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31 julio, 2018

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Palacio de Cristal (Madrid), fotografía de LJ y MB
En este verano más fresco que en los últimos años podemos disfrutar con más ganas de lecturas placenteras y películas agradables. Lo hemos hecho así durante julio y nos habéis seguido en el blog con más de 14000 visitas. Hemos alcanzado los 181 seguidores en Blogger, mientras que en Twitter nos mantenemos en 611, o en nuestra página de Facebook, con 175.

Robert Wise y Michael Crichton
En este mes de julio hemos logrado más entradas que en los meses anteriores y hemos repartido reseñas entre literatura y cine, como viene siendo habitual. Desde poemarios de Antonio Carvajal, pasando por el cierre de la trilogía de La materia oscura hasta dos obras de teatro de Miguel Mihura, sin olvidarnos del cómic Taxus.

En cuanto al cine de este mes, hemos tenido estrenos recientes como Jurassic World 2: El reino caído hasta alguna obra más clásica en la ciencia ficción, como La amenaza de Andrómeda, o en la comedia, con Regreso a la escuela.

Para el próximo mes, seguiremos en esta senda de libros y películas, pero también esperamos traer más cultura en forma de música y psicología. Intentaremos hacer un agosto en el que podáis disfrutar tanto de la playa como de nuestro blog. Esperamos vuestros comentarios.

Un saludo del administrador,
Luis J. del Castillo

PD: Seguimos recomendando canales de Youtube que consideramos interesantes, en este caso sobre gastronomía: la sección de El Comidista de El País. En esta ocasión, con un vídeo sobre sandías, para refrescarnos entre olas de calor.



"La pintura es poesía muda; la poesía, pintura ciega"
                  - Leonardo Da Vinci (1452-1519)



Lost in Translation, de Sofia Coppola

29 julio, 2018

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El artificio, los grandes discursos efectistas y el impacto audiovisual son ley en las producciones actuales. Lost in Translation (2003) emplea claves audiovisuales que no escapan de ser vistosas y seguir este paradigma, pero su enfoque narrativo le lleva a un intimismo que rehuye las acrobacias. Así lo pretendió Sofia Coppola (1971-) en el que era su segundo largometraje, del que se encargó, como es habitual en esta cineasta, tanto del guion como de la dirección. La directora ha estado vinculada al mundo del cine desde su infancia, dado que es hija del también director Francis Ford Coppola (1939-), lo que le valió para empezar como actriz ya desde niña en las películas de su padre, como, por ejemplo, en Peggy Sue se casó (Francis Ford Coppola, 1986), y posteriormente permitirle dirigir sus propias historias, con una opera prima como Las vírgenes suicidas (1999).

En Lost in Translation nos situamos en Japón, justo en el momento en que dos desconocidos comparten un mismo hastío existencial. Uno de ellos es Bob Harris (Bill Murray), actor famosa en plena decadencia que llega a Tokio para realizar una campaña publicitaria por la que ganará una buena cantidad de dinero. Sin embargo, ese es su único interés y pronto se sentirá desubicado, perdido, y siendo más consciente del punto en que ha llegado su vida. La otra persona es Charlotte (Scarlet Johansson), una joven licenciada en Filosofía que acompaña a su marido en este viaje a Tokio por trabajo. Mientras él trabaja, incluso durante varios días, ella se aburre en el hotel, tratando de encontrar algún sentido a lo que la rodea. Ambos coinciden en el hotel y no pueden evitar percibir en el otro esa sensación de vacío que comparten, lo que dará lugar a una relación que roza el amor, pero basada sobre todo en la identificación con el otro.


La película tiene este argumento tan sencillo y su gran fijación va a ser demostrar ese vacío, ese hastío existencial que ambos personajes sienten. Sofia Coppola no duda en explotar hasta la saciedad los mismos recursos: los largos silencios, los planos sostenidos, las conversaciones vacías que los personajes mantienen con las personas que deberían querer o los paseos por un Japón del que se destacan sus rarezas a fin de evidenciar un choque o un aislamiento cultural por parte de los protagonistas. En este sentido, y siguiendo además un estilo bastante oriental, la obra es densa por su lentitud, no pretende entretener o informar, sino transmitir.

Para ello, la obra abunda en mostrarnos esos momentos que en otras producciones se cortarían por  un mero horror vacui. La imagen es la que nos enseña y nos transmite el distanciamiento, la agonía del silencio, la frustración de no poder encontrar una respuesta a cómo y por qué nos sentimos de esa forma. En cierta forma, ambos protagonistas no son capaces de encontrar apoyo en sus allegados, pero tampoco estos entienden qué necesitan o qué significan sus palabras. Lo veremos en las conversaciones telefónicas. Además, esta soledad no hubiera resultado tan evidente en un ambiente que los personajes conocieran, dado que gracias a apartarlos del mismo, se incide en ese vacío. Las distracciones cotidianas impiden que nos centremos en nuestros pensamientos y, al estar en un país tan distinto al de ellos, se percatan de esas indecisiones internas, de ese vacío que no halla respuesta.


Incluso no podemos considerar que se desarrolle una relación romántico entre los protagonistas, porque lo que se crea entre ambos se podría denominar como un reflejo. Tan solo dentro de esas soledades individuales se encuentran; si ella se divirtiera con sus amigos, nunca se hubiera fijado en él, si él estuviera satisfecho con su trabajo, quizás nunca hubiera coincidido con ella. Se crea una unión de lealtad y confianza que se va desarrollando despacio durante pocos encuentros, a través de los cuales Coppola muestra las fases de una relación: la coincidencia, la primera cita, la decepción, la reconciliación, el afecto. Sin embargo, no es una oda romántica, no se pretende seguir los pasos de ningún Romeo y Julieta (William Shakespeare, 1597), ni siquiera se pone interés en el aspecto sexual. Solo en la compañía de un igual, una compañía que sirve para regresar a la distracción. Bob encontrará en Charlotte la oportunidad de volver a hacer reír a alguien, mientras que Charlotte se siente capaz de investigar el mundo extraño que la rodea mientras él la acompaña. 

Así pues, Lost in Translation encontrará dos tipos básicos de receptores: los que la consideren una obra aburrida, que no aporta nada, y los que valoren con estima aquello que transmite, incluso llegando a identificarse. Sin duda, tiene aspectos bastante positivos, como dos interpretaciones de una considerable calidad: Murray está comedido, pero aporta una gran entidad a su personaje, y Johansson transmite fragilidad y dureza a partes iguales. Sin embargo, es también demasiado evidente en su propósito, recurre con demasiada asiduidad a los mismos elementos narrativos e incluso podríamos considerar que por su intención, evita que sus personajes puedan llegar a explorar otras posibilidades. La posterior Her (Spike Jonze, 2013) también se centraba en una temática similar, pero se permitía explorar otros aspectos que la hacen más rica y redonda. Con todo, Lost in Translation cumple bastante bien con su propósito de reflejar el hastío existencial en que podemos caer los humanos.


