Clásicos Inolvidables (XXV): El jardín de las delicias, de Francisco Ayala

23 abril, 2013

| | | 1 comentarios
Francisco Ayala
¡Que a este llamen mundo! Hasta el nombre miente.
Llámese inmundo, y de todas maneras disparatado.
(Gracián; cita recogida en la obra)

Siempre es conveniente contextualizar un texto a la hora de abordarlo. Nos permite asomarnos a un momento concreto de la historia literaria, cinematográfica, pictórica o musical (artística, en suma); comprobar la evolución del autor si la hubiere y constatar hasta qué punto la obra en cuestión sigue resultando actual (que no moderna) o, como suele decirse, “si ha envejecido bien”. Francisco Ayala “envejeció” admirablemente, y en su prosa se dan la mano lo literario, lo fílmico, lo musical y lo pictórico como en un todo orgánico que, en efecto, nos sigue hablando a día de hoy (bien es sabido que esto nunca está de más, habida cuenta de que el humano se distingue por tropezar con las mismas piedras). Para hablar de El jardín de las delicias -la edición que yo manejo es de Alianza, 2006, aunque por su magnífico prólogo también destacaría la de Espasa-Calpe de 1978- debemos situarnos en 1971, añadidos posteriores al margen: la concepción del libro como tal data de dicha época; de tal modo que la originalidad de la obra, que a día de hoy, 2013, deviene en notable inspiración actual, se convierte en 1971 en asombrosa amalgama vitalista, casi una obra de anticipación.

Panel del tríptico de El Bosco
Es El jardín de las delicias obra metagenérica y metalingüística. Por ejemplo, en el texto introductorio sobre la presunta condena de un asaltante a un tren, como en el far west, destaca el empleo de la cursiva durante la redacción de los hechos, y la tipografía habitual sobre aquello que de ordinario debería ser lo destacado. Es decir, la ficción ya está siendo apuntada por medio de la forma.

Y metagenérica, pues en ella se entrelazan los géneros literarios de la crónica de sucesos o de viajes, la anécdota, el aforismo, el género epistolar o la reflexión entrañablemente metafísica, que hace que dichos géneros correteen tratando de ofrecer todo un puzle anímico, un collage de vivencias extrapolables, amena “carta al lector”, que es el destinatario último en todo lo que concierne al arte.

Alguien podría decir que determinados artículos periodísticos son más el resultado de una política-ficción que una crónica objetiva y veraz, pero no seamos arteros y digamos que, caso de serlo, tal idea ya fue vaticinada por, entre otros, Francisco Ayala, a través de las noticas-bomba que “recopila” durante la primera mitad del libro. ¿Realidad o ficción? Ambos inextricablemente unidos, un quid pro quo o who is who donde la realidad se incrusta en la ficción, y viceversa. En definitiva, el empleo de la prensa diaria como un espejo (¿reflejo?) de la globalidad.

Así sucede con la -de nuevo supuesta- nota de suicidio de El caso de la starlet duquesita, con la chocante muerte de un niño (Otra vez los gamberros), con la noticia “rosa” de una pareja japonesa sorprendida tras un seto debido a La escasez de la vivienda en Japón, con la confección de una muñeca hinchable en Ciencia e industria, o en fin, con la visión irónica sobre una conferencia acerca de la salud durante la edad provecta en Actividades culturales.


Pero El jardín de las delicias es igualmente un diario donde cabe el recuerdo de un gorrión pintado en una tablilla, la botica del tío Antolín, un torbellino de sensaciones y deseos apenas concretados durante una noche de Fin de Año en Alemania, en época estudiantil, junto a todos los detalles del jardín familiar, almacenados por medio de estas fotos de papel.

Destaca igualmente el recuerdo de un Día de duelo, poética reflexión ante la muerte de un familiar, y primer contacto del autor granadino con el destino final, ejemplificado durante los distintos momentos del día, en el que la consecuencia más penosa es el olvido. Por contra, siempre puede existir un luego, ya que los desaparecidos pueden seguir vivos en tanto los recordemos, del mismo modo que nosotros mismos, solo lo seremos por cómo somos vistos ahora por los demás. Claro que esta es aplicada tarea personal, que puede tomarse o dejarse.

