Granada, aires y estampas y Setiembre en los jazmines, de Antonio Carvajal

02 julio, 2018

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La poesía de Antonio Carvajal (1943) nos propone un paseo sensorial, pero bien rimado. Al tiempo que nos recuerda que la realidad es escurridiza e indefectiblemente personal. Este comentario se circunscribe a dos de sus últimos poemarios, pero se puede hacer extensible al conjunto de su obra poética. El primero de ellos es Granada, aires y estampas (Entorno Gráfico Ediciones, 2016). En él, el poema Imagen fija da comienzo con la descripción sensitiva de un paseo o excursión, antes de adentrarse en la imagen del propio autor, desplegada en un busto. Es decir, que un estado de ánimo previo alienta la posterior contemplación de sí mismo, en lo que es una sensación particular pero transmisible. De forma análoga, Carvajal entiende que el bien del individuo y el de la ciudad son uno solo (ya sean sincrónicos o porque a través del primero se alcanza el segundo).



Sin embargo, como sucede en demasiadas ocasiones, el poemario es contenedor de un prólogo, de esos que tratan de reconducir o reinterpretar la lectura, más que describir o clarificar el contenido. Una postura que, además, adorna al autor con lo que no es, o no (de)muestra ser. Es decir, uno de esos estudios donde más que invitar a la lectura particular se indica cómo leer, y en el que, para colmo de injerencia, se confunde la auténtica falta de libertad con la ausencia de una muy determinada elección política o moral. De verdad que a veces parecen estos añadidos una penitencia asestada al lector. Por desgracia, antes de disfrutar de la lectura de los poemas, he de referirme a ello.

Qué manía con querer aleccionar a los demás acerca de cambiar el mundo en una dirección preestablecida. Parece que el poeta o no es social o no es nada. Pero social entendido como comprometido con una ideología política en concreto (con otras no). Rizando el rizo, se trata de algo que se extiende al ámbito de lo confesional, pues a ello se suma un ramalazo predicativo; esto es, un elemento de salvación humana teledirigido, dispuesto a crear acólitos, o lo que es lo mismo, anular la individualidad todo lo posible. Sin embargo, el poeta social, bien entendido, es inductor y no mecanismo, pues si se erige en colectivo ya se adentra en la esfera de la sumisión ideológica y, por lo tanto, deja de ser libre.

Lo que carece de sentido, máxime cuando se nos asegura que el pensamiento de Carvajal no es consigna de partido, pese a que su poesía remita a un espíritu político (ya es triste equiparar moral, religiosidad o espiritualidad con la política mundana).


Pues bien, olvídense de cumbres sociales borrascosas, entregas salvíficas y otras verdades reveladas y, sencillamente, disfruten de los poemas de Antonio Carvajal, y con lo que ellos les transmitan de forma particular, sin necesidad de profesar en ninguna facción, sea política o religiosa.

Si por algo se caracterizan estos poemas es por el hermanamiento entre ética y estética, sin sucumbir a ninguno de los polos. Lo bello es bueno, y viceversa, como lo clásico es moderno, en poesía como en otras artes, porque sigue suscitando el diálogo y la inmanencia. Como toda poesía que se rehumaniza, la de Carvajal sigue estando de plena actualidad.

No en vano, la restitución de la armonía perdida se encuentra y parte del interior de cada uno, y como tal, ha de ser descubierta de modo personal, no desde una tarima, púlpito o escaño. De esta manera, evitaremos caer en la simplista valoración de la técnica, o el azar científico (empleo las palabras textuales del prólogo), como enemigo de la moral verdadera (no sé qué es eso) y la propia naturaleza humana (esto será si uno se deja, que del uso que cada cual haga de su libertad no hay más responsable que la propia persona).

