Para el sábado noche (LXXVIII): El crack y El crack II, de José Luis Garci

12 enero, 2019

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En un típico bar de carretera pasan el rato y cenan algunos clientes. Es de noche y los instintos de supervivencia se van a materializar. El realizador y también productor José Luis Garci (1944) planifica la secuencia de apertura de El Crack (Nickel Odeón, 1981) a través de unos expectantes planos medios y cortos, hasta que, de pronto, una panorámica enlaza el interior del local con una de las ventanas que muestran el exterior, y a un vehículo aparcando. El espectador atento sabe que, debido a este expresivo movimiento de la cámara, algo está a punto de ocurrir.

Cuando los atracadores penetran en el bar, seguidos siempre por la antedicha panorámica, proceden a intimidar a los presentes. Pero uno de los comensales importunados es el detective privado Germán Areta (un entonado Alfredo Landa), que de forma calculada “irrumpe” frustrando el atraco. El personaje queda definido desde este momento al mostrarse cauteloso y observador, atento y esquivo, casi impertérrito, pasando de espectador a protagonista de los acontecimientos.

A su apartamento llega Germán Areta cuando la noche ya está por concluir: el cartel luminoso que anuncia un bingo se apaga. Es la suya una vivienda algo desangelada y gris, en sintonía con ese estado de ánimo profesional (no familiar) que lo aflige. Es significativo que Garci culmine la escena con el plano que muestra la pistola del detective bajo una fotografía familiar, encima de una mesita, antes de proceder con uno de sus característicos fundidos a negro.

La subsiguiente entrevista con Francisco Medina (Raúl Freire), un padre que desea conocer el paradero de su hija desaparecida (Isabel), sirve para, además de presentar el caso a investigar, establecer la honestidad del investigador y la personalidad chispeante de su ayudante, el ex ratero Cárdenas, apodado El Moro (Miguel Rellán). De hecho, otros personajes también poseen un mote, como se verá.


Como detective, Areta hace alarde de versatilidad, como demuestra su encuentro con la madame de alto copete Mimí de Torres (Mairata O’Wisiedo), al presentarse, en un primer momento, como un afable pueblerino. Esta entrevista contrasta con las reuniones de amigos que Germán mantiene para jugar a las cartas, o con su relación con el barbero Rocky del Frontón Madrid (Manuel Lorenzo), las salidas y encuentros familiares con Carmen (estupenda María Casanova), que trabaja de fisioterapeuta, y su hija pequeña Maite (Mónica Emilió), o el reencuentro con su ex jefe don Ricardo, motejado el Abuelo (el excelente José Bódalo), que nos pone en algunos antecedentes sobre la pasada vida de Germán Areta.

Muy distintas son estas relaciones a las que se establecen con el resto de personajes de la trama. Quien me pide que ponga la verdad en su mano tiene que poner la suya en la mía, especifica Germán.

De todo esto es la ciudad contenedora, en un tiempo en que la Gran Vía madrileña presentaba, de forma alegórica, un aspecto en consonancia moral con la ficción, esto es, bastante ennegrecido. Algo de lo que participa la elegíaca música de Jesús Glück (1941-2018), incluso en los temas más apremiantes.

Lo cual se cimienta con la ayuda de unos diálogos certeros, vivaces y cuajados de referencias bien traídas, pues nos hacen partícipes de unos caracteres con vida propia, portadores de esa naturalidad que cada vez es más rara en el cine. Además, subyace en El Crack el tono austero (y amargo) del suspense, reafirmados visualmente por los planos de esa ciudad grisácea -y no empleo el término solo metafóricamente- o el hecho de que Carmen fuera “la otra” en una pasada relación. En consecuencia, el otro yo de Germán Areta nos habla de un personaje más inmunizado o de vuelta de todo que escindido. Como le dice al ambicioso y sibarita Alberto (Manuel Tejada), el mío es un trabajo que te permite saber dónde estás. En ninguna parte, añadirá. O lo que es lo mismo, Germán valora su independencia a pesar de las circunstancias.


Hablábamos de la familiaridad de los apodos. También a Germán lo llamaban el Piojo y a Alberto, el Guapo. Según comenta este último, ahora se dedica a asuntos de seguridad personal y relaciones públicas. Los dos son ex policías, de modo que José Luis Garci los encuadra juntos, por mucho que sus procederes los separen (el uno dimitió y el otro fue expulsado, tal y como observa Germán). Es decir, ambos personajes forman parte de una misma imagen hasta que la planificación los acaba por separar, acotándolos; es decir, visualizando su desentendimiento por medio de planos cortos (el plano-contraplano). Una planificación que se repetirá cuando Cárdenas queda al descubierto.

