Barcos de la era del vapor o recientes cargueros de la Armada norteamericana. Hasta un escuadrón entero de la marina, el famoso vuelo diecinueve, sucumbió al incómodo misterio del Triángulo de las Bermudas, un área de un millón de kilómetros cuadrados en mar abierto, con sus vértices en Florida, las islas Bermudas y Puerto Rico.
El esclarecimiento del Triángulo no es algo nuevo, aunque actualmente la tecnología sea más precisa. Lo que tampoco hace al caso, puesto que la intrigante zona, tenga la estricta forma de un triángulo, un trapezoide o un rocambolesco octaedro, burla con impasible impunidad a nuevos y a viejos instrumentos, preservando incólume su secreto. Al menos, de momento.
Con frecuencia, se vende como algo novedoso lo que no lo es tanto. Y me refiero, en esta ocasión, a recientes documentales donde se trata de aclarar una situación de misterio sin aportar ninguna conclusión científica satisfactoria o debidamente probada. Ya en 1974, Lawrence David Kusche (1940), piloto comercial e instructor de vuelo, trató de dar respuesta al cúmulo de infortunios y enigmas que delimitan el sector del Triángulo de las Bermudas, siendo bibliotecario en la Universidad del estado de Arizona (EEUU), debido a que, como él mismo relata, con frecuencia se me consultaba para buscar información sobre el tema (Prólogo). El resultado fue el libro, de título algo pretencioso -se mire como se mire-, El misterio del Triángulo de las Bermudas solucionado (The Bermuda Triangle Mystery - Solved, 1974; aunque la editorial Sagitario, de Barcelona, al menos tuvo la precaución de acotar el epíteto del título, cuando lo publicó, en 1977). En cualquier caso, bonita historia la del bibliotecario que se interesa por un tema para acabar buceando -y hasta ahogándose- en él.
Los fenómenos “anormales” pueden deberse a distintas causas, que no por desconocidas deben ser rechazadas. De hecho, una cosa son los accidentes y otra, bastante más inquietante, las desapariciones. Perturbaciones electromagnéticas y turbulencias atmosféricas hacen que existan dos lugares en la Tierra donde la brújula señala el Polo Norte: el Triángulo de las Bermudas y el llamado Mar del Diablo, en Japón, aunque no son las únicas zonas problemáticas del globo.
Tras una referencia inicial al célebre ardid contenido en el relato de Edgar Allan Poe (1809-1849), La carta robada (The Purloined Letter, 1844), Kusche explica que, en muchas ocasiones, los sucesos se diferencian de la leyenda; añadiendo certeramente que, en última instancia, es el lector quien debe decidir cuál de las versiones se acerca más a la realidad (Prólogo). En este sentido, loable es el intento de Kusche de sobrepasar la mera teoría mitológica o legendaria, como a él tanto gusta de llamarla -luego me referiré a este aspecto- y, en suma, de trascender la teoría oficiosa para tratar de aclarar el enigma, dejando al lector la última palabra. Pero lo cierto es que sus conclusiones (a veces, solo una marejadilla de intuiciones) no resuelven apenas nada. El misterio lo overchuta, como dicen los pilotos, para caer en brazos de la teoría oficial de las coincidencias, los fallos técnicos, los errores humanos y hasta una inasequible mala pata. Por supuesto que tales explicaciones pueden ser aplicables a un buen número de casos, pero en modo alguno los solucionan todos (y en cualquier caso, no dejan de ser mera hipótesis mientras no se demuestre lo contrario). Está bien que Kusche no cargue las tintas en los aspectos “sobrenaturales” (y no me extenderé ahora sobre qué deberíamos entender por tales), pero el hecho es que el ser humano ha pretendido demasiadas veces caminar sobre las aguas, constriñendo antropológica, y parece que inevitablemente, todo cuando no se le alcanza, ciñendo los datos a su limitado campo de experimentación o tomándose a sí mismo como referencia y medida de todas las cosas (¡de este y de otros mundos!); lo cual, puede estar muy bien en el arte, incluso ser necesario, pero en la ciencia resulta fatal.


