Clásicos Inolvidables (XCVIII): Un mundo feliz, de Aldous Huxley

02 mayo, 2016

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En su prólogo a Un mundo feliz (Brave New World, 1932; Biblioteca de Grandes Éxitos, Orbis, 1969-1984; Biblioteca de C.F., Orbis, 1985; DeBolsillo, 2014), con traducción de Ramón Hernández (-), el escritor Aldous Huxley (1894-1963) comenta que la revolución final por vía de los medios científicos es un “avance” que ha sido contemplado por gobiernos y grupos políticos de naturaleza totalitaria, sumamente centralizados, tanto en el pasado como en el presente (pg. 11; manejo la primera edición referenciada).

Añade Huxley que los mayores triunfos de la propaganda se han logrado, no haciendo algo, sino impidiendo que ese algo se hiciera (12). De tal modo que el amor a la servidumbre material e ideológica solo puede ser el resultado de una manipulación profunda sobre mentes y cuerpos, a modo de un bucle continuo. Advierte el novelista de que, en Un mundo feliz, esa uniformización del producto humano (o del humano como producto), ha sido llevada a un extremo fantástico, aunque quizá no imposible (13). Por ejemplo, en torno al libertinaje sexual, ajeno a una auténtica libertad, al compromiso o la empatía, y cuyo fin es reconciliar a los “súbditos” con dicha servidumbre.

Los amigos del “interés colectivo” están de enhorabuena. En el Centro de Incubación y Condicionamiento de la Central de Londres, la edad es totalmente relativa y el tiempo indeterminado, pese a estar prefijado. En este centro trabajan jóvenes como Fanny, Lenina, Helmholtz Watson o Bernard Max, junto a otros muchos. Huxley tiene el acierto de incluir, durante la toma de contacto del lector con dicho espacio, la descripción de unos estudiantes que se afanan (se auto-limitan) por tomar nota en sus cuadernos de la intención del director –sustantivo que puede sustituirse por el de profesor o instructor-. Es decir, que opinan al pie de la letra.

Debidamente condicionados, estos estudiantes y futuros maestros, se disponen a formar parte de un dispositivo igualitario, con sus correspondientes días de servicio y solidaridad (V). Son hombres y mujeres estandarizados, distribuidos en grupos uniformes, para los que, como queda dicho, el secreto de la felicidad y la virtud consiste en aprender a amar lo que uno tiene que hacer. Cual promesa laico-religiosa, estos integrantes de una sociedad sometida en nombre de las libertades, se afanan por conducirse y “distinguirse” por medio de oportunas frases hechas, que conforman una retahíla de “dichos hipnopédicos”, que a su vez son como fórmulas mágicas sin magia, como bien descubrirá Bernard Max a lo largo de su visita a una “reserva” de humanos vivíparos.

Individuos como Max, Helmholzt o John (al que Max ha conocido en dicha reserva) se enfrentan, por consiguiente, a la maquinaria de un Cuerpo Social en el que se ha desterrado el dolor (en todas sus acepciones, no solo respecto al padecimiento físico) y donde el soma se ha reducido al calificativo de una droga que hace rehuir todas las perturbaciones.

El sufrimiento está mal visto en un lugar donde no se producen pérdidas, y en el que el sentimiento religioso -o trascendente- resulta superfluo (XVII). Como consecuencia, la ciencia es contemplada como una disciplina dogmática, atrofiada y anti-subversiva. Este Cuerpo Social también cuenta con su Biblia “de progreso”: Mi vida y mi obra, por Nuestro Ford (XVI), cuya misión es “estabilizar” al Estado, así como evitar que el individuo elija y asuma responsabilidades por sí mismo. De hecho, se advierte que las cosas antiguas no nos son útiles (XVI), porque solo lo reciente es sinónimo de perfección y modernidad (como bien sabemos, lo actual no es necesariamente lo más moderno). Más aún, sin inestabilidad social no se pueden crear tragedias como las de William Shakespeare (1564-1616), por lo que o no las hay o no están permitidas.

Por el contrario, en tal sociedad hay que elegir entre la “felicidad” y el arte (curioso que la concepción estatal contemple ambas esferas por separado…), un mantra sociológico que se reitera cuando se asegura que importa más la “felicidad” que la verdad o la belleza (los entrecomillados son míos; XVI). En este “mundo feliz”, la verdad es una amenaza, pero también lo es la soledad, que es algo muy distinto al trastorno de la melancolía.