Más adelante, sabemos que Alberto ha engañado a Germán con el ardid del banco (que no especificaré), antes de que el detective sea consciente de ello, gracias a que la cámara lo enfoca en el susodicho recinto. De tal manera que, como recordará Germán, el padre de Isabel muere sin conocer la auténtica realidad del paradero de su hija.

En cuanto a Carmen, es interesante constatar cómo, en otra buena escena, Germán la hace partícipe del caso, con objeto de conocer su opinión, al sentirse ella identificada con la situación de la desaparecida. Aún le reserva Garci a Carmen otro momento de delicada relevancia cuando esta hace referencia, y a fin de cuentas constata, la tristeza que se desprende de la melodía que acompaña a un avance televisivo (una careta que anuncia la llegada de la tarde y que aún algunos recordamos). La buena realización se concreta en otro desplazamiento, por el que del contestador automático de Carmen surge una nueva y desolada panorámica.

Podemos añadir la circunstancia de que, finalmente, Germán Areta acabe por conocer la ciudad de Nueva York como si la hubiera visto.


Si El Crack estuvo dedicado a Dashiell Hammett (1894-1961), El Crack II (Nickel Odeon, 1983) prosigue esta línea referencial recordando al gran Raymond Chandler (1888-1959). 

En ambos casos, además, está representada la Navidad. Pero no de una forma forzadamente amarga, sarcástica o despreciativa, sino como el natural y crudo contraste entre lo vivido por los personajes, principalmente el detective, y la calidez (real o fingida según quien la viva) de dicho periodo. Como de nuevo sucede con esas imágenes de la ciudad, que contienen la multiplicidad afectiva de las multitudes, junto a los conflictos de los protagonistas. De forma análoga, esto quedaba expresado durante el atraco inicial de El Crack, con el único acompañamiento sonoro de las noticias de una emisora de radio, que retransmitían información futbolística (a cargo de José María García [1943]).

En El Crack II estas circunstancias se repiten, pero el caso es otro. De hecho, como comprobará Germán Areta, el agresor ya no es una o dos personas, sino un estado más indefinido de vileza; tal cual volverá a suceder en las más abstracta Sherlock Holmes, Madrid Days (Nickel Odeón, 2012). ¿Para quién trabajas?, le pregunta Germán al Guapo en la primera entrega (a lo que Alberto se niega a contestar motu proprio).

Pero si en esta primera entrega, ese mal aún respondía a un nombre y apellidos, el del responsable de un holding, aquí asistimos a un entramado más confuso (por difuso), con muchos semblantes indefinidos (casi diría que como un estado de ánimo pesimista), por mucho que sea don Gregorio (Arturo Fernández) el que muestre su rostro (más que dar la cara). Él mismo se encarga de “aclarar” la cuestión. Arriba ya no hay nadie concreto, asegura. La entrevista con don Gregorio es, a tal efecto, esclarecedora a la par de estremecedora. Cada minuto nace un tramposo, parece ser su máxima.

Al guion preciso confeccionado por José Luis Garci y Horacio Valcárcel (1932-2018) en ambas partes, se añade el oficio del operador Ricardo Navarrete (-), el del director de fotografía Manuel Rojas (1930-1995), el mencionado acompañamiento musical de Jesús Glück, la edición de Miguel González Sinde (-), y cuando no se filma en escenarios reales, sean interiores o exteriores, los decorados sobrios pero expresivos de Félix Murcia (1945) en El Crack y Julio Esteban (-) en El Crack II.

De esta excelente secuela podemos destacar una nueva panorámica en la que Germán comprueba la matrícula de su vehículo, estacionado en un parquin, y del que tres fumaos han tomado posesión.

Tras este desencuentro, un apartamento más acogedor le da a Germán Areta la bienvenida (en él luce la misma fotografía familiar que en la precedente). No tardamos en averiguar el porqué de esta mejoría de forma sutil: Carmen se ha trasladado a vivir con él. El realizador inserta el plano detalle de unos libros sobre anatomía (que Carmen está estudiando). En efecto, un cariñoso mensaje en una de aquellas pizarras de rotulador que también muchos recordamos, da cuenta de esta relación. Es el de Germán Areta un personaje más dimensionado en El Crack II, aunque prevalece esa coraza que hace que no sea fácil llegar hasta él. Sea por prevención o por incapacidad, el detective no está dispuesto a abrirse en demasía, con todo lo que ha visto y padecido.


