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31 agosto, 2018

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Isla de Es Vedrá (Ibiza), fotografía de LJ
El verano va tocando a su fin con la calor de agosto y toca repasar lo que ha sido este mes en nuestro blog. Nos habéis acompañado con más de 18000 visitas y seguimos manteniendo seguidores en Blogger, con 181, en Twitter nos mantenemos en 611 o en nuestra página de Facebook, con 175.

Como habitualmente, nos hemos dividido sobre todo entre cine y literatura, habiendo logrado superar al mes anterior en número de entradas. En nuestro recorrido cinematográfico, hemos podido disfrutar de clásicos como Vértigo, musicales como Mamma Mia!, y novedades como Mario. Incluso hemos cerrado el mes con el superhéroe por excelencia: Superman.

Arriba: Narcejac, Hitchcock, Boileau. Abajo: Geoffrey Unsworth y Richard Donner
Para el próximo mes, prometemos más películas y más libros, como siempre. Aunque empieza también el curso y esperamos seguir dando lo mejor de nosotros. Esperamos que nos acompañéis.

Un saludo del administrador,
Luis J. del Castillo

PD: Para hoy os dejamos con el trailer de Bohemian Rhapsody, que repasará la vida de Freddie Mercury, cantante de Queen.



"Yo sé que la poesía es imprescindible, pero no sé para qué"
                  - Jean Cocteau (1889-1963)



Los Jóvenes Titanes: El contrato de Judas, de Marv Wolfman y George Pérez

30 agosto, 2018

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Lo hemos repetido en varias ocasiones, pero viene al caso recordar que las obras de ficción, incluso las más fantásticas, suelen remitir a alguna condición humana que se refleja en nuestra realidad, tan solo que, a veces, estas se enfrentan a situaciones más extremas. Sucede así con los superhéroes, reflejos no solo espectaculares de nuestras ensoñaciones, sino también de las particularidades del ser humano, ahondando en cuestiones como la identidad, la justicia, la cordura, la amistad, la familia, la traición o la pérdida. Cuestiones que impactan con mayor fuerza cuando sucede en un ámbito donde el protagonista se siente invencible y donde sus seguidores también lo consideran así.

Uno de los elementos tópicos en las historietas de superhéroes ha sido el compañero, generalmente más joven, incluso niño, que bien podían funcionar como contrapunto, bien como enlace con el público objetivo. Con el paso del tiempo fueron ganando personalidad hasta llegar a independizarse de sus mentores, algo que en DC ocurrió con Los Jóvenes Titanes (Teen Titans), versión juvenil de la Liga de la Justicia que ha tenido diversos nombres a lo largo del tiempo. Estos personajes se dedicaron, como sus maestros, a resolver crímenes, detener villanos y enriquecerse personalmente con la convivencia y el trato con iguales.

Como en toda saga de aventuras, podemos encontrar cierta tendencia a la repetición, a las tramas autoconclusivas o a un avance insignificante en la evolución de sus personajes, a fin de que puedan asumir una y otra vez reflexiones sobre las mismas temáticas. Sin embargo, también suele ser usual que haya un punto de inflexión o momentos álgidos de creatividad en el que encontremos cómo las aventuras dan un paso hacia adelante. En el caso de estos personajes, podemos cerciorarnos de que uno de sus puntos clave se produjo en los años ochenta, cuando se llamaba Nuevos Titanes, lucían con el colorido dibujo de George Pérez y vivían unas construidas y más sentidas aventuras creadas por Marv Wolfman, ambos recién llegados a DC Comics tras trabajar para Marvel. Se llamó El contrato de Judas (1984).

Después de reformular a los Jóvenes Titanes como los Nuevos Titanes para hacer frente a nuevas amenazas en el mundo, nos encontramos con un grupo formado por Robin, el antiguo compañero de Batman, Wonder Girl, huérfana rescatada por Wonder Woman y criada por las amazonas, Kid Flash, un joven protegido de Flash también con supervelocidad, Raven, la hija medio humana del villano Trigon, que trata de encontrar su espacio dentro del grupo y alejada de la oscuridad, Cíborg, convertido en una máquina viviente por su padre tras un grave accidente, Starfire, una princesa alienígena, y Changeling o Chico Bestia, capaz de transformarse en cualquier animal tras un experimental tratamiento de emergencia. A ellos se unirá Tara Markov, alias Terra, capaz de manipular la tierra, tras ser rescatada por nuestros protagonistas de unos terroristas.

Como en todas las agrupaciones, existen discrepancias, pero sobre todo cuando los componentes son jóvenes adolescentes cuyas personalidades pueden llegar a chocar, con poderes que a veces no controlan del todo y viviendo crisis personales, romances y pruebas que se salen de lo normal. Esta aventura cerraba un ciclo y encaminaba a estos personajes para enfrentarse posteriormente al macroevento editorial que fue Crisis en Tierras Infinitas, pero funcionaba a la perfección dentro del desarrollo de sus personajes por una buena planificación y un giro argumental que otorgaba cierta madurez a la saga. El contrato de Judas nos sitúa en un momento de crisis y evolución de los Jóvenes Titanes. Algunos de ellos se replantean continuar con el equipo o con sus identidades secretas hasta el momento, debido principalmente a que han madurado o a que no se identifican con lo que eran. Será el caso del líder de los Titanes, Robin, antaño el chico maravilla de Batman, que siente que debe dar un paso en otra dirección, alejarse de ese rol que lleva ejerciendo desde niño. También de Kid Flash, que abandonará a los Titanes por no haber encontrado entre ellos su espacio.

En este sentido, aparte de las aventuras en contra del villano de turno, en este caso el Hermano Sangre, que de forma superficial plantea la cuestión de las sectas y también de las luchas de poder y corrupción dentro de un país, se van desarrollando las relaciones entre los protagonistas, incluidas las románticas, como la que existe entre Robin y Starfire, o la que parece empezar a surgir entre Changeling y Terra, además de profundizar en su psique: son personajes que maduran, es decir, se les permite crecer como no se había hecho antes. Incluso reflexionan sobre el sentido de su identidad y, sobre todo, sobre el sentido de la amistad, la traición y la vida. No en vano, la gran villana de El contrato de Judas será la incomprensión, el muro infranqueable de una persona inestable que, afectada por los sucesos de su vida, se ha convertido en una psicópata que siente fútil a la bondad y que todos la han traicionado.


Resulta evidente que el cómic presenta coloridas aventuras que no rehuyen los tópicos usuales del género, como los discursos de villanos, la presentación de los poderes, el tono humorístico de ciertos personajes o los combates desnivelados, en ocasiones algo confusos. Sin embargo, entre acto y acto, se presiente la traición y el culmen llegará cuando los Titanes sean secuestrados y Dick, anteriormente Robin, deba afrontar la situación y encontrar su nueva identidad. Nos introduciremos entonces en una trama detectivesca en el que veremos al personaje de Dick dentro de una estética noir y descubriendo la verdad de lo sucedido. Además, se presenta al villano Deathstroke como un mercenario dual, dado que tras narrarnos su historia, se nos mostrará capaz de redimirse como de mostrar su lado más sanguinario y frío.

Como aspectos positivos, la capacidad de crear un personaje malvado con matices, bastante enriquecido por su confluencia con otros personajes, especialmente su familia. La reconversión de Dick en Nightwing, aunque su estética, como sucede con Jericó, haya quedado bastante desfasada, que nos presenta a un personaje maduro y diferente al Robin de antaño. También la forma en que el narrador se despide de la villana nos muestra una reflexión bastante digna para cerrar, acompañando a las decisiones que adoptan los Titantes durante el entierro. En conjunto, supone un punto álgido de crisis y cambio para los personajes, de evolución y madurez por enfrentarse tanto a la traición como a una indeseada muerte.


