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Plácido, de Luis García Berlanga

29 diciembre, 2015

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A veces da igual a quien identifiquemos como el malo de la película, al final, quien siempre pierde es una clase media-baja cada vez más empobrecida; esa que ahora paga el triple de luz sin apenas consumirla mientras contempla atónita cómo se ríen delante de sus narices con cada vuelta de tuerca de la presión fiscal.

Un ciclo continuo de esperanzas renacidas y promesas incumplidas –incluso las que vienen envueltas en nuevos y vistosos embalajes-. Pero si bien es cierto que hay cosas que nunca cambian, por lo menos tampoco lo hace el buen cine.

En Plácido (Jet Films, 1961) también parece extenderse como una mancha de aceite que todo lo cubre un diestro y siniestro monopolio que afecta tanto a desheredados de la fortuna como a algún que otro personaje acomodado. Realmente, ambos sectores son presa de un mecanismo aparentemente bienintencionado: la campaña benéfica cene con un pobre, encarnada exhibición de las miserias, anhelos y frustraciones del ciudadano medio.

Pero además de la urbana e institucional, por las imágenes de la película se cuela la precariedad de la tan cacareada armonía familiar, por medio de los diversos ejemplos de institución matrimonial que van apuntalando la narración. Y en esto, no hay distingos entre clases, pues lo que Luis García Berlanga (1921-2010) nos muestra es el miserabilismo que forma parte del ser humano (ejemplos no faltan incluso hoy, cuando gestos en nombre de la conciliación tienen como consecuencia directa el recrudecimiento de la represión sobre los disidentes).


La familia de Plácido Alonso (Cassen) subsiste encargándose de la gestión de unos aseos públicos. Ese día, Plácido recibe la primera letra de pago de su nuevo motocarro que, como la bicicleta para el protagonista de Ladrón de bicicletas (Vittorio de Sica, 1948), le es imprescindible para poder seguir tirando. El vehículo ha sido adornado para la referida campaña y se le ha instalado un altavoz desde el cual Gabino Quintanilla (el excelente José Luis López Vázquez) vocea las bondades, ¡al menos durante un día al año!, de la misericordia compartida.

Un pregón que se hace extensivo a las señoras de la directiva, cuya cabeza visible es doña Encarnación (una esplendida Amelia de la Torre), madre de Martita (Carmen Yepes), la escogida “reina” de la verbena, en endeble noviazgo con Gabino. Esta caridad de cartón piedra contrasta con las necesidades, bastante más materiales, del abono de la letra y otras penurias callejeras.

Pero aparte de quejarse mucho, tampoco parecen ayudar demasiado Emilia (Elvira Quintillá) o Julián (Manuel Alexandre), la esposa y el cuñado de Plácido, cada uno inmerso en su propia parcela de quehaceres domésticos. De este modo, el hombre honesto se ve sometido a una considerable tensión por parte de poderes tanto públicos como privados.


La narración concentra toda su puesta en escena en la campaña, recorrida a ritmo de música de banda por los ancianitos de varios asilos de monjas, los depauperados de la calle, los artistas de una subasta benéfica, promocionada por las ollas cocinex, y la debida retransmisión desde los hogares más pertinentes. Un compendio de buena parte de los (des)intereses de la fauna humana, matizados siempre por la importancia de las apariencias -entonces como ahora-. El resultado convierte la realidad en un artificio retórico sobre las tablas, en un espectáculo donde prevalece el poder de la imagen -o del sonido, en este caso-.

Un cuadro al que Berlanga inserta otra puesta en escena: la del pobre que enferma en la vivienda de una de las familias de acogida; la tragedia forma parte de una farsa cuyo cogollo es la representación de los intereses más particulares de cada uno de los personajes. Todo ello lo (re)construye el realizador por medio de su lenguaje más reconocible, los elaborados planos secuencia y la pertinencia del diálogo; características primordiales de toda su filmografía (o cosmogonía). Berlanga explora las posibilidades de la imagen dentro de un mismo plano, dotándolo de hasta tres dimensiones con el concurso de sus protagonistas, y sin caer por ello en ningún tipo de desbarajuste organizativo visual.


Plácido fue escrita por Luis García Berlanga y por su compañero guionista habitual, Rafael Azcona (1926-2008), en esta ocasión, con la incorporación de los notables José Luis Colina (-) y José Luis Font (1932-2013). Una colaboración conjunta con producción ejecutiva de Alfredo Matas (1920-1996), nombre que será capital en la segunda etapa cinematográfica de Berlanga; fotografía de Francisco Sempere (-1979), el dinámico montaje sobre la enérgica puesta en escena, obra de José Antonio Rojo (-), y una afligida melodía a cargo de Miguel Asins Arbó (1916-1996).

Además de los citados, quisiera recordar también la presencia de otros grandes actores españoles como Julia Caba Alba (1912-1988), José Orjas (1906-1983), el inimitable Luis Ciges (1921-2002), Agustín González (1930-2005), Amparo Soler Leal (1933-2013) o Antonio Ferrandis (1921-2000). Todos ellos ayudan a proyectar una atmósfera (un enfoque específico, sin duda alguna) tan ilusoria -para varios de los personajes- como abatida. La misma que se puede desprender de la letra de algunos villancicos populares, como aquel que asegura con innegable tino que la Nochebuena se viene, la Nochebuena se va, y nosotros nos iremos y no volveremos más.

