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Spider-Man 3, de Sam Raimi

04 junio, 2017

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En la línea de las anteriores entregas, Sam Raimi volvía a exponer en Spider-Man 3 (2007) un relato en el que el protagonista se enfrentaba a las consecuencias de sus actos. Sin embargo, la diferencia radical era que su máximo enemigo era él mismo. Sin duda, la idea primigenia de esta obra era válida, dado que continuaba en la misma línea de la franquicia, hacía avanzar al personaje y daba un cierre a algunas de las subtramas abiertas anteriormente. Sin embargo, al final, observamos cómo la película trata de abarcar demasiado, cae en momentos ridículos y se queda más en un deseo de lo que podía haber sido, en un espectáculo que desmitifica el desarrollo logrado hasta el momento, que en una digna conclusión.

Después de los acontecimientos de Spider-Man 2 (2004), la vida le sonríe a Peter Parker (Tobey Maguire), que mantiene vivo su romance con Mary Jane (Kirsten Dunst), y a Spiderman, el aclamado héroe de Nueva York. Pero continuar con esa felicidad no resultará sencillo: Harry Osborn (James Franco) está deseando vengarse por el asesinato de su padre, Norman (Willem Dafoe), el auténtico asesino de su tío Ben, Flint Marko (Thomas Haden Church), se convierte en el villano Sandman accidentalmente, la relación con Mary Jane comienza a empeorar y, para colmo, una extraña sustancia venida del espacio parece manipular las emociones de nuestro superhéroe.


Observando la sinopsis, resulta evidente que estamos ante demasiadas líneas a desarrollar argumentalmente, especialmente cuando el director trata de finalizarlas todas en una misma película. Por una parte, todas las líneas tienen como objetivo la evolución del protagonista y su lucha no tanto con los enemigos a los que se enfrenta como consigo mismo.

El primer tramo nos enseña a un héroe admirado y a una persona feliz, excesivamente confiado. Será la primera ocasión en esta trilogía en la que veamos a un Spiderman perspicaz y socarrón, incluso en exceso, tanto que provocará algunas incoherencias, como que se convierta en alguien egocéntrico o acabe olvidándose de los momentos especiales vividos con Mary Jane, a quien siempre había demostrado devoción. Por no mencionar que la relación romántica nunca ha sido el punto más fuerte de esta franquicia dirigida por Raimi, pero que aquí llega a patinar con la aparición de una simplona e innecesaria Gwen Stacy (Bryce Dallas Howard).


A su vez, se nos presenta la historia de Flint Marko como prófugo que delinque por su hija, tratando de ofrecer una visión trágica sobre el personaje en la línea del doctor Octopus. Sin embargo, su historia se siente vacía y demasiado artificial: se nota que se busca la empatía del espectador de tal forma que cuando Spiderman le derrote por primera vez, sintamos lástima por el delincuente. Resulta curioso pensar que el superhéroe se convierte en villano al tratar de vengarse, una idea que es muy atractiva, pero que se ahoga entre tantas otras y acaba por sentirse hasta infantil por la forma en que se enfoca.

Por ejemplo, la presencia del fotógrafo rival, Eddie Brock (Topher Grace), aún más estereotipado que Marko, quien acabará por convertirse en un Venom bastante descafeinado y con una profundidad paupérrima. Ninguno de los dos llegará a tener el carisma de Duende Verde, a pesar del histrionismo de Dafoe, o de Octopus, que equilibraba mejor su tragedia y su amenazante presencia.


Mejor suerte hubiera tenido el Nuevo Duende que encarna Harry Osborn con una mejor planificación y una interpretación menos histriónica. El personaje no necesitaba nada más para lanzarse a luchar con Spiderman gracias a la evolución sufrida desde el final de Spiderman (2001), por lo que desde un principio comienza esa persecución entre ambos. Quizás se note precipitado y así lo tuvo que sentir Raimi, que pronto decide abrir un paréntesis para el personaje mediante una amnesia en lugar de haber permitido que Harry desarrollase su plan de venganza desde las sombras desde un principio.

Por suerte, el Nuevo Duende nos ofrecerá algunas de las mejores escenas de acción, tanto con la persecución inicial como con la batalla a puñetazos en su casa, ambos sirviendo de contrapunto al comportamiento de Spiderman antes y durante el efecto del simbionte. Lástima que la conclusión del combate en casa de Osborn acabe con una incoherente explosión que no mata al personaje a pesar de producirse a su lado. O que la redención del personaje llegue de manera repentina, a través de la confesión de un personaje menor y casi hecho ex profeso para esta entrega.