Detalle del panel derecho del tríptico de El Bosco (Museo del Prado, Madrid)
Junto a estas evocaciones nostálgicas, el recuerdo doloroso del desamor, repartido entre las páginas de Fragancia de jazmines y Las golondrinas de antaño. Pero también la invención crítico-gozosa en torno al fenómeno de masas ante un ídolo juvenil en Isabelo se despide. Por otra parte, el problema de la identidad parece agazaparse en Un ballo in maschera, argumento en relación abierta con la ópera de Verdi, en la que se narra el asesinato del rey Gustavo III de Suecia de un disparo (1792) durante un baile de máscaras, ahora suceso tamizado por la moderna relación entre padres e hijos (madre e hijo, en este caso).

Ángel de Bernini
Pero hablábamos de lo artístico en su plenitud. Por la obra transitan desde la escultura clásica en forma del Ángel de Bernini, la obra pictórica (En la Sixtina), el elemento musical en Lake Michigan, Música para bien morir o El Mesías; y hasta el culinario, como sucede en Au cochon de lait. Pero para el autor, lo mismo que le sucede al lector, todo depende del estado de ánimo, lo cual queda reflejado por medio de la prosa, a veces dentro de un mismo escrito, como ocurre en la citada En la Sixtina, en Entre el grand guignol y el vaudeville, o de forma más curiosa, en Aleluya, hermano. Del mismo modo, todo parece condenado a repetirse ad infinitum, como sucede con el ritual de una boda en Una mañana en Sicilia, lo cual es otra forma de olvido. De ahí la necesidad de permanencia del autor por medio de una obra con la que el lector pueda identificarse, aunque este añada datos de su propia experiencia. En definitiva, lo que nos proporciona Ayala es una ventana abierta a una época y unas gentes determinadas, pero con vistas a toda la humanidad (Un regreso a la Venecia de Proust, El chalet art-nouveau, El querubín difunto). Una ventana, en suma, por la que poder asomarnos. Después de todo, que somos sino la memoria de nuestras lecturas.

En efecto, hasta qué punto somos reales o solo existimos cuando somos vistos por los otros es cuestión que revolotea por un jardín que, inspirándose en los paneles laterales del inabarcable tríptico de El Bosco, del cual toma su título, se divide en dos segmentos principales, en realidad intercambiables: Diablo mundo, que incluye los citados recortes de prensa y los subversivos Diálogos de amor, y Días felices. Una realidad que paradójicamente, se concreta a veces sin necesidad de escribir una sola palabra, ni tan siquiera pronunciarla (como en Otro pájaro azul, Mientras tú duermes o Sin literatura, donde la callada contemplación de una momia, otro ser que fue, proporciona un nuevo instante de reflexión no prevista).


El jardín de las delicias, en versión de Francisco Ayala, tiene como principal destinatario esa entidad indeterminada que es el lector, al cual compete convertir lo escrito antaño en hogaño, y lo particular en universal, en esa paradoja dramatizada que es la existencia.

Escrito por Javier C. Aguilera 



Clásicos Inolvidables (XXIV): La cabeza del cordero, de Francisco Ayala

| | | 0 comentarios
-Así es, todos iguales, y todos igual a nada, es la grande y redonda verdad a la que se llega por todos los caminos del mundo. Pero, ¿sigue la vida? ¿Siguen otros viviendo? [...] De todo esto no podría quedar más que la pesadumbre de un mal sueño [...] queda el inocente valor de los soldados, el odio conmovedor de los niños [...] la fe sin esperanza, el sacrificio sin premio.
(Diálogo de los muertos, Francisco Ayala)


La narrativa española del siglo XX tuvo como una de sus piezas fundamentales al escritor Francisco Ayala, jovencísimo miembro de la Generación del 27 que con su longeva vida alcanzó a ver el inicio del siglo XXI y ser memoria viva de los acontecimientos más importantes de nuestra historia más reciente. Marcado por las ideas vanguardistas de Gómez de la Serna y por personas muy relevantes en la cultura española de la época, especialmente por Ortega y Gasset y Manuel Azaña. Pero a partir de 1931 abandonaría esta vanguardia para afrontar la realidad, lo que le llevaría a un silencio que se interrumpiría finalmente con su retorno a la narración de Los usurpadores y La cabeza del cordero, publicados en 1949, su incursión literaria más importante tras la guerra civil salvando el pequeño cuento de 1939 titulado Diálogo de los muertos que después incorporará como epílogo a Los usurpadores. Es relevante mencionar este hecho por la explicación que Ayala vio necesaria incluir en el proemio a la obra de la que hoy hablamos.