De forma más negativa, en ocasiones la estética general no combina bien con el tono de la historia, a pesar del estupendo dibujo de George Pérez. La presencia de ciertos personajes está descompensada con la trama, dada la cantidad de componentes de los Titanes, saliendo favorecidos sobre todo Dick, el Chico Bestia o, en menor medida, Wonder Girl y Raven. La ausencia de cierta lógica en los planes de los malvados de turno o la sensación de que el tramo final, aunque emocionante y lleno de acción, puede resultar confuso.

En definitiva, El contrato de Judas supone la conclusión de un primer ciclo de los Nuevos Titanes marcando un paso definitivo en la evolución de sus personajes. Una evolución que no se determina tan solo por la despedida o el cambio estético de algunos de ellos, sino sobre todo por la forma en que deben afrontar una dificultad tan relevante como es la traición de una persona a la que consideraban de confianza. Una historia distinta y madura que cambia el tono habitual de estas aventuras más juveniles.


Para el sábado noche (LXXIII): Superman, de Richard Donner

28 agosto, 2018

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La puesta de largo del mundo de los superhéroes dio comienzo con Superman (Ídem, Warner Bros., 1978), cuando los productores Alexander e Ilya Salking (1921-1997; 1947, respectivamente), contrataron a Richard Donner (1930) como realizador de la primera y segunda entregas modernas de nuestro personaje. Para ello, el realizador de La profecía (The Omen, 1976), insistió en el apartado técnico como parte indisociable de todo el conjunto artístico. Aun así, una de las características que distingue a Superman de otras producciones, es que no somete los aspectos humanos y narrativos a la efectividad (cuando no tiranía) de los efectos especiales. Ambos alcanzan la necesaria compatibilidad, no justificándose las escenas en función de lo que se pueda ofrecer técnicamente, sino integrando los efectos a las necesidades del relato escrito; inmiscuyendo, de paso, al espectador, en una historia de fantasía totalmente realista.

Esta adecuada interacción entre escritura y efectos ópticos permite que Superman (un Christopher Reeve nada sobreactuado), vuele sin tropiezos cinematográficos, con un estilo elegante y contundente, que convierte la película en el emblema quintaesenciado del género de los superhéroes.

Dejando al margen los ingresos de Marlon Brando (1924-2004), por su acertada participación, y otras eventualidades más anecdóticas, muchos aspectos destacan en la producción de Superman. El autor de El Padrino (The Godfather, 1969), Mario Puzo (1920-1999), comenzó a confeccionar el guion a mediados de los setenta. Más tarde, Tom Mankiewicz (1942-2010) fue comisionado para estructurar y pulir el material, hasta que David Newman (1937-2003) y su esposa Leslie (1939), junto con el futuro e interesante realizador Robert Benton (1932), se encargaron de darle forma definitiva, tanto a la primera como a la segunda parte. En concreto, Mankiewicz dotó de personalidad y profundidad a los personajes, por medio de unas laboriosas reescrituras, evitando así que la historia deviniera en una mera tira cómica.

Como se recuerda en el prólogo, en junio de 1938 aparecía Superman, gracias a la imaginación de Jerry Siegel (1914-1996) y Joe Shuster (1914-1992). A continuación, director y montador demuestran su buen oficio narrativo durante la presentación del planeta Krypton y la visualización del cometido de Jor-El (Marlon Brando), el padre de Superman. Pertenece a lo que él llama el confiado consejo, formado por las mentes políticas -más que razonantes- de Krypton (¡esto parece una triste constante en el universo!). Entre el despliegue de imbatibles efectos visuales y la pulcritud de un guion modélico, elementos sostenedores de la película, junto a las buenas interpretaciones, también se halla la imaginativa forma de apresar a los convictos capitaneados por el general Zod (Terence Stamp).


A este realismo y plasmación heroica contribuye de forma terminante la extraordinaria partitura de John Williams (1932), que no se limita a ofrecer un nuevo y retentivo tema principal para la película, sino que desarrolla toda una narrativa sonora por medio de varias piezas de creatividad incesante, que se acoplan a la imagen tanto como a la memoria del espectador (en suma, otro aspecto de los que se han venido perdiendo con el tiempo, en favor de las más anodinas composiciones que yo recuerde, de la actualidad).

La partida del pequeño Kal-El (Lee Quigley), futuro Superman, realizada y montada sin falsos efectismos ni estridencias, es otro momento álgido, como lo será el desarrollo de Superman como ser humano en la Tierra, bajo el nombre de Clark Kent. Basta contemplar al protagonista probando su fuerza de niño y adulto, levantando una camioneta o mandando a freír espárragos un balón de rugby. En suma, haciéndonos partícipes de sus correrías, como (casi) cualquier adolescente.

Todas estas situaciones forman un núcleo que evita la farragosidad explicativa, ese exceso verbal del que adolecen la mayoría de las producciones hoy en día. Escenas como la del descubrimiento o, mejor dicho, llamada, del cristal esmeralda que contiene la esencia y conocimientos del mundo de Superman, son la plasmación de una concisión dialéctica agraciada por un guion impecable y beneficiada por el ejemplar empleo del formato panorámico en cinemascope (en setenta milímetros), por parte del realizador Richard Donner. Lo que, junto con la música, el impecable montaje de Stuart Baird (1947), y la envolvente atmósfera proporcionada por el excelente director de fotografía Geoffrey Unsworth (1914-1978), en el que fue su último trabajo para el cine, confiere a las imágenes de Superman una puesta en escena dinámica y profundamente emotiva, incluso en los planos generales, sean estáticos, en panorámica o con grúa. Valgan como ejemplo el acelerón de Clark de vuelta a su casa de Smallville, la posterior despedida del hogar, la salida del cementerio rural donde reposan los restos de su padre adoptivo, Jonathan Kent (Glenn Ford), o el transcurrir del tiempo cuando Superman saca a Lois de su vehículo, en pleno desierto californiano.

(Aprovecho para hacer notar que la versión extendida no es tan relevante, aparte de que se le cambió el magnífico doblaje original).


Sujeto a las leyes naturales terrestres, como a las suyas propias, Superman también evoluciona como personaje, descubriendo pronto la incapacidad; es decir, averiguando que no importan los poderes de que uno disponga cuando el destino no juega a favor. Si bien, dicho destino está hecho para hacerle frente. No obstante, aleccionado por su padre (en realidad, por ambos padres, cósmico y terreno), Superman tiene prohibido inmiscuirse en la historia y desarrollo de los seres humanos. Pese a todo, nos libra de amenazas como la de los misiles X-K, uno de los planes malévolos del genio del mal Lex Luthor (personaje al que Gene Hackman confiere un excelente toque de distinción).

Haciendo alarde de una buena colección de pelucas, para así evitar mostrar su calvicie, el malandrín Luthor se acompaña, en su malévolo y no siempre glorioso modus operandi, de sus esbirros Otis (Ned Beatty) y la señorita Teschmacher (la espléndida Valerie Perrine). Al punto de que Hackman (1930) hace suyo un personaje del que, antes de dar comienzo la filmación, tenía algunas reservas.