Y es que, junto al nacimiento del nuevo periodismo punitivo, está la zafiedad de algunos rellenadores de páginas, opuestos a los auténticos escritores. Está muy bien echar horas y más horas de escritura, como en una cadena de montaje, pero mejor es escribir lo que haya lugar y hacerlo bien. Por no incidir en el quejido hacia aquellos autores (en este caso poetas) que se atreven a glosar valores mitificados por el capitalismo norteamericano (entonces, ¿solo puede el vate cantar a una sola cosa?, ¿con ello incluye el prologuista la artística industria del séptimo arte?). Sin duda que hace bien en reclamar la bondad, la justicia y la belleza, solo faltaría, pero para eso no hacían falta tan pesadas alforjas.

Imagen de Granada
Pues sí, desdecir afirmaciones taxativas es muy cansino, pero no hay más remedio. Uno ha de ser talentoso y aceptado, aún en círculos más modestos, por méritos propios y literarios, y no por oposición al resto de contendientes artísticos. O dicho con más claridad, si hay poetas que desean cantar al cómic, las estrellas de cine o el iPad, tienen todo el derecho del mundo, y no por ello su labor poética será menos sutil e inspirada, allende los gustos de cada lector.

Aclarada esta cuestión, que creo sustancial e inevitable (no digo que grata), vayamos con el contenido, que es lo que nos interesa. Soy conviviente, pero no tolerante, declara Antonio Carvajal, en cita recogida, asimismo, en el prólogo. En efecto, de la tolerancia se ha creado una especie de mantra, lo mismo que con la palabra diálogo. Pero para dialogar se requiere voluntad por ambas partes y no imposiciones, de igual modo que no se debería ser tan tolerante con la intolerancia (y la hay de todos los signos). Así entiendo yo esta afirmación de Carvajal. Lo que me demuestra que su poesía va más allá del laberinto utópico de pretender cambiar el mundo, ya que se es consciente de que dicho cambio supone, poco menos que cambiar al ser humano alterando su genética.

A su vez, el esteticismo de Carvajal cobra sentido cuando asistimos a un ritmo favorecido por medio de la métrica. Esta sí que es piedra angular de su poesía, disquisiciones ideológicas aparte. Como ya hemos remarcado en otras ocasiones, con respecto a algunos autores románticos, abordados en este blog, ¿es el estado de ánimo el que dibuja el paisaje, o es este último el que influye anímicamente sobre el poeta paseante y, consecuentemente, sobre el lector? Dejándonos llevar, en este espacio uno no cavila, late, convirtiendo las imágenes fijas en eterno movimiento.

Río Poqueira, Alpujarra, Granada
Todo va a su exterminio, reza otro verso de Imagen fija. Pero lo hace para volver a renacer con cada primavera. Lectura que proporciona un sentido clásico al ciclo vital que Carvajal pondera y rubrica con su poesía. Se muere anímicamente para volver a nacer. Al igual que la naturaleza hace, al ser parte de la misma o estar imbuidos en ella, nos renovamos con cada tropiezo o alegría. Más allá de nuestra carcasa física, incluso podríamos aseverar que morimos para renacer en otros (puede que en uno mismo transmutado en otros).

Por eso su labor poética nos resulta tan bella e inquieta como la vida. Lo cual no está exento de una humana nostalgia. Otro verso lo considera. De niño no fui triste, pero jugaba solo (Páginas incompletas de mi historia social, III).

Otros tantos poemas nos hacen conscientes de que la naturaleza habla sola, y a veces, el viajero constante u ocasional, puede pasearla para así intentar escucharla y comprenderla. Como toda trascendencia consciente, esto requiere de un esfuerzo, tal y como sucede con esos otros poemas que encierran una sustancia, pero carecen de título definido.

Además, el paisaje también puede ser urbano. La voz de la memoria personal se funde con la de la ciudad en Soneto / Trío e impresiones y fuga (sic), nuevamente, con el detonante de un paisaje externo, en esta ocasión, el aporte de un tema gráfico. Allí se desata la memoria recobrada o vencida de una ciudad, en un tiempo que se diluye, que es pasado y presente al mismo tiempo, futuro preso en ambos. Estas no son las aguas del olvido, acentúa el autor en Tres estampas de Granada.


