Para el sábado noche (LXC): Culpable sin rostro, de Michael Anderson

02 febrero, 2020

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Los géneros literarios o cinematográficos son porosos, permeables. Así, nos encontramos con películas que se adscriben al western pero que participan de elementos estéticos y narrativos del cine negro (Cielo amarillo, William A. Wellman, 1948, pongamos por caso), comedias que son musicales, ciencia ficción policíaca, relatos épicos sazonados por el terror, películas de acción con un acusado suspense, o como en el caso que nos ocupa, un drama judicial de época colonial con ingredientes que rozan lo fantasmagórico y dan en la diana de lo psicológico. Ello sin tener necesariamente que caer en los extremos de mixtura textual a que nos vemos sometidos en la actualidad, porque ya está todo contado y hay, no ya que epatar, sino mantener la atención del espectador en la era de los móviles.

Ante el entusiasmo que muestra el futuro alférez Drake (Michael York), que espera que su periodo de instrucción de tres meses en un regimiento -del que oportunamente no se nos facilitan más señas-, sea lo más fructífero posible -y lo será-, replica su acompañante Millington (James Faulkner) que tenemos una visión distinta de nuestra permanencia aquí. En efecto, el primero desea emprender una provechosa carrera en el ejército, en tanto que el segundo no se siente en absoluto motivado e, incluso antes de llegar, está deseando buscar una excusa para escapar del acuartelamiento. Ambos personajes arriban por tren al emplazamiento de este regimiento, situado en la India. Como es costumbre inglesa, allí los oficiales viven apartados en sus zonas de labor y recreo, sin apenas mezclarse; de igual modo que los reclutas no pueden dirigirse a un oficial de más alto rango si este no se ha dirigido antes a ellos.

Es exactamente como imaginaba que sería, proclama Drake cuando acceden a las dependencias. Este lugar me ha obsesionado desde niño, responde Millington, más para sí.

Antes de seguir, Culpable sin rostro (Conduct Unbecoming, Somerville House Releasing/Lion Syndicate, 1975), está basada en una pieza teatral de Barry England (1932-2009), adaptada por Robert Enders (1919-2007). Como iremos viendo, la obra pulsa varios resortes: la supremacía cultural, la tradición -no deben confundirse-, le leyenda que echa por tierra la realidad, el honor personal y el valor de la pertenencia grupal, la sumisión a la colectividad, sea del orden que sea… El título original podemos traducirlo literalmente como conducta impropia.


En la narración subyace el respeto a una institución venerable, de innegable fascinación, y necesaria, como es el ejército. Lo que no ha de entremezclarse con las culpas de unos sujetos que son militares. No es lo mismo, y conviene distinguir el “matiz” para no caer en el maniqueísmo ideológico que, aún hoy, se observa por parte de algunos analistas a la hora de abordar asuntos como nuestra Guerra Civil (1936-1939) o, más recientemente, la inculpación de todo un estamento en torno a la desaparición de Santiago Corella, el Nani (1954-1983) o el caso Almería (1981).

Frente al conflictivo Edward Millington, renegado de sus obligaciones con la milicia, el buen recluta es Arthur Drake. Que habrá de madurar -y lo hará- pero que resulta puro. En el sentido de que tiene las convicciones claras. Además del periodo de instrucción, sobre el que la obra teatral y cinematográfica pasa de soslayo con buen criterio, al ser la parte más previsible y manida, Drake habrá de hacer frente a una situación imprevista y poco grata, como la de tener que actuar de “abogado” defensor de Millington. Ambos progenitores habían servido en ese mismo regimiento en el que ahora han recalado los hijos. Forman parte del orgullo de la milicia, de los pilares de la nación, del Imperio. Por el contrario, Millington es respondón, cínico e impertinente. Un carácter nada propicio –en principio- para someterse a la disciplina militar, aunque idóneo para convertirse en el chivo expiatorio del conflicto que se va a desarrollar. Sin embargo, como reza el sugestivo título en español, al culpable aún se le ha de poner rostro.

Haciendo elipsis de esos aspectos más predecibles de la vida en el cuartel, la trama puede centrarse en lo que interesa contar. Algo que parece que pudo ocurrir de verdad, como nos hace pensar esa penúltima fotografía que antecede los títulos de crédito finales.


Retomemos la cuestión. El día de la llegada de Millington y Drake es el de la celebración del Aniversario de la Batalla de Rajchapur (nombre ficticio, pero que sitúa la acción en 1878). La ceremonia otorga de forma simbólica al desaparecido capitán John Scarlett, muerto en acción de guerra, la Cruz Victoria. Un deber o costumbre que parece haberse anquilosado, fosilizado, desde hace tres años. La viuda de Scarlett, Marjorie (Susannah York) está presente durante el acto. 

Mientras este tiene lugar, Drake y Millington son recibidos por el sirviente y ayuda de cámara indio Pradah Singh (Rafiq Anwar), y convenientemente aleccionados por el teniente Fothergill (Michael Culver). Hasta el abuelo y el padre de Pradah Singh sirvieron con orgullo en este regimiento. Por su parte, Fothergill les previene acerca de la señora Scarlett, ya que, como se suele decir, aún está de muy buen ver, y parece que ya ha habido anteriores problemas de flirteo por parte de algunos soldados. Ella forma parte de nuestras vidas aquí, concreta el teniente. Pese a todo, cierta fama de locuaz o “pervertidora” precede a la señora Scarlett, como comenta, medio en broma medio en serio, el mayor Alistair Wimbourne (Christopher Plummer).