Precisamente, es la guarida de Lex Luthor, uno de los innegables aciertos visuales del decorador británico John Barry (1935-1979, no confundir con el músico). Se trata de unos habilitados y confortables restos del antiguo metro de Metrópolis (como sabemos, un remedo de Nueva York). Recordemos que Superman fue filmada en buena parte en los estudios Shepperton y Pinewood de Londres. De ahí la bienvenida presencia de actores tan sólidos, aun en papeles cortos, como Trevor Howard (1913-1988), Harry Andrews (1911-1989), Susannah York (1939-2011) o Terence Stamp (1938), aparte de otros miembros del equipo técnico. Los decorados de John Barry permiten, no solo que los personajes paseen por ellos, sino que estos pasen por los personajes, lo que, en una película, sea de las características que sea, resulta esencial.


Por todo lo expuesto, Superman es emocionante. En ella hay espacio para reflexionar, para complacerse… para sentir. Y también para el humor. La acción no se come la emotividad. Buen ejemplo de ello es la creación de la Fortaleza de la Soledad, donde el joven Clark Kent (Jeff East) sabe de forma instintiva lo que ha de hacer. También lo es el enamoramiento en pleno vuelo, entre Superman y la reportera Lois Lane (Margot Kidder), que se acompaña de la facultad telepática que posee el superhéroe, en lo que es una bella manera de hacer el amor con Lois. Claro que después de esto, y de su accidentado (y extraordinariamente filmado) rescate del helicóptero, a la intrépida Lois la entrevista con el presidente de la nación, que ha dejado en suspenso, a la fuerza le ha de parecer pequeña. Sin embargo, ni aún este está a salvo cuando un rayo pone en dificultades al Air Force One.

Por otra parte, y como los aficionados sabrán, los Salkind se apresuraron a contratar al realizador inglés Richard Lester (1932), que les había obsequiado con el éxito gracias a las desinhibidas y, para mí, estupendas, Los tres mosqueteros (The Three Musketeers, Fox, 1973) y Los cuatro mosqueteros (The Four Musketeers, Fox, 1974), con objeto de culminar la segunda y, posteriormente, tercera entrega de la serie. La segunda se filmó al alimón con la primera, siendo Richard Donner el responsable de buena parte de la misma, resultando bastante entonada y no carente de momentos de gran fuerza. Un trabajo abrumador para el director, por lo que se decidió estrenar tan solo la primera (¡ya estaba bien!), y completar con más tranquilidad la segunda (ahí fue donde los Salkind, haciendo alarde de una cuestionable conducta profesional, decidieron prescindir de Donner en favor de Lester).

Con respecto a la tercera parte, y siendo justos con ella, a mí me hizo bastante gracia. Lo siento.

P.D.: La cuarta es horrorosa.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Un tronar de tambores y otros relatos, de James Warner Bellah, y adaptaciones de John Ford y Joseph M. Newman

24 agosto, 2018

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Los fuertes y sus destacamentos son fascinantes. Se hayan en lugares remotos, aislados, pero de alguna forma interconectados. Su misión es la de controlar los territorios conquistados (no voy a meterme ahora en apreciaciones éticas), favorecer el tránsito de los colonos y garantizar el cumplimiento de las leyes.

Son puestos avanzados al borde de lo desconocido, enclaves diseminados donde serpentea la vida de unas personas arrojadas, y donde se contiene la simiente de toda una civilización. Las mismas características que podemos hallar en cualquier novela o serie de ciencia ficción a la conquista del espacio.

James Warner Bellah, John Ford y Joseph M. Newman
El volumen Un tronar de tambores, publicado por Valdemar, en su colección Frontera (2012), contiene, junto a la novela que le da título, los relatos que dieron pie a las obras maestras del cineasta John Ford (1894-1973), Fort Apache (Ídem, RKO, 1948), La legión invencible (She Wore A Yellow Ribbon, RKO, 1949) y Río Grande (Ídem, Republic-British Lion, 1950), conocidas como Trilogía de la caballería. Son creaciones del escritor neoyorquino y coronel del ejército James Warner Bellah (1899-1976).

Se cuenta que cuando le preguntaron a Jorge Luis Borges (1899-1986) si no le apenaba el abandono de la épica en los tiempos que nos tocaba vivir, el escritor argentino respondió que la épica seguía muy viva gracias al western. Y así es. Por eso la frontera entre los que se entretienen (con todo derecho) contemplando películas, y los que aprecian el cine como valor artístico, queda marcada, preponderantemente, por el género del oeste. No gustar del mismo es no entender el séptimo arte; algo así como un arquitecto que menospreciara a Fidias (480 A.C. – 430 A.C.) o Palladio (1508-1580), o un físico que desconociera la gravedad.

Comenzamos nuestro recorrido, siguiendo el mismo orden cronológico establecido en el libro. Y lo hacemos con el relato Comando (Command, 1946).

Entre el oeste de Kansas y el este de Colorado (EEUU), se halla situado el Fuerte Starke. Su capitán, Nathan Brittles, es descrito como un hombre gris, por dentro y por fuera, pero no por parte del narrador, sino a través del subjetivo punto de vista del joven teniente Flint Cohill, impetuoso y calladamente irascible. Tiempo tendrá de convencerse de su equivocación. Junto a ellos se encuentra el sargento John Utterback, que enseñará a Cohill que una vida como la del fuerte no se aprende, se vive.

Durante una misión de rescate, estos personajes comenzarán a comprenderse mejor los unos a los otros. Un respeto a los galones que, sin duda, es uno de los atractivos que verá John Ford y que trasladará a sus adaptaciones; en el caso que nos ocupa, a La legión invencible (a su vez, sustentada por otros relatos, como iremos viendo). Todos estos personajes conforman el grueso hilo conductor de las narraciones ubicadas en Fuerte Starke, pues aunque el marco de referencia moral y estético es grupal (la caballería, o más ampliamente, el ejército de los Estados Unidos), no por ello dejan Bellah o Ford de tener en cuenta la particularidad de cada uno de ellos. Diríamos que resaltando la singularidad de dicha pluralidad.

En cuanto a Warner Bellah, su capacidad de descripción por medio de sensaciones (a veces sinestésicas) y metáforas casi impresionistas, sobresalen en el interior de una escritura que acostumbra a ir al grano. Así sucede con la descripción del ataque indio.

Pero en Comando hay momentos donde se también se expresa el aburrimiento o la apatía, esas horas que parecen no transcurrir nunca, así como la incomodidad de la suciedad. Conquistas como la de poderse asear, con frecuencia no están a disposición del soldado.

Planning the attack, de Charles Russell
En el siguiente relato, Fuerte Starke se enfrenta a una de sus peores crisis: el pulcro y dogmático general Owen Thursday llega al emplazamiento para tomar posesión del mismo como nuevo oficial al mando. Puede el general ser más letal que los indios, lo que, por desgracia, se acaba confirmando. Thursday arriba con un complejo de agravio a causa de sus superiores, al sostener que su destino es inmerecido. Su ansia por alcanzar la gloria forzará cada situación y página de forma difícilmente soportable. Él es el representante del estado, de la ley más que de la justicia. Su objetivo es alcanzar un victorioso renombre, que le permita escapar lo antes posible de su puesto y prisión (interna y externa).

En este sentido, diríamos que Masacre (Massacre, 1947) es la contrapartida de Comando. El autor incorpora algunas nuevas metáforas afortunadas, a tenor de los acontecimientos descritos (la mañana del enfrentamiento con los indios contemplada como una anciana). De resultas de todo ello, Thursday organizará un exterminio, sin salirse de las ordenanzas, interpretadas siempre de forma pétrea. Un aniquilamiento que se da la vuelta y de la que el general es primera y última víctima, en lo que es un claro remedo de la figura del desaforado e imprudente George A. Custer (1839-1876).