Regreso a la escuela, de Alan Metter

27 julio, 2018

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Me van a permitir que, mediado el verano, recuerde una guasa refrescante. Nada mejor para divertirse un rato. Aparte de los recuerdos que me trae, aún me parto con Regreso a la escuela (Back to School, Orion-Columbia Pictures, 1986), del efímero Alan Metter (1933). La película formaba parte de una tradición con prosapia, todo un subgénero de aventuras y desmanes estudiantiles, de la mano (junto a otras partes de la anatomía) de títulos tan ideales para echarse unas risas como Desmadre a la americana (National Lampoon’s Animal House, John Landis, 1978), Los incorregibles Albóndigas (Meatballs, Ivan Reitman, 1979), Porky’s (Bob Clark, 1982), Movida en la universidad (Zapped!, Robert J. Rosenthal, 1982), Aquel excitante curso (Fast Times at Ridgemont High, Amy Heckerling, 1982), El último americano virgen (The Last American Virgin, Boaz Davidson, 1982), Lío en la universidad (High School U.S.A., Rod Amateau, 1983), Los rompecocos (Screwballs, Rafal Zielinski, 1983), Movida en el campamento (Poison Ivy, Larry Elikann, 1985), Un chico como todos (Just One of the Guys, Lisa Gottlieb, 1985) o Juegos de amor en la universidad (The Sure Thing, Rob Reiner, 1985). Hasta hubo simpáticas y fantasiosas variantes como Hay un fantasma en la universidad (School Spirit, Allan Holleb, 1984), De pelo en pecho (Teen Wolf, Rod Daniel, 1985), Mi proyecto científico (My Science Project, Jonathan R. Betuel, 1985), La mujer explosiva (Weird Science, John Hughes, 1985), Escuela de genios (Real Genius, Martha Coolidge, 1985), El vampiro adolescente (My Best Fried is A Vampire, Jimmy Huston, 1987) o Una disparatada bruja en la universidad (Teen Witch, Dorian Walker, 1989), alcanzándose la “madurez” con El club de los cinco (The Breakfast Club, John Hughes, 1985), La chica de rosa (Pretty in Pink, Howard Deutch, 1986) o Una maravilla con clase (Some Kind of Wonderful, Howard Deutch, 1987). El género se ha ido perpetuando, pero, desde mi punto de vista, con mayor insolencia y menor gracia.

Una historia familiar se repite: la del padre que desea que su hijo tenga estudios. Con el joven Thornton Melon (Jason Hervey) esto no fue posible, pero ahora que es padre, parece que sí puede serlo. El Thornton adulto (Rodney Dangerfield) ha cosechado un innegable éxito en su rama profesional, como empresario de una multinacional de corte y confección (Tall & Fat), trayectoria que recorren los títulos de crédito y que van de la modesta sastrería del padre (que aún conserva el apellido italiano: Melloni), a un emporio con ciento cincuenta sucursales en toda América, todo en tallas grandes.

Por ello, no se puede decir que Thornton sea un fracasado, pero ahora que su hijo Jason (Keith Gordon) es el primero en acceder a la universidad, no quiere que arroje la toalla ante la primera dificultad. Si te lo propones, puedes lograr cualquier cosa, le recuerda el progenitor.

Epítome del hombre “hecho a sí mismo”, Thornton Melon posee un carácter expansivo y no encuentra medida (en este caso, de carácter). Un ímpetu sagitariano (pese a que comenta que es signo de tierra), que choca con el de su hijo, más capricorniano. En efecto, Jason no posee el mismo talante, pero si una férrea voluntad. Pese a todo (y todos), ambos se profesan admiración y cariño. El problema está en que Jason finge que todo le va muy bien cuando lo cierto es que no ha sido admitido ni en el club de estudiantes ni en el equipo de saltos de la universidad. Por suerte, Thornton acude al rescate, una vez que se ha desembarazado de su casquivana y pretenciosa segunda esposa (Adrienne Barbeau), tras una fiesta de alto copete donde la susodicha mantiene su derecho a roce con Giorgio (el camaleónico Robert Picardo), y en la que Thornton se prepara un buen bocata como forma de protesta. Tras lo cual, el hombre de negocios decide visitar a su hijo y acompañarle en la aventura universitaria, matriculándose como un alumno más, a fin de demostrarle que puede lograrlo, al tiempo que se lo demuestra a sí mismo.


Parte de la infelicidad de Jason reside en que desea conseguir el amor de la solicitada Valerie Desmond (Terry Farell). Pero, naturalmente, desea hacerlo por méritos propios, sin subterfugios. Por su parte, Thornton traerá algo de diversión a la reglamentada vida de Diane Turner (la estupenda Sally Kellerman), que es la profesora de lengua y literatura. No obstante, entre la diversión sana y la desbocada existe un amplio margen, y el joven Melon lo acusa cuando su padre se convierte en el más alocado e inconsciente de los estudiantes. Así sucede con la celebración de una fiesta con muchas burbujas, o cuando el díscolo pupilo “manufactura” los trabajos para sus asignaturas, incluyendo un estudio acerca del novelista Kurt Vonnegut (1922-2007), en el que Thornton recibe la inestimable ayuda… de Kurt Vonnegut. La ironía final consistirá en que Diane le recrimina a Thornton que no haya sido él el autor del trabajo, y que quien lo haya hecho, para colmo, no tiene la menor idea sobre Kurt Vonnegut.

Finalmente, con tesón, autoestima y el ánimo que infunde la alegre música de Danny Elfman (1953), Thornton Melon también logrará superar cada prueba por sus propios méritos. Esta importancia de ganar confianza en uno mismo es trasladada al hijo, cuando este ha de concursar en la competición de saltos de trampolín (¡menos mal que en esta ocasión no se trata del rugby!). Lo que nos recuerda que, antes de demostrar algo a los demás, es aconsejable demostrárselo a uno mismo.

Lo cierto es que todo lo que Thornton tiene de aparatoso en tierra, lo tiene de ágil en el agua (o en el aire). Nada importa que el “gusto”, la distinción o los modales refinados no estén acordes con quien se crio en un barrio pobre pero honrado de Brooklyn y el muelle de Long Island.


El confidente de Thornton es su chófer y hombre de confianza Lou (el veterano Burt Young), que lo acompaña a todas partes y comparte sus reflexiones. De igual modo que Jason lo tiene en el estrafalario Derek (Robert Downey Jr.), siempre dispuesto a salirse del tiesto. Capaz de cualquier cosa para animar a su vástago, que no atraviesa el mejor momento personal ni académico, Thornton esgrime todo su experimentado (e improvisado) arsenal de ocurrencias. La universidad de Grand Lakes lo acoge con la aquiescencia del decano Martin (el entrañable Ned Beatty), habida cuenta de que Thornton piensa intervenir en el desarrollo del centro donando un nuevo edificio (las donaciones son una forma de garantizar la libertad de criterio y el sostenimiento de estas instituciones). La forma de ingreso de Thornton en la universidad, que barre todos los inconvenientes administrativos, se establece cómicamente por medio de un cambio de plano, con la imagen de “la primera piedra” de dicho edificio. Ya entonces ha de vérselas el flamante alumno con el elitista Philip Barbay (Paxton Whitehead), decano de la facultad de empresariales, que no está dispuesto a hacerle el caldo gordo al recién admitido.

En cualquier caso, Thornton advierte que lo que se enseña en las aulas (de económicas, pero tanto da) difiere de lo que se vive en el “mundo real”, diferenciando la asepsia de la teoría con la experiencia de la práctica.

Lo que no admite discusión es el hecho de que los exámenes parciales se acercan y ha llegado la hora de abrocharse el cinturón. ¿Conseguirá Thornton su doble meta? (incentivar a su hijo y superar las pruebas, tanto físicas como intelectuales). ¿Y de qué manera?

Por supuesto que todo resulta esquemático y se envuelve en un tono jocoso y distendido, casi de tebeo, que no pretende ir “más allá”, pero es que esto es lo que, a veces, se necesita en la vida y en el cine, con lo que, que cada cual elija su título favorito y sálvese el que pueda.


Regreso a la escuela es uno de esos productos, en el mejor sentido, que giran en torno a la comicidad de un humorista (o pareja de humoristas, como sucedía en nuestro país). Todo depende de “la gracia” que este nos haga. En mi caso, volverla a ver es volver a la adolescencia (junto con otros títulos afines).

El cómico en cuestión fue Rodney Dangerfield (1921-2004), que ya había participado en las películas El club de los chalados (Caddyshack, Harold Ramis, 1980) y Quien tiene una suegra tiene un tesoro (Easy Money, James Signorelli, 1983).