El factor biográfico es importante en esta obra, pero no puede ser nuestra única perspectiva. Ayala será una persona que sufre sus pérdidas en la guerra, empezando por su propio exilio y continuando por las muertes tanto de familiares, entre ellos su padre y un hermano, y amigos, como Lorca. Pero a la hora de afrontar este hecho crucial en su vida y en la historia de España se decantará por hacer un ejercicio de conciencia. Abordará el tema dirigiéndose a los actos de cada individuo y a la moralidad y conciencia de cada uno de ellos, siguiendo la línea del discurso de Azaña, Paz, piedad, perdón, y su cuento Diálogo de los muertos. Para ello comenzará un camino desde el pasado, que retratará en las figuras históricas de Los usurpadores, para llegar finalmente a la guerra civil y las diversas circunstancias personales de los españoles afectados de una u otra forma.


Estas situaciones serán las descritas en los cinco relatos que se incluyen en esta obra. Tanto el primero como el último conforman un prólogo y un epílogo. Esta primera historia, titulada El mensaje nos traslada a las tensiones entre dos primos en un ambiente rural antes de la guerra, enfocándonos la personalidad del narrador que se hace humano en sus palabras. Seguramente una de las virtudes de Ayala sea humanizar a sus personajes, con los matices del gris que ya se aprecia en este primer relato centrado en un mensaje indescifrable que servirá para la especulación, fruto de los miedos de cada lector.

El siguiente relato nos sitúa en plena guerra civil, bajo el título de El tajo, el general Santolalla será el narrador en el frente de Aragón, formando parte del ejército nacional. A través de cuatro secciones, irá mostrando sus circunstancias y miedos, surgiendo toda la reflexión de su vida alrededor de un hecho que podría parecer trivial -el asesinato de un miliciano- pero que tendrá todo su conflicto en la conciencia del protagonista. Recorriendo los momentos de miedo y violencia de su historia personal, concluyendo con una escena tras el fin de la guerra que muestra el tajo, la herida, que esta ha producido en los españoles, separándolos sin importar los ideales políticos. Santolalla, pese a la victoria de su bando, no vivirá de forma alegre ese éxito, sino con la sensación de vacío que dejan los remordimientos sin reconciliación.


Lo había asesinado, sencillamente [...] Cuando eso era obra ajena, a él lo dejaba perplejo, estupefacto, lo dejaba agarrotado de indignación; siendo propia, todavía encontraba disculpas, y se decía «en todo caso, era un enemigo...» Era un pobre chico -eso es lo que era-, tal vez un simple recluta que andaba por ahí casualmente [...] «he asesinado a un semejante, a un hombre ni mejor ni peor que yo.»
(El tajo, Francisco Ayala) 

Tras la guerra, dos figuras más. El regreso será, precisamente, el retorno a España de un exiliado que se descubrirá aborrecido tanto de su país de acogida como del país al que regresa. Una vez en Santiago de Compostela seguirá el rastro de su amigo Abeledo, quien durante la guerra se servió de sus influencias para intentar liquidarlo, una muestra de la falta de escrúpulos de algunos sujetos que emplearon la guerra para sus rencillas personales. Al otro lado, José Torres, en el relato que da nombre al libro, La cabeza del cordero. Este almuñequero tendrá que hacer frente a una difícil digestión; es el retorno de la culpa por no haber logrado afrontar un papel digno en la guerra. Un reencuentro con unos familiares desconocidos en Marruecos será el justificante para rememorar sus acciones, dando lugar a un examen de conciencia nocturno alrededor de una comida demasiado grasienta. Sin duda, la palabra que mejor define este relato es la angustia que puede producir la escena final, donde Ayala consigue un acercamiento tremendo a la tesitura del protagonista.