Al igual que John Wayne (1907-1979) hará en la posterior adaptación, Fort Apache, el teniente Flint, que ha sido testigo de los aparatosos y sobrecogedores acontecimientos, no desvelará la verdad por el bien del regimiento, de cara a la pervivencia de los buenos hombres que arriesgaron su vida lo más noblemente posible, y que pueden servir de honrosa respetabilidad. Lo que no podrá nunca Flint es olvidar.

Fort Davis, de Melvin Warren
En Misión inexistente (Mission With No Record, 1947), una crucial incursión tiene lugar, aunque a efectos gubernamentales no exista, quedando relegada, pese a su significancia, poco menos que a los pliegues de los anales.

La descripción casual de algún rasgo físico (por ejemplo, del coronel Sheridan [1831-1888]) dan viveza a este nuevo relato, donde el coronel Massarene también está apegado a las normas, si bien, a diferencia del citado Thursday, su humanidad emerge por encima de las disposiciones y preceptos. Pese a todo, a Massarene le odiaban porque siempre tenía razón.

El hecho es que su hijo ha sido expulsado de la academia militar de West Point (Nueva York), por lo que se alista y pasa a formar parte de su regimiento como soldado raso. Entre las primeras misiones a las que se habrá de enfrentar, está la contemplación de un carromato calcinado y el despedazamiento de sus ocupantes, por parte de aquellas tribus beligerantes que no respetan los tratados (no todas las tribus los contravenían). Situación crítica que dará pie a una incursión de castigo, en una misión no autorizada oficialmente por el gobierno.

Por supuesto que, entre los efectos colaterales de esta nueva batida estará el acercamiento entre padre e hijo. Tampoco podemos pasar por alto la referencia que hace el autor cuando equipara al soldado y su montura con un centauro (aquí y en el siguiente texto). Como los cinéfilos más avezados ya habrán advertido, el presente relato es el germen que dio origen a Río Grande.

A continuación, especialmente notable me parece La gran cacería (Big Hunt, 1947), segunda base argumental para La legión invencible. En resumen, se trata de desenmascarar a un traficante de armas que vende rifles autorizados a los indios. El autor sabe jugar muy bien con el suspense de dicha identidad, durante el tiempo necesario, culminado el relato con una estampida de búfalos que acaba con los contrabandistas (ya que finalmente se descubre que no se trata de uno solo), en lo que es una conclusión asombrosa y sumamente brillante.

Breaking Throught The Line, de Charles Schreyvogel
Partida de guerra (War Party, 1948) es la última de las narraciones cortas, siendo el tercer relato que sirvió de sustrato argumental a La legión invencible. La jubilación (y posterior aplazamiento) del capitán Nathan Brittles, de sesenta y cuatro años, está a las puertas del Fuerte Starke. Tan solo quedan unas pocas horas para que se haga efectiva.

Sin embargo, Brittles se reencuentra con el apoyo y cariño de sus oficiales y soldados, en forma de un bonito regalo (el mismo que en la película). Poco después, acude al cementerio anexo al fuerte donde reposan no uno, sino varios de los familiares del capitán. De él dice Warner Bellah que llevaba toda su vida desplazándose hacia el oeste, ampliando la frontera para los colonos que venían detrás. Por supuesto que, además, Brittles viste un pañuelo amarillo bajo el cuello de la camisa, símbolo del regimiento y, como más tarde añadirá John Ford, del respeto y amor cortés hacia alguna dama, por parte de los más jóvenes.

Partida de guerra hace notar, igualmente, cómo a veces los enfrentamientos no son una cuestión de razas, sino una lucha establecida entre el ámbito de las órdenes del alto mando y la realidad y día a día vividos en el fuerte.

Por último, Un tronar de tambores (A Thunder of Drums, 1961), supone la novelización del guion original que Bellah escribió para la película del mismo título (en España se llamó Fort Comanche). En realidad, estamos ante una novela corta o un relato largo, escrito por el propio guionista.

Fort Snelling Drills, de Sherry Blanchard Stuart
En Fuerte Canby, el joven teniente Seton Malden Porter cumplía las órdenes con impasibilidad prusiana. Pero no será él quien sostenga la historia, siendo más bien el desencadenante de los hechos que se derivan a continuación. Los principales protagonistas son el veterano capitán Stephen L. Maddocks, los tenientes Curtis McQuade y Thomas DeLacey Gallatin, y la joven casadera Tracey Harrison. Porter, como digo, tan solo activa el gatillo que pone en funcionamiento la estructura ulterior.

De Porter escribe Bellah que su principal propósito era sacar el suficiente material biográfico de su estancia en Fuerte Canby, como para completar un buen (y egocéntrico) libro de memorias. En cuanto al capitán Maddocks, este había escrito su propio libro en la mente, no para su publicación. Una inteligente forma de establecer la diferencia de carácter y criterio entre ambos personajes.

Por su parte, en tanto Gallatin ya lleva algún tiempo en el fuerte, McQuade es un recién llegado. Pero a ambos les une su relación con Tracey, prometida de Gallatin pero antigua novia de McQuade, merced a un equívoco (más o menos sostenido por los implicados).

In Safe Hands, de Charles Schreyvogel
El autor sabe sacar especial provecho literario del off narrativo-visual; por ejemplo, en lo que se refiere a violaciones, asesinatos y otras tropelías sin cuento. De este modo, resulta más eficaz describiendo los espeluznantes efectos, que recurriendo al efectismo de su plasmación. También coexiste en todo momento un respeto hacia los caídos en combate (por la historia, en definitiva). Es el de Fuerte Canby (o Starke, tanto da) un mundo donde la profesionalidad se hace incompatible con el favoritismo (esto es, un mundo alejado por completo de la política, aunque esta también les alcance, como alcanza a casi todo). El respeto profesional es centrífugo, empieza por uno mismo y se hace extensible a los demás, no escatimándose tampoco, a lo largo de la narración, el sacrificio de esposas y prometidas, como parte fundamental de una misión que es mucho más amplia.

Esto ayuda a solventar algunos pasajes más áridos, en cuanto a consideraciones puramente personales y sociológicas se refiere (y de los que se hallan ausentes las películas). Son desvíos tanto del autor como atribuidos a algunos de los personajes, acerca de los nativos americanos o la condición de la mujer, pese a lo cual, la narración puede pasar a continuación a ofrecer una muy inspirada introspección de McQuade, tras una conversación con el capitán Maddocks. Precisamente, Warner Bellah carga positivamente a sus personajes con una acusada dosis de reflexiva insatisfacción (más vital que castrense). Una exploración interior como la que, siguiendo la deriva particular del teniente McQuade, asegura que tras un combate suele tener lugar algo semejante a un extraño renacimiento de la consciencia, como si se adquiriera una identidad nueva. Asimismo, es un buen momento el que declara que ver marchar los regimientos y esperar un triste regreso, era el eterno sino de las mujeres. En este caso, Warner Bellah retoma una situación dramática ya expuesta al comienzo y final de Río Grande.

El universo gira a tu favor, de Sortilegio

22 agosto, 2018

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El tiempo pasa para todos y así vamos acumulando experiencias en nuestra vida. A veces no logramos transmitir todo aquello que aprendimos, sentimos o pensamos, pero se nos brinda la oportunidad de encontrarlo en las palabras, la música o el arte de otros. En el pasado, ya os hablamos del dúo Sortilegio, una modesta pareja de cantautores que desde la sencillez habían logrado crear un repertorio de canciones agradables, profundas y con un marcado sentimiento, como demostraron en sus discos anteriores: Universos de papel (2007) y Beber el tiempo (2011), además de la colaboración realizada con Dani Rovira en Érase una vez... un poderoso Rovilegio (2009). Después de siete años, han regresado para contarnos una nueva historia en El universo gira a tu favor (2018), libro-disco autoproducido gracias al mecenazgo de diversas personas a través de la plataforma de crowdfunding Verkami.

