Clásicos Inolvidables (CXLVII): La venganza de don Mendo, de Pedro Muñoz Seca

02 febrero, 2018

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Qué dulce es la venganza cuando se sirve fría… ¡o en ripios! Claro que existen muchas formas de venganza. Por ejemplo, aquella que considera como de “segunda categoría” determinadas creaciones artísticas, previa descontextualización de su intencionalidad y razón de ser histórica. Dicho de otro modo, ni todas las obras literarias (o del ámbito que sean) aspiran a ser obras maestras, ni conviene plegarse tanto a la asfixia de lo políticamente correcto, privilegiada zona donde se censan y subvencionan tan solo algunas maestrías. Por descontado que, pese a todos estos esfuerzos sectarios de clasificación y puesta en valores, emergen a través del tiempo auténticas obras imperecederas, por encima de tales consideraciones. Tal es el caso de La venganza de don Mendo (1918), del escritor gaditano Pedro Muñoz Seca (1879-1936).


Considerado por Francisco Umbral (1932-2007) como un Shakespeare del chiste, Muñoz Seca es el creador de la variante genérica del astracán, género teatral humorístico que siempre supo guardar las distancias con la chabacanería. No en vano, el dramaturgo era portador de una amplia cultura, al haber estudiado filología y derecho. De esta guisa, Pedro Muñoz Seca hace alarde de la métrica, regalando al público una obra cómplice y de una sencillez solo aparente, valiéndose de una versificación que incluye quintillas, cuartetas, silvas, redondillas, ovillejos, octosílabos, endecasílabos y romances. Toda una riqueza estructural que responde, en palabras de Salvador García Castañeda (1932), a una intencionalidad semántica, pues a cada situación corresponde un tipo de versificación adecuada (Introducción).

En efecto, a diferencia de los amargados de costumbre, Muñoz Seca no se posicionaba contra el público, sino que se reconocía en él. Conviene matizar, asimismo, el epíteto de humorístico, porque el marbete ha quedado rebajado de dignidad con el transcurrir del tiempo.

Autor prolífico del que, significativamente, no se reedita prácticamente nada (como sintomático resulta el que no se haga la menor mención a su asesinato a lo largo de todo el estudio crítico), Muñoz Seca sabía, empero, que para hacer reír era muy necesario disponer, no ya de gracejo, ese esquivo talento connatural, sino de un buen poso cultural (lo que podríamos llamar un buen fondo de librería), contrariamente a lo que se practica o se ha convertido en habitual (naturalmente, me refiero a un humor tan socarrón y costumbrista como culto y ocurrente, no coyuntural y zafio). Por algo califica Muñoz Seca La venganza de don Mendo de caricatura de tragedia, por medio de un subtítulo, sabedor de que lo caricaturesco puede presentarse ante el público con una nobleza y dignidad mayores que la de la mera burla.

El astracán es, por lo tanto, un estilo anti convencional, pero no asocial u ofensivo. Sorprende continuamente merced a su mirada aguda y desprejuiciada, por lo que resulta más orgánico de lo que a simple vista parece. Yo diría, matizando a García Castañeda en su introducción para Cátedra (Letras hispánicas, 1984-2002), que más que supeditarse la acción, las situaciones y los personajes al aspecto humorístico o chistoso, estos se instalan en él confortablemente, y más que retorcerse el lenguaje, este enriquece su semántica, ofreciendo, como por otra parte recoge Castañeda al hacerle un hueco a un testimonio del igualmente reivindicable Francisco García Pavón (1919-1989), todo un antecedente del tan traído y llevado teatro del absurdo. No debemos olvidar que, hecha la ley, casi siempre va pareja la trampa.

