más “sofisticados” de la ciudad. Pronto saldrá de su error apreciativo, ya que Lung resulta ser mucho más efectivo que un letrado, dónde va a parar. De nuevo, estamos ante un personaje de raigambre entre mítica y humilde, que se erige en la salvación de sus semejantes y en la superación de los abruptos acontecimientos que vendrán a continuación. Esto, sostenido por un marcado acento moral. Por ejemplo, Tang Lung no hace nunca leña del árbol caído.

En cualquier caso, la policía está descartada por sus posibles conexiones con los avasalladores japoneses, aunque al final de la película sí que asome, como conclusión satisfactoria al relato. Tímido e inocente cual otro entrañable dibujo animado, Lung es un chico de provincias, honesto, poco hablador (o que sabe cuando hay algo que decir y cuando no), integrador (todas las técnicas son buenas, asegura), y habilidoso (fabrica dardos). Con todo ello manda a paseo las armas de fuego. Su disciplina es el coraje y la rectitud que parte del interior de uno mismo. También podría decirse que posee ojos en la nuca. Es sumamente observador.


Antes tales armas de fuego expone su destreza con los nunchacos. También ante la cobardía de tomo y lomo del ambiguo y conciliador Wang. Pero además,El furor del dragón es justamente recordada por el combate de colosos que se establece entre Bruce Lee y el personaje interpretado por su alumno y seis veces campeón del mundo de karate Chuck Norris (1940), un contratado por la banda rival. Este desafío acontece en el escenario del gran Coliseo romano, y si de nuevo echamos mano de las curiosidades sonoras, la música que acompaña a este duro y magníficamente filmado enfrentamiento, son sendos fragmentos de la mistérica partitura de Gil Mellé (1931-2004) para La amenaza de Andrómeda (The Andrómeda Strain, Robert Wise, 1971). Otro magnífico detalle es el hecho de que el único espectador (directo) de tan asombroso combate, sea un gatito callejero.

Bruce Lee enseñó a muchos a entregarse desde la auto aceptación. Finalmente, tuvo claro que no es lo mismo hacer por el mundo que buscar la aceptación del mundo, en lo que es una sabia concreción de la disciplina epicurea. En este sencillo pero complejo axioma residían sus mejores cualidades humanas.

Operación Dragón (Enter the Dragon, Robert Clouse, 1973) se desarrolla en torno a un torneo al que han sido invitados varios artistas marciales de todo el mundo. Pero este tiene lugar en una isla de difícil acceso y está regentado por un peligroso narcotraficante, poco menos que un señor feudal, por lo que la inteligencia norteamericana ha pedido la ayuda de Li (Bruce Lee), uno de los contendientes en este prestigioso pero enigmático evento. Li posee, además, otra razón de peso para acudir y tratar de desenmascarar al villano y lo que allí acontece: el asesinato de su hermana a manos de algunos de los secuaces de Han (Kien Shih), que así se llama el siniestro soberano.

El torneo tan solo se celebra cada tres años, con lo que es esta una ocasión especial para tratar de descubrir y desmantelar tan peligrosa organización criminal.

Esta es la base argumental de Operación Dragón, el regreso triunfante de Burce Lee a un mercado más internacional, tras su fructífera experiencia china, de la mano de un gran estudio cinematográfico como Warner Bros., ahora interesado en sacar adelante la película con las debidas indicaciones del rentable e insustituible actor marcial.


De los contendientes se ofrecen dos visiones. Una es la del personaje interpretado por Lee, ejemplar y apuesto, y para el que de la fuerza innata nacen el resto de valores. Por otra parte, están los referidos esbirros de Han, capitaneados por el macizo Oharra (Bob Wall).

La fortaleza insular donde se va a desarrollar el torneo se encuentra en Hong Kong (China), en unas aguas difusamente territoriales. La isla está custodiada por fuera y por dentro y esconde una guarida que es lo más parecido a una cámara de los horrores, como Li tendrá ocasión de averiguar. Junto a él, se encontrarán otros amigables participantes, como los norteamericanos Roper (el recordado John Saxon) y el joven de color Williams (Jim Kelly). A lo largo de su llegada a este enclave vamos a conocer el pasado inmediato e imperfecto de estos personajes. Todos ellos se encuentran en tal tesitura con objeto de salir de algún apuro, económico o con las autoridades. En el caso de Roper, este ha de saldar unas deudas onerosas, en tanto que Williams ha propinado una ejemplar paliza a un par de policías (por llamarlos de alguna manera) que con anterioridad lo habían hostigado racialmente.

