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Media guerra, de Joe Abercrombie

12 junio, 2017

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Detrás de cualquier conflicto, subyacen intereses personales de quienes dejan a otros morir sin saber nunca por qué estaban luchando realmente. En la trilogía del Mar Quebrado, Joe Abercrombie ha tratado siempre de dejar al descubierto los finos hilos en que sus personajes están envueltos sin saberlo, hilos que mueven aquellos que tienen acceso a la sabiduría escrita, a la historia, a la comunicación y, por supuesto, al poder, aunque siempre a la sombra de las grandes figuras. Por ello, el auténtico hilo conector de toda la trilogía ha estado en un segundo plano mientras observábamos qué les pasaba a quienes caían en esos hilos. O si acaso podían descubrirse como marionetas y hacer algo para evitarlo.

Como sucediera en Medio mundo (2015), el foco narrativo varía hacia otros protagonistas. Si en el primer volumen había sido uno, Yarvi, y en el segundo, dos, Espina y Brand, en esta tercera ocasión serán tres: la princesa Skara, el guerrero Raith y el aprendiz de clérigo Koll. Desde sus puntos de vista, obtendremos una panorámica de lo que sucede en la guerra contra el Alto Rey, una panorámica representativa, dado que los tres representan por una parte a las tres naciones alzadas (Gettlandia, Vasterlandia y Trovenlandia) con sus respectivas características particulares, y también a tres estamentos privilegiados distintos: la nobleza, el ejército y la religión.

En cuanto a la trama concreta, la primera historia, Medio rey (2014), nos había narrado una odisea que prendía la llama de la venganza de Yarvi, mientras que la segunda, Medio mundo, era una auténtica aventura con el desarrollo de la venganza de fondo y con un clímax potente en torno a un gran duelo final. Esta tercera y concluyente novela nos llevará al caos producido por Yarvi en el mundo del Mar Quebrado, donde se ha iniciado una guerra cruenta en la que todo vale, incluso las alianzas más inesperadas y siniestras o el rescate de objetos prohibidos. 

De esta forma, todo comenzará con el desgarro que se produce en la vida de la princesa Skara, cuando debe huir de su hogar para sobrevivir y convertirse en la única y legítima heredera del reino de Trovenlandia. Cuando el líder del ejército del Alto Rey, Yilling el Radiante, comience a destruir su país, ella deberá buscar la ayuda de sus aliados y comenzar a liderar en medio de la disputa. Así, se convertirá en el personaje que más evolucione y que más juego otorgue a lo largo de la trama de esta entrega, endureciendo su forma de ser desde su inocencia inicial hasta la orgullosa y astuta reina en que se convertirá, siendo capaz de participar en el juego de la guerra no desde la batalla, pero sí desde el campo de la dialéctica. Esa será, como se indicará en varias ocasiones, su media guerra.

Junto a ella, el sanguinario Raith, un guerrero de Vasterlandia fiel a su rey, Grom-gil-Gorm, a quien sirve como portaespadas y su copero. Desde su actitud belicosa inicial, deberá adoptar decisiones que lo apartan de aquello en lo que creía y comenzará a darse cuenta del vacío que supone ser un asesino, aunque descubra también que es lo único que se le da realmente bien.

Por su parte, Koll se convierte en el personaje más simpático del trío, a quien ya conocíamos desde su mención en la primera historia y su presencia en la travesía de la segunda aventura de la trilogía. Será quien tenga desde el principio dos caminos entre los que decidirse, caminos opuestos entre lo que quiere y que siente que debe hacer. Además, será quien mantenga el foco puesto en Yarvi para poder seguir viendo sus pasos y con el que tengamos una mirada más limpia de los terribles acontecimientos bélicos o de los inquietantes pasajes con los que cuenta la novela en ciertos momentos. Al poner todo el peso de la trama, incluyendo el final, en nuevos personajes, da cierta sensación de lejanía con los hechos que se narran, en los que suelen estar involucrados personajes ya conocidos anteriormente.