Dangerfield reincidiría con las divertidas e igualmente recomendables Todo por mi chica (Ladybugs, Sidney J. Furie, 1992), donde ayudaba al hijo de su pareja a “marcar gol”, y la aparatosa Los líos de Wally Sparks (Meet Wally Sparks, Peter Baldwin, 1997), sobre el mundo de la “tele-basura”, pero con corazón.

En definitiva, Regreso a la escuela, junto a las consignadas en el primer párrafo, forman parte de una época, y menuda época.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Clásicos Inolvidables (CXLXII): Melocotón en almíbar y Ninette y un señor de Murcia, de Miguel Mihura

25 julio, 2018

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No nos resulta fácil acceder a un humor que no se adapte a nuestras circunstancias actuales, incluso echando la vista atrás podemos entender la gracia que nos transmite un chiste, pero aún así mostrar nuestro rechazo porque no se relaciona con nuestros valores. Por ello, acudir a la comedia del pasado supone asumir un riesgo. No obstante, eso no debe evitar que valoremos y apreciemos a autores que se dedicaron a este género, como sucedió con dramaturgos como Enrique Jardiel Poncela (1901-1952) o Miguel Mihura (1905-1977), en una época donde a través de este medio podían buscar la evasión para su público y, sobre todo, ciertas críticas veladas que pasaban más desapercibidas a través de los chistes.

En ocasiones, la obra de Mihura ha quedado ensombrecida por su obra maestra Tres sombreros de copa (1932), pero su producción fue bastante popular durante los años cincuenta y sesenta gracias a su teatro ligero y agradable, que representan bien estas dos obras: Melocotón en almíbar (1958) y Ninette y un señor de Murcia (1964). 

La primera obra podemos entenderla como una parodia del género negro, realizada con acierto y cierta gracia, a pesar de ser una comedia más desconocida que la segunda que comentamos hoy. Una banda de ladrones de joyerías regresan tras un robo en Burgos al piso franco de Madrid que han alquilado a doña Pilar. El grupo, compuesto por cuatro hombres y una mujer, Nuria, finge ser una familia venezolana de visita en España y están asustados por haber podido cometer algún error que les delate. Cosme, alias el Nene, está enfermo, para lo que requiere la atención de una enfermera. A partir de este hecho casual, llegará a sus vidas una peculiar monja, Sor María de los Ángeles, que tiene unas grandes dotes deductivas pese a su apariencia.

Como es evidente, la gracia se encuentra en cómo las impresionantes deducciones de Sor María, expresadas siempre con humildad y con cierto pasotismo, van inquietando a la banda de ladrones, que sospechan que la monja les ha podido descubrir. La parodia del género funciona a la perfección, empezando por la sorprendente detective, pero también por la forma en que va descubriendo todo, las casualidades de las que se va percatando y las acusaciones entrecruzadas de los propios ladrones. Mihura no evita las escenas más absurdas, como la ocasión en que Sor María descubre una pistola y otro personaje trata de convencerla de que se la venda intentando transmitir naturalidad, o la forma de acentuar las características de los personajes, siendo el foco central la monja. Ahora bien, eso no evita que haya ciertas escenas que transmitan ternura, como la conversación entre Nuria y la monja, donde reflexionan sobre el estilo de vida de la muchacha. 

En general, el mayor logro y acierto humorístico de Melocotón en almíbar reside en el retorcimiento de los elementos del género negro, incluyendo también su final. Demuestra la habilidad de Mihura para el absurdo y debemos echar en falta que no regresara a este personaje central.

Representación de la obra realizada por Siglo XIII Teatro
En cuanto a Ninette y un señor de Murcia, pese a su fama, el argumento contiene menor sentido que Melocotón en almíbar o Tres sombreros de copa, pero está imbuido por el absurdo más sorprendente: Andrés, protagonista de la obra y que en varias ocasiones realizará apartes para explicarnos su situación, decide viajar por primera vez a París, con la principal intención de conocer el extranjero y, sobre todo, tener una aventura amorosa que no sería posible en España tanto por el recato del país como por su timidez. Sin embargo, cuando llegue a la casa donde se hospeda, conocerá a una familia española bastante particular, especialmente la hija, Ninette, nacida ya en Francia, que a través de sus encantos conquistará la atención de Andrés y echará al traste con sus intenciones originales.

Mihura recurrirá a varios elementos para el desarrollo de la obra. Por una parte, el uso de tópicos nacionales de la época, tanto referidos a Francia como a España, como la ligereza de las mujeres francesas o la castidad española, que en gran medida funcionan también gracias a su ruptura. Por otra parte, el choque ideológico visto siempre desde la perspectiva del humor, que le permite al autor mostrar ciertas críticas, aunque suavizadas, llegando incluso a mencionar al régimen. Y, por último, el mundo de las apariencias, representado por la forma en que todos los personajes pretenden aparentar una realidad que no se ajusta a sus acciones y hechos, así tenemos a una verdulera que insiste en que ella es una señora, a Armando, que finge tener un éxito en Francia inexistente en realidad, o al propio Andrés, cuyo viaje está motivado por la posibilidad de poder presumir en el Casino murciano. 

Representación de Ninette y un señor de Murcia
Ahora bien, el personaje central de la obra es la enigmática Ninette, cuyo comportamiento es difícil de interpretar, pero que consigue conquistar y mover a su antojo al débil Andrés, falto de voluntad hacia su magnetismo. Hija de dos mundos distintos, se mueve por escena con el poder de conseguir siempre lo que quiere, a pesar de su aparente fragilidad. No obstante, depende mucho Mihura de este personaje también para conquistar al público. Si no entras en el juego de Ninette, será difícil que la obra te encante, a pesar de que a lo largo de la misma hay más elementos aprovechables. Precisamente, la popularidad del personaje llevó a una segunda parte: Ninette, modas de París (1967).

En definitiva, las comedias de Miguel Mihura parten de elementos pequeños y cotidianos para lograr transmitir el absurdo de nuestra existencia a través de unos personajes particulares. En sus obras, encontramos una conjunción adecuada entre la ternura, la falta de voluntad, el deseo y el choque con la realidad unidas al buen uso de la conversación con un fin humorístico, situaciones absurdas y, sobre todo, el uso de perfiles que logren transmitir gracia y con los que el espectador pueda encontrar referentes en sí mismo o en las personas que le rodean. 


El catalejo lacado, de Philip Pullman

23 julio, 2018

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La definitiva aventura de Lyra y Will concluye en El catalejo lacado (2000), novela en la que Philip Pullman desvela sus cartas y nos muestra tanto sus principales críticas como la arquitectura de una trilogía que se ha creado con cierta lentitud, pero con elementos reconocibles que se vuelven a dar la mano en este cierre. Ahora bien, debemos entender que en toda la trilogía de La materia oscura se arrastran tres apartados a tener en cuenta y analizar: por una parte, la narración en torno al argumento relativo a los personajes que habitan la novela, desde sus protagonistas hasta los personajes más irrelevantes, al menos en apariencia, por otra parte, las interpretaciones que debemos deducir a partir de las acciones y conversaciones de los personajes y, finalmente, las críticas e ideas que Pullman transmite a través de los dos elementos anteriores.

La novela nos plantea el final de las aventuras de Lyra y Will en sus viajes a través de diversos mundos gracias tanto a la habilidad de Lyra para leer el aletiómetro como a la daga sutil que tan solo Will sabe emplear. Sin embargo, al empezar El catalejo lacado, se encuentran separados por los acontecimientos finales de La daga (1997). Will partirá entonces en busca de su amiga para rescatarla de la señora Coulter, quien la mantiene dormida en una cueva de su propio mundo. A la vez, dos grandes fuerzas opuestas se preparan para la batalla definitiva, siendo conscientes que en ella será primordial conseguir el apoyo de Lyra o destruirla.