En otro sentido, el gran villano de Spider-Man 3 es el propio Spiderman en esa versión maligna en que se torna por culpa no solo del simbionte que le vuelve más poderoso y agresivo, sino también de todo lo que contenía Peter en su interior: la rabia, el ansia de venganza, la desconfianza y la frustración sentidas. Y aunque todos estos aspectos se muestran con bastante acierto en un primer momento, cuando Spiderman combate con Harry por ejemplo, después se corona en una de las secuencias más ridículas y vergonzosas que se recuerdan. Cuando llegue el arrepentimiento y el sentido de culpabilidad, se seguirán acumulando los desaciertos de guión hasta culminar en una espectacular batalla en la que faltan los lazos emocionales o los existentes se notan artificiales. Precisamente, el epílogo trata de mostrarnos un momento más intimista que no puede hacernos olvidar todos los defectos que ha ido sumando la película.

Quizás hubiera sido mejor decisión dedicar esta película a concluir el arco argumental de Harry Osborn en busca de un combate entre amigos, incluyendo quizás a Sandman como enemigo menor, pero relevante para que Spiderman se torne vengativo. Así se hubiera abierto la puerta a Venom en una entrega posterior, pero no se hubiera finalizado con un personaje tan pobre como el Eddie Brock de esta entrega. O incluso se hubiera trabajado con un posible Lagarto, gracias a la aparición del doctor Curt Connors (Dylan Baker). Sin embargo, ocurrió al contrario: se puso demasiado el foco en Venom incluso en la promoción de la película, cuando sin duda es lo peor de la cinta. Por cierto, en relación a otros personajes, la tía May (Rosemary Harris) proseguirá como aleccionadora moral mientras que J. J. Jameson (J.K. Simmons) ofrece la visión más ridícula de la caricatura que ya era el personaje.


Spider-Man 3 supuso una decepción para público y crítica, pese a que su pretensión era sorprender, fascinar y entretener. Se dieron demasiadas vueltas al protagonista, quizás con buenas ideas pero mal ejecutadas. También se introdujeron demasiadas tramas; ello a pesar de que las otras entregas habían funcionado mejor con dos tramas principales paralelas, la que dividían la vida del personaje entre Peter Parker y Superman, estando la historia del villano relacionada de forma directa con estas dos tramas.

Por no mencionar la cantidad de hechos que suceden por exigencias del guion y no de forma natural: el meteorito al lado de Peter, la introducción de un auténtico asesino del tío Ben, la amnesia de Harry o la actitud egocéntrica inicial de Parker. El intento de crear espectáculo con un combate final donde brillan los efectos especiales no borra la sensación de haber visto una película inmadura, ridícula en varios tramos y que no nos dejó la mejor versión del héroe arácnido. En conclusión, el intento de cierta ostentación efectista y melodramática arruinó la sencillez narrativa más efectiva de las entregas anteriores.


Spider-Man 2, de Sam Raimi

27 mayo, 2017

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En la mayoría de historias de superhéroes, si no en todas, se da algún punto de inflexión sobre lo que supone ser ese superhéroe y sobre lo que, a la vez, se sacrifica por serlo. Una reflexión que suele darse de forma estrecha con los orígenes, sobre todo por suponer el primer impacto de cambio, o con algún hecho traumático para el personaje. En Spider-Man 2 (2004), Sam Raimi, con el guion de Alvin Sargent tras valorar distintas propuestas anteriores, propone seguir un camino ya iniciado en Spider-Man (2002): el conflicto que supone para la vida de Peter Parker ser Spiderman.

Han pasado dos años desde que el superhéroe arácnido se dio a conocer derrotando al Duende Verde. Ahora, Peter Parker (Tobey Maguire) mantiene un difícil equilibrio entre sus dos identidades, pero distintas decepciones producidas en su vida cotidiana provocarán que decida abandonar la máscara. Sin embargo, un nuevo peligro encarnado por el Doctor Octopus (Alfred Molina) sitúa a sus seres queridos como objetivos y le obligarán a hacer frente a la amenaza para salvar la ciudad de una destrucción inminente.

Así, si en la primera entrega, Peter Parker debía afrontar su nueva identidad y convertirse en el héroe para sanar tanto sus propias heridas como las de la ciudad, en esta segunda entrega debe afrontar los problemas que supone tener una doble identidad, viendo cómo ambas se entorpecen mutuamente. No en vano, la anterior película marcaba varias ideas sobre esta cuestión: el peligro que suponía para sus allegados, como su tía May (Rosemary Harris) o Mary Jane (Kirsten Dunst), las consecuencias nefastas de sus aventuras, como las muertes de su tío Ben o de Norman Osborn (Willem Dafoe), padre de su mejor amigo, o el hecho de tener que rechazar al amor de su vida.