Como mencionábamos, Skara demuestra una gran valía como personaje y nos acerca a una faceta distinta a la que nos ofrecía Espina en el segundo libro, pero al compartir protagonismo con otros dos personajes, puede resentir nuestra empatía con ella. Sobre todo cuando con Koll existe una conexión más cercana por ser un personaje al que ya conocíamos. Y la tercera pieza en juego, Raith, asemeja su recorrido vital a lo que vimos de Brand en Medio mundo, solo que con un carácter más bélico. Por contra, personajes que habían tenido gran relevancia, como Espina Bathu o Brand, acaban por convertirse en sombras hasta llegar incluso a estar en un tercer plano, algo que también le ocurrió al rey Uthil respecto a su rol en Medio rey o a Sumael, quien acaba por diluirse por completo, junto a la Emperatriz del Sur, que pudo considerarse un preludio del personaje de Skara. Tan solo Yarvi consigue mantenerse como protagonista en las sombras.

Regresando a Media guerra, los tres protagonistas tienen en común la elección que deben tomar respecto a cómo ser en sus vidas y cómo actuar ante lo que está por venir. Por ejemplo, Skara deberá escoger entre sus miedos y su deber como reina, entre lo que debe ceder y lo que quiere conseguir, entre hallar la victoria y no seguir perdiendo. Y para ello, Abercrombie no abandonará nunca la duda en la que viven los personajes o la existencia de estas dos partes; es decir, incluso cuando Skara opta en algunos momentos por cumplir con su deber como reina, el autor no olvida mostrar sus miedos, cómo realmente se siente frente a lo que aparenta o qué desearía en realidad. Al final, es cierto que algunas de estas elecciones vitales son evidentes por dónde se desempeñarán desde un inicio, como quizás es el caso de Koll, aunque otras llevan a caminos curiosos, como ocurrirá con Raith. 



En la elección de los personajes reside el carácter juvenil que se ha otorgado a esta trilogía, dado que siempre estamos ante personajes en evolución, casi adolescentes que deben tomar la decisión de qué tipo de adultos quieren ser, aunque el mundo en el que viven no sea el nuestro. En este sentido, es curioso observar cómo junto a Skara vemos también la evolución de su nueva clériga, Owd, la de Raith o incluso la compostura de Jenner, un viejo lobo de mar que, a su edad, también decide poner otro rumbo a su vida, mostrando que siempre puede presentarse una oportunidad para cambiar nuestro estilo de vida. No obstante, a pesar de esa necesidad de contar el crecimiento de un personaje, lo cierto es que Mar Quebrado tiene un hilo conductor que ya hemos mencionado y que es la causa de todos los acontecimientos: la venganza de Yarvi.

Por ello, si ya resultaba curioso cómo se alejaba de él para poner el foco en otros personaje sen Medio mundo, llega un punto en Media guerra en que estamos demasiado alejados de él como para acabar de comprenderlo, incluso aunque el autor le otorgue voz para explicarse o para que otros personajes, como Koll o incluso Skara, lo hagan por él, como ya sucediera al final de Medio rey entre Yarvi y la madre Gundrig o también al término de Medio mundo entre Brand y Yarvi. Al final, siempre hay alguien que mueve los hilos y el autor quiere dejar claro que también existen personas capaces de percibir cómo se mueven o incluso de tratar de alterarlos, como sucederá en esta última ocasión. Resulta llamativo cómo, llegado el caso, el comportamiento del clérigo puede llegar a sorprendernos, dado que no hemos podido percibir bien su evolución interna en el tiempo transcurrido entre su odisea y los acontecimientos actuales. En cualquier caso, Abercrombie siempre ha jugado sus cartas hacia el gris, por lo tanto, es lógico que todos los personajes lleguen a mostrar tanto lo mejor de sí mismos como lo peor. Y en esta cuestión, Yarvi es el ejemplo más representativo, llegando a ser incluso demasiado agrio, pero, sin duda, se convierte en el personaje con mayor trayectoria de toda la trilogía.

La balsa de la medusa (1819), de Théodore Géricault
Cabe mencionar el detalle de las apariencias engañosas, cuestión también presente en la trilogía. Existen varios ejemplos: la incapacidad física de Yarvi frente a su gran poder estratégico, la débil apariencia física del Alto Rey frente a su poder en los reinos o, finalmente, la fragilidad que desprende la abuela Wexen frente a su alargada sombra de poder o la sensación de amenaza que transmitía. A ello hemos de unir la cuestión de los prejuicios, como los habituales e inconscientes enfrentamientos entre las dos naciones vecinas, Gettlandia y Vasterlandia, o incluso cómo la repetición de una serie de ideas en torno a una persona moldean su autopercepción, como ocurre con Raith frente a su hermano Rakki, sobre todo en cuestión de ver cuál de los dos es el listo.

