Clásicos Inolvidables (CXLV): La poesía de Manuel Machado

17 noviembre, 2017

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Determinadas ideologías políticas han hecho suya la cultura, ante la pasividad e indiferencia de las restantes. La excepción la marca, está claro, el lector culto. Que al fin y al cabo, es lo que nos interesa (el ser buenos lectores).

Para estas ideologías absorbentes, que antaño pretendieron enlazar nuestra Guerra Civil (1936-1939) con la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), es fácil extrapolar los desaciertos y las necesidades del pasado con los de la actualidad, como si se tratara de una misma coyuntura, cuando lo cierto es que muchos autores comprometidos con un ideal se habrían sentido más que desengañados ante tales presupuestos y aplicaciones en el presente (y con harta razón). Pienso en Valle (1866-1936), Unamuno (1864-1936) o Antonio Machado (1875-1939); como a tantos otros les ha sucedido después. Pero abolir el escenario de la confrontación, disfrazado de una lucha de clases supuestamente justificada e igualitaria, es como pretender eliminar la propia razón de existir de tales ideologías, dañinas en el siglo XX como ninguna otra cosa lo ha sido. Por ello necesitan de forma periódica estos trasvases ideológicos y espacio-temporales, de padres (políticos) a hijos, o lo que es peor, de (pseudo) profesores a alumnos.

Prueba de ello es que, aún hoy, existen lugares en la red, de autoproclamado prestigio, cuyo principal y más inmediato interés es practicar el cedazo ideológico, advirtiendo acerca de qué autores se deben considerar y cuáles no. Atendiendo a criterios ideológicos, no literarios, naturalmente.

Parece una pura ingenuidad por mi parte, pero ha sido un proceso largo el que me ha llevado a descubrir al fin, que la historia no la escriben los historiadores (vencedores, o a veces, también vencidos), sino los políticos (con la complacencia de algunos historiadores afines), según sea su grado de adscripción en la escala de recolección de votos. Los otros historiadores, los honestos, los esforzados, los ecuánimes, hacen lo que pueden para hacerse un hueco y llegar al gran público, con el fin de que este pueda, al menos, disponer del mayor número de datos fidedignos.

Valga esta introducción para referirnos al largamente ninguneado Manuel Machado (1874-1947). Conocida es en el mundillo literario la irónica respuesta que ofreció Borges (1899-1986) acerca de los Machado: ¿Pero tenía Manuel un hermano?

En efecto, la politización de Antonio Machado ha sido el bosque que, durante demasiado tiempo, no ha permitido ver los árboles, tanto de Manuel, como del propio Antonio (por cierto).

La Antología Poética de Alianza Editorial (2007-2015) es ejemplar por dos motivos. En primero, por la selección de la obra del coautor de La Lola se va a los puertos (1929), que recoge piezas de la totalidad de los poemarios del autor sevillano. Y en segundo, por la excelente introducción y anotaciones del libro. Ambos aspectos son debidos al crítico y literato Arturo Ramoneda (-).

Recuerda en su análisis Ramoneda cómo la de Manuel, en propias palabras, fue una revolución exclusivamente estética, es decir, artística y literaria, pero teniendo en cuenta la mudanza de fondo que supone toda alteración de la forma.

Hondamente castizo, Manuel Machado permaneció más atento a auscultarse a sí mismo, a la expresión de lo subjetivo, a recrearse en la música de las palabras, a la tradición folclórica y popular, y a evocar tiempos pretéritos, que a la realidad inmediata (Introducción).

Advierte Ramoneda otro aspecto fundamental: la enfermedad moral, lírica y estética, la melancolía, el desaliento, la hiperestesia y la abulia -para Pedro Salinas (1891-1951), el derrotismo espiritual enmascarado de exquisitez literaria- tuvieron su origen, más que en la crisis del 98, en la literatura europea del siglo XIX. Nada más cierto. Ya está bien de enmascarar el sentimiento trágico de la vida con la negra visión de una España más adocenada que cercenada. Demasiado daño ha hecho esta visión plañidera y cómoda, con frecuencia, adoptada con excesiva alegría por los propios escritores, como forma encubierta del trastorno sociocultural que afectaba a toda Europa.

Dicho de otra forma, el que Manuel Machado permaneciera en un ideal bohemio, con frecuencia crítico con el ámbito burgués, en lugar de adoptar los nuevos, y cada vez más deshinchados, derroteros socio-literarios, no lo convierte en un autor menos comprometido. Al menos, con la literatura.

Manuel Machado ejerció de traductor, para poder hacer frente a las penurias económicas, e incluso llegó a ser secretario de Rubén Darío (1867-1916) durante algún tiempo. Más aún, en un caso análogo al de Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891), el Machado joven, inconformista y agnóstico, fue dando paso, en palabras de Rafael Cansinos Assens (1882-1964), a un trascendentalista indeterminado, más que a un fervoroso católico o, en cualquier caso, a un católico estético y circunstancial (Introducción). Aparte de que Manuel Machado sentía que ya había dicho todo lo que tenía que decir, en cuanto al modernismo se refería.


Comenzando por lo que los lingüistas llaman el sustrato, destaca en Manuel Machado, no ya el papel de lo popular y lo folclórico, compartido por tantos poetas, o en el caso de los Machado, bien conocido por la labor folclorista del padre, Antonio Machado Álvarez, Demófilo (1848-1893); sino la forma de entenderlo. Para Manuel, esta visión de lo popular entronca con el pasado tanto como con el presente, y se proyecta hacia el futuro por medio de los sueños, como forma de transmisión tradicional, que se aquieta en el presente universalizando sus valores más localistas y pintorescos. Eternizándolos como un todo que pasa, que pasó y volverá a pasar. 