No obstante, Germán planea unas ansiadas vacaciones con Carmen. Hasta que un reciente caso se interpone en su camino. Carmen constata estas dificultades en un primer plano, previo a cuando la pareja ha de salir precipitadamente de un restaurante. El rutinario asunto lo ha propuesto don Ricardo, ahora jubilado. La dificultad, de nuevo la intuye el espectador debido a un acentuado plano-contraplano entre Germán y don Ricardo, estando en el chalet de este último. Se trata de averiguar el porqué de la repentina ruptura sentimental del anticuario Miguel San Pedro (el excelente -en todos sus cometidos- Rafael de Penagos), con el farmacéutico Alfonso Leyva (el también realizador Luis María Delgado).

La segunda vez que Germán se ve con el Abuelo, en una cafetería, la planificación los aúna primordialmente (en un solo plano, o en uno general y otro medio, pero siempre juntos). Lo que denota su implicación conjunta en una pesquisa que se ha desbordado, aparte de la tensa familiaridad que mantienen ambos personajes. A su vez, cuando estos confrontan sus puntos de vista respecto a las implicaciones del caso y las resoluciones a tomar, esta vez en el Parque del Retiro, la planificación vuelve a separarlos. Finalmente, don Ricardo aún atenderá un último cometido, consciente de deberle a Areta un favor. De este modo, prevalecen en ambos las decisiones personales por encima de las coartadas oficiales; unas resoluciones honestas y arriesgadas, de esas que parten del individuo. Algo que cada vez se da con mayor excepcionalidad.


José Luis Garci acomete sus traslaciones al cine negro empleando una narrativa dinámica que, por descontado, parte de la buena elaboración del guion; como cuando Areta pone al corriente a su cliente (y al espectador) de sus averiguaciones. Lo mismo podemos decir del montaje que da cuenta de las indagaciones del Moro, acompañado por un jovial tema de Jesús Glück. Frente a la instintiva intuición y buen oficio de Germán, el Moro se desenvuelve con recursos propios. Por ejemplo, a la apremiante exhortación que el Moro hace a Germán acerca de modernizarse electrónicamente, cuando están vigilando a dos sujetos recelosos, responde Areta que yo ya sé lo que les pasa. Precisamente, la ausencia de esta disposición vivaracha será que la alerte a Areta de que algo va mal en un momento dado. Más ejemplos de esta destreza visual y narrativa los hallamos en la pista que les conduce, directamente, al ex carterista Bombilla (Agustín González), y a la información vital que este proporciona. Así como en el plano ligeramente sostenido que muestra a Miguel San Pedro en su vivienda, tras haberse despedido del detective. La música clásica que escucha sirve de transición a las nuevas imágenes de la ciudad en su transcurrir del tiempo y los acontecimientos.

En este sentido, no podemos dejar de mencionar el espléndido diálogo entre Carmen y Germán, en la cocina del piso que comparten. Una escena que pone de relieve ese momento de crisis por el que ha de pasar (casi) toda pareja.

Así mismo, la deriva del caso presenta una red clientelar en el ámbito de la medicina y la farmacia. Pero esta parece ir mucho más allá. Se nos informa de que dicha red opera por medio de empresas-tapadera de una forma abierta, en pleno centro neurálgico de las más importantes ciudades. Al final, lo que subyace, cómo no, son los intereses con carga política en su más amplio espectro (¡atinado sustantivo!).


Lo interesante del asunto es que las aparentes evidencias del sumario llevan a destapar esta urdimbre, donde, como adelantaba, la línea de farmacia es tan solo la punta del iceberg. Dirigiéndose en plena Nochebuena a su cita con tal entramado, del que don Gregorio es tan solo un elemento más (¡y menudo elemento!), Germán logra salir airoso físicamente, aunque más anclado en su discernimiento de la naturaleza humana. Por suerte para él, no le aguarda la completa soledad. Nos quedamos con esa imagen última del avión que parte con Carmen y Germán hacia un futuro mejor. Seguramente no más complaciente, pero sí más comprensivo.

Escrito por Javier Comino Aguilera

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