Escrito por Javier C. Aguilera


Los jueves, milagro, de Luis García Berlanga

10 abril, 2014

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Tanto la milagrería como la rumorología se han venido considerando como aspectos populacheros (aunque no necesariamente, se han dado igual en las llamadas clases pudientes), o pertenecientes a unas épocas muy concretas (tampoco: seguramente han estado ahí siempre, acompañando al ser humano). El caso es que ambas idiosincrasias fueron el foco de atención de Luis García Berlanga (1921-2010) en Los jueves, milagro (Filmayer, 1957), coproducción con Italia filmada en los Estudios Chamartín, más tarde llamados Bronston y actualmente Buñuel. La película fue escrita por Berlanga y José Luis Colina, y contó con música de Franco Ferrara y fotografía de Francisco Sempere.

Junto a José Isbert (1886-1966), en ella se intercalaron buenos característicos como Alberto Romea (1881-1960), Juan Calvo (1892-1962) o el italiano Paolo Stoppa (1906-1988).

Luis García Berlanga
También suele recordarse que Los jueves, milagro forma parte de esos títulos que merece la pena recuperar de entre el marasmo de cine folclórico de la época, una época que, pese a todo, sigue proporcionando sorpresas cinematográficas; en cualquier caso, productos de cuyo valor sociológico o artístico ni reniego ni alabo, por la sencilla razón de que no estoy capacitado para tales asuntos; y ya que me he metido en este jardín, pisaré todas las flores recordando que los logros cinematográficos no dependen en absoluto del tema que aborde una película, sino de cómo éste es articulado por vía de la imagen.

Portada
Dicho lo cual, no cabe sino disfrutar y emocionarse con una película como Los jueves, milagro, aparcando los resultados que obtuviera en taquilla -dato siempre aleatorio, aunque parece que inevitable de determinados espacios “palomiteros”-, e incluso, los efímeros premios cosechados (que es lo tercero que suele tenerse en cuenta en este tipo de casos).

El escenario “neorrealista” del relato es Fontecilla, un pueblo en “ninguna parte” -aunque se trate de una localidad de Castellón-, que ha visto como sus días de gloria, debidos a las aguas de un decimonónico balneario, han pasado de largo como las citadas aguas o, metafóricamente, como ese tren que atraviesa todo el pueblo pero no se detiene en él. En Fontecilla todos esperan algo parecido a un milagro, en forma de prosperidad, y como el pueblo también tiene su “tonto” (Mauro: Manuel Alexandre), deciden que el ansiado prodigio se “materialice” precisamente ante él. El Santo escogido será San Dimas, en otra pirueta irónica, el Buen Ladrón; consistiendo el timo en aparecerse don José (José Isbert) ataviado como San Dimas, para de ese modo crear la ilusión de que se ha producido un milagro auténtico.

La chapuza tiene mucho de cuento, de fábula, de chiquillada en la que participan las fuerzas vivas de un pueblo muerto, o al menos anquilosado, con la excepción del severo aunque juicioso párroco (José Luis López Vázquez).


Componen dichas fuerzas el alcalde, don Antonio (Juan Calvo); don Salvador (Paolo Stoppa), el maestro de escuela; don Evaristo (Félix Fernández), el médico; don José, el hacendado del lugar (Isbert), y don Ramón (Alberto Romea), el dueño de un balneario en el que ahora solo parece pasarlo bien -cuando le dejan- el joven Luisito (Luis Varela), sobrino de unos residentes asediados por los más variopintos prejuicios, y que parecen directamente extraídos de una época anterior.

Pero he aquí que la primeriza, meta-diegética e improvisada “puesta en escena”, dará paso a otra real, cuando la “sugestión” se haga carne en la figura de Martino (Richard Basehart), un forastero misterioso y vitalista.


La visión a ras de suelo de Berlanga, por y para el pueblo, no está exenta de cariño, por mucho que no eluda la crítica hacia un sector crédulo por las circunstancias socioculturales, que atribuye hasta el detalle más nimio al agua “milagrosa” de Fontecilla. La gente necesita creer, y el realizador acierta a entrelazar los falsos milagros con la prodigiosa intervención, ni confirmada ni desmentida, pero al fin y al cabo beneficiosa, de Martino.

Luis García Berlanga proporciona una espléndida fluidez a la narración por medio de una serie de encadenados narrativos, no solo a través de la imagen, sino también anticipados por medio de la palabra. Queda demostrado que su fuerte son ya los relatos corales, es decir, con varios personajes en jaque.


Como curiosidad, podemos entrever un ejemplar de la famosa publicación El Caso entre las revistas de un tenderete; un apunte más de esa España cabizbaja aunque esperanzada.

Estación de paso entre la trapacería más desprejuiciada y el deseo de sobrevivir, en Los jueves, milagro la picaresca es más humana que en muchas de las novelas del género (¡y en un sentido positivo lo de humana!).


Escrito por Javier C. Aguilera


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