A pesar de todo este tiempo, ya habíamos tenido oportunidad, tanto en sus conciertos como en el disco que grabaron en directo gracias a su participación en Desencaja, de la Junta de Andalucía, de disfrutar de las nuevas canciones que estaban creando, y por entonces, en 2011, tenían el proyecto de crear un disco dedicado al proceso de embarazo, que se fue ampliando hasta la crianza y educación de los hijos. Ese es el tema central del disco, que viene acompañado por un libro de ilustraciones con las letras de las canciones. A lo largo de los dieciséis temas descubriremos un bello canto dedicado al paso del tiempo, a la infancia, al significado de ser mujer, al amor y al futuro.


El inicio evidencia el tema principal de todo el disco, sobre el que de una u otra forma vertebrarán todos los demás. En ¿Quién me lo iba a decir? se parte de esa interrogación retórica para caer en un tempus fugit, en un repaso existencial desde la niñez hasta el ser adulto que se va a convertir en madre o en padre. A partir de la anécdota universalizada de la infancia (abrazaba en la cama una muñeca [...] ayer perdí todas mis canicas) y un breve repaso a la unión de ambos, evidenciada por el cambio de voces y con algunos elementos ya usuales en Sortilegio, como la mención a Rayuela (Julio Cortázar, 1963), se concluye en el punto existencial presente: el embarazo. Este es, por tanto, el punto de partida de El universo gira a tu favor: el repaso a una vida que cambia en el momento del embarazo, cuando aquel paraíso perdido regresa en forma de hijo.

En la mayoría de las canciones encontramos una fuerte impronta de elementos de la naturaleza, con los que se relaciona sobre todo la relación materno-filial o en los caracteres tradicionalmente femeninos, algo que se relaciona con la tópica conexión entre lo sentimental, lo natural y la mujer. Lo podemos observar ya en esta primera canción, donde se menciona "Llevo un nido en la sangre", en referencia al embarazo. Volverá a repetirse en posteriores canciones con diferentes imágenes, como vemos en Luz, niña chamán ("Hecha de agua, / hecha de fuego"), Celebro ser mujer ("Ahora que soy fruta madura"), Semillas de plenitud ("Vamos de la montaña hacia el ancho mar") o en Clorofila ("Abro mis ramas al sol, / bebo licor de savia nueva / y me embriago de primavera").

No obstante, aquí hay un carácter expansivo, no restrictivo, dado que se aboga por una recuperación de ese estado más natural de conexión primigenia frente al apenas mencionado contexto urbano. Por ejemplo, en la canción dedicada a su estancia en Regensburg (Baviera, Alemania), Un puente sobre el Danubio, abundan las referencias a elementos naturales, como las referencias al árbol, al río, a las montañas o al paso de las estaciones, y los pocos elementos urbanos son tradicionales, como el puente, las campanas o el tren, pese a la modernidad de la ciudad.


En Olvidé cómo contar se prosigue con una reflexión sobre la identidad durante el embarazo, en esa diatriba de ser dos en una persona, algo que queda claro desde el principio: Tú respiras mi aire. Esa conexión se narra en torno a una serie de juegos de palabras y contrastes paradójicos entre el yo y el tú, el uno y el dos: Yo soy palabra en tu silencio. / Tú, lenguaje donde no hace falta hablar. El intimismo y la atmósfera creada por los dos primeras temas contrasta con el divertido ritmo de Donde sueñan los dragones, que recoge de nuevo elementos propios de la infancia, pero renovados a través de la mirada del hijo. Así, la canción propone una enumeración que acoge el optimismo, la vitalidad y los sueños infantiles junto a acciones o hechos cotidianos.

De esta forma, comienza con un listado de elementos que parecen provenir de la imaginación infantil, muy paradójicos ("Un cocodrilo algo asustado"), se prosigue con lo cotidiano ("Tropezar siempre con tus juguetes") y se finaliza con la identificación entre el hijo y lo infinito, en relación a la ilusión, los sueños y la imaginación imparable de los pequeños. Y todo ello concuerda con un mágico estribillo que aúna todo lo enumerado en un ambiente de cuento y juego. Al final, Donde sueñan los dragones nos presenta esa rutina junto a los niños como un regalo ("Presente se hace presente"), momentos eternos y divertidos ("El tiempo pasa sin tiempo") y se relaciona de nuevo con los elementos de la naturaleza, en este caso casi con carácter panteísta ("Eres la música de la constelación").

De un carácter más universal es el ya citado Un puente sobre el Danubio, que a partir de una situación inicial de migración ("He extraviado mis coordenadas [...] Me he enraizado en otra frontera") plantea una descripción que nos recuerda al hogar, un hogar posible en cualquier lugar, dado que se relaciona y conecta con una bandera en el fin del mundo. En este sentido, la única mención concreta que se hace al lugar real es la del río Danubio, mientras que las demás ideas se agrupan en torno a la naturaleza, una naturaleza que se siente viva y, por tanto, sin límites. Esta línea se continúa en Luz, niña chamán, una serie de consejos y peticiones que parecen conectar a la voz poética, o cantante, con la niña chamán, es decir, con la propia naturaleza creadora. Supone una invitación a conectar con el amor, con la naturaleza y con uno mismo.


Te prometo otra primavera sirve de contrapunto a la canción inicial. En una confesión amorosa, se reflexiona sobre el futuro para comprometerse a aprovechar el tiempo juntos. De nuevo, aparecen elementos concretos y propios del dúo, como el nombre propio de la amada (Laura) o su novela favorita, la ya citada Rayuela, pero el mayor interés reside en esa promesa que le da título y que compone todo el tema en sí: un carpe diem invertido, por tanto, una invitación a disfrutar de la vejez para recuperar y no olvidar la juventud. Hay incluso la sensación de proteger lo amado con la delicadeza de lo pequeño, en la unión entre la infancia y la senectud: te abrazaré para que duermas. / Te cuidaré de los miedos, temores, / romperé tus cadenas.

Podría malinterpretarse y caer en una polémica innecesaria con Celebro ser mujer, la séptima canción del disco, si entendiéramos que la plenitud de una mujer llega con la maternidad, dado que consideramos que dentro del contexto, en una obra que habla y alaba el carácter del embarazo y la crianza, lo que se hace es agradecer, celebrar como dice la canción, la posibilidad de haber sido madre por el hecho de ser mujer. Es decir, que en la plenitud de un embarazo ("Ahora que mi corazón / se acompasa / al compás de un pequeño / corazón, / celebro ser mujer"), se agradece el hecho de haber podido estar embarazada por ser mujer. Para ello, a través de paralelismos que redundan en la preparación del cuerpo de la madre (Ahora que mi útero / se expande / para abrazar la nueva vida), en la conexión materno-filial  (de nuevo con el juego de palabras entre yo y tú, o como vemos en "Ahora que bailas conmigo, ahora que canto contigo") y en la unión entre elementos naturales y humanos ("Crece mi savia / para alimentar tus huesos / y anidan flores en mi pelo"), se propone una oda alegre y vitalista.