Todos estos eventos vuelven a estar presentes en esta secuela, dado que son primordiales para la evolución de todos los personajes. Pero, precisamente, el problema es dual, dado que no es Parker quien falla a sus amigos, sino él mismo al ser Spiderman: Harry Osborn (James Franco) le considera un asesino y Mary Jane cada vez perdona menos sus ausencias. El punto culmen en esta película será la confesión a tía May sobre su culpabilidad por la muerte del tío Ben. En este sentido, Raimi logra que todas las subtramas y heridas abiertas tras la primera película y las mostradas en esta segunda se cierren o continúen hacia un futuro incierto, como en el caso del hijo de Norman, en Spider-Man 3 (2007).

Así pues, a lo largo de la obra, nuestro protagonista deberá afrontar estos problemas y hacerles frente, en ocasiones de la forma más inesperada, otras siendo él quien de manera valiente desvele sus auténticos sentimientos. Todo el impacto emocional le provocará una inexplicable ausencia de poderes, momento en el que se desaprovecha la oportunidad de mostrar la parte más inventiva del personaje con, por ejemplo, la creación de sus telarañas artificiales. No obstante, deberá retomar las riendas de su vida y, a cambio, obtendrá las razones por las que debe seguir siendo el héroe que todos esperan, algo representado por esa agradecida escena del tren, donde los ciudadanos ven a la persona frágil (si es solo un chiquillo, podría ser mi hijo...) que les ha salvado la vida. Lamentablemente, no podemos dejar de notar una falta de evolución en su personalidad respecto a la primera entrega.


Esta dualidad también la encontramos en el Doctor Octopus. Este personaje no es un villano en sí mismo, sino que sufre una transformación a partir de un hecho traumático acompañado de cierto mecanismo neuronal que le nubla la conciencia. Descrito así, nos recuerda al mismo cambio que se produce con Duende Verde en la anterior entrega y lo cierto es que ambos personajes tienen un mismo desarrollo y final. Lamentablemente, este personaje está menos trabajado que el interpretado por Dafoe, se echa en falta cierta expresión de su tormento personal por lo acaecido y aunque nos entrega algunos momentos de acción junto a Spiderman, no acaba de sentirse como una auténtica amenaza. Por así decirlo, el centro de interés de esta entrega será siempre el superhéroe y su debate interno, por lo que quizás no se le presta suficiente atención el antagonista.

Y dentro del apartado del espectáculo, debemos recordar las secuencias del tren, que hemos nombrado antes, el atraco al banco o la explosión del invento de Otto Octavio. Junto a estas secuencias, debemos volver a mencionar la herencia del cine B que se ejemplifica en la violenta escena de los brazos electrónicos actuando y asesinando con vida propia. El tramo final resulta algo confuso a nivel visual y también hay momentos de cierta ridiculez que quizás auguraban el mayor de los defectos de la secuela. El esquema argumental reitera lo que ya ofrecía la anterior entrega, variando tan solo los datos concretos. Ahí tenemos de nuevo las dudas de Peter, el rescate que revaloriza a Spider-Man para la opinión pública, el secuestro de su tía, a Mary Jane en peligro y un villano que, en realidad, es víctima de sí mismo.


Sin embargo, logra ofrecer sensación de evolución, algo lenta, pero de cambio y reafirmación en las ideas finales de la anterior entrega, es decir, la aceptación de su identidad. Incluso se alcanza cierta redención personal y se asienta una de las tramas a explotar en el futuro, la del propio arco evolutivo de Harry Osborn. Quizás lo que se echa más en falta es una evolución en el aspecto más divertido y sarcástico del superhéroe, más fidedigna a las aventuras gráficas, dado que Raimi sí supo mostrar con las dos primeras entregas una buena versión de la torpeza social de Peter Parker.

Si bien no se trata de una joya del cine y podemos considerarla algo reiterativa, sí estamos ante una película de superhéroes bien construida, que humaniza a su villano y muestra los conflictos internos de su protagonista de forma centrada. Incluso anticipa o muestra a diferentes personajes que se erigen como posibles enemigos futuros de la tercera entrega, en el caso de Lagarto, que al final no sería, o un nuevo Duende.