El coronel Strang (el excelente Trevor Howard) es el responsable de cuanto concierne al regimiento. Su hijo Toby iba a seguir mi carrera, la tradición. Pero murió en la misma incursión que el capitán Scarlett. Para el coronel, la antedicha ceremonia es algo que uno cree deberle al pasado; es decir, cree en el honor y el respeto a los fallecidos. El personaje tiene la sensatez que proporcionan los años, e insta a asimilar la historia y tradición del regimiento.


Es evidente que el alférez Millington y la señora Scarlett se atraen mutuamente, aunque la simpar viuda rechaza con claridad las pretensiones y arrebatados envites del joven (puede que no así las de otros). Pero Millington está dispuesto a hacer (casi) cualquier cosa para ser expulsado de la institución.

Las fallas de la milicia británica son, en general, las de todos los seres humanos. El ejército funciona como un espejo más reglamentado. Algo que hasta el coronel habrá de comprender de forma traumática. No quiere silenciar el “incidente”, sino someterlo a Consejo de Guerra, pero el mayor Alistair lo convence para que el asunto se resuelva de forma interna, no públicamente. Esto dañaría la imagen del regimiento. Se convoca entonces un “tribunal de honor”, cuyo presidente será el capitán Harper (un estupendo Stacey Keach). Junto a él estarán los oficiales que actúan como defensor (Drake) y acusador (Fothergill), más otros oficiales en función de jurado. El alférez Drake es seleccionado por Millington para su defensa sin mordacidad, porque es un hombre de honor. Pronto, el capitán Harper se apresura a matizar esta certera opinión. Ante la afirmación de Drake de que el honor del regimiento exige que Millington sea justamente defendido, Harper observa que ello ha de ser sin menoscabar el honor y justicia debidas al regimiento. He aquí dos posturas éticas -y legales- que se pueden contraponer.

Pero lo que pretende resolverse en un pis-pas se complica. Tiene usted que actuar con la libertad que yo le conceda, como presidente de este tribunal, insiste el capitán Harper ante un Drake “herido” durante el proceso. Además, a Millington no le salen las cosas como había previsto. El regimiento no va a permitir que se vaya de rositas. Permanecerá en la institución encargado de distintos trabajos de ingrata naturaleza.


¿Y qué es lo que ha sucedido? Transcurrido algún tiempo de la llegada de los dos reclutas ha habido un baile, y cuando este estaba por concluir, a altas horas de la noche, la señora Scarlett resulta agredida físicamente por un desconocido. Es inmediatamente atendida por el doctor del regimiento (James Donald), y se pone en marcha el proceso antedicho. El alférez Millington es acusado de forma directa por la señora Scarlett; algo que al acusado no parece molestarle en exceso (ya hemos explicado que desea escapar de allí). La actuación del atacante ha seguido el cruel procedimiento de un juego entre oficiales, el de Pinchar al cerdo, una figura de trapo, tal y como recuerda en su intervención ante el tribunal el comandante Lionel Roach (Richard Attenborough). No parece haber culpable, la identidad del mismo se empeña en escurrírsele al tribunal de las manos.

Ahora bien, o la víctima miente o está encubriendo a alguien, pero no es exactamente ninguna de las dos cosas, en lo que es un giro argumental muy bien dispuesto en la obra. Algo con lo que la trama sabe jugar de manera hábil.

La criada de la señora Scarlett (Jamila Massey) comunica a Drake que debe ponerse en contacto con la señora Bandanai (Persis Khambatta), viuda de Yemaday Bandanai, otro héroe del regimiento que, como en los casos anteriores, murió en la misma batalla que el capitán Scarlett.


Los protagonistas se hallan en un terreno apenas explorado, con actuaciones más o menos bien intencionadas destinadas a lavar los trapos y la tropa sucia. Pero a costa de su integridad, es algo que Drake no está dispuesto a permitir. Es realmente este personaje, y no Millington, el que está a las órdenes pero no a las opiniones de sus superiores. Aun de forma oblicua, Millington le recuerda a Drake que la honorabilidad depende de las personas, no de una institución -la que sea-; en suma, que esta emana de los individuos y de cómo estos se conducen dentro de las mismas.

Pero cada uno ha de seguir sus principios. Millington decide permanecer -ennoblecer- el regimiento, en tanto que el que deseaba con más ahínco quedarse, Drake, se marcha. Su necesidad ética es superior a establecerse en el entramado del regimiento. No ha permitido que se echara tierra sobre el asunto ni sobre él (por lo que le auguramos que no llegará a ser presidente de ningún gobierno, o un “recoge nueces”, aunque sí que será bastante libre). Mi honor y el del regimiento no tienen necesariamente que ser el mismo, por eso he de marcharme, concluye Drake.

Honor e integridad. Aquí todos los oficiales son unos caballeros, proclama el coronel. Lo dice porque lo cree firmemente. Aprenderá, como ya he señalado, que el amor -legítimo- al regimiento no ha de confundirse con la ceguera. De similar modo, Harper procurará salvar el honor del regimiento, en el sentido de las personas íntegras y honestas que han formado parte de él y que lo siguen conformando. 


La película cuenta con un evocativo tema musical compuesto por el siempre reivindicable Stanley Myers (1930-1993; a ver si nos enteramos de una vez que es autor de más cosas además de El cazador [Deer Hunt, Michael Cimino]). De la dirección se ocupó un buen profesional como Michael Anderson (1920-2018), que sabe sacar buen partido de la situación y de algunos elementos, como ejemplifica de manera simbólica y material la guerrera del desaparecido capitán Scarlett (esta se conserva en el interior de una vitrina). En realidad, el objeto en cuestión sirve de puente entre los hechos del pasado y el presente; es un testigo aventajado de los mismos.

Otra buena idea, probablemente contenida en la obra original, la hallamos en el momento en que, en la penumbra del escenario, sale a la luz ese rostro culpable.

Escrito por Javier Comino Aguilera


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