Al exilio
Estos eran los relatos que componían la primera edición del libro, hasta que en 1962 Ayala usó La vida por la opinión como epílogo, último capítulo que ofrece otra perspectiva. A diferencia del resto, Ayala se acerca a la entremezcla entre ficción y realidad, con un narrador que es el propio autor entrevistándose con otros exiliados. La historia principal de este epílogo estará protagonizada por Felipe, un topo que vivió escondido en su casa en España durante nueve años. Se sitúa en 1945, año que se presumía como momento de salvación pero que supuso realmente una época crítica para los republicanos en España, que vieron cómo los países aliados les daban la espalda y apoyaban al gobierno franquista cuando ellos los habían apoyado durante la II Guerra Mundial. 

Ante la posibilidad de verse libre, Felipe se confiará y deberá tomar una decisión arriesgada por su honor, lo cual es el punto irónico de Ayala como culmen de La cabeza del cordero. A diferencia del resto de relatos, este se basa en una historia real, mientras que el resto no, aunque tengan ecos de sucesos reales. Es la realidad elaborada como ficción que lo llevará a escribir El jardín de las delicias, publicado en 1971.

Miliciano en la guerra civil, cuadro de Ernest Descals
Mi tía me lo plantaba delante, y se burlaba de mí con una risa mala: «¿Quién es éste? Eres tú, y no lo eres; eres tú, después de que hayas muerto.» La sentía decir eso, que nunca me había dicho.
(La cabeza del cordero, Francisco Ayala) 

En conclusión, más allá de la utilidad política, Ayala sitúa la condición humana, sobre la que reflexiona en un tiempo de coyuntura de guerra, que funciona como detonante y como situación donde todo se extrema. Las reflexiones sobre la conciencia estarán presentes en prácticamente todos los relatos, pero especialmente en los tres centrales, conformados por El tajo, El regreso y La cabeza del cordero. Otra característica presente en estos relatos es el vacío, una sensación que acompañará las cinco historias, con el mensaje indescifrable, la falta de perdón y de hogar, la culpabilidad y el honor calderoniano del último protagonista o su diario compuesto de palabras incomprensibles. Es la incomprensión ante unos hechos que golpean la vida humana y sitúa a nuestra conciencia personal en primer lugar, sabiendo que solo nosotros somos dueños de nuestros actos, lo que puede conducirnos a la desesperación del vacío.

Escrito por Luis J. del Castillo




Francisco Ayala, un autor de siglo

| | | 0 comentarios

Un año más, se cumple una jornada importante para el mundo del arte y literatura: hoy 23 de abril, es el Día Internacional del Libro. Por eso, desde Baúl del Castillo queremos contribuir a este día dedicándolo a una figura importante y consagrada como lo fue el veterano escritor Francisco Ayala. Narrador y crítico granadino, Ayala nació en 1906. Hijo de Francisco Ayala Arroyo y Luz García-Duarte, fue nieto del eminente médico Eduardo García Duarte, quien también fue rector de la Universidad de Granada.

Su afición por las artes se tradujo en su indecisión entre dedicarse a la pintura o a la literatura, una pasión que también heredaría su hija, que actualmente es historiadora del arte. Con dieciséis años, se trasladó a Madrid, donde pronto entró en contacto con los grupos literarios de vanguardia y empezó a colaborar en importantes revistas del momento como La Gaceta Literaria y Revista de Occidente. En esos años publicó sus primeras novelas y dos volúmenes de relatos vanguardistas (El boxeador y un ángel y Cazador en el alba), así como Indagación del cinema.

Francisco Ayala
En la capital también estudió Derecho y Filosofía y Letras. Durante la década de los treinta, interrumpe su creación literaria porque su vanguardismo le parece incompatible con la realidad que estaba viviendo. Tras su estancia para ampliar estudios en Berlín, obtuvo el doctorado, ganó las oposiciones a Letrado de las Cortes y, más tarde, a catedrático de Derecho Político. Además, fue de los primeros que redactaría artículos periodísticos referentes al auge del nazismo de la época.