Por último, el clímax de la historia narrada en Media guerra acaba siendo una escena veloz, tremenda y confusa, mientras que lo que debería haber sido el clímax de toda la trilogía se siente insuficiente y vacío. Si la intención de Abercrombie era transmitir ese sentido de vacuidad tras cumplir con una venganza, lo consigue sin lugar a dudas. En todo caso, le falta cierta contundencia al final, que en algunos aspectos queda abierto y con algunas cuestiones no abordadas debidamente. Por ejemplo, la presencia del príncipe Varoslaf con el que negocia la reina Laithlin a mitad de la obra, incluyendo la reaparición de cierto personaje antiguo que vuelve a desaparecer sin más repercusión, o la auténtica motivación de la antagonista, la abuela Wexen, cuya adoración a la Diosa única queda como una cuestión menor, en el aire. En este sentido, hemos sentido que ha habido una venganza, pero nunca percibiremos la magnitud de aquello con lo que se ha luchado. Sobre todo cuando, hacia el final de la novela, se nos muestra cómo la historia es cíclica y vuelven las viejas costumbres pero con nuevas personas ocupando las posiciones de siempre.


En definitiva, Media guerra culmina una propuesta de novela fantástica y juvenil bastante atractiva y madura, capaz de explorar los aspectos más grises de sus personajes sin caer en maniqueísmos habituales o prestarse a una lucha entre el bien y el mal. Quizás podemos sentir que el autor desaprovecha en ciertos momentos sus creaciones más atractivas o que quedan cabos sueltos e inexplorados en esta historia, que quizás se solventen con otras historias sobre este mismo mundo del Mar Quebrado. Mientras que otras cuestiones quedan más a la interpretación del lector, aunque con suficientes pistas por parte de Abercrombie, como la identidad de los antiguos elfos o la realidad de su magia

No obstante, siempre hay misterios que resolver incluso en nuestro mundo real, por lo que, ¿por qué no iban a existir en un mundo distante e inventado? Como existen las injusticias, la violencia, la sexualidad o los momentos de indecisión incluso entre adultos. Por todo ello, la coherencia y la madurez con la que está narrada la historia le otorgan a esta trilogía una excelente consideración y, sin duda, la hacen una obra muy recomendable. 

Escrito por Luis J. del Castillo




Medio mundo, de Joe Abercrombie

13 mayo, 2017

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Como conocedores y defensores de la literatura de género, somos conscientes de una característica usual entre esta clase de obras: la creación de sagas o trilogías proliferan más que en otro tipo. Quizás se trate de una característica derivada de las novelas por entregas o publicadas en prensa o revistas como sucedía con los relatos negros ya en el siglo XIX o quizás a causa de una decisión editorial que consideraba más factible la venta de volúmenes más breves, como ocurrió por ejemplo con El señor de los anillos (J.R.R. Tolkien, 1954-1955), La cuestión final deriva en que encontramos un considerable número de trilogías en el mundo de la fantasía, algunas de ellas para contarnos una única aventura en varias partes, otras para presentarnos un nuevo desafío en el mismo mundo y con los mismos personajes o con otros relacionados.

Por esta razón, volvemos a Mar Quebrado, el lugar que da nombre a la trilogía de fantasía juvenil de Joe Abercrombie. En esta ocasión, tras haber seguido de cerca los pasos de Yarvi en Medio rey (2014), nos adentramos en la aventura de Espina Bathu en Medio mundo (2015), segunda entrega que también orienta la historia hacia su culmen, Media guerra (2016), algo usual en este formato, donde las dos últimas entregas suelen tener una conexión argumental más cercana.

Situada pocos años más tarde de la aventura que llevó a Yarvi a convertirse en clérigo del rey Uthil en Gettlandia, nos adentramos en la vida de Espina Bathu, una de las pocas jóvenes que se atreve a ser guerrera, bendecida con cierto don natural y empujada por su sed de venganza. La acción comienza pronto, observando el momento en que la protagonista está intentando superar su prueba para convertirse en miembro del ejército. Sin embargo, entre el rechazo de su maestro y una inesperada tragedia, acabará siendo acusada de asesina. Tras este hecho, su salvación pasará a las manos del padre Yarvi, quien verá en ella un diamante en bruto para sus intenciones. Espina, junto a su antiguo y odiado compañero Brand, formará parte de la tripulación del barco de Yarvi en la búsqueda de aliados para la próxima y predecible guerra contra el Alto Rey.