Dibujo de Rodrigo Salas, portada interior del libro-disco
De forma semejante a temas anteriores, Semillas de plenitud reflexiona sobre el paso del tiempo, pero también sobre el sentido del legado, que siendo personal, también es universal. Así pues, la primera parte de la canción nos muestra el inevitable ciclo vital, con metáforas que ahondan en la tradición poética y en cierto sentir panteísta de conexión cósmica (guardo en mi vientre cientos de estrellas), algo que se reafirma con la mención a la infancia y a la vejez. Mientras que la segunda parte, señala el legado que se transmite de generación en generación, de forma que ese viaje existencial no está vacío, sino que se comparte con una invitación a disfrutar, a mantener las ganas de caminar.

En De viruta y cuerda se realizan diversos juegos de palabras con partes y componentes de la guitarra y de su creación, dado que se parte de la anécdota de la construcción de la guitarra que suena en el mismo disco, en relación también con su creador, Diego. La canción se sostiene a partir de la unión entre el amor y estas palabras técnicas, otorgándole un carácter bastante original al tema. En la décima canción, La vida que despierta, se retorna a lo ya visto en Olvidé cómo contar Donde sueñan los dragones, dado que se une la relación entre madre e hijo, aquí ya no en el embarazo, sino con el niño pequeño, con la pasión infantil por la imaginación, los juegos y el ansia de futuro. Se captura en esta canción la pureza de este amor pueril y también se incorpora, como novedad y quizás con vistas hacia los años que habrán de venir, que esta madre será el hogar donde volver, / la Ítaca de Ulises, recordando que siempre existirá este refugio.

Ya en La vida que despierta existe un canto hacia la libertad de elección y decisión de los hijos, en tanto que se da la oportunidad de que pueda ser la profesión que desee (Constructor, dibujante. / Pirata, explorador. / Aprendiz y maestro. / Poeta e inventor), algo que se reafirma en el siguiente tema: Carta a un pequeño capitán. En esta epístola musical se reflexiona sobre el momento en que el hijo tenga que abandonar el hogar, en forma de cuento de marinero, relacionando a la madre con un mar y unas aguas conocidas y el futuro como ese viaje que emprenderá tras haber aprendido en familia. Curiosamente, su colofón y cierre se olvida de estas aguas para devolvernos a una realidad, la del asfalto de la calle, una de las pocas menciones urbanas, pero recordando una lección vital: que lo pequeño es lo importante.


Quizás Clorofila podría haber sido intercalada antes, dado que se reitera en torno al embarazo y la convivencia entre familia e hijo a través de elementos naturales, siendo la canción que más emplea este tipo de metáforas, llegando a unir la imagen de la madre con la del árbol. También se incluye las referencias al barco como en Carta a un pequeño capitán, pero en relación no al futuro, sino al momento de la gestación ("Te doy un corazón / y un barquito en mis caderas, / un puesto de polizón, / y voy desplegando velas"). Aunque no lo recuerdes se centra en esas acciones que quedarán en el olvido para el niño, dado que esos primeros años de vida siempre se borran de la memoria. Sin embargo, aunque se olvide, todo aquello ocurrió y quedan los hechos y el amor compartido, un amor que se siente, de nuevo, panteísta y universal: En cada trazo siento / en el regazo el Universo / y, al amanecer, / la Tierra girando / bajo mis pies.

De regreso a la idea del legado, que ya encontrábamos en Semillas de inquietud, en Los hijos de tus hijos se habla de cómo pervivimos a través de las generaciones futuras, es decir, de nuestros hijos, dejando una huella en el mundo. La canción se sirve de metáforas en torno al trayecto de tren en tanto vida en la primera parte y el teatro para finalizar, pero también de menciones al mundo de la ciencia, como ocurría en su canción de Beber el tiempoCuando se apague la última estrella, haciendo referencia a la transmisión del ADN. Incluso se manifiesta en torno al futuro lejano, a ese legado que alcanzará a los hijos de tus hijos, llegando a un canto de esperanza. Algo similar encontraremos en Sin trayectoria definida en cuanto al mundo de la física del universo, relacionándonos con cuerpos celestes, estrellas, que erran y, por tanto, viven hacia la eternidad. Ambos temas aquí comentados se relacionan con la cercanía de Diego al mundo de la física profesionalmente. Además, como curiosidad, en Sin trayectoria definida participa Rodrigo, hijo del dúo, que sirve justo como punto de legado de ese devenir astral (y musical).

Concluye El universo gira a tu favor con una nana, Nana para dormir a una estrella, que sigue la estela de los anteriores temas y ahonda en la relación panteísta entre el ser humano y la naturaleza universal personificada: Te mecen los planetas [...] juega con las estrellas: el universo gira a tu favor. En el sueño, el niño puede viajar hacia ese mundo de estrellas que también es suyo, un mundo del que forma parte. Así finaliza el disco-libro que cuenta en su formato físico con unas agradables y bellas ilustraciones de Adolfo Cuevas y la tipografía manuscrita de Lauren Sebastian que retratan todo el camino que siguen los dieciséis temas. Debemos destacar la colaboración de distintos músicos que completan los arreglos musicales, originalmente solo con guitarra, añadiendo tanto piano, a las manos de Morten Jespersen, violonchelo, del que se encarga César Jiménez, o la percusión de Emilio Aparicio, el Cubanísimo, además de los coros de Rosa Zaragoza y Nuria Cervera en Celebro ser mujer o de la ya mencionada participación de Rodrigo en Sin trayectoria definida.


A pesar de tener un carácter cotidiano, extraído de su experiencia vital, las canciones de Sortilegio están trabajadas en torno a una tradición que bebe de la lírica y que conecta con sus discos anteriores de forma natural. Resulta evidente que dentro del carácter personal de estas canciones, todas esas anécdotas se han universalizado gracias al recurso de ciertos tópicos que pueden ser reconocidos por sus oyentes, o lectores, según el caso. Así, todos entenderemos que en Te prometo otra primavera, esa primavera es el recuerdo de la juventud, tan usual en el carpe diem, que además está presente en otros temas, como el inicial, ¿Quién me lo iba a decir?, donde se menciona aquella primavera como referencia al final de una juventud. En esta misma canción ya encontrábamos el recurso del tempus fugit.

Gracias a ello, como ya ocurría en sus anteriores trabajos, se logra una conexión con el oyente que va más allá, al abordar y compartir una experiencia que puede sentir como propia, a pesar de haber partido de unos hechos ajenos y concretos. En este sentido, hay algunos temas que funcionan mejor que otros, dado que eso dependerá siempre de la sensibilidad, la vida y las inquietudes de quien se enfrente a las canciones. Ahora bien, El universo gira a tu favor prosigue una línea narrativa que es ya un sello propio de Sortilegio, tanto musical como lírico, siendo una obra centrada en un universo concreto, pero abierto. Un canto vital, con ocasiones profundas y otras divertidas, que se agradece en la rutina de los días más grises.


Akron, de Sasha King y Brian O'Donnell, y Mario, de Marcel Gisler

19 agosto, 2018

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Akron es una bonita ciudad. Se halla situada en el estado de Ohio, EEUU, y tiene el aspecto de un pueblo apacible y cordial. Sin embargo, aquí sucedió una tragedia tiempo atrás. Un chico de unos ocho años estaba peligrosamente sentado sobre la calzada cuando fue atropellado y muerto. Los productores y realizadores, Sasha King (-) y Brian O’Donnell (-), planifican la escena dejando claro que la conductora, Carol Welling (Amy da Luz), no lo vio, y poco pudo hacer por evitarlo. Se trata de un momento crucial, correctamente resuelto por medio de la imagen.