En el comienzo de la Guerra Civil se encontró dando conferencias en Sudamérica y, aunque previó que iban a perderla, regresó durante la misma y ejerció como funcionario del Ministerio de Estado, entre otros desempeños, en tareas diplomáticas desde la legación de España en Praga. Al caer la República se exilió con su mujer y su hija en Buenos Aires, donde retomó su dedicación a la literatura después de años de silencio. Pasó diez años trabajando y colaboró en la revista Sur, en el diario La Nación y en la editorial Losada, confundando con Lorenzo Luzuriaga la revista Realidad, una de las más importantes en la época del exilio. Sus primeras obras publicadas fueron Tragicomedia de un hombre sin espíritu (1925), Historia de un amanecer (1926) y Cazador en el alba (1930).

Algunas de sus principales obras
El mundo entero presentaba otro aspecto. Más veloz, y menos lírico. Estrecho, idéntico a sí mismo, ya no [...] consentía esos descubrimientos de que los tréboles tienen siempre tres hojas, o de que el hielo flota sobre el agua. Su vida, hasta ahora sonámbula, blanda y desamparada, vertida al exterior, había desembocado en un desfiladero sin valles prometidos.
(Erika ante el invierno, Francisco Ayala)

En 1950 se trasladó a San Juan de Puerto Rico, en cuya universidad enseñó Sociología, además de dirigir el departamento editorial y crear una nueva revista, La Torre. Las dos últimas décadas de su exilio transcurrieron en Estados Unidos, donde ejerció como profesor de literatura en las universidades de Princeton, Chicago y Nueva York, entre otras, hasta su regreso definitivo a España en 1977.

Ayala a la edad de treinta años
Francisco Ayala, que también fue traductor y editor, nunca dejó de colaborar en la prensa diaria, siendo autor de una extensa obra ensayística y literaria en la que caben el ensayo sociológico (Tratado de sociología, Razón del mundo), los estudios literarios (El escritor en su siglo, Las plumas del fénix), libros de relatos (Los usurpadores, La cabeza del cordero), novelas (Muertes de perro y El fondo del vaso) y obras singulares como El jardín de las delicias (premio de la Crítica), que, junto con sus memorias, Recuerdos y olvidos (1906-2006), le valieron el reconocimiento de estudiosos y lectores y su plena reincorporación a la vida cultural española. Los rasgos fundamentales de su obra son el intelectualismo, la ironía o la deshumanización y el realismo crítico, obteniendo el Premio Nacional de Literatura en 1983. Ingresó en la Real Academia al año siguiente, y, posteriormente, su obra fue distinguida, entre otros, con los premios Cervantes y Príncipe de Asturias de las Letras. 

En 2006, convertido en un clásico vivo, Francisco Ayala tuvo la oportunidad de asistir a los actos de conmemoración de su centenario. De manos del alcalde de Granada, José Torres Hurtado, recibió una reproducción de plata de la espada de Fernando el Católico como regalo de todos los granadinos. Por su parte, el rey Juan Carlos I le definió como «el auténtico artesano de la palabra, quien ha esculpido una vida llena de fuerza creativa, admirable lucidez y genial maestría». Ayala fallecería en Madrid el 3 de noviembre de 2009, a los ciento tres años de edad.

Ayala junto al rey Juan Carlos I en el día de su centenario
Don Álvaro, claro está, compró entonces el libro [El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha] [...] ¿Será arriesgado pensar que, en llegando a las últimas páginas, allí donde tiene que asistir a la muerte de aquel hombre estrafalario [...] los ojos del caballero granadino se empañaron en lágrimas?
(La invención del Quijote, Francisco Ayala)

En el mismo año de su centenario, nació la Fundación Francisco Ayala, cuya sede se sitúa en el palacete de Alcázar Genil de Granada. Su presidenta de honor es Carolyn Richmond de Ayala, segunda esposa del escritor, teniendo figuras relevantes de la sociedad y cultura andaluza dentro del patronato de dicha fundación. Tiene por objeto custodiar el legado creativo, intelectual y material de Francisco Ayala, además de promover el estudio y la difusión de su obra como precursor de la renovación de la prosa española de vanguardia, la narrativa y el ensayo del exilio, el pensamiento social y la teoría y la historia literarias. La Fundación asume la apuesta ética de Francisco Ayala en defensa de la libertad, entendida como patrimonio individual y compromiso social.