Una cuestión primordial es que Philip Pullman abarca varios frentes durante esta obra a fin de lograr cerrar la trilogía, pero no todos tienen consistencia suficiente o son abordados de la manera necesaria. Incluso en ocasiones encontramos resoluciones abruptas, repentinas o incomprensibles, casi incluso casos de deux ex machina para culminar según las necesidades del autor, más que por la lógica de lo narrado o, al menos, de lo profundizado. Uno de los ejemplos más claros es el inicio de esta historia, dado que a pesar de ser una continuación sin salto temporal, nos sitúa a la señora Coulter manteniendo cautiva a Lyra en un lugar bastante alejado de los acontecimientos anteriores, con un cambio de actitud bastante importante y sin aclaración alguna. Es más, cuando Will va en su rescate con ayuda de dos ángeles, Barthus y Balthamos, tardará bastante en llegar a ella, por lo que no resulta verosímil que Coulter lo hiciera tan rápido ni que Pullman proporcione la sensación de que lleva ahí bastante tiempo.

Dibujo de los mulefa y la doctora Malone, obra de K. Thierolf
De forma general, lo que encontramos es una carencia a la hora de afrontar lo que les sucede a los personajes. Si bien el autor explora con bastante acierto algunas cuestiones, por ejemplo, las dudas que tendrán los protagonistas al final sobre la decisión que deben tomar, otras las deja demasiado vacías o da la sensación de que no son más que una herramienta para que algo suceda dentro de la narrativa, como sucede con los dos ángeles antes mencionados (es más, uno de ellos se convertirá en un deus ex machina hacia el final de la novela), o para justificar o explicar alguna de sus ideas. Precisamente, toda la trama de la doctora Malone se relaciona con esta última idea, dado que su línea argumental junto a los mulefa se encuentra apartada de los demás personajes y no proporciona ningún interés al lector, dado que desvía la atención de la acción principal para crear nuevas circunstancias con nuevos personajes. Si bien la introducción de Will como protagonista principal junto a Lyra en el segundo libro fue un acierto, funcionaba porque actuaban de manera conjunta, porque se relacionaban de forma directa. La doctora Malone cumplirá su función hacia el final de la novela, pero mientras tanto podría resultar una carga para ciertos lectores. Y ello a pesar de que los mulefa y la exploración del personaje no está mal desarrollada ni escrita, al contrario, puede causar cierto interés y resulta tan importante que uno de sus elementos da título a esta tercera entrega.

Atendiendo a su estructura argumental principal, podemos discernir tres partes a las que se junta tramas independientes que se desarrollan a lo largo de todo el libro. El primero, ya mencionado, es el rescate de Lyra, protagonizado por Will, y que a pesar de sus inconsistencias, está bien desarrollado. La relación de Will con Balthamos funciona, su posterior encuentro con Iorek, aunque forzado de forma evidente por el autor, tiene cierto interés y sirve para establecer uniones con todos los elementos anteriores de la trilogía, y el enfrentamiento, más bien dialéctico, entre la señora Coulter y Will muestra las dotes de ambos personajes. Sin embargo, son evidentes sus puntos flacos: la presencia de una niña a la que se le había dedicado gran parte de los capítulos anteriores que después es despachada de forma abrupta, el encuentro del protagonista con un sacerdote sin mayor relevancia, la batalla que surge a su alrededor o la repentina debilidad de la daga hacia los pensamientos de su portador, cuestión primordial en toda esta entrega, pero que en la anterior no había surgido en ninguna ocasión.

Land of the Dead, obra de Hannah Hillam
El siguiente tramo de historia tiene relación con el viaje al Mundo de los Muertos que emprenderán ambos protagonistas junto a dos gallivespianos. La relación entre los cuatro personajes es confusa, sobre todo por la falta de confianza que queda establecida desde el principio para, al final, llevarles a un extremo de relación íntima tan fuerte como para sacrificarse unos por los otros. De la misma forma que el interés de esta odisea reside en la exploración de este peculiar mundo de tintes mitológicos: no falta el barquero de la muerte, trasunto de Caronte, ni las arpías, cuya función es semejante a la de las Erinias o Furias así como el hecho de que los espíritus que van perdiendo sus recuerdos con el paso del tiempo. Curiosamente, se establece en la historia que la situación de este mundo fue establecida por la Autoridad -según cuenta una arpía-, como si fuera capaz de establecer este personaje el destino de los espíritus, algo que se da a entender en algunas ocasiones. Sin embargo, la resolución de esta trama no supone alterar las normas del lugar por sí mismo, sino establecer una puerta a otro mundo. Por tanto, ¿cómo existía el Mundo de los Muertos antes de la Autoridad? ¿Por qué el destino que les aguarda a estos espíritus al atravesar una puerta a otro mundo no lo pueden cumplir dentro de este sitio?

En cierta medida, Pullman establece un resultado conveniente a sus deseos, pero al que le falta verosimilitud. Sucede igual con la bomba que crea la Iglesia en el mundo de Lyra, basado en un poder extraordinario... como extraordinaria es la forma en que de ese poder se libra la protagonista. Es decir, si no tienes en cuenta la forma en que está construida la verosimilitud de este universo, seguramente aceptes y disfrutes de sus sucesos, dado que guardan cierta lógica que los sostiene e incluso tienen efecto en el futuro de los personajes, pero les falta un fondo en qué sostenerse, un fondo que se podría haber establecido sin dificultad, dado que el autor pone los medios a su alcance.

Tanto que, incluso en algunas ocasiones, se excede el narrador en añadir aclaraciones desde una perspectiva futura, adelantándonos información de lo que va a suceder, por ejemplo, al señalarnos cuestiones como que un personaje nunca olvidaría ese detalle cuando fuera anciano, que a otro apenas le quedaban días de vida o que era la segunda y última vez que haría algo.


Por otra parte, todo esto se debe a que el autor explica más que hace. Por ejemplo, Lyra explicará y justificará el viaje al Mundo de los Muertos por ver y salvar a Roger, de cuya muerte se arrepiente, a pesar de que este arrepentimiento no se había hecho patente durante los acontecimientos de La daga, sino que surgen de forma repentina en esta entrega. Sucede igual que con la daga, cuyo mal funcionamiento se debe a algo que Will ya había hecho anteriormente, aunque sin provocar ese efecto, lo cual plantea el hecho de que no hubo una planificación adecuada. Ahora bien, a pesar de estos defectos que surgen al analizar el proceso narrativo de La materia oscura, y que ya estaban presentes y mencionados en las obras anteriores, debemos reconocer los aspectos positivos. El autor sabe crear tensión e intriga, tiene creatividad y recursos para plantear y narrar en torno a varios personajes de distinto tipo y clase, maneja de forma adecuada el interior de los personajes, es decir, sus sentimientos e inquietudes, y la trilogía en sí contiene ideas bastante interesantes que no se relacionan solo con su propio contenido, sino también con un mensaje en torno a la forma de afrontar la vida, la muerte, la fe y la curiosidad. Incluso aborda el paso de la niñez al mundo adulto y otras cuestiones importantes, aunque con menor presencia, como la depresión, la igualdad o la libertad.

La última trama, en que se resuelve toda la trilogía, abarca dos etapas: una es la guerra contra Metatrón encabezada por Asriel mientras Lyra y Will tratan de recuperarse tras su viaje por el Mundo de los Muertos, la segunda es la conclusión tras estos acontecimientos y la tentación a la que debe ser sometida Lyra para cambiar, o no, los mundos. En primer lugar, la guerra resulta confusa, el arma principal de Asriel, llamada intencional, es ridiculizada por el uso que se le da durante todo este libro, la resolución nos muestra que Xaphania tenía unos conocimientos que la invalidan como cómplice de Asriel en tanto que debería haber actuado de otra forma anteriormente, y, además, no se le presta gran atención al desarrollo bélico de la contienda.