De nuevo, Abercrombie confecciona una novela de fantasía centrada en la formación y el crecimiento de sus personajes principales a través de un viaje. En esta ocasión, el foco se divide entre Espina y Brand, mostrando una evolución paralela, pero dispar en sus resultados. Así, en su estructura, se plantea un problema inicial para Espina y para Brand que nos hará percibir bastante bien su personalidad.

La resolución de este problema será la misma para ambos: la travesía de Yarvi hacia la Primera Ciudad, muy lejos de su hogar. En ese viaje, alcanzan la madurez y, tras un retorno elidido, vuelven a casa para enfrentarse a sus sueños, convertidos en otras personas gracias a sus experiencias. 

Aunque menos equilibrado que la primera novela, Medio mundo funciona a la perfección para mostrarnos la evolución de unos personajes que tratan de destruir el arquetipo habitual del héroe. En efecto, si ya en Medio rey, el protagonista se alejaba de las características clásicas, en esta ocasión tanto Espina como Brand están marcados como inusuales.

En primer lugar, Espina supone la reivindicación de la mujer como guerrera. Si ya la reina Laithlin servía para mostrar la fortaleza de las mujeres con su mano firme y su frialdad en los negocios, Espina representa la fuerza física, la bendición de la Madre Guerra. Marcada por su sed de venganza por la muerte de su padre, se enfrentará al rechazo de su sociedad y del resto de guerreros con determinación. Su carácter tozudo se compagina con cierta distancia mantenida con el resto de personas, incluida su madre. Será uno de los personajes que más sufra por un entrenamiento atroz y, seguramente, quien menos se percate de cómo se ha convertido en una pieza más en el ajedrez de Yarvi.

Por su parte, Brand representa bien el intento de medrar socialmente desde una clase muy baja y con un pasado que nada tiene que ver ni con la realeza de Yarvi ni con el acomodo en que vivió Espina. A la inversa de la protagonista, Brand tiene una motivación loable, derivada de su convicción moral y de su objetivo personal: ayudar a su familia, esencialmente su hermana Rin, realizando un trabajo admirado y admirable como guerrero de Gettlandia. Al principio, su deseo de seguir al lado de la luz le llevará a ser rechazado por su maestro, mientras que sus cualidades serán admiradas por Yarvi para reclutarlo.

Ambos personajes desarrollan una relación de manera natural, con las imperfecciones propias de su desconfianza en el ser humano por la experiencia acumulada o sus habituales silencios en torno a sus sentimientos. A su vez, a pesar de madurar gracias al viaje realizado, ninguno modifica su temperamento. Al final, el orgullo y las ganas de vengarse seguirán vigentes en Espina mientras que la dignidad de Brand le impedirán aceptar su sueño bélico o unirse a las maquinaciones del padre Yarvi.

En este sentido, el autor juega con las expectativas de los propios personajes y de los lectores asiduos a esta clase de obras mostrando para ambos la contradicción entre la realidad, más cruda y miserable, y las canciones sobre hazañas heroicas, donde la verdad se altera, donde no existen remordimientos y donde nunca se nombran las injusticias o los hechos más cotidianos y sufridos, sino que solo se reflejan el valor y la honorabilidad de sus personajes.

El tercer protagonista es, sin duda, Yarvi, en quien el narrador nunca podrá el foco salvo desde los ojos de los dos personajes principales. De esta forma, nunca sabremos sus intenciones, convirtiéndolo en un personaje más lejano a simple vista, al ser quien maneja los hilos en las sombras, siguiendo la tradición de la Clerecía que ya vislumbramos en el primer libro y que aquí se corrobora mediante él y otros clérigos.

A su vez, llegado el momento justo, Abercrombie sabe exponer cómo la reina y Yarvi son los que reinan de manera taimada desde las sombras frente a la ferocidad de Uthil. Con este retrato del personaje, se confirma su perfil agridulce y cuya motivación bebe de su primera aventura.

Precisamente, el lector puede percibir la tragedia de este personaje en tanto que está preso del deber autoimpuesto. Lo notaremos sobre todo con la reaparición de Sumael durante la trama y en el momento en que le responde a Espina que él solo en mente cumplir su primer y más importante juramento, aunque con ello rompa otros o le impida cumplir sus deseos íntimos.