Spider-Man, de Sam Raimi

21 mayo, 2017

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Cuando pensamos en un superhéroe, es habitual pensar en sus grandes capacidades, en la seguridad con la que se desenvuelve y en cómo sale victorioso de los retos que van surgiendo en su vida. En la mayoría de casos, ha habido diversas historias sobre sus orígenes, mostrándonos sus primeras aventuras, su crecimiento y también sus fallos. En el caso de Spiderman, su historia en los cómics ha sido casi siempre la historia de ese crecimiento. Aunque es cierto que ha llegado a obtener su cénit como superhéroe, en él siempre ha jugado un factor bastante determinante la dualidad entre su vida privada como Peter Parker y el héroe arácnido de Nueva York. No en vano, en sus inicios era tan solo un adolescente que se convertía en un superhéroe por su cuenta y riesgo en una época en la que los adolescentes aparecían en los cómics como ayudantes o aprendices de otros superhéroes, al estilo de Robin con Batman.

Por ello, sin duda resultaba interesante acercarse a Spiderman desde esa perspectiva dual por la que seríamos testigos de cómo un tímido y solitario Peter Parker adquiría sus poderes y se convertía en el célebre amigo y vecino (o amistoso vecino) Spiderman, con mayor carisma y excentricidad, quizás por ser el refugio perfecto a la timidez de su alter ego. 

Y esa fue seguramente una de las ideas principales que recorre la trilogía dirigida por el director Sam Raimi (1959). Un cineasta que por entonces era conocido por sus películas de terror de cine B, entre las que se sitúa su célebre saga de comedia de terror The Evil Dead, iniciada en 1981, así como por haber participado en series de televisión de aventuras en las que trabajó en los noventa, como Hércules: Sus viajes legendarios (1995-1999) o Xena, la princesa guerrera (1995-2001). A colación del tipo de películas que pudieron influir en Spider-Man (2002), cabe rescatar también su película Darkman (1990), que podemos considerar una mezcla entre el argumento usual de una cinta B y una aventura de superhéroes.

Sam Raimi durante el rodaje
La historia nos lleva a la vida del introvertido Peter Parker (Tobey Maguire) está acabando su último año en el instituto. Su forma de ser junto a sus aficiones provocan que se convierte en víctima de la marginación de otros estudiantes, mientras que vive enamorado de su vecina desde que era un niño: Mary Jane Watson (Kirsten Dunst). Durante una excursión, una araña modificada genéticamente le morderá provocando que adquiera superpoderes. Tratando de aprovecharse de ellos, descubrirá que todo acto egoísta conlleva una consecuencia, y a partir de entonces tratará de emplear sus poderes para mantener a salvo a Nueva York como Spiderman. De manera paralela, Norman Osborn (Willem Dafoe), padre de Harry (James Franco), el mejor amigo de Peter, decide someterse a una prueba experimental a uno de sus productos con tal de no perder un contracto millonario con el gobierno. Ignorando las advertencias de sus científicos, provocará que una parte de él se convierta en el temible Duende Verde.

El argumento se desarrolla en tres apartados. El primero nos presenta a los personajes más relevantes y da origen tanto a Spiderman como al Duende Verde. Podríamos considerar que esta primera parte funciona como prólogo, incluso teniendo lugar de forma algo apartada a Nueva York, escenario permanente del resto de la película. Su conclusión supone la justificación de la vida heroica que decide adoptar Peter, mientras que las siguientes suponen la fama que adquiere como superhéroe y su primer encuentro con el villano antes de concluir en un tercer tramo dedicado a su enfrentamiento final, tras lo cual se sitúa un epílogo que cierra la película. 


De esta forma, podemos considerar que estamos ante una historia sobre los inicios de Spiderman unidos al origen de Duende Verde. En las siguientes entregas, también se trabajará el origen de los distintos villanos, mientras que sobre Peter Parker se seguirá tanteando la importancia que supone ser un héroe. El protagonista es una persona torpe e introvertida, considerado la figura un tanto nerd, aunque la película no desarrolla en exceso su cercanía a la ciencia, y que sufre acoso por todo ello. En este tipo de perfil encaja bastante bien la actuación que proporciona Maguire con cierto tono patético, que no resulta tan adecuado para lo pícaro que llega a ser el superhéroe cuando está enfundado en su traje. En esta situación descrita, sin tener ningún trauma o historia especial a sus espaldas, adquiere superpoderes con los que empieza practicando y, finalmente, jugando para conseguir un fin concreto y lúdico. Sin embargo, su irresponsabilidad le llevará a provocar una situación que le marcará profundamente, creándole un sentimiento de culpabilidad, como se reafirmará en Spiderman 2. No será el único efecto negativo que su nueva vida como héroe le provoque, dado que el propio final de la película supone otro hecho por el que aumentar su pesar.