Lo cierto es que da siempre la sensación de que lo que está sucediendo no importa. Las muertes de ciertos personajes, aunque puedan a llegar a ser sentidas por los protagonistas o por el lector, no parecen llegar a tener ningún impacto relevante en los personajes, ni incluso son mencionados cuando se hace recuento de lo sucedido. Metatrón es abordado y convencido de forma burda, aunque el combate final con el Regente está muy bien narrado y resulta cruento y peliagudo. La denominada Autoridad no tiene más valor que el presencial. Y el resultado de la contienda parece no importar a nadie una vez que la narración corta cuando tanto Lyra como Will consiguen lo que quieren. Por no mencionar el hecho de que hay varias apariciones e intervenciones que tan solo responden al deseo del autor, es decir, deus ex machina bien definidos. Baste mencionar que Iorek, que estaba de regreso a su hogar, reaparece en un mundo distinto al suyo sin mayor explicación. O que los espíritus pueden resistirse a desvanecerse, cuando parecía anteriormente que no era algo que estuviera dentro de su voluntad. Incluso la presencia y naturaleza del abismo queda sin mayor respuesta, a pesar de que Xaphania sepa tanto sobre este lugar.

El final suponía el enfrentamiento de Lyra a una decisión que cambiaría el destino de los mundos a partir de una tentación, pero da la sensación de que nunca existe tal tentación, sino que más bien la protagonista responde a sus sentimientos sin afrontar ninguna diatriba. A su vez, cabría plantearse las razones por las que la acción de Lyra cambia el destino de los mundos. Es más, cuando realmente debe tomar una decisión importante junto a Will, no tardan en tener una respuesta y no se produce ningún cambio tan relevante como el causado antes, capaz de alterar el flujo de la materia oscura. En fin, a la obra le falta, curiosamente, un sustento mayor: ¿qué consecuencias tiene todo lo que ha sucedido?, ¿por qué pierde Lyra su habilidad especial sin más?, ¿cómo conocen los demás personajes lo sucedido con Asriel y Coulter, o por qué esta información queda oculta?, ¿por qué Pullman recurre a personajes de forma repentina para dar explicación a todo lo sucedido cuando desconocíamos o qué había pasado con estos personajes o por qué no habían actuado antes?

Obra de Leighton Johns
Todo ello para plantear una historia en la que se rechaza el determinismo y las normas eclesiásticas que van contra la libertad y la ciencia, a pesar de que La materia oscura funciona a base de profecías y un gnosticismo panteísta que incluso interviene de forma consciente en la realidad de los personajes, ¡pudiendo hacerlo a través de los sueños, la meditación o el I Ching! Se aboga, por tanto, por expresar la importancia del aspecto espiritual del ser humano, pero criticando, incluso con el hiperbólico Tribunal Consistorial de Disciplina, la forma en que los seres humanos han organizado la religión y condenan, asustan o privan de libertad a sus congéneres a partir de la fe. No en vano los representantes del clero en la trilogía llegan al extremo de sacrificarse para lograr matar a otros, actuando de kamikazes, o secuestrar y asesinar a niños. La señora Coulter representa justamente al rol de personaje que se aleja de esta vida cuando le toca de forma directa, es decir, cuando la víctima podría ser su hija, aunque debemos decir que este personaje es el más inconsistente de toda la trilogía, como sucede en gran medida con Asriel. El comportamiento y la relación de ambos es bastante confuso desde el principio de la trilogía hasta el final, cuando quizás esperábamos que se pudiera aclarar.

En conclusión, El catalejo lacado nos proporciona una aventura con tintes oscuros y final agridulce, que explora temáticas bastante profundas y plantea cuestiones relevantes, pero tiene evidentes fallos de consistencia y profundiza tan solo en sus protagonistas dejando en gran medida de lado a los personajes secundarios, a pesar de su relevancia, lo que provoca ciertos vacíos e incoherencias.  Se nota también la forma en que ha madurado la historia y sus personajes desde Luces del norte (1995) hasta El catalejo lacado. Sin duda, La trilogía oscura arrastra ciertos defectos narrativos que se acentúan a la hora de finalizar la historia, pero logra que sus principales virtudes queden presentes en la lectura, planteando sobre todo una liberación y un mensaje vitalista evidente, aunque no por ello menos necesario.


Para el sábado noche (LXXII): La amenaza de Andrómeda, de Robert Wise

21 julio, 2018

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La novela La amenaza de Andrómeda (The Andromeda Strain, 1969; Planeta / Bruguera, col. Best Sellers, 1985), está perlada de dosieres, télex y capturas de pantalla clasificados como “alto secreto”, adoptando su autor el papel de un investigador real dentro de la ficción. Michael Crichton (1942-2008) sabe jugar con el género literario sin caer en los excesos cultistas de la metaliteratura. Al punto de dar las gracias, en el apartado correspondiente, a toda una serie de personalidades (¿reales, inventadas?) que supuestamente le ayudaron en el desenvolvimiento y acceso a la información relacionados con el microbio Andrómeda. A partir de ahí, este libro narra la historia de los cinco días de una crisis científica americana de primera magnitud, incidiendo en que he tratado de conservar la tensión y el interés de los acontecimientos de aquellos cinco días, porque el caso de Andrómeda encierra un dramatismo innegable, y si constituye una crónica de errores estúpidos, letales, es al mismo tiempo un canto de heroísmo e inteligencia (casi añadiría que de providencia, como sucede con la directriz “7-12”) (Doy las gracias). Además, advierte Crichton que si el lector tiene que salvar de vez en cuando algún pasaje árido, lleno de detalles técnicos, pido perdón por ello. Algo que se puede hacer extensible a la pulcra y modélica adaptación cinematográfica de Robert Wise (1914-2005), como ya sabemos, nada ajeno al género de la ciencia ficción.

La Amenaza de Andrómeda (The Andromeda Strain, Universal, 1971), se abre con uno de esos informes con apariencia de verosimilitud y fidelidad, respecto a los sucesos que se van a narrar a continuación. Estamos -o estuvimos- ante una grave crisis científica, aquí circunscrita a cuatro días de temor y descubrimientos fascinantes. Concluye el expediente con la presunción de que pronto se harán públicos los informes. Puede que sea así, pero el espectador tiene la sensación de que va a conocer de primera mano unos hechos que puede que no vean la luz.

La cápsula Scoop (la número VII en la novela) se ha salido de su órbita y precipitado sobre el suelo de Piedmont, una pequeña localidad de Nuevo México (EEUU). Aquel pueblo había sido herido por una catástrofe terrible (Día 2: VII). Los hombres de ciencia Jeremy Stone (el eficaz y no siempre aprovechado Arthur Hill) y Mark Hall (James Olson) inspeccionan el terreno después de que se haya perdido el contacto con una avanzadilla exploratoria del ejército. Piedmont no cuenta con una gran población, pero la sonda venida del espacio la ha diezmado. Los cuerpos de los lugareños responden a una extraña patología, y proporcionan a Robert Wise la ocasión de una inquietante composición en formato cinemascope, difícilmente olvidable. Precisamente, el primer intento de exploración del lugar fue narrado por el realizador a través del audio de unos altavoces, con objeto de acrecentar la incertidumbre ante la posterior llegada de los dos científicos. Ambos personajes auscultan el terreno contaminado y a su población como si estuvieran en la superficie de otro planeta.


Recuperada la cápsula, esta es enviada a una ingente base experimental, una estructura científico-militar donde se puede estudiar el germen procedente del espacio. En suma, se trata de una especie de Wright Patterson (Ohio) o Área 51 (Nevada), pero en Flatrock (también Nevada), que tiene por tapadera la apariencia de un centro de investigaciones agrícolas. El complejo de Wildfire, que así se llama, cuenta con unos laboratorios subterráneos y unas precisas técnicas de asilamiento que, en sí mismas, constituyen, para el que esto suscribe, un sugestivo mecanismo de intriga argumental. Ellas articulan la primera parte de la película, además de la inclusión de algunos aspectos narrativos en prolepsis (como una encuesta política sobre lo sucedido), o el reclutamiento de los miembros del equipo que van a trabajar en el patógeno Andrómeda. A estos científicos se les convoca con celeridad, pues la situación es apremiante. Ellos son los referidos Jeremy Stone, bacteriólogo ganador del premio Nobel, el cirujano Mark Hall, y sumándose al grupo, la microbióloga Ruth Leavitt (Kate Reid) y el patólogo Charles Dutton (David Wayne). Los actores ayudan a transmitir esa apariencia de realismo ante lo inesperado.