Así pues, su maquiavélica compostura para lograr su objetivo muestran al clérigo como un personaje digno de este mundo, un personaje que permanece en el lado más reservado de la sociedad, pero desde el que se manejan los hilos. Sin duda, mantiene así el carácter gris que ya percibíamos y comentamos en nuestra anterior reseña.

Así, a diferencia de otras clásicas de fantasía, en las que el guía solía ser un mago sabio y de evidentes connotaciones positivas, al estilo de Gandalf o Merlín, en esta ocasión, Yarvi se estila más como un estratega en la línea de Tyrion o incluso Dumbledore (como se descubre en Las reliquias de la muerte). Siguiendo el estilo del personaje creado por George R. R. Martin (1948-), incluso lucirá su malformación con cierto orgullo y sorna. De la misma forma, en Medio mundo no se evitan ni las funestas consecuencias de la batalla, ni los momentos escatológicos o sexuales ni tampoco la descripción de las heridas y malformaciones que sufrirán los personajes, aumentando el realismo más crudo de la obra. Así, aunque la aventura pueda resultar más usual que la primera entrega, su narración da un paso más en la madurez de sus contenidos, en los que tampoco falta el humor.

En relación a otros aspectos argumentales, Abercrombie logra suplir algunas carencias que notamos en la primera entrega. Por una parte, los personajes secundarios siguen sin resultar profundos, pero al recuperar a varios de los personajes anteriores (Rulf, Isriun, Laithlin, Uthil...), se creará una mayor sensación de cercanía, sobre todo cuando haya referencias a los acontecimientos de Medio rey y el lector de sienta confidente de esas menciones frente a la incomprensión de los nuevos personajes. Por otra parte, se profundiza mejor en la comprensión del mundo en el que viven, sobre todo en su carácter político, más alejado en la primera obra.


Ahora bien, de nuevo encontramos previsibles los giros argumentales con los que el autor pretende causar impacto, a pesar de que ciertos sucesos del tramo final puedan sorprender a más de un lector. Quizás se debe a que los referentes de Abercrombie son también evidentes, a pesar de lo cual ha logrado dar personalidad a su trilogía y crear un retrato más crudo y realista que otras novelas del género, lo que le proporciona un interés superior. De la misma forma, notamos algunos cabos sueltos o falta de profundidad en los aspectos relativos a la magia, que quizás queden pendientes de desarrollo en la tercer entrega.  

En conclusión, Medio mundo logra reflexionar sobre la realidad tras la heroicidad, llegando a rozar el pacifismo en algunos momentos y mostrando también cómo la política suele esconder tras sus movimientos motivos personales. Dentro de la trilogía, la presencia sobre todo de Espina en el rol del guerrero protagonista lo asemeja más a otros protagonistas usuales, pero el conjunto es superior a la primera novela, dado que esta entrega aumenta la cercanía con todos los personajes relevantes, mantiene el carácter agrio de la saga añadiendo más acción y nuevos e interesantes personajes y logra dar sentido a la trilogía sin alejarse en exceso de la primera aventura ni convertirse en un refrito como le ha sucedido a otras sagas contemporáneas.

Escrito por Luis J. del Castillo




Medio rey, de Joe Abercrombie

23 abril, 2017

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Cuando escribo una reseña, suelo buscar algún tema suscitado por la obra para empezarla. En este caso, haré una presentación más personal, aprovechando la ocasión del Día del Libro. Medio rey (2014) no es el tipo de novela que en los últimos años suela leer, pero me ha recordado a la etapa de mi vida en que comencé mi afición por la lectura. En efecto, fui un adolescente lector de novelas de fantasía, a partir de las cuales accedí a un amplio mundo de géneros y posibilidades, pero el inicio fue ese. 

De ahí mi defensa de los denominados subgéneros o de este tipo de obras, poco reconocidas o criticadas desde otros sectores, como pasos necesarios en muchos casos para comenzar un viaje más largo por la literatura o incluso para simplemente disfrutar de mundos ajenos, o propios, dependiendo del caso. Sin olvidar que, como en cualquier arte, entre tantas obras sueltas, hay auténticas joyas, auténticos clásicos, que independientemente de su género, son muy recomendables e interesantes.

