Thor: Ragnarok, de Taika Waititi

23 noviembre, 2017

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Aunque hablemos del género de los superhéroes, lo cierto es que tan solo tiene un requisito: la existencia de un ser con poderes, o al menos algunas habilidades considerables, que tienen un efecto en la sociedad que le rodea, generalmente salvadora. A partir de ahí, el esquema se adecua a las preferencias de quien dirige la película. Así podemos tener un thriller con El caballero oscuro (Christopher Nolan, 2008), una road-movie con ecos de western crepuscular en Logan (James Mangold, 2017), una mezcla entre ciencia ficción y drama adolescente con Chronicle (Josh Trank, 2012), una aventura clásica y risueña con Superman (Richard Donner, 1978) o una comedia gamberra y satírica con Deadpool (Tim Miller, 2016). Al final, se trata de emplear al personaje dentro del tipo de historia que prefiramos, porque se puede tratar con gran versatilidad.

En este sentido, el personaje de Thor, surgido a partir de la mitología nórdica para llegar al mundo de los cómics desde el trabajo conjunto de Stan Lee, Larry Lieber y Jack Kirby, ha sufrido en el mundo cinematográfico diversas interpretaciones. Primero llegó la película Thor (Kenneth Branagh, 2011), prosiguió con apariciones en películas conjuntas de Marvel, como Los Vengadores (Joss Whedon, 2012), y siguió con su trilogía particular con Thor 2: El mundo oscuro (Alan Taylor, 2013). No ha sido el personaje mejor tratado de la factoría Marvel, con un resultado bastante irregular, pero su última película parecía querer mejorar el rumbo llevado: Thor: Ragnarok (Taika Waititi, 2017).

En esta ocasión, acompañamos a Thor (Chris Hemsworth) cuando trata de impedir que suceda el Ragnarok de Asgard, es decir, la destrucción de su planeta. Cuando considera que ha logrado detenerlo, regresa a su mundo para descubrir que su hermano Loki (Tom Hiddleston) ha usurpado el puesto de su padre, Odín (Anthony Hopkins). Cuando trata de reinstaurar la normalidad, descubrirá que tenía otra hermana, Hela (Cate Blanchett), diosa de la muerte, quien quiere ocupar el trono de Asgard. Tras caer derrotado con facilidad y perder su poderoso martillo, Thor acaba en Saakar, un mundo convertido en basurero espacial dominado por Gran Maestro (Jeff Goldblum), un tirano que organiza combate entre gladiadores. El héroe asgardiano deberá escapar de Saakar y regresar a su mundo para salvarlo.

De esta forma, a lo largo de la película podemos observar tres tramos diferenciados: la introducción, que se inicia situándonos en el presente de Thor tras dos años de ausencia así como la situación de Asgard tras el dominio de Loki y la aparición de la villana principal, Hela, con la mención de fondo del Ragnarok; un segundo tramo donde se plantea la caída en desgracia de Thor y su decisivo empeño en salir de Saakar y salvar su mundo; y, finalmente, un tercer tramo donde se sitúa la batalla final y la resolución. La estructura es clásica, pero la forma en que se desarrollan deja bastante que desear.


Por una parte, la introducción es bastante acelerada para todos aquellos elementos que quiere presentar. Incluso se permite el cameo de Doctor Extraño (Benedict Cumberbatch) en una innecesaria escena en exceso humorística y alargada de más. Además, no se logra ni siquiera trascendencia en un momento que debería ser emotivo y al que se va a remitir constantemente en el resto de la película. A ello debemos sumar, por último, la aparición de una villana, Hela, que está más vacía de lo que aparenta, pues si bien es cierto que contiene tras de sí una reflexión en torno a la perversión de la historia por parte de los gobernantes o a la eterna cuestión de los secretos familiares, lo cierto es que a estos aspectos se les dedica un tiempo mínimo, y el personaje no deja de ser maniqueo y típico.