De esta manera, queda la educación en manos de un nuevo régimen intervencionista, o en la de los inspectores de tal educación (llamativo es que estos no amplíen su radio de acción al ámbito universitario). Por ello, no es sorprendente que a uno lo miren de loco cuando expresa desacuerdo, dudas o un criterio personal; o que cuando se consiente la diferencia, sea en forma de odio y desprecio hacia los que opinan de forma distinta.


Todo un ciclo involutivo pero muy pedagógico que comienza con la biológica alteración de la naturaleza humana, seguida de la cognitiva y la verbal (la implantación de un lenguaje políticamente correcto sobreviene tras la modificación física). Lo que conlleva una estandarización del equilibrio individual, que para los garantes del comportamiento único es siempre sinónimo de individualismo y de mil egoísmos más, totalmente inválidos a la hora de “pro-crear” seres cuerdos, obedientes y estables en su proceder (III).

Por eso el narrador comenta, respecto al heroico psicólogo alfa-beta Bernard Max, que la conciencia que tenía de sí mismo era muy aguda y dolorosa (IV), y que un temor crónico a ser desairado le inducía a eludir la compañía de sus “iguales”. Junto a Helmholtz Watson, ingeniero de emociones, le unirá el conocimiento de que ambos son verdaderos individuos (y en efecto, es este un personaje que, aunque queda como secundario, sufre una sorpresiva e idéntica evolución a la de Max). Tanto uno como otro se enzarzan en una lucha heroica contra el orden de las cosas (VI); ese que nunca anima a los jóvenes a dedicarse a diversiones solitarias (¡como leer!). De ahí el mencionado llamamiento a la promiscuidad, sinónimo de una libertad exenta de deberes y responsabilidades. Se gobierna con el cerebro y las nalgas (II), dos partes integrantes del instrumento represivo expuesto en la novela (de la que, además, anotamos el modo en que a lo largo del segundo capítulo, Huxley alterna las acciones hasta que estas convergen).


Como hemos anticipado, la visita a una reserva situada en México, por parte de Bernard Max y su compañera Lenina, muestra otra realidad, que no cumple su originaria función persuasiva. En su lugar, ambos jóvenes entran en contacto con unos seres humanos que aún paren a sus propias criaturas y entre los que se encuentran Linda, ex miembro del Cuerpo, y su hijo John, nacido y criado “en cautividad”. Linda hubo de obrar de forma socialmente “indigna” para poder adaptarse y sobrevivir, pero por medio de este contacto, Max puede atisbar un mundo nuevo de mitos y creencias, la antesala de la filosofía y la magia de las palabras; en definitiva, la sabiduría que se encierra en la (buena) literatura.

A su regreso a Londres, en compañía de John, Bernard Max cosecha un notable aunque arriesgado triunfo. En este nuevo entorno, “Salvaje” (pues ya no volverá a ser llamado John, excepto por su madre) hará buenas migas con Helmholtz, hasta que finalmente se nos anticipa que Helmholtz y Max, tras el altercado con un expendedor de somas, van a ser trasladados a una isla para personas afines, es decir, con una excesiva conciencia de su propia individualidad (XVI); en tanto que John decide regresar al primitivismo que conoce, tras su paso por el “mundo feliz”.

En este sentido, en el referido prólogo, Huxley concluye que si ahora tuviera que escribir este libro, ofrecería al Salvaje la posibilidad de una tercera alternativa, entre la utopía y el primitivismo de su dilema (8). El autor se refiere a la vía de la cordura que representa la “isla” en la que recalan -aunque no se nos muestre- Bernard Max y Helmholtz Watson. De igual modo, para Huxley, un factor como el religioso (o trascendente) sería la búsqueda consciente e inteligente del fin último del ser humano; el conocimiento unitivo (9).


José Bergamín (1895-1983) argüía que como no fue creado objeto, se veía incapacitado para ser objetivo y alcanzar las mismas conclusiones que el resto de la gente; en tanto que como sujeto, resultaba lógico que fuese subjetivo. Aspecto último que es el que tratan de extirpar los colectivismos salvajes más trasnochados, aunque inasequibles al desaliento, y con una capacidad regeneradora no soñada ni por Nuestro Ford.

Por eso, Aldous Huxley advierte en su moderna novela que no le parece que estemos tan alejados de su “ficticio” mundo feliz. Ciertamente, es mejor estar más cerca de la espiritualidad que de ninguna divinidad.

Escrito por Javier C. Aguilera

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