Tras haber trabajado en el mundo del cine y con estudios en psicología, Joe Abercrombie (1974) se unió a esa legión de escritores dedicados a la fantasía, incluyendo la sección juvenil. 

Se aventuró en la literatura con su trilogía La primera ley, iniciada con la publicación en 2006 de La voz de las espadas y cuyo mundo ha vuelto a visitar con novelas independientes, como La mejor venganza (2009). En 2014 publicó Medio rey, inicio de la denominada Trilogía del Mar Quebrado, sobre un mundo duro de tintes nórdicos. En esta primera novela seguiremos la aventura de Yarvi, hijo menor del rey de Gettlandia, que se ve obligado a dejar sus estudios de Clerecía para sentarse en el trono de su padre debido a su muerte y a la de su hermano mayor. Tras jurar venganza hacia los asesinos, sufrirá una traición que le dejará solo y desvalido en un mundo donde prima la fuerza física y donde un ser humano puede ser esclavizado.

En esa situación, Yarvi no tardará en sufrir las consecuencias de la crueldad humana, pero también comenzará a comprender cómo funciona el mundo que le rodea, empleará sus conocimientos de la Clerecía para medrar dentro de la esclavitud y al final encontrará en personas inesperadas no simples aliados, sino amigos que sentirá como una familia. En esa odisea, su objetivo vital será cumplir su juramento y lograr la venganza ansiada contra quienes le traicionaron, regresando al trono que le pertenece legítimamente.

Joe Abercrombie
La historia de Medio rey es la odisea de Yarvi, un retorno a casa en el que las dificultades y los desafíos pondrán a prueba al protagonista, obligado a madurar y crecer desde su antigua vida, más inconsciente y menos realista. Sin duda, Abercrombie sabe plantear de manera adecuada la estructura de la novela para reflejar no solo la evolución del personaje principal, sino también la aventura que podría asemejarnos a las novelas bizantinas, aunque sin el elemento romántico. En efecto, la estructura es circular y no solo porque la acción acaba en el mismo lugar en que empieza, sino porque los acontecimientos se reflejan como en un espejo entre la primera parte y la última.

Precisamente, el inicio tiene su impacto directo en el final, en una escena desarrollada con los mismos personajes y en el mismo ambiente, pero con un cambio radical en el protagonista. Por ejemplo, la nueva posición de Yarvi al inicio de la aventura como nuevo rey se asemejará a la revelación del rey legítimo en el final, los dos encuentros con Grom-Gil-Gorm están posicionados tanto como la primera prueba de su aventura como la previa a la llegada final a la capital de Gettlandia, por no hablar de las dos travesías importantes, marcadas por la presencia o la ausencia amenazante de la mercader Shadikshirram: la marítima, en la que se curtirá como remero, como la nevada. Por todo ello, hay elementos que se mencionan o aparecen en el primer tramo de la novela que tendrán mucha importancia en las revelaciones finales, incluyendo detalles que podrían parecer nimios, mientras que el viaje intermedio es un cúmulo de pruebas que Yarvi deberá superar para sobrevivir, creciendo y también endeudándose con otros personajes.

Mapa del primer libro en torno al Mar Quebrado, donde sucede la acción
Debido a que la obra está focalizada en Yarvi, en él observamos la mayor y mejor construcción, algo usual en este tipo de novelas. Lo novedoso en este protagonista se encuentra en sus capacidades. A diferencia de otros héroes típicos, no se vale de la fuerza física, de sus habilidades poderosas, de magia o de alguna profecía. Es más, su mano deforme junto a su mínima capacidad para el combate le supone una carencia para vivir en un mundo como en el que vive, donde la brutalidad está al orden del día. Se une así a una serie de personajes con cierta discapacidad que cuentan con un rol muy relevante en una historia de fantasía, como sucede, por ejemplo, con Tyrion Lannister a lo largo de la saga Canción de hielo y fuego (George R. R. Martin, 1996-), con Hipo de la franquicia Como entrenar a tu dragón (Dean DeBlois y Chris Sanders, 2010, 2014) o incluso la relevancia, negativamente crucial para los protagonistas, del deforme Efialtes en 300 (Zack Snyder, 2006).

