Música Inolvidable (XXXV): Vangelis

27 junio, 2018

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El compositor griego Evangelos Odysseas Papathanassiou (1943), Vangelis para los amigos melómanos, no solo ha influido en el cine o en la llamada música New Age; realmente, lo ha hecho en la misma imaginación. Aunque particularmente, estas taxonomías musicales no me convencen, y prefiero hablar de conjuntos o de autores, lo cierto es que Vangelis pertenece a una época tanto como a un movimiento, el de la música cósmica y electrónica, donde encontramos a figuras tan señeras como los sustanciales grupos Kraftwerk y Tangerine Dream, el vibrante Jean-Michel Jarre (1948), el ensayista de la paráfrasis sideral Tomita (1932-2016), el espiritual Deuter (1945), el discotequero -en el mejor sentido- Giorgio Moroder (1940), o el maestro precursor del clásico moderno, Walter Carlos (luego Wendy Carlos; 1939).


Ellos dignificaron el sintetizador, cada uno en su estilo, unos años antes de que este se introdujera en nuestras vidas, de forma definitiva, por vía del pop (lo que sucedió hacia 1981 u 82, ya como un componente claramente establecido).

En el caso de Vangelis, esta andadura comenzó con un grupo de rock sinfónico llamado Aphrodite’s Child (1968-1972), junto a Demis Roussos (1946-2015). Sin embargo, pronto adquirió dominio e independencia, aunque las colaboraciones con su paisano no se interrumpieron, al punto de ser Demis Roussos la exótica voz que acompaña algunos de los inolvidables pasajes de la partitura para Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Otras bandas sonoras de interés, que se beneficiaron del cálido sonido envolvente y sugestivo del compositor, fueron la afamada Carros de fuego (Chariots of Fire, Hugh Hudson, 1981), Desaparecido (Missing, Costa-Gavras, 1981, estrenada al año siguiente), 1492, la conquista del paraíso (1492, Conquest of Paradise, Ridley Scott, 1992) o Lunas de hiel (Bitter Moon, Roman Polanski, 1992).

A lo que podemos añadir el acompañamiento vitalista (primordial y reflexivo), dado a los documentales del francés Frederic Rossif (1922-1990), a los que pasaremos a referirnos a continuación, musicalmente hablando.


Dejando a un lado los primerizos y algo esquivos trabajos en solitario del músico, como Amore (1973), de la que aún aguardamos una buena edición en CD, la primera pieza imprescindible del compositor es la banda sonora de uno de los documentales de Rossif, L’apocalypse des aniamux (El apocalipsis de los animales, 1973), que contiene la conocida Petite fille de la mer (La pequeña hija del mar, cuyo enlace proporcionamos al final de este artículo). Una ensoñadora y “debussiana” creación, que ya despliega las texturas más características y armónicas de su autor. Le siguieron Ignacio (también conocido como Entends-tu les chiens aboyer?: ¿Oyes a los perros ladrar?), de 1974, el cenital Heaven and Hell (1975), recordado por servir de estratosférica apoyatura musical a la célebre serie de televisión Cosmos (1980), del inquieto Carl Sagan (1934-1996); Albedo 0’39 (1976), contenedor de los estupendos y muy televisivos Pulstar y Alpha, y uno de mis trabajos favoritos del autor, Spiral (1977), con el inigualable y melancólico To the Unknown Man (igualmente, al final de este artículo), sin olvidar el místico y conceptual China (1979).

Muy conocida de aquellas fechas, en sí mismas, todo un dechado de creatividad para la mayoría de compositores e instrumentistas, es Opera sauvage (1979), nuevo trabajo para Rossif, en el que destaca el evocador Himno y L’enfant (El niño), posteriormente utilizado en la película de Peter Weir (1944), El año que vivimos peligrosamente (The Year of Living Dangerously, 1982).

A esta primera melodía le puso hermosa voz la compatriota Nana Mouskori (1934), con letra en italiano, en la versión titulada Ti amero (1986); así como en francés, respecto al tema principal de Desaparecido, Tu m’oublies (1986). A su vez, su asociación con el cantante Jon Anderson (1944) legó trabajos y canciones tan reconocibles como las contenidas en los álbumes Short Stories (1980), The Friends of Mister Cairo (1981), Private Collection (1983), otro predilecto para mí, por contener el bello tema instrumental Horizon, y el bonito aunque menos conocido Page of Live (1991), que en muchos sentidos, anticipa el posterior Voices (1995), para el que esto suscribe, el mejor trabajo de Vangelis en la década de los noventa. Demostrando con todo ello una prolífica inspiración, lo que no solía ser demasiado habitual.


No quiero dejar en el tintero otras creaciones de Vangelis. Junto al desconcertante -por dodecafónico- Beaubourg (1978), y el relativamente áspero Mask (1985), aunque con un retentivo tema central (el segundo movimiento), cabe tener en consideración las apreciables Antarctica (1983), Direct (1988), regreso al Vangelis más intuitivamente electrónico, con temas imprescindibles como Elsewhere o Glorianna, y el inquieto y pegadizo The City (1990), con otro tema reposado, después de tanto ajetreo urbano, similar al blues de Blade Runner, llamado Procession. The City es, merced a esa radiografía ciudadana, otra tentadora y excitante entrega del talento de Vangelis.

Junto a sus ya mencionadas obras con Rossif, también destacan Sauvage et Beau (Salvaje y bello, 1984) y La fête sauvage (Fiesta salvaje, 1976), que incorpora sonidos africanos que, una vez más, nos trasportan a la realidad de otra dimensión; en esta ocasión, en los confines del Kilimanjaro.

Como podemos observar, además de escuchar, la relación de Vangelis con el cine, sea de ficción o documental, ha sido fructífera, resultando lógico que la narrativa fundamental del siglo XX, que es la cinematográfica, se acompasara a la calidad de aquel periodo tan inventivo. Incluso su último y muy recomendable trabajo de estudio, guarda relación con una misión espacial real, ficcionalizada a través de la partitura. Un recorrido minimalista e hipnótico que se presta a banda sonora, y en el que la protagonista es la sonda Rosetta (2004-2015), en el álbum de igual título, de 2016.


Pero en la inspirada carrera de Vangelis también sobresalen otros empeños, no por soterrados menos estimulantes. A mí me sucede con el biodiverso y medioambiental (¡o micro ambiental!), Soil Festivities (1984), ideal para cualquier día de lluvia, o en el que se anhela una buena tormenta. U Oceanic (1996), que es todo un canto a los profundos misterios del mar, filtrados por el recuerdo de las películas de Esther Williams (1921-2013). O El Greco (1998), nuevo monográfico, dedicado esta vez al gran pintor y estilista residente en España, de origen e ingenio comunicantes (1541-1614).

Por todo ello, Vangelis es definidor de un periodo, que como todo buen artista traspasa. No en vano, una época se puede vivir y revivir. En sus melodías, la atmósfera quieta y la electrónica más orgánica se abrazan con afectuosa armonía. Vivir para escuchar, para prestar atención. Es lo que siempre nos ha dicho Vangelis.


La pequeña hija del mar (1973)


Salvaje y bello, tema principal (1984)


Al hombre desconocido (1977)




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