Para el sábado noche (XLVI): Al morir la noche, de varios directores

02 octubre, 2015

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Pueden suceder cosas muy extrañas al morir la noche, en ese tiempo y lugar en que los sueños son recordados. Los sueños forman parte del mundo complejo del inconsciente. Sobrepasando su interpretación como deseos reprimidos, proponen una conexión con otros planos de nuestra existencia. Planos a los que no solemos prestar mucha atención, pero que psíquica y fisiológicamente tienen una gran importancia. Son la llamada de atención hacia una parte de la evolución que muestra reglas muy distintas de las que rigen la vigilia.

Pues bien, este es el escenario o punto de partida de una película titulada, precisamente, Al morir la noche (Dead of Night, 1945), del siempre apreciado estudio británico Ealing. De hecho, se trata de una producción de Michael Balcon (1896-1977), principal responsable del mismo entre 1937 y 1959, con música del sugestivo Georges Auric (1899-1983), edición de Charles Hasse (1904-2002) y fotografía de Douglas Slocombe (1913). La película propone varios relatos unidos por el nexo de lo misterioso e inexplicable. Experiencias que atañen a todos y cada uno de los personajes que se dan cita en una mansión campestre, lugar al que ha acudido, como uno más, el arquitecto Walter Craig (Mervyn Johns), requerido para algún tipo de reforma.

Esta estructura por capítulos hizo que Al morir la noche fuera dirigida a cuatro manos por Alberto Cavalcanti (1897-1982), Charles Crichton (1910-1999), Basil Dearden (1911-1971) y Robert Hamer (1911-1963), todos ellos competentes realizadores del estudio. Las historias que hilvanan el núcleo central las proporcionaron los guionistas John Baines (1909-1962) y Angus MacPhail (1903-1962), en base a relatos propios o de los escritores H. G. Wells (1866-1946) y E. F. Benson (1867-1940).


La noche en cuestión, Walter Craig se muestra aturdido al comprobar cómo ha vivido antes esa misma situación y cómo las personas que se reúnen en la casa no le son desconocidas. Una percepción que parece ir más allá del simple déjà vu. Craig concreta la sensación cuando comenta a uno de los invitados que “he soñado con usted y no le había visto en mi vida”.

Pero el sueño del arquitecto es, además de sorprendente, reiterativo, con lo que, sin perder nunca el sentido del humor, los protagonistas reflexionan acerca de la naturaleza y realidad de los personajes de ficción; muchas veces, más auténticos para el lector o el espectador -o al menos, más próximos-, que algunas personas de carne y hueso. Por ello, una vez establecida la extraña circunstancia, los presentes se interesan por el asunto y cada uno de ellos relata una vivencia en consonancia con el ambiente que se ha creado.

De este modo, el corredor de carreras Hugh Grainger (Anthony Baird) narrará una premonición que lo libró de la muerte, con la particularidad de que la experiencia acontece tras haber sufrido un aparatoso accidente, y que esta es precedida de forma tanto visual como sonora -es decir, relativa a todo su entorno en ese momento-, al producirse un salto temporal previo, junto al cese, y posterior reanudación, de una melodía radiofónica.


Por su parte, la joven y vitalista Sally (Sally Ann Howes) comparte la experiencia de una asombrosa aparición durante una fiesta navideña. En su aventura, el estremecimiento de los acontecimientos no ha evitado el poder sentir un gran cariño hacia aquellos que no descansan en paz. Seguidamente, toma la palabra la enfermera Joan Cortland (Googie Withers), que referirá la extraña obsesión de su marido (Ralph Michael) por un objeto tan cotidiano como perturbador, un espejo adquirido en un anticuario; tal vez, un portal con vistas a otro tiempo y espacio.

A continuación, el anfitrión Eliot Foley (Roland Culver) parece improvisar -su jocoso relato se antoja el menos sólido- la curiosa relación entre dos de sus amigos, Larry Potter (Naunton Wayne) y George Parrat (Basil Radford), rivales en el amor y en el golf (especialmente mordaz es la imagen que los muestra en un green cubierto por la nieve).

No obstante, todos los personajes habrán de confrontar sus experiencias con los pareceres académicos de otro de los invitados, el psiquiatra Van Straaten (Frederick Valk), representante del escepticismo oficial que, pese a todo, también compartirá una insólita experiencia, por la cual se vio involucrado nada menos que en la relación entre un ventrílocuo llamado Maxwell Frere (Michael Redgrave) y su muñeco, ente portador de una vida y personalidad propias… puede que no solo para su manipulador compañero.


Tanto este último segmento como el del espejo fueron obra de Baines, así como el de la fiesta navideña lo fue de MacPhail, la premonición del corredor de carreras de Benson y la descacharrante y fantasmal historia de los golfistas de Wells.

En resumen, Al morir la noche hace gala de una conseguida atmósfera, buenas interpretaciones (a las que podemos sumar la del simpar Miles Malleson, socarrón inquilino del otro lado) y un guión preciso y elegante en el que sobresale la posible doble explicación de lo hechos: ¿realidad inexplicable o producto de trastornos mentales, ya sean ocasionales o crónicos?

Con respecto al escenario principal se produce un hecho curioso, como es que la casa se nos presente en una región imprecisa, propia de los sueños, que posteriormente, cuando Craig recibe la invitación para acudir a ella, ya de vuelta a un mundo real aunque tan físico como el anterior, se concreta geográficamente como una vieja granja del condado de Kent. En cualquier caso, el arquitecto parece abocado a un eterno retorno digno de los límites de la realidad.

Escrito por Javier C. Aguilera



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