El origen del planeta de los simios, de Rupert Wyatt

06 diciembre, 2017

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Entre las historias cinematográficas popularizas en la cultura pop tiene un considerable espacio la saga iniciada con El planeta de los simios (Franklin J. Schaffner, 1968). Es más, si hoy vivimos una etapa de reinicios y sagas eternizadas, esta fue una de aquellas obras que sirvió de cuna de toda una serie de secuelas que fueron decayendo en el interés del público, suponemos que también porque perdieron calidad a favor de la búsqueda del máximo rendimiento económico. Lo cierto es que la franquicia se había diluido desde el éxito inicial de los primeros setenta, pero perduraba su huella en el imaginario popular, potenciado por los homenajes y referencias de otras obras. Por ello, en nuestro siglo XXI, tan decantado por el rescate de la nostalgia, no faltó a la cita del remake, muy criticado, de la obra original a manos de Tim Burton (1958-) en 2001.

Ante aquel fracaso, la saga volvió a un segundo plano hasta ser rescatadas de nuevo una década más tarde para una nueva trilogía que reiniciaba y planteaba una nueva historia a partir de la idea original, lo que contó con mayor éxito, al menos en taquilla. La primera entrega fue El origen del planeta de los simios (Rupert Wyatt, 2011), que ponía el foco en cómo los simios se convirtieron en la especie dominante en la Tierra.

El argumento nos transporta a la vida de Will Rodman (James Franco), científico que está desarrollando una cura para la enfermedad de Alzheimer por un interés personal: sanar a su padre. Durante su investigación, logra desarrollar un virus que vuelve inteligentes a los chimpancés con los que experimenta. Sin embargo, un incidente durante la investigación lleva al exterminio de todos los sujetos de prueba, excepto de una cría de una de los chimpancés afectadas por el virus. Will decide cuidarlo en secreto, llamándolo César (Andy Serkis) y educándolo como un ser humano.


Posteriormente, nuestro protagonista decide seguir investigando sobre el virus, experimentando con su propio padre, para finalmente desarrollar una nueva cepa más poderosa, pero que conlleva un riesgo desconocido para los seres humanos. Entretanto, César sufrirá las consecuencias de la incomprensión humana y, finalmente, comenzará su revolución junto a otros simios. A la par, habrá varios guiños a la historia original, tanto en nombres como en la mención a la misión espacial de la película primigenia, aunque con cambios necesarios, como la fecha de lanzamiento.

Una sencilla historia que no explora ninguna de sus vías firmemente. En primer lugar, existe un factor determinante relacionado con la idiosincrasia de la película: la animación digital de los simios, que impide la conexión emocional con ellos. Precisamente, el protagonista, César, que es el más elaborado, no parece tener una evolución por su falta de expresividad. Este elemento determina en gran medida la ausencia de una conexión emocional auténtica, lo que debería ser suplido por los giros argumentales. En este sentido, tan solo encontramos un par de escenas donde se plasma tanto el cariño familiar de César hacia la familia Rodman como su sensación de abandono por las leyes humanas. Pero más allá de eso, no existe un guion que potencie la búsqueda de un clímax emotivo, sino que todo queda desinflado.


En segundo lugar, de nuevo en relación al clímax, se propone una rebelión de simios de efectos bastante ridículos. La película opta claramente por la victoria de un bando, pero una victoria hacia un destino absurdo, donde siguen siendo vulnerables o deberían serlo dada la maquinaria que el ser humano controla. No existe ninguna emoción en ese clímax combativo, el espectador conoce de antemano su resolución y tampoco se da la oportunidad de un final trágico. Si bien es cierto que la presencia del virus alienta la posibilidad de una pandemia, como comprobaremos en la secuela, El amanecer del planeta de los simios (Matt Reeves, 2014), se convierte tan solo en un guiño orientado a realizar una continuación. En cierta forma, toda esta película parece existir para dar origen a sus secuelas, por lo que no construye más que superficialmente a sus personajes y sus relaciones, ahí tenemos, por ejemplo, cómo se forma la relación romántica entre Will y Carolina (Freida Pinto) de manera bastante vaga e innecesaria para el desarrollo argumental.

En tercer lugar, todo lo relativo a la rebelión de los simios parte de una hipótesis bastante tópica y manida, donde encontramos un refugio de animales dirigido con crueldad y unos personajes detestables, especialmente Dodge Landon (Tom Felton), en quienes no encontramos ni un ápice de compasión. Incluso resulta incomprensible el comportamiento de alguno de estos personajes para que así la película pueda posicionarnos de una forma más que evidente y maniquea. De nuevo, los malvados son un empresario sin escrúpulos y unos cuidadores que están muy alejados de su auténtica labor. En efecto, existen personas así, pero resta originalidad a una película que de la forma en que se planteaba necesitaba más. Tampoco el conflicto por ser el macho alfa entre los simios acaba resultando interesante; de nuevo, resultaba obvio y parece más interesado en asentar rivalidades para un futuro que en desarrollar algo en esta ocasión.


En definitiva, El origen del planeta de los simios es un intento moderno de revitalizar la saga que tiene un buen planteamiento y que disfruta mostrándonos un camino lleno de referencias a su saga, pero cuyo nudo y desenlace no causan ningún interés, además de unas actuaciones bastante decepcionantes. A pesar de estar planteado como un blockbuster, no tiene un clímax realmente interesante, le falta un drama más profundo o algún toque trágico que diera sentido a un final que queda desinflado por completo. Su objetivo era hacer taquilla y servir de guía a sus secuelas, que quizás llegasen a ser mejores, aunque en apariencia siguen su misma estela. Al final, una obra vacía, de ver y tirar.

Escrito por Luis J. del Castillo


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