Sus cantares son excelentes, en ellos palpita la vida, la alegre y la que llora. La denominada sabiduría popular lo es, en tanto que el individuo poético experimenta y se da cuenta de sus anhelos y pesares, sufriéndolos y cantándolos en un terciopelo silencioso (como reza otro de sus versos, esta vez, dedicado al rey Felipe IV [1605-1665]). Se es consciente de la pena, pero se canta para adentro, para uno mismo, mientras el poeta la recoge para ser compartida, hacia fuera. Ambas posturas conviven en Manuel Machado y no se solapan la una a la otra, sino que se complementan. La guitarra es el vehículo interior, y el propio poema, el exterior. Así, la guitarra se deja oír en tanto el lector ha decidido acercarse al poema. De no ser así, esta solo puede aspirar a lamentarse en silencio.

Y ello sucede en tiempo presente, pasado y futuro. O tal vez, Manuel Machado comprendiera que el tiempo es una entelequia, y no quepa tal distinción, puesto que todo forma parte de un mismo y cíclico sentido. Veamos: el cetro de oro de El príncipe, la reina deshojando sus flores en Oriente, el ciego sol que se estrella en Castilla, la llegada del lobo blanco del invierno en El reino interior, o el parque que ha cerrado en Otoño (todos pertenecientes a Alma), son glorias, impresiones y acontecimientos, que traspasan su pasado y se instalan en un eterno presente histórico. Como aspectos del romancero tradicional que aún permanecen vivos, y como si la historia no fuera exclusivo patrimonio de dicho pasado. 


Por otra parte, su yo decadente es lúcido y moral, pero no de la moral maldita, sino de la barriobajera, la de El mal poema (1909). En este poemario, el autorretrato convive en nuevos paisajes y ambientes, insolentes e infames, pero igualmente introspectivos, melancólicos y duales: son el camino de la muerte y el camino de la vida (El camino). Una instantánea de lo efímero y primordial que se da en las horas de la noche, obsesión y diversión / del poeta solitario (A mi sombra, Última), pues hay quien solo despierta cuando llega la noche (Chouette).

Del simbolismo tomó Manuel Machado su capacidad de traducir a imágenes el misterio de la vida por medio de los objetos y los colores; y la búsqueda de la espiritualidad, por medio de la materialidad que alcanzan nuestros sentidos. Del parnasianismo, el subjetivismo de dicha materialidad, lo impreciso de nuestra realidad, la independencia político-social, y el retorno a la belleza como entidad, casi independiente del creador mismo.

Además, Manuel hizo propia la necesidad de culturizar sin adoctrinamiento (ahí es nada). Conciso y sobrio, y por ello, sugerente, los elementos cromáticos conforman muchas de sus descripciones sensoriales. Bajo lo simple y espontáneo late la gravedad de la levedad.

A ello sumó aspectos del neoclasicismo, el posromanticismo y el costumbrismo. Las escenas del pasado, la exaltación de la naturaleza (correspondiente a todas las épocas del año), el erotismo, el sueño, el desengaño amoroso, el choque entre la realidad y la imaginación, el estoicismo de corte autobiográfico, y el gusto por lo popular (incluyendo la tauromaquia, como también fue el caso de Federico García Lorca [1898-1936]), salen al encuentro de los temas de una realidad externa, tanto espacial como temporal. En definitiva, persiguen el afán de precisión en el vocabulario, y una percepción sensorial, a la que se acoplan esos atributos simbolistas que saben sugerir estados de ánimo y emociones, expresados mediante imágenes que parecen proceder de fuerzas ocultas o poderes superiores.

Friné en Eleusis (1889), de Henryk Siemiradzki
Su estampa impresionista del Madrid viejo, en el poema de igual título, también se nos narra en presente (Siglo de Oro: Museo). Así, transita del jocoso pasar de la vida expuesto en el soneto Alfa y Omega (Poemas varios), al pesar del amor y la muerte, ambos uno, en Ars moriendi.

Tampoco se quedó Manuel Machado en un conformismo de misa y comunión (su firma en un manifiesto contra el terror nazi y otros reparos al Régimen lo atestiguan; Introducción). Lo sostuvo, eso sí, por vía de su muy devota esposa, cuando presto a continuar con su propia evolución humana y poética, ya no le quedó tiempo de seguir avanzando. Benditas las horas que pasaron / benditas las ausentes / y malditas las presentes (Cantares: Ellas: Tristes y alegres).

Un caminar en el que incluso tuvo cabida la natural atracción por el esoterismo y el ocultismo, reflejados en el poema Eleusis (Alma). En esta bella composición, Manuel Machado nos hace asistir a una de esas imágenes del pasado, la de los cultos paganos de la ciudad griega. Una figuración, o percepción, que asoma en sueños, como perteneciente al mundo de lo inconsciente, en esos momentos en que el tiempo carece de dimensión concreta, y que apenas logramos retener una vez despiertos.

Ya lo aseguró en otra ocasión. Mi fuente de inspiración es la realidad. Pero una realidad integral del mundo exterior y del mundo interior. De lo visto y lo imaginado (Introducción).

Escrito por Javier C. Aguilera


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