El segundo tramo se convierte en el más largo y aunque se supone que estamos ante la caída en desgracia del héroe, del que incluso esperaríamos una pérdida de confianza por la pérdida de su martillo, lo cierto es que Thor se mantiene siempre fiel al espíritu rebelde y arrogante que ha caracterizado al personaje, lo que impide que exista algún momento en que se pueda empatizar con este protagonista. El resto de personajes que le rodean se sienten bastante vacíos. Valquiria (Tessa Thompson) parece tener un traumático pasado que es revisado en un flashback muy efectista, pero también muy simple para darle un auténtico fondo al personaje. Y Hulk (Mark Ruffalo) crece en tanto que se le otorga una personalidad propia, que es prácticamente un respiro cómico, pero no aporta mucho más que pura espectacularidad. Casi se podría decir que el mejor dúo en pantalla es el formado por Loki y Thor, en tanto que sus constantes giros entre la rivalidad y la fraternidad funcionan siempre y se asientan en una relación desarrollada con anterioridad.


Por último, el tercer tramo bascula entre el clímax y el anticlímax, pero se siente fugaz. El duelo entre Hela y Thor apenas dura, y no se logra alcanzar la tensión ni la transcendencia necesaria, dado que su final está motivado por los hechos del inicio, que apenas tuvieron tiempo para desarrollarse y alcanzar un mayor matiz trágico. En este sentido, la película está poco equilibrada, dado que no hay lugar para la épica ni para la tragedia, que acaban absorbidas siempre por la comedia, lo que provoca que sintamos que todos los personajes están vacíos, más al servicio del chiste que a una evolución personal.

La comedia parecía haberse convertido en la principal aliada de la obra de Waititi, siguiendo la estela de otras producciones Marvel, pero lo cierto es que se ha convertido en un arma de doble filo. En Thor ya se empleó el humor para mostrar las diferencias entre el héroe asgardiano y la Tierra, algo que siguió presente en Los Vengadores, pero que casi desaparició en Thor 2: El mundo oscuro, una aventura más típica y que aporta más bien poco. Sin duda, la comedia había sido su principal baza para distanciarse de este recorrido, pero acaba por devorarlo todo, sobre todo a sus personajes, que acaban convertidos en chistes. En la segunda parte de Don Quijote (1615), Cervantes (1548-1616) expone a sus dos protagonistas a toda una serie de burlas y tretas perpetradas por una pareja de condes, lo que acaba convirtiéndose en una propia parodia de los personajes que puede incluso incomodar al lector, dado que una cosa era verlos vivir accidentes fruto de la confusión y del encuentro con la realidad y otra que sean otros quienes procuren reírse a su costa, desvirtuándolos por completo hasta perderles el respeto que habían mantenido hasta entonces. Algo similar sucede con Thor: Ragnarok.


Como ya mencionábamos, incluso en los momentos épicos, todo se convierte en chiste. Por situar un mero ejemplo, cuando Bruce Banner decide entrar en acción como Hulk de nuevo. Ese cúmulo de burlas hacia los personajes acaba resultando cansino y rompe el equilibrio narrativo de esta clase de historias. A raíz de su argumento, ha sido bastante comparada con Guardianes de la Galaxia (James Gunn, 2014), pero lo cierto es que las películas de la patrulla espacial sabe respetar a sus personajes, permitiendo momentos dramáticos y épicos, incluso aunque se introduzca algún gag no se pierde la dinámica dado que no se burla en sí del personaje, sino que nos reímos con ellos y con lo que hacen. Y así, hasta la buena lógica con la que se construye el fondo de la historia, con la gran ironía que conlleva el propio hecho del Ragnarok, acaba pasando desapercibida entre tanto efectismo y tantas ganas de provocar la risa hasta con los recursos más manidos y simples.

En definitiva, Thor: Ragnarok puede llegarte a hacerte reír, porque no le faltan intentos para hacerlo, pero acaba por ahogar todo lo demás. Es decir, estamos ante una película de superhéroes que pierde toda su épica y trascendencia no adrede, dado que está presente, sino porque la comedia invade cualquier escena. Este afán por provocar la risa impide que los personajes resulten verosímiles o profundos, estando la mayoría vacíos de desarrollo. Y aunque pueda resultar una aventura entretenida, tiene tramos pesarosos, donde los chistes van perdiendo gracia por acumulación.

Escrito por Luis J. del Castillo


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