Por supuesto que todo esto es pura ficción. O tal vez no. Una de las cosas que más llaman la atención en la bonita película Akron (Ídem, Wolfe Releasing, 2015), es cómo una serie de detalles que pudieran parecer anecdóticos, devienen significativos y conducen a pensar que la historia que se va a desarrollar sucedió realmente (con las características que fuera respecto a la pareja protagonista). Más tarde haré referencia a algunos de ellos (aprovecho para pedir excusas por anticipar algunos aspectos de las sucesivas tramas, pero es que si no, no hay forma de abordar un comentario. Trataré, no obstante, de no desvelar las conclusiones definitivas).

Ha transcurrido el tiempo, y el joven Benny Cruz (Matthew Frías), residente en Akron y con origen mexicano, acude a un partido de fútbol para suplir a un jugador ausente. Allí conoce a Christopher Welling (Edmund Donovan), un colega por el que se siente atraído. Después del partido, Benny le pide su número de teléfono y ambos inician una relación.

De regreso al pasado, los realizadores fijaron la atención de lo sucedido a través del punto de vista del pequeño Christopher, el ocupante más pequeño del vehículo involucrado en el accidente. En el presente, el Christopher adulto tendrá algunos flashes de estas confusas imágenes de la niñez, hasta que la contemplación de una fotografía en casa de los Cruz le hará comprender lo acontecido: su madre atropelló al hermano de Benny.


A pesar de todo, Christopher desea permanecer al lado de Benny, por lo que ambos emprenden un viaje hacia Jacksonville, Florida, donde reside ahora la madre del primero, con objeto de pasar unos días de asueto y presentarle a su pareja. La verdad también queda desvelada para Benny, con lo que la relación entre los chicos corre serio peligro.

Uno de los aspectos más curiosos, por no decir dramáticos, es que los padres de Benny, Leonora (Andrea Burns) y David (Joseph Meléndez), aceptan con toda normalidad la identidad sexual de su hijo, mostrándose sumamente -y con toda lógica- trastornados en lo tocante al accidente. Tan abiertos y francos para unas cosas y tan cerrados para otras. En realidad, el proceso de maduración que se expone en Akron, que bien podría haberse titulado cuando el destino nos alcance, se refiere más a los padres (a todos) que a los hijos (también, pero en grado menos severo). Los detalles realistas a los que me refería antes muestran a Benny llamando a sus padres tras la revelación, para ver qué tal se encuentran (francamente bien, por cierto), o se centran en la reacción de estos a posteriori.

En efecto, el bloqueo emocional que supone el descubrimiento será más de Leonora que de Benny. Cuando los muchachos deciden seguir unidos, tras una breve y penosa ruptura, habrán de demostrar(se) la fortaleza de su relación, comenzando por la asistencia a una representación de Arsénico y encaje antiguo (Arsenic and Old Lacey, 1941), de Joseph Kesselring (1902-1967), obra teatral en la que interviene la hermana de Benny, Becca (Isabel Machado).


Pero será este un proceso dificultoso. Especialmente dolorosa es la conversación que Benny sostiene con su padre, cuando este le asegura que debe abandonar a Chris, ya que se elige por los que te aman (refiriéndose a la familia), echando mano a tópicos como que ya se pasará el dolor por la separación. A lo que añade la frase envenenada de solo queremos lo mejor para ti, y esperamos que desees lo mejor para nosotros.

Más tarde, la propia madre espeta a Benny que lo acontecido en el pasado todavía está sucediendo, a lo que el hijo replica que yo estoy aquí ahora (no en el pasado).

Pero alegrémonos por Benny y Christopher, que han decidido seguir juntos contra viento y marea. La tensión que desprende Akron convive con otras simpáticas situaciones, como la razón que impide a Christopher salir inmediatamente del coche de Benny. La forma en que ambos chicos se conocen tampoco es traumática, sino completamente natural, y eso también está bien contemplado.

Respecto a la película suiza Mario (Ídem, Triluna – Carac – SRF Films, 2018), es fácil advertir una deuda argumental con la reciente Llámame por tu nombre (Call Me By Your Name, Luca Guadagnino, 2017), pero esto no debe persuadirnos a la hora de apreciar todo lo que la película ofrece, que es muy interesante y está resuelto con eficacia.

Sucede que Mario Lüthi (Max Hubacher) inicia una relación con el nuevo jugador de su equipo de fútbol, Leon Saldo (Aaron Altaras). Ambos tienen la posibilidad de una carrera futbolística en primera división. Salvo que se descubra dicha relación.

La inseguridad que acucia a Mario queda bien patente en el lapso de tiempo que transcurre hasta que le devuelve a Leon el beso con el que anteriormente este le había sorprendido; o en la triste imagen -que certifica todo lo que vendrá a continuación-, en que el atribulado Mario regresa al coche de su representante, el asesor de jugadores Peter Gehrling (Andreas Matti), segundos después de haber sido literalmente expulsado del mismo. Entre la familia y los patrocinadores, apenas dejan a Mario que tenga voluntad (como en la novela de Azorín [1873-1967], ciertamente). Todo resulta que es por su bien, por cuidar de sus intereses, por su provenir. El “su” de Mario es el “yo” de los demás.


Lo peor para ambos muchachos está por llegar, y lo hace en forma de comisión de investigación debido a un rumor de homosexualidad (desconozco el tipo de mundillo que se describe y en qué medida resulta extrapolable, pero es el que muestra la historia). El caso es que Gehrling no se indigna por que los chicos hayan sido espiados y acusados, y sí porque tal rumor supone una difamación. Y aunque tiene razón al quejarse de que el cargo es anónimo (luego se sabrá quién es el responsable), el representante de la comisión del club deportivo deja otra perla al explicar que sea verdad o mentira no importa, nadie en el comité tiene un problema personal con el asunto, pero están preocupados por los patrocinadores, la afición y el club, que encarna una cierta imagen en el exterior. Aparte de los problemas que causaría al equipo semejante contrariedad.

Más tarde, Gehrling insistirá en que algunas cosas son tabú, como las drogas, el sexo con menores y las cosas gays (sic), que no se hacen siendo jugador (equiparando, por lo tanto, todos estos comportamientos, y dando fe, de paso, acerca de quiénes son los auténticos enfermos). Para terminar de arreglarlo, Peter Gehrling alentará a Mario a desahogarse, como es propio de la edad, pero en modo alguno a mantener una relación de pareja. El mundo al revés. En cuanto a Leon, su asesor no se queda corto al reprenderle diciendo que con tus compañeros (en plural) no te acuestas, no es profesional.

Estos personajes, cercanos a una (realista) película de terror, insisten en que hay que saber elegir entre querer ser un profesional o divertirse (sic).


De este modo abrupto, y más debido a las provocaciones de los jugadores (para nada compañeros) del equipo, que por la comisión, Leon y Mario se ven obligados a negar las acusaciones y a conducirse como heteros, hasta que Leon no puede soportarlo más y renuncia al cargo (deportivo), y Mario decide permanecer en el armario, sometiéndose a una operación de imagen heterosexual. Solo contará con el apoyo de su madre, Evelyn (Doro Müggler), pero este es más moral que efectivo, aparte de con la inestimable ayuda de su amiga de la infancia, Jessy Moravec (Jenny Odermatt), que se hará pasar por su novia de cara a la galería.

Desalentado, Mario convierte los impedimentos en obstáculos. Cuando al fin se da cuenta, por desgracia, el tren ya ha pasado. No en vano, aunque a veces no seamos capaces de llegar, lo importante es ir. Un viaje que Mario ha decidido no emprender, sin duda con la ayuda impositiva de quiénes lo rodean (o lo cercan).

Pero no olvidemos que son dos los protagonistas. Para Leon, la decepción es tan aguda, que no contesta a las cartas y mensajes que, según comenta Mario, le envió.