En Patio cerrado, de nuevo abrazamos el paso del tiempo. Quizás nos parezca algunas veces apesadumbrado tal contenido (cierto pavor invernal para quien es signo solar), pero la compensación surge en Jardines de Granada. Cierto que cuando se canta el invierno (el Generalife en invierno), se anhela la primavera. Pero si, una vez más, escarbamos en la superficie, comprendemos que el invierno es la estación más incomprendida; a veces se le saca poco partido interno a su relevancia, no necesariamente despojada, pues su escasez material no ha de serlo espiritual. El invierno es más complementario que un opuesto al resto de las estaciones, hace necesaria la resistencia, puede que incluso el dolor. Por ello, tan trascendente como vital es su puesta en escena, la cual, Antonio Carvajal sabe sostener. Por ejemplo, en el mencionado soneto al Generalife.

A qué huele el silencio, suena el agua o sabe el aire mojado. Son bellas sinestesias que configuran los aires de varias estampas granadinas donde se permite el juego optimista (Primer aire de la milana, Zejeles de él y él). Lo que, como digo, no excluye un invierno que también canta a la tierra (Evocación de Jerez, Este río, los ríos). En su conjunto estacional, inarmónico solo en apariencia, la naturaleza sana, y es receptáculo de la historia y evocación de la crónica que nos apresa (Episodio en Poqueira, Moros y cristianos), sobre todo, cuando dicha naturaleza nos ama o nos hiere.


Setiembre en los jazmines recupera en su título una cita de Pedro Páramo (1955), trascendente (aparte de trascendental) novela del mexicano Juan Rulfo (1917-1986). Un prólogo más aireado (interesante y provechoso, y con un nutrido análisis métrico) se inserta en el poemario. Anida alguna dedicatoria a Pablo García Baena (1923-2018), Federico García Lorca (1898-1936), Luis de Góngora (1561-1627), Juan Meléndez Valdés (1754-1817), San Juan de la Cruz (1542-1591) o Manuel Machado (1874-1947), junto a rememoraciones de Luis de Camoes (1524-1580), Pedro Soto de Rojas (1584-1658), Vicente Aleixandre (1989-1984) o José Zorrilla (1817-1893).

En Setiembre en los jazmines conviven dos libros en uno: Del viento en los jazmines (Hiperion, 1983) y Noticia de septiembre (Antorcha de paja, 1984). Reedición, por consiguiente, de ambos poemarios en un solo volumen, ya en 2017. En su interior es sugerente, por lo tanto, determinar lo que una obra suscita en el lector y el autor mismo, después de haber sido compuesta, con el transcurrir de los años; además de tras su recepción crítica, cuando dicha obra -y vida- ya han sido revisadas, o se está en proceso de ello.

Atardecer en Granada
Tal sucede con este poemario amalgamado, alimentado por la idea del cancionero, junto a citas y glosas de escritores clásicos. Como ya señalaba antes, esto se ofrenda a través de una riqueza de estilo y de métrica, donde destacan romances, formas populares, el soneto alejandrino de catorce sílabas, cantares de amigo, silvas u ovillejos… 

Toda una riqueza léxica a la que se añade el empleo del subjuntivo, formas musicales para estructurar algunos capítulos (epígrafes poéticos), la simpática incorporación de los acrósticos, y la reelaboración de una serie de versos previos; es decir, la intertextualidad de los clásicos, como sustrato de todo buen poeta que los precie y se precie.

De este modo vuelve a la vida Antonio Carvajal nuestro pasado literario, no por muerto, sino por vivo. Si en el primer libro de Setiembre en los jazmines asistimos a homenajes literarios y un expreso deseo de reunión sentimental (incluso al calor de la estación invernal), en el segundo, se ahonda en tal perspectiva. Aquí elevan el vuelo las aves, que junto al amanecer y el anochecer se erigen en meditativos símbolos amorosos; al igual que el recurrente cielo es considerado un arcano firmamento. De forma que el ser humano queda expuesto en el entramado del mismo; es decir, entre el cielo y un campo cuajado de flores y pájaros muy determinados, asentados en un entorno específico, pero con fundados anhelos de libertad.

Escrito por Javier Comino Aguilera


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