Frente a la noble escuela del arte de la lucha, el entramado orquestado por Han tiene como propósito el reclutar a nuevos “talentos” con destino al tráfico de drogas o la prostitución. La visualización del destino trágico de la hermana de Li, que pelea con honor hasta el último aliento, dan cuenta de esta terrible amenaza. A lo cual se enfrenta Li. ¿Mi estilo?, luchar sin luchar concreta. Por ello, mientras se desarrolla el torneo, el reclutado joven investiga amparado en la noche, que parece su aliado natural, y arropado por la estupenda música de Lalo Schifrin (1932).


La estancia en la fortaleza aún depara algún que otro detalle fascinante, como el esqueleto de la mano de Han, que reposa en una vitrina. En efecto, el malvado no consiente las armas de fuego en su isla, las cuales ha vetado, pero sí que dispone de otros aditamentos no menos letales para su cercenado miembro. El colofón lo determina la emblemática secuencia en la sala de los espejos, donde un lacerado Li entabla el último combate con Han.

No hubo tiempo para más, Bruce Lee murió a causa de un desdichado edema cerebral a la edad de treinta y dos años, al poco de concluir la película. Sin embargo, algunas escenas esplendorosas del que iba a ser su siguiente proyecto ya habían sido filmadas, aunque, por desgracia, el resto del material ya no iba a poder ser completado. Quiero decir con Lee al frente, porque el metraje sí que se llegó a culminar, con desastrosos resultados, dejando al margen la buena disposición artística (no crematística) de quienes estuvieron implicados. De este modo, recuperadas las escenas originales, se añadieron otras para dar como resultado la que iba a ser la última película de Bruce Lee, Juego con la muerte (Game of Death, Robert Clouse & Bruce Lee, 1978).

En el estupendo documental El viaje de un guerrero (A Warrior’s Journey, John Little, 2000), se nos explica cómo Juego con la muerte iba a representar la definitiva o, al menos, la más actualizada y personal puesta al día sobre la filosofía de las artes marciales de Bruce Lee. Una disciplina integradora y de múltiples niveles. Razón por la que la secuencia que se conserva muestra tales niveles de dificultad, hasta poder acceder al estamento –o planta- superior, en pos de un preciado tesoro (el mcguffin de la historia).

Adalid del realismo en el cine chino, y de la propia cultura china contemplada con respeto, libertad (qué tiempos aquellos y qué vergonzosos los presentes), y el acercamiento a otras culturas, eminentemente occidentales, Bruce Lee estableció un sólido puente por el que muchos han o hemos cruzado, en función de nuestras capacidades. El metraje de la antedicha secuencia se puede disfrutar al completo en este documental que, además, incide en dichos aspectos vitalistas de la filosofía de Bruce Lee. Todo seguidor o interesado en el Kung-Fu ha de mostrarse tan permeable como el agua, el elemento de los sentimientos por excelencia.

El artista no permaneció estancado en la tradición, pero tampoco la desechó, realzando sus mejores virtudes y aportaciones. Esas sin las que un pueblo o una persona no pueden avanzar, por desconocer de dónde vienen.

Su economía de movimientos, sostenida por la formulación fonética y la respiración concentrada, se basó en la laboriosa simplicidad del mínimo movimiento. La igualdad entre las personas sin tener en cuenta la raza fue otra de sus mejores consignas, integrada en la práctica de las artes marciales. Los guetos culturales no eran una opción. Artes marciales o combate sin armas convencionales no fueron para él rutinas de defensa predecibles, sino entramados orgánicos ajustados a cada ocasión.


Investigador empirista y espiritual, para Bruce Lee no resultaba tan relevante lo preconcebido o lo ornamental como lo evolutivo e interior. Cerró sus tres escuelas para no propagar una mera ideología o conjunto de creencias. Lo que a él le motivaba era el despertar individual; no la imitación de su arte, sino el desarrollo de las propias aptitudes. Ser la luz de uno mismo, para poder alumbrar a los demás sin cegarlos dogmáticamente. La verdad comienza dentro, no fuera, argumentaba Bruce Lee a través de su experiencia personal. Cuando aseguraba que yo no creo en estilos, nos invitaba a no reproducir o participar de esas situaciones coyunturales e ideológicas donde tan solo es posible una respuesta. De hecho, él parte del conocimiento de todos los estilos para logar el suyo. Un no estilo o estilo adaptable, sin filiación, como denota su famoso chándal amarillo en Juego con la muerte. Formidable secuencia e idea la de los cinco niveles de una pagoda donde se halla oculto un tesoro. Imaginativa y bien filmada por Lee, la versión íntegra es representativa de esa armonización de opuestos. Lástima que el resto de la película fuera ejecutada a base de encajes y fotomontajes de pésima calidad (entonces). Pero la sola presencia del material filmado por Lee hace que merezca la pena. Eso y la vivaracha partitura del añorado John Barry (1933-2011).

No es de extrañar que, gracias a su capacidad básicamente visual (más que dialéctica) de comunicación, el medio cinematográfico fuera tan importante para Bruce Lee. La suya fue una continua huida del estereotipo.






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