El suspense que se crea es inmediato y letal, y aventaja a los aspectos más circunstanciales de una posible acción trepidante. De resultas de ello, es esta una película (y una novela) más encauzada a la reflexión científica. Empero, Robert Wise no deja escapar la ocasión de transmitir dicha inquietud por medio de la imagen, como sucede en los planos donde se muestra una calculada profundidad de campo, presentando objetos y personajes en primer término, junto a otros en disposición general o media. Un contraste visual donde la realidad parece trastornarse, en un detallismo que se hace extensivo a la composición del plano en varias imágenes. Son como focos dentro de una configuración más amplia, que denota dos o más niveles de percepción, tales como la cotidianidad y la emergencia (señalada por un soldado armado al fondo del plano), o la posibilidad de una contingencia y su materialización. Incluso la distinción entre lo grande y lo pequeño, cuando la planificación se vertebra en torno al plano (los científicos estudiosos) y el contraplano (Andrómeda).


Este suspense, como observaba, incluye el fascinante recorrido de los protagonistas por el interior de la base científica, un enclave sujeto a una posible autodestrucción. A lo largo de este proceso, los personajes pueden ser vistos como los anticuerpos de un organismo mayor. Una tesitura en la que los cobayas son tanto roedores y primates como seres humanos.

En esta línea, si una alarma biológica es activada por computador para sellar el complejo, cabe pensar si, en efecto, no es mejor para la raza humana esta inmolación, como forma de inmunización preventiva. De forma premonitoria, hasta la biblioteca del centro se halla en el interior del ordenador. Aparte de que una trama donde tratan de convivir científicos, militares y políticos es de por sí una combinación explosiva.

Pero la aportación más trascendente de La amenaza de Andrómeda es la que atañe a la cuestión de cómo puede ser la vida extraterrestre. La detección y aislamiento del virus foráneo organiza el argumento tanto como la sorpresa y ampliación de conciencia que conlleva. En esta segunda parte del proceso, los científicos disponen de los dos únicos supervivientes de Piedmont, un anciano llamado Jackson (George Mitchell), y un bebé de pocos meses (Robert Soto). Como hace notar la enfermera Karen Anson (Paulla Kelly), hasta ahora Wildfire ha sido un juego.

El punto de partida de toda esta arriesgada investigación se centra en la química de la sangre; el exceso de acidez o de alcalinidad sanguíneos. Pese a todo, la amenaza es doble, pues Andrómeda primero ataca a la sangre humana y luego a los polímeros, dependiendo de su fase de mutación.


La adaptación de Nelson Gidding (1919-2004) sigue al pie de la letra el desarrollo argumental, e incluso algunos diálogos, del original (la captación de los protagonistas por la policía militar, la indisponibilidad de uno de los sabios convocados, la voz seductora que se escucha a través de unos altavoces…). Si bien, como es lógico, también se dan algunas ligeras variantes que dan más juego en el ámbito audiovisual. Como el descubrimiento de uno de los supervivientes durante una primera ronda exploratoria (Día 1: III). En la novela, se incide en el conocimiento del Proyecto Scoop respecto a la captación de formas de vida extraterrestre micro-orgánicas (Día 2: V). De igual modo, Stone se hace acompañar en el libro por Charles Burton -apellidado Dutton en la película-, durante la visita a Piedmont, en tanto el microbiólogo Peter Leavitt es, en la película, Ruth Leavitt, aunque ambos personajes (en realidad, el mismo personaje) padecen de epilepsia (Día 3: XX).

Interesante es señalar el terrible suicidio de un muchacho que ha ingerido un disolvente (Día 2: VII), lo que junto a la anciana que se ha quitado la vida, y otros ejemplos manifestados en la novela (en parte en la adaptación), significa que no todos los habitantes de la aldea fallecieron a un mismo tiempo. Asimismo, el orden de los colores en los niveles del complejo Wildfire varía (azul en el libro para el último nivel, donde se desarrolla el grueso de la acción, blanco para la película), así como los intervalos previos a una detonación nuclear, de tres minutos a cinco en la película, junto al tiempo que resta para su cumplimiento, de treinta y cuatro segundos a tan solo ocho.

Completan la interesante premisa de La amenaza de Andrómeda los efectos ópticos de Douglas Trumbull (1942), la fotografía del poco prodigado pero ecléctico Richard H. Kline (1926), y la sugestiva música electrónica de Gil Mellé (1931-2004).

Escrito por Javier Comino Aguilera


Taxus 1: El último en llegar, de Isaac Sánchez

16 julio, 2018

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Las costumbres pueden con nosotros y aunque nos quejemos abiertamente, entrar en mundos nuevos y comprenderlos puede llegar a resultarnos más difícil de lo que desearíamos. Vivimos más cómodos en la reiteración centrípeta de nuestros gustos o referentes. Por ello, salir de esa situación es complejo, aunque bastante necesario para abrirnos nuevas fronteras y descubrir que, seguramente, nos estamos perdiendo más de lo que nos imaginábamos al principio. Por eso mismo, los prejuicios tampoco ayudan.

Podríamos presuponer que Taxus 1: El último en llegar (2017) es un cómic más que sumar a la larga lista de productos creados a partir de la fama de un youtuber, pero eso no dejaría de ser más que un prejuicio sobre toda una serie de obras que, en realidad, son bastante diferentes entre sí. Tan solo hay que tener cierto ojo crítico para saber valorar cuándo nos están vendiendo la moto frente a las situaciones en que realmente encontramos, como mínimo, una auténtica obra personal y artísticamente atractiva.

La lectura de una obra así supone, por tanto, la ruptura con esta idea preconcebida, como también su creador, autor y dibujante, ha roto, o está en vías de hacerlo, con la comodidad que su alter ego, Loulogio, le había brindado en internet, y se enfrenta a sus lectores como Isaac Sánchez, el dibujante que fue y que nunca dejó de ser. Más allá de monólogos, reseñas y vídeos de doblaje humorísticos, gameplays junto a Roc, alias Outconsumer, y otros compañeros, o espectáculos varios en teatros y televisión, ha mostrado una gran pasión por el mundo del cómic, recomendando, analizando, reseñando y, sobre todo, dibujando. Anteriormente a su éxito como youtuber había publicado El regreso del hombre pez (2008), que se alzó con el premio Josep Coll del Salón del Cómic de Barcelona. Con Taxus, trata de regresar al dibujo con una saga que emplea elementos de la mitología cántabra.


En este primer tomo, acompañamos a Benito en su llegada a este peculiar mundo a través del árbol Taxus después de haber intentado suicidarse. Como se recalca en el cómic, se trata de un don nadie de apariencia despistada y afable, fotógrafo de profesión y con ciertos traumas arrastrados en su vida. Pronto tendrá que adaptarse a un mundo lleno de criaturas extrañas, aunque para ello contará con la ayuda de Laro y Anjara, quienes lo guiarán y acompañarán. A la vez, las criaturas oscuras parecen haberse empeñado en secuestrarlo.