La realización de Marcel Gisler (1960) es bastante correcta, pudiendo destacar algunos momentos de puesta en escena especialmente tensos, como he tratado de referir.


Sin ir más lejos, las conversaciones con los progenitores son desmoralizadoras. Especialmente, con el padre de Mario, Daniel Lüthi (Jürg Pluss). Ya es aterrador comprobar cómo existen muchos papás y mamás que se limitan a procrear, porque para educar a los hijos ya están los institutos, en lugar de para aprender. No es el caso de las películas que nos ocupan, desde luego. Aquí lo que ocurre, sencillamente, es que los padres no están preparados para que sus descendientes sean individualmente emancipados respecto a la identidad sexual, allende los cánones que tildan de normalidad.

Con el cine de temática gay suele suceder, además, que la mayoría de las veces nos narran la misma historia, más o menos alterada. Es decir, las vivencias personales, por lo general, del realizador, compartidas en forma de película (y hay testimonios verdaderamente desasosegantes). Ahora que una filmación se ha hecho relativamente accesible, con la suficiente financiación, esta forma de expresión se ha convertido en algo bastante común. Lo cual ni es bueno ni es malo, todo dependerá de los resultados que arroje la película en tanto producto cinematográfico (que argumentos aparte, también es el aspecto que aquí nos interesa resaltar).

Tanto Akron como Mario son dos buenos relatos, narrados no ya con honestidad argumental, sino con eficiencia cinematográfica (que no todos la muestran, ni por asomo).


Total, que cuando no es la egoísta incomprensión de los padres, que creen que los hijos han de estar hechos a su imagen y semejanza (no hablo solo de transmitir unos determinados valores), es la burla de los compañeros (por llamarlos de alguna forma), o la tiranía de las circunstancias socioculturales, o los distintos cinturones de la Biblia o el Corán, o la decepción emocional que producen quiénes tan solo desean aprovechar el tirón para desahogarse (heteros u homos), o incluso iniciar una relación para después no mostrar el menor interés por llevarla a buen término. El caso es que, sea por una razón u otra, parece que siempre nos ha de coger el toro. Pese a todo, ánimo y a la plaza.

Escrito por Javier Comino Aguilera


La carretera, de Cormac McCarthy

17 agosto, 2018

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En situaciones de extrema necesidad, surgen las esencias de las personas para actuar. Quizás por eso nos atraen las historias situadas en un entorno fatídico donde nuestra sociedad establecida y regular ha quedado aniquilada y sustituida por un retorno a la rapiña y a la supervivencia. El terreno de lo post apocalíptico en el que nos ponemos en la piel de quienes sobreviven, pero generalmente en la piel de quien trata de encontrar la esperanza y el regreso a una sociedad pacífica, buena y posible. Vagabundos soñadores que, aunque temerosos y violentos, aún siguen vivos esperando una nueva oportunidad.

No se aleja esta descripción de otros tiempos pretéritos, de mayor incertidumbre y fiereza. Quizás por eso a Cormac McCarthy (1933), habitual del género del western, por ejemplo, con su Trilogía de la Frontera (1992-1998) o con Meridiano de sangre (1985), le resulta tan semejante como para escribir una novela post apocalíptica como lo es La carretera (2006), donde la soledad y el peligro estarán presentes en su narrativa, mostrando un mundo salvaje como lo era el del Viejo Oeste. Un mundo de desconfianza, de inseguridad y de un constante viaje hacia lo incierto.

En un mundo asolado por una crisis indeterminada que ha acabado con la vida animal y ha cubierto de ceniza la tierra, un padre y un hijo atraviesan los antiguos Estados Unidos a través de la carretera interestatal sobreviviendo con comida enlatada y manteniéndose apartados del contacto con otras personas, especialmente de grupos violentos. La novela nos narra su odisea situada sobre todo en el esfuerzo del padre por mantenerlos vivos, por tratar de proteger la inocencia de su hijo en un tiempo que se ha vuelto salvaje y añorando lo que se perdió, aquella sociedad que para él solo es un recuerdo y que para su hijo es un cuento. 


Al cabo de un rato se quedó un poco rezagado y minutos después el hombre oyó que tocaba. Una música amorfa para la próxima era. O quizás la última música en la Tierra, surgida de las cenizas de su devastación. [...] El hombre pensó que parecía un triste y solitario niño huérfano anunciado la llegada al condado de un espectáculo ambulante, un niño que no sabe que a su espalda los actores han sido devorados por los lobos. (pág. 54)

McCarthy logra crear todo un ambiente de intimismo y oscuridad gracias a su escritura tan escueta y, a la vez, trabajada. Siendo conciso en sus descripciones, nos muestra una novela que parece haber sido diseccionada como sucediera con Pedro Páramo (Juan Rulfo, 1955), en el sentido de que se ha quitado lo más superficial para quedar en la esencia, para que los breves diálogos, la acción o las oraciones más descriptivas sean exactas, directas, tensas o impactantes. Ahora bien, esa poderosa fuerza en la escritura está contrarrestada por una serie de acontecimientos que se volverán repetitivos.

A diferencia de otras propuestas similares, apenas se plantean arcos o tramas que supongan retos para los protagonistas ni se profundiza en los detalles por los que se ha llegado a esta situación. No se pretende en La carretera abordar cómo será una nueva sociedad, como quizás pudiera pasar en The Walking Dead (cómic de Robert Kirkman desde 2003 y serie televisiva desde 2010), ni realizar una crítica hacia la forma en que podemos acabar con el mundo, sino, más bien, abordar una relación paterno-filial dentro de una situación extrema. Se asemeja, en este sentido, a la conexión entre Joel y Ellie en el videojuego The Last of Us (Naughty Dog, 2013), pero con un tono más tétrico y siniestro, con conversaciones directas en torno a la muerte, a la dependencia emocional o, incluso, al planteamiento sobre la bondad y la maldad en el mundo.


Y luego, ya a oscuras: ¿Puedo preguntarte algo?
Naturalmente.
¿Qué harías si yo muriera?
Si tú murieras yo también querría morirme.
¿Para poder estar conmigo?
Sí. Para poder estar contigo. (pág. 14)

La mayor parte de la novela se centra en la búsqueda y recolección de víveres para un eterno viaje hacia un destino incierto y cuyo final se concentra en una serie de posibilidades entre las que no cabe ninguna sorpresa. McCarthy será sobrio hasta en su conclusión. Los principales problemas se concentran en la escasez, en alguna enfermedad o heridas fortuitas o provocadas por otros personajes o encuentros inesperados y tensos con otras personas que sirven para mostrar la naturaleza de los protagonistas más que para mostrar las nuevas relaciones establecidas en este mundo. En todo caso, resulta interesante el caso de las bandas caníbales, que es detestada por los protagonistas y de la que rehuyen en todo caso. Por ello, la obra se asemeja más al espíritu de Soy leyenda (Richard Matheson, 1954), que al universo más construido de otras obras ya mencionadas.

Sin duda, lo mejor que tiene La carretera es ese desarrollo de unos personajes en un mundo salvaje, tratando de mantener la esperanza y la bondad, legando incluso algún destello de felicidad y recuerdo de una sociedad que ya no existe, pero teniendo que aprender también de la hipocresía y de la necesidad, del miedo y de la inseguridad. No solo es una novela sobre un mundo post-apocalíptico, también es una novela de formación, una obra donde el terror no reside en sus escenas impactantes, sino en el futuro incierto, en la vida de a quienes legamos el mundo como padres. En definitiva, un libro cargado de sugerentes secuencias, cruel, tenso y directo, algo repetitivo en su acción argumental, pero cautivador por su forma. 


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