Ayala junto a su esposa Carolyn
La personalidad de Ayala transmite serenidad, bondad y cercanía, en contraposición a la imagen oscura que puede desprenderse tras la lectura de sus obras. Descubridor de escritores reconocidos como Julio Cortázar y coetáneo de numerosos autores del siglo XX gracias a su prolongada vida. Tuvo la oportunidad de conocer a las figuras más relevantes de principio de siglo, como Lorca, Azaña o Borges, hasta los autores de generaciones más cercanas al siglo XXI, como Luis García Montero o Rafael Juárez Ortiz.  

Soy un cómico que lleva años esperando a que se baje el telón, pero no termina de bajarse. Justificadas palabras pronunciadas por el propio Francisco Ayala, quien, en 2007, ya se refería a su longevidad. Se había convertido, por derecho propio, en todo un capítulo de la historia de la literatura española del siglo XX. Títulos como La cabeza del cordero, Muertes de perro o El jardín de las delicias ocupan ya un lugar de honor en la historia de la misma. Un lugar en el que sus memorias, Recuerdos y olvidos, tienen su propio espacio dentro del género autobiográfico. Sin duda, un narrador centenario, testigo de los sucesos más importantes durante generaciones del pasado más reciente.


Escrito por Mariela B. Ortega


Elena Martín Vivaldi, poeta en Granada

22 abril, 2013

| | | 0 comentarios
La Elena real que tenía delante, (…) fumaba, hablaba y leía (…) Lo primero que llamaba la atención era la fragilidad y exquisitez de su figura. ¡Qué poco cuerpo para tanta alma! No habló mucho aquel día Elena en la tertulia del desaparecido Café Granada.
Francisco Gil Craviotto.

Elena Martín Vivaldi (1907-1998) fue la voz de lo cotidiano, que nada tiene que ver con lo manido o lo ramplón, sino con la esencia de un periplo vital transmisible, asequible y no oscurecido por ropajes vanguardistas. Su voz era la de la claridad y sencillez, porque lejos de los recursos más alambicados, Martín Vivaldi hablaba para el que era como ella, y en un lenguaje en el que pudiera sentirse reconocido. Era la voz que canta al interior con la apariencia del vecino modesto de cualquier rellano.


Elena Martín Vivaldi, que curiosamente pasó su infancia en la casa que había pertenecido a Francisco Ayala, en la calle Canales, junto a la Carretera de la Sierra y la Acequia Gorda, fue una mujer culta y de talante liberal, con un carácter independiente (¡horror!) y formas elegantes y educadas. Difícilmente una mujer de su tiempo, pero imbricada en él pese a todo, proponiendo una alternativa personal al concepto femenino tradicional y también al moderno, con una acusada sensibilidad y un privilegiado acceso (e interés, claro) a la literatura. Con semejantes mimbres, el ostracismo estaba casi asegurado. Por fortuna seguían existiendo reuniones y tertulias culturales en las que poder expresarse, pero el desengaño amoroso era solo cuestión de tiempo.

Antigua ubicación de la estatua de Colón, en el Paseo del Salón (fotografía de Rafael Garzón)

Tras la Guerra, obtuvo Vivaldi plaza en el llamado Cuerpo de Bibliotecas, Archivos y Museos, dedicando parte de su tiempo al oficio de archivera. Siendo una de las primeras mujeres universitarias de la provincia, tras un periplo inicial por Huelva y Sevilla, Elena se establece definitivamente en Granada, en 1948, donde ejerció de profesora de latín. Son muy representativos de esta etapa los poemarios Escalera de luna (1945), el primero que escribió, y El alma desvelada (1953), que ha sido unánimemente aclamado.

Con Bécquer y Juan Ramón al fondo, Elena Martín Vivaldi propone un mosaico de solitarias teselas existenciales, a veces tristes, a veces gozosas (que se ha exagerado su angustia por el anhelo maternal: una mujer que asume su deriva, nunca derrota, saltándose conscientemente determinados roles, no puede sentirse tan insatisfecha). La soledad, que nada tiene que ver con el pesimismo, y sí más con la auténtica conciencia del mundo, acompañó a la poeta junto con su amor por la naturaleza, expresado a través del color amarillo, que es el color de lo armónico, de la fusión de la persona con el entorno.