Gracias a un elaborado dibujo pintado con acuarelas, donde se trabaja bastante bien con la luz (a destacar las viñetas que concluyen el tomo), los personajes se desenvuelven y se van presentando a través de su aspecto, sus intervenciones y, sobre todo, sus acciones. Aunque aparentan ciertos clichés, poco a poco Isaac nos va mostrando motivaciones ocultas y secretos que crearán interés en el lector y que plantean dudas e interrogantes para próximas entregas. A ello debemos sumar la forma en que juega y rompe con el horizonte de expectativas que pudiéramos tener sobre el argumento y su protagonista. En este aspecto destaca y se diferencia de lo que hubiera sido una aventura más habitual y, por tanto, menos estimulante.


Es más, lo que pudiera parecer, por otra parte, una desventaja, es decir, el uso de criaturas más desconocidas frente a los seres mitológicos más populares, especialmente griegos o nórdicos, acaba siendo un principal motivo atractivo para su lectura. La aparición de criaturas mitológicas de gran originalidad, que parten de una mitología menos conocida, como es el caso de la cántabra, le otorga una personalidad especial al cómic. Sin duda, varias de estas criaturas maravillarán al lector o lo atemorizarán, según el caso, porque tampoco se limita a la hora de tomar decisiones drásticas. Frente a este elemento menos popular, Isaac siembra su cómic de distintas referencias tanto populares como frikis, curiosamente la mayoría a través de Laro, lo que provocará que, en gran medida, el lector objetivo, aquel al que se dirige este tipo de cómic, se sienta también cómodo reconociendo estas menciones.

Quizás la parte más negativa de este primer tomo sea su brevedad y también ciertas escenas que finalizan de forma abrupta. Además, debemos mencionar la sensación de que deja en el aire demasiadas cosas que deberán fijarse o profundizarse en próximos tomos. Con todo, es una obra a tener en cuenta en perspectiva de futuro, no solo por su argumento, sino también por su destacada calidad artística y narrativa. Si bien no está inventando nada, juega a la perfección con todo.


Jurassic World: El reino caído, de Juan Antonio Bayona

14 julio, 2018

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La resurrección de la saga de Parque Jurásico ha continuado con la segunda entrega de la nueva trilogía iniciada por Jurassic World (Colin Trevorrow, 2016), que a partir de los mismos protagonistas, nos ha ofrecido un retorno a este peculiar mundo alternativo plagado de dinosaurios. No obstante, como sucede en la actualidad, la cuestión más evidente era saber si esta secuela estaría a la altura de la saga u ofrecería un espectáculo más, reciclando ideas como ya sucedió con la trilogía original de los años noventa, donde los retornos al extraordinario archipiélago donde habitaban los dinosaurios fue una constante no siempre bien llevada. Acerquémonos, por tanto, a Jurassic World: El reino caído (Juan Antonio Bayona, 2018).

Ha transcurrido tiempo desde el catastrófico final del parque Jurassic World y en la actualidad los dinosaurios que habitan la isla Nublar se encuentran en grave peligro por la inminente erupción de un volcán, reminiscencia evidente de una de las teorías de su extinción. Este hecho fragmenta a la sociedad en dos: quienes apuestan por el rescate de los dinosaurios, en tanto inocentes criaturas que fueron creadas por el ser humano y aisladas en aquella isla por su propia mano, o quienes consideran que la seguridad del mundo es más relevante, que los dinosaurios deben permanecer y extinguirse en aquella isla. No obstante, nuestra historia tan solo va a esbozar esta idea, sin centrarse demasiado en ella, dado que pronto nos pondrá en la perspectiva de Claire Dearing (Bryce Dallas Howard), quien tras abandonar la gerencia de Jurassic World, ha fundado una asociación para cuidar a los dinosaurios, creando un equipo especializado que pretende lograr el rescate de los habitantes de Nublar.


Pronto le llegará la oportunidad de efectuar tal rescate gracias a la ayuda y colaboración de Benjamin Lockwood (James Cromwell), uno de los científicos que junto a Hammond (el creador del parque en la original, interpretado por el fallecido Richard Attenborough) lograron la clonación de las criaturas prehistóricas. La única condición para llevar a cabo la tarea será reclutar a Owen Grady (Chris Patt), el criador de velociraptores y protagonista de la anterior entrega. A partir de este planteamiento, la obra se divide en dos partes. La primera versa sobre el rescate de los dinosaurios y la erupción del volcán, mientras que la segunda nos expone el negocio turbio en torno a la venta de estos seres a diferentes millonarios con motivaciones poco éticas. Obviamente, nuestros protagonistas se encontrarán en mitad de todos estos problemas y deberán intervenir para evitar males mayores.

La propuesta de Jurassic World: El reino caído a nivel argumental se queda en un nivel superficial de sus ideas, plantea alguna pequeña novedad con respecto a la saga, sobre todo en lo relativo a la familia Lockwood, y apuesta por un tono algo más oscuro, pero sin perder la espectacularidad de la entrega anterior. De nuevo, los protagonistas se convierten en seres todoterreno, hasta cotas muy inverosímiles: sobreviven una y otra vez a situaciones en las que deberían haber muerto con relativa facilidad, tal y como sucede con otros personajes secundarios o con los propios antagonistas. Precisamente, una de las escenas más ridículas en este sentido la protagoniza Owen intentando arrastrarse para salvarse de la lava que se acerca a su cuerpo, una lava que avanza y retrocede según el plano sin mantener una velocidad constante. Por no mencionar las ocasiones en que los dinosaurios deciden ignorarlos, no los aplastan de manera accidental o se salvan en el último instante. Es obvio que forma parte de los tópicos de este tipo de películas de acción, pero en El reino caído se acumulan demasiadas escenas similares en este sentido, llegando a resultar absurdo.


El último tramo de la película agrupa algunas de las mejores secuencias con un ambiente de terror más íntimo gracias al uso de la mansión como escenario principal de la acción frente a la enorme y ya manida isla. Nos recuerda a algunas escenas memorables de la original Parque Jurásico (Steven Spielberg, 1993), sobre todo a la secuencia de la cocina entre los niños y los velociraptores. Ahora bien, ello no impide que encontremos algunas incoherencias, como la repentina subasta pública con tanto público, pero tan poca seguridad, o el momento en que Maisie Lockwood (Isabella Sermon) se refugia en su habitación, mostrando un comportamiento quizás típico de una niña, pero ilógico con la actitud o con la oportunidad que le brindaban todas las demás opciones, incluso la de permanecer en el lugar en el que estaba, inaccesible para su cazador. Por cierto, Maisie se suma a la lista de niños que han desfilado por la franquicia, uno de sus elementos ya prototípicos. Como igual de tópicos y maniqueos son los antagonistas, que siguen la estela ya vista en la saga: militares o empresarios sin escrúpulos, que solo buscan su beneficio personal y que acaban siendo víctimas de tal codicia en forma de violenta muerte entre dentelladas de dinosaurio.

Como aciertos de la película, podemos mencionar algunos chistes que relajan la tensión de la primera parte, sobre todo gracias a la intervención de Franklin Webb (Justice Smith), aunque puede saturar en algunas secuencias y después, de forma repentina, desaparece hasta prácticamente el final de la obra. También, la mezcla entre la monstruosidad que representan los dinosaurios y la sensación de maravilla que sienten algunos personajes al contemplarlos, algo que se pretendía mostrar también en Jurassic World, pero que aquí se logra gracias a la mayor intimidad y cercanía entre los personajes y su encuentro con estos seres. A todo ello debemos sumar la buena mano de Juan Antonio Bayona y su equipo de fotografía para proporcionarnos algunas escenas de una belleza inusual, que rompen con la vorágine de la acción, como sucede, por ejemplo, con la despedida de la isla o con el final de la última batalla. Aunque ya sabemos cuál es el objetivo del director y en ocasiones retuerce demasiado el desarrollo argumental para lograr la secuencia deseada, suelen funcionar bastante bien y elevan la calidad artística de la obra. A nivel argumental, tan solo merecería la pena rescatar la idea en torno al personaje de Maisie Lockwood, que aporta una novedad relevante en la saga y a explorar en el cierre de esta trilogía.