Y diré más (con el debido permiso). Ha interesado decir, y no quiero perpetuar nombres, que el tipo de teatro que nos ocupa era de fácil elaboración y superficial acogida (en cualquier caso, animo a cualquiera a que componga su propia obra, a ver cuán fácil es). En concreto, me refiero a los que dictaminan (más que piensan: cada uno puede pensar lo que le venga en gana), que el teatro ha de responder con exclusividad a un determinado proyecto ideológico o plan reivindicativo cuasi divino, pues considera que el público es por naturaleza tonto de remate y no se entera de nada (es decir, que pierde toda su respetabilidad). Pues bien, es ante estas coacciones que debe tomar partido el estudiante (si le dejan) o el buen aficionado.

Cariñosa parodia (en cualquier caso, culta) del modernismo y el romanticismo, la acción de La venganza de don Mendo transcurre en el siglo XII (un siglo XII paralelo pero plausible), durante el reinado de Alfonso VII de Castilla (1105-1157), convertido en un personaje más de la obra.

Ilustración de Antonio Mingote
Pues bien, sucede que Don Nuño Manso de Jarama tiene una hija algo casquivana, llamada Magdalena. Un personaje que casi podríamos entender en clave de mujer fatal, pues antepone su salvaguardia por encima de todo y todos, jugando, no ya con la honra (estamos de facto en siglo XX), sino con la ética y el honor de los demás personajes, y hasta con el concepto de verdad.

El caso es que Magdalena mantiene amores con su prometido, el privado del rey don Pero Collado, duque de Toro (la coña no puede estar más clara), además de con otro noble venido a menos en lo económico, que es don Mendo Salazar, marqués de Cabra (lo mismo). Por las triquiñuelas de Magdalena que, en paráfrasis, tiene relaciones hasta con el apuntador, don Mendo es finalmente encarcelado, burlado y vilipendiado, aunque este no se apercibe del todo hasta que ya es demasiado tarde, dada su condición de personaje noble (en el más amplio sentido) y, para colmo, romántico. En tal tesitura de héroe enamorado e invariablemente decepcionado, don Mendo recibe en prisión la gratificante visita de su leal amigo el marqués de Mocada, que le pone al corriente de los últimos acontecimientos. Atractivo, educado y bien vestido (a pesar de las encarnaciones de que ha sido objeto), don Mendo sí cree en el honor. Mancillado este, tratará de tomarse la revancha en la cuarta y última jornada de la obra.

La dislocación de los personajes se traslada al propio lenguaje, acuciado por modismos, giros lingüísticos, homofonías, anacronismos, sinónimos, juegos de palabras, aliteraciones, enumeraciones y hasta anáforas. Pasajes inolvidables, que ya forman parte de la cultura española, jalonan la excelente obra. Tales como el del juego de naipes de las siete y media (jornada primera), o el relato de la caza de aves con farol (jornada segunda). Al tiempo que la decepción del maltrecho héroe se plasma en los versos Don Mendo queda aquí sepultado / ya no soy el que era (II). Incluso hay en la trama espacio para el componente mágico, nada ajeno al paisaje romántico, a través del conjuro sobrenatural de la mora Azofaifa, que literalmente, hace hablar a los muertos (IV).

Representación de la obra
Antes de converger los protagonistas en la llamada Cueva de Algodor, en las cercanías de León, don Mendo se ha transformado en el trovador Renato (III), desatando de nuevo todas las pasiones. Como resultado, en la cueva se organiza la de San Quintín, con la diferencia de que el único monumento erigido en recuerdo es una ristra de muertos (aparte del alborozo que nos brinda el genial relato).

En definitiva, lo que Pedro Muñoz Seca parodia es la vida, incluyendo entre sus personajes a unos reyes involucrados en amoríos y despotismos (¡mera ficción esta parte, por supuesto!). Así, lo que algunos tildan de ridiculización es, de hecho, una lúcida re-visión que se hace extensiva a todos los géneros literarios. En el ejemplo que nos ocupa, el comediógrafo, responsable asimismo de la excelente El verdugo de Sevilla (1916), nos coloca frente a un espejo. Pero lo hace sin acritud o cínicas poses vanguardistas, porque entiende que lo clásico sigue siendo lo más moderno, como siempre ha demostrado el necesario paso del tiempo.

Escrito por Javier C. Aguilera


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