En cuanto a Norman Osborn, estamos ante el usual enfrentamiento entre Jekyll y Mr. Hyde, que también pudimos ver en el personaje de Gollum. Como un empresario sin demasiados escrúpulos, su ambición le lleva a forzar un experimento que saldrá mal y que le arrastrará hacia un ansia de venganza y destrucción. Curiosamente, se trata de un personaje cercano a Peter que se vuelve maligno de forma indeseada y casual, cuestión que seguirá estando presente en toda la trilogía. Aunque la construcción del personaje resulte interesante, dado que la obra le otorga su propio espacio para desarrollarse y le otorga un final interesante, hay ciertos elementos cutres y grotescos, como su vestuario, o algo ridículos, como el histrionismo que llega a alcanzar en determinadas escenas la actuación de Willem Dafoe. Con todo, se convierte en uno de los elementos más reconocibles de esta primera aventura del hombre araña.


Ambos serán los personajes que más atención reciban y que más evolucionen, mientras que el resto resultarán excesivamente planos o arquetípicos. Será el caso de Mary Jane, que tan solo funciona como damisela en apuros, es decir, como justificación para que Spiderman se arriesgue en su empresa. En ese intento de relación romántica entre ambos personajes encontramos falta de química unida a unos diálogos que dejan bastante que desear. Además, aunque se le intenta dar un trasfondo con una familia rota o con un deseo de prosperar como actriz, nunca se pondrá el foco en la película en estos aspectos de forma determinante. Curiosamente, no será la única dama en apuros, dado que debemos sumar aquí a la tía May (Rosemary Harris), que también ejercerá como guía o conciencia en determinados momentos de la trilogía.

Junto a ellas encontramos a Harry Osborn, el hijo que se siente rechazado por su padre y que a pesar de ser amigo de Peter, se convertirá en una especie de rival romántico. Su desarrollo será mejorado a lo largo de la trilogía, hasta otorgarle un sentido más profundo del rol más estereotipado que tiene en esta primera entrega. Por último, debemos mencionar al tío Ben (Cliff Robertson), esencial por su legado moral a Spiderman, sin más, y a J. Johah Jameson (J.K. Simmons), que podemos incluir como el tipo de jefe cruel y despótico, casi paródico por entregarnos varios gags.


En el estilo que Sam Raimi despliega para esta primera entrega de su trilogía podemos percibir la influencia de su trabajo en series televisivas de la segunda mitad de los noventa. Por ejemplo, en el montaje notamos algunas escenas que tienen un evidente carácter televisivo, como el fundido entre varias tomas de la cara del protagonista superpuesta. Lo podemos percibir también en su nivel de acción, que en comparación a otras películas de superhéroes o a sus propias secuelas, es bastante flojo y artificial, incluyendo un prematuro CG y combates excesivamente coreografiados, cuestión usual en las series de aventuras.

Sobre los efectos especiales, encontramos buena una combinación entre los efectos realizados por ordenador y los artesanales, gracias a la preferencia de Raimi por este terreno donde se sentía más cómodo frente a los novedosos medios. No obstante, la parte realizada por ordenador ha envejecido bastante en determinadas secuencias donde no contaba con apoyo real. En otro orden de cosas, la música fue compuesta por Danny Elfman, habitual compositor de las películas de Tim Burton que ya había colaborado con Raimi anteriormente. Entre los composiciones de la cinta encontramos un tema principal que entremezcla la épica con cierto sentir esperanzador, siendo usuales los in crescendos que pueden remitirnos a los movimientos del propio Spiderman. De la misma forma que a los temas relacionados con el Duende Verde le otorga gran presencia a la percusión. No obstante, no resulta innovador y recurre a varios recursos seguros.


Sin duda, la película tiene un carácter bastante cercano al cómic, incluyendo la exageración de ciertos personajes que parecen tanto en actuación como en caracterización caricaturas de personas reales. También se nota la influencia del cine B en el uso de algunas técnicas, incluyendo ángulos poco naturales, o incluso en el argumento, con la presencia de científicos locos que también tendrá su correlato en la inmediata secuela. 

Todo ello lo convierte en una aventura entretenida y simpática, fácil de seguir, quizás típica y algo naif pero disfrutable, que no pretende simular lo que no es, ni aparentar más profundidad de la que tiene. Con el drama justo, el toque romántico de una relación que permanece entre tiras y aflojas y la dualidad de un protagonista bastante bien manejada.

Escrito por Luis J. del Castillo


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