Una última etapa de corte romántico y contemporáneo brota en Durante este tiempo (1972), y se ratifica con la aparición de Nocturno (1981). Son los setenta y ochenta los años de una reconocida madurez artística. La jubilación (funcionarial) en 1977 no puso fin a la producción vital, que no se ralentizó hasta mediados de la década de los ochenta.

Una característica importante de su obra es la incorporación de patrones métricos clásicos: heptasílabos y endecasílabos, sobre todo sonetos, estrofas de base redondeada y poemas de versos libres. Esto ilustra bien el carácter e intención de su obra, cercana al viandante y no sobrepasada por estériles artificios. Es cierto que a veces el fruto, como veremos en el poema que hemos seleccionado, es punteado por medio de pausas y encabalgamientos. Pero la cercanía, su franqueza consigo misma, es lo que confiere valor a Elena Martín Vivaldi como poetisa. Por eso merece la pena acercarse y reconocerse en su obra.

Escultura de J. A. Castro Moreno en el Bulevar de Granadinos Ilustres (Av. Constitución, Granada)

Ginkgo Biloba (Árbol milenario)

Un árbol. Bien. Amarillo
de otoño. Y esplendoroso
se abre al cielo, codicioso
de más luz. Grita su brillo
hacia el jardín. Y sencillo,
libre, su color derrama
frente al azul. Como llama
crece, arde, se ilumina
su sangre antigua. Domina
todo el aire rama a rama.

Todo el aire, rama a rama,
se enciende por la amarilla
plenitud del árbol. Brilla
lo que, sólo azul, se inflama
de un fuego de oro: oriflama.
No bandera. Alegre fuente
de color: Clava ascendente
su áureo mástil hacia el cielo.
De tantos siglos su anhelo
nos alcanza. Luz de oriente.

Amarillo. Aún no imagina
el viento, la desbandada
de sus hojas, ya apagada
su claridad. Se avecina
la tarde gris. Ni adivina
su soledad, esa tristeza
de sus ramas.
Fue certeza,
alegría – ¡otoño ! - . Faro
de abierta luz.
Desamparo
después. ¿Dónde tu belleza?

Paseo de Ginkgos

Un simposio internacional celebrado en 2008 rindió merecido homenaje a Elena Martín Vivaldi, poeta de Granada. La Granada del Café Suizo y el amarillo de los otoños.


Escrito por Javier C. Aguilera


Lo más visto esta semana

Aviso Legal

Licencia Creative Commons

Baúl de Castillo por Baúl del Castillo se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Nuestros contenidos son, a excepción de las citas, propiedad de los autores que colaboran en este blog. De esta forma, tanto los textos como el diseño alterado de la plantilla original y las secciones originales creadas por nuestros colaboradores son también propiedad de esta entidad bajo una licencia Creative Commons BY-NC-ND, salvo que en el artículo en cuestión se mencione lo contrario. Así pues, cualquiera de nuestros textos puede ser reproducido en otros medios siempre y cuando cuente con nuestra autorización y se cite a la fuente original (este blog) así como al autor correspondiente, y que su uso no sea comercial.

Dispuesta nuestra licencia de esta forma, recordamos que cualquier vulneración de estas reglas supondrá una infracción en nuestra propiedad intelectual y nos facultará para poder realizar acciones legales.

Por otra parte, nuestras imágenes son, en su mayoría, extraídas de Google y otras plataformas de distribución de imágenes. Entendemos que algunas de ellas puedan estar sujetas a derechos de autor, por lo que rogamos que se pongan en contacto con nosotros en caso de que fuera necesario retirarla. De la misma forma, siempre que sea posible encontrar el nombre del autor original de la imagen, será mencionado como nota a pie de fotografía. En otros casos, se señalará que las fotos pertenecen a nuestro equipo y su uso queda acogido a la licencia anteriormente mencionada.

Safe Creative #1210020061717