Al principio, Yarvi nos ofrecerá lástima, al ser incapaz de luchar contra un destino impuesto por las circunstancias y contra sus propios deseos, recordándonos también el acoso y el desprecio de los suyos, incluso de su familia. Sin embargo, conforme avance la trama, observaremos que acabará por encontrar su mejor habilidad en la astucia mostrándose un digno hijo de su temida madre, Laithlin, separándose aún más de la figura tradicional o arquetípica del héroe. Es más, concluida la lectura de la novela, podemos valorar incluso que sus acciones han resultado ser egoístas y que sus máximas hazañas no han sido honorables, sino que se han basado en trampas y mentiras, traiciones a su propio pueblo, despistes del rival o incluso en el sacrificio de algún amigo. 

Si bien un lector curtido en este tipo de novelas pueda prevenir los giros argumentales más importantes, Abercrombie sabe imponer cierta tonalidad gris a la historia. De esta forma, no resultará fácil valorar las acciones de los personajes de manera maniquea, algo que comprobaremos con los cambios en la actitud de determinados personajes, como Ankran, Nada o Sumael, pero sobre todo en la sensación agridulce que nos dejan las acciones de Yarvi.

No obstante, el desarrollo de personajes no es tan óptimo como podría parecer, dado que en ciertos casos se cae en estereotipos o en perfiles planos, sobre todo si lo comparamos con el protagonista. Esta cuestión resulta comprensible en personajes como la reina Laithlin o Isriun, que apenas tienen presencia en la historia, o en Trigg y similares, que responden a cierta necesidad de antagonismo, pero no en compañeros de viaje como Rulf o Jaud, que acaban por sentirse como intercambiables entre sí. Incluso Nada, que resulta siempre llamativo, responde a un perfil muy concreto del que no se mueve y en cuyo interior nunca se profundiza. El caso de Sumael podría ser algo distinto, dado que al finalizar la novela podemos sentirla como un enigma a resolver en otras entregas; con todo, no hubiera venido mal cierto momento de instropección para la guía de la expedición. Asimismo, aunque la novela parece cerrada, deja en el aire ciertos aspectos que pueden desarrollarse en las siguientes entregas.

Algo similar podemos observar en el mundo en el que se sitúa el Mar Quebrado que da nombre a la trilogía. A diferencia de otras novelas de fantasía, Abercrombie no fija en exceso la atención en largas explicaciones innecesarias para los personajes, pero necesarias para el lector, sino que simplemente deja que la propia travesía de los protagonistas nos conduzcan por los parajes que irá describiendo según las necesidades de la trama. No obstante, lo que sí evidencia es el entorno realista, en el que hay ausencia de magia. Sobre ello, se incide en cierta época de decadencia, donde lo más parecido al elemento fantasioso son las ruinas o las reliquias de los elfos, un antiguo esplendor ya apagado. Algo que también se deriva en el culto algo panteísta de este mundo, provocado por la división de la divinidad primigenia.

Ahora bien, si por una parte el poder religioso se nota despegado de cualquier mención a la magia, sí se encuentra estrechamente ligada con toda una serie de conocimientos presentes también en nuestra realidad, abarcando desde el dominio de los idiomas y ciertos conocimientos sociológicos hasta la herbología y sus usos medicinales o, por supuesto, la política.

Es más, la Clerecía se encarga de la comunicación entre los distintos reinos e, incluso, podremos observar su corrupción cuando conspire a favor de cierta facción política. No en vano estamos ante un mundo belicoso y cruel, donde la esclavitud humano está vigente y donde las guerras no solo se ganan en batalla, sino que también se pueden vencer desde la traición más diplomática. Ahora bien, todo este retrato tiene ciertas carencias, no nos hallamos ante una imagen nítida del mundo y la concentración de la historia en un determinado fin provoca que no obtengamos una visión más panorámica, a pesar de que los acontecimientos narrados nos remiten a sucesos lejanos en espacio y en tiempo. Quizás las secuelas, Medio mundo (2015) y Media guerra (2016), dado que estamos ante una trilogía, solventen la cuestión. 

Como en otras novelas de fantasía juvenil, Medio rey impone el contenido al estilo, siendo el primero más atractivo que el segundo, de tono más ligero y fluido, ideal para enganchar aunque sin demasiado que aportar. Aún así, se nota la calidad de una trama trepidante donde no se recurre ni a un protagonista usual ni a un desarrollo excesivamente evidente, haciendo que sea una obra loable a pesar de sus leves y perdonables carencias.

Escrito por Luis J. del Castillo



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