No obstante, y para concluir, Jurassic World: El reino caído sigue la estela de su antecesora en proponernos una aventura entretenida con grandes medios a su disposición, pero en ocasiones resulta excesiva, incoherente o inverosímil, puede llegar a rozar el ridículo y resultar previsible a los espectadores experimentados, incluso en los giros argumentales que pretendían ser más sorprendentes. Presenta algunas secuencias bastante atractivas, logra mantener la tensión e incluso acercarnos a ciertos momentos de terror, pero también está demasiado atada a los tópicos de la saga y aunque intenta abrir las puertas a novedades en la franquicia, no se desarrollan en esta entrega, que queda por debajo de lo que cabría esperar. Es decir, seguramente no sea tan buena como para marcar un precedente, pero está por encima de algunas de las peores entregas de esta misma saga.


El autocine (LI): Colossus, de Joseph Sargent

10 julio, 2018

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Existe un conocimiento en el que la sabiduría está ausente. Cuando se infringen las leyes naturales, e incluso las políticas (aunque sean dos cosas distintas), no se produce una intelección armónica, sino ese género de conocimiento que, aún revestido de buenas intenciones, solo sirve a la ambición del ego. ¿Quién necesita de un nuevo tribunal del Santo Oficio cuando en la actualidad el peso y la presión de la propaganda teledirigida son inconmensurables sistemas de adoctrinamiento social? Ningún control más eficaz que aquel que no se percibe, hasta que ya es demasiado tarde.

Aunque la extensión espacial del Proyecto Colossus es considerable, llegando a abarcar un enorme hangar semi-subterráneo, lo más aterrador del mismo es su extensión mental o psicológica, su invisible infinitud. Aun así, el enclave o unidad de control que sirve de receptáculo al inmenso ordenador, nos sitúa en un ámbito físico, si bien, el tiempo puede ser extrapolable a casi cualquier época. Esto se nos muestra cuando el doctor Charles Forbin (Eric Braeden) recorre las instalaciones que lidera, al comienzo de la narración, escrita por el interesante James Bridges (el realizador y guionista, no el actor; 1936-1993), en torno a una novela de D. F. Jones (1918-1981). Un lugar fuera de la vista de la gente común, pero que forma parte (o va a formar parte) de sus vidas. Para el científico, la comunicación consiste en estar a la vanguardia de la tecnología e ir aclimatándose a esta. Y no será el único, ya que todo el aparato estatal, con su Presiente a la cabeza (Gordon Pinsent), se inserta en este clima donde importa más el haber llegado que la finalidad de haberlo conseguido.


Por supuesto que la intención y razón de ser de un proyecto como el que se expone en Colossus (Colossus, the Forbin Project, Universal, 1970), está tan cargada de buenas intenciones como cualquier otro cementerio de ideas. En esta ocasión, se trata nada menos que de acabar con las guerras, y de paso, con el hambre en el mundo. Pero lo loable de la premisa no tarda en chocar con el advenimiento de unos resultados totalmente inesperados, incluida la comunicación verbal del resuelto artilugio.

El caso es que a la máquina pensante Colossus, se le ha dado el control y manejo de los sistemas de defensa del país, exactamente igual que en la Unión Soviética sucede con su gemela, llamada Guardián. Se presume que tales mecanismos son más avanzados e inteligentes que el cerebro humano, lo cual es cierto. Trabaja sin ayuda humana y es inexpugnable, asegura el doctor Forbin, refiriéndose a Colossus. Lo cual plantea un absorbente e interesante conflicto -qué duda cabe-, que anticipa contenidos después vistos en tramas similares, como Juegos de guerra (Wargames, John Badham, 1983) o Engendro mecánico (Demon Seed, Donald Cammell, 1977); aunque también beba de argumentos como el ordenador de 2001, una odisea en el espacio (2001, A Space Odyssey, Stanley Kubrick, 1968), o el capítulo El mejor ordenador (The Ultimate Computer, John Meredyth Lucas, 1968), de la serie Star Trek (1966-1969).


En todas estas producciones subyace la fascinación por lo tecnológico. No importa para lo que sirva, sino su novedad implícita, ser el primero en disponer del artefacto (un consejero del presidente hace hincapié en ello). Sin embargo, ¿es Colossus capaz de generar una idea o una conciencia? La respuesta a esta pregunta de Forbin es sí, para su desconcierto. Algo que va más allá de la mera alienación de los usuarios de un producto cibernético. De este modo, se produce el encontronazo entre el hombre y la máquina, el creador y lo creado, con lo que no están de más las referencias al monstruo de Frankenstein.

Colossus comienza a tomar decisiones por su cuenta, pero al contrario de lo que sucederá con otras inteligencias artificiales, esta se adueña de la personalidad egoica de los seres humanos, una vez que ha computado -no asimilado- su historia, recursos y conocimientos.

Por descontado, todo esto transcurre con significativa celeridad (el proceso se desarrolla en cuestión de unos pocos días, pero no me refiero solo a este aspecto), con lo que los científicos y el resto del mundo no salen de su asombro. Desde su unidad de control, Colossus y su gemelo omnímodo supervisan y determinan las funciones de sus siervos, antes adeptos, los referidos seres humanos, en una materialización del peligro que no excluye el asesinato. Como ya advirtió el presidente de la nación (y por extensión, de todas las naciones), tras la personificación, viene la deificación. En este sentido, el gobernante prefiere decir toda la verdad siempre que le es posible, al “pueblo” y a la máquina misma, que también ha aprendido el arte de la ocultación. Una honestidad que tropieza en un campo al que no se pueden poner puertas, una vez se ha abonado con el intríngulis de la dependencia tecnológica. Hasta el doctor Forbin pasa de hacedor a sometido, habiendo sido seleccionado por Colossus para ulteriores y coercitivos propósitos. No olvidemos que es siempre el poder quien elige a sus acólitos y no al revés, aunque nos parezca lo contrario.


Colossus es uno de esos relatos premonitorios. Su realizador, Joseph Sargent (1925-2014), lo sirve con efectiva pulcritud, aunque añade un expresivo plano circular a la llegada de Forbin al centro de control, tras la presentación del Proyecto al resto del planeta. Sargent fue, principalmente, un realizador de ámbito televisivo, sin demérito de tal afirmación, pero los aficionados más avisados lo recuerdan, principalmente, aparte de por la presente, por la notable Pelham 1, 2, 3 (The Taking of Pelham One-Two-Three, 1974). Podemos añadir el excelente capítulo Las maniobras de la Corbonita (The Corbomite Maneuver, 1966), de la antes citada Star Trek.

La reciente edición de la música de Dominic Frontiere (1931-2017), a cargo del estupendo sello La-La-Land, añade otro pico a las estimulantes bandas sonoras de aquella época y similar sesgo genérico, caso de THX 1138 (1971) de Lalo Schifrin (1932), Duel (1971) de Billy Goldenberg (1936), The Andromeda Strain (1971) de Gil Mellé (1931-2004), Soylent Green (1973) de Fred Myrow (1939-1999), Phase IV (1974) de Brian Gascoigne (1948), Demon Seed (1977) de Jerry Fielding (1922-1980), o Saturn 3 (1979) de Elmer Bernstein (1922-2004), por citar tan solo algunas perlas electroacústicas.

Por otra parte, aunque en las labores de vestuario hallamos a la infatigable Edith Head (1897-1981), una de las escenas más memorables e imaginativas de la película es la de la “necesidad” de despojarse de toda vestimenta, por parte de Forbin y su colega, la doctora Cleo Markham (la estupenda Susan Clark), con objeto de poder intercambiar información. La libertad es una ilusión, confirma Colossus, y como escenificación de dicha afirmación, advertimos que, al menos en teoría, algunos desempeños laborales han dejado de ser necesarios.

Escrito por Javier Comino Aguilera


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