¡A ponerse series! (XXVIII): Lou Grant

29 mayo, 2017

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El periódico del que es redactor jefe Lou Grant (Edward Asner) no está al servicio de ninguna cleptocracia política, ni es el altavoz de una prediseñada propaganda partidista, ni está quebrado, ni comulga con determinados jueces y fiscales, ni ha puesto la mano en el fuego por político alguno, para tener que pasar luego por la unidad de quemados. Es un diario que ayuda a hacer opinión, pero sin tergiversarla con ánimo de hacerla coincidir con el ideario de algún grupo mediático.

En La Tribuna de Los Ángeles pueden presumir de ser independientes. Hasta el punto de llegar a rechazar un prestigioso galardón, de esos que procuran una notable promoción, al constatar que este no se financia con fondos y patrocinadores enteramente respetables (en el episodio Fuegos artificiales).

Como habrán podido adivinar, estamos nuevamente en el ámbito de la ficción pura y simple, pero lo hacemos de la mano de una de las más memorables e inteligentes series de los años setenta y ochenta, que no solo de actualidades debiera vivir el televidente o el youtuber.


Lou Grant (CBS, 1977-1982) nos muestra los avatares de un grupo de periodistas, con sus más y sus menos inevitables, tratándose de seres humanos. Su causa política es el respeto a la libertad del periodista y el lector, aunque, naturalmente, haya momentos en los que esta predisposición corra peligro. En La Tribuna se procura no confundir opinión con información, aunque cuente con opiniones muy respetables. Cada uno de sus integrantes posee su propia forma de pensar y conducirse, pero está al servicio de esta idea vertebradora.

Ciertamente, está en la condición humana el querer mandar sobre los demás (sientas en un sillón a un sujeto predispuesto y ya se cree lo que haga falta). Pero quienes piensan que puede existir democracia sin respeto a la ley, o a la libertad individual -algo a lo que algunos nos quieren acostumbrar, en favor de no sé qué rancia ideología-, se encontrará de frente con las coetáneas y, me temo, cada vez más escasas, Tribunas de Los Ángeles.

Creada por Allan Burns (1935), James L. Brooks (1940) y Gene Reynolds (1923), Lou Grant se abre con una reconocible entradilla musical de Patrick Williams (1939), que caracteriza unos títulos de crédito que, en las temporadas iniciales, daba comienzo con la imagen de un pájaro en la libertad del bosque, y concluía con la de otro pájaro, esta vez enjaulado, bajo el que se colocaba, en una bandeja, el producto extraído de uno de los árboles de ese bosque: la hoja de un periódico.


Lou es buen amigo del editor y director Charlie Hume (Mason Adams), a quien conoce desde hace tiempo y al que debe su nuevo puesto como redactor jefe de la sección de actualidad; pero también entablará buenas relaciones con su adjunto en la redacción, Arthur Donovan (Jack Bannon) y con los reporteros Joe Rossi (Robert Walden) y Billie Newman (Linda Kelsey). La dueña y editora principal (publisher) del periódico es la viuda Sra. Pynchon (Nancy Marchand), en cuya mesa de despacho tiene un lugar reservado su perrito Barney, que observa circunspecto, con algún que otro ladrido de aprobación o desaprobación, lo que por allí acontece.

En el capítulo piloto, Lou, que aunque se ha formado en el mundo de la prensa ha pasado los diez últimos años trabajando en una cadena de televisión, mostrará sus cualidades innatas. Así, al destaparse un nuevo escándalo en el que están relacionados algunos policías (algo de lo que el público ya está cansado: cambien el asunto por el de una más genérica corrupción), se ve en la necesidad de apartar a un veterano periodista que ha ocultado información (Peter Hobbs), enseñando de paso a Rossi a no cebarse en una noticia que la conviene ideológicamente, o a la mismísima señora Pynchon -buena fajadora- que una cosa es publicar una historia y otra lo que le conviene al periódico.

Sorteando el riesgo que conlleva siempre la imagen, constructora de afectos pero no necesariamente de conocimiento, Lou conoce la importancia de un buen texto y de una buena fotografía. Sabe que, con ambos elementos, texto e imagen, algunos pueden manipular a la “opinión pública”, descontextualizando el dolor o convirtiendo la piedad en un espectáculo. En el referido capítulo piloto (Cophouse), Lou va tomando contacto con el entorno de un Los Ángeles al que acaba de llegar, desde la ventanilla del autobús y a través del periódico. Una de las primeras cosas que va a cambiar será el trato y las (des)ocupaciones de parte del personal. Es, en palabras de su amigo Charlie Hume, un líder nato, además de un profesional independiente.


No es, por lo tanto, nada gratuito el que cada día dediquen estos periodistas parte de su tiempo a decidir qué noticas van en portada y cuáles no, así como el carácter, dimensiones y ubicación de los artículos. Lo que a veces conlleva la responsabilidad de convertir una información de aspecto banal en una noticia importante, comprometiendo la fiabilidad de las fuentes de información (Engaño), o el mostrar cómo ha de hacerse un buen reportaje de investigación (Nazi). Algo que, a su vez, a veces “invita” a ponerle rostro, además de nombre, a los personajes de una noticia, o por otra parte, desvela la soledad del propio reportero, en una vida en la que es difícil mantener una pareja, pues su dedicación casi plena no invita al compromiso (El barrio).

Pero el tiempo y las circunstancias mandan, y como recuerda Lou, nuestra misión es publicar la noticia, no podemos sopesar cada artículo. Lo cual no va en detrimento de la honesta elaboración de dicho artículo, con toda la información disponible y sin ceder al sensacionalismo (Reconocimiento médico). Al fin y al cabo, realidad e inmediatez no son la misma cosa; o como expresa la señora Pynchon, deseo verdad, no velocidad (La primicia).

Una verdad que, a veces, sucede que la tenemos delante de nuestras narices, sin percatarnos de ello (Rehenes). O, por el contrario, se muestra diáfana. Como especifica Joe Rossi en cierta ocasión, vamos a luchar contra la clase de persona más difícil de vencer: un loco con poder; en un capítulo, El Juez, donde más escalofriante aún es constatar cómo el jurado popular y un alguacil se dejan llevar, entre chascarrillos, por la corriente de la impunidad. Y este es solo el último eslabón de una cadena forjada por inspectores, abogados y otros funcionarios del estado… Un entramado del que, para medrar -que no es lo mismo que prosperar-, hay que formar parte sí o sí. De hecho, al que no se le puede comprar, se le amenaza.


El trabajo en equipo llevado a cabo en La Tribuna no perjudica la personalidad de cada uno de sus integrantes. Cuando surge un problema, por ejemplo, en un avión en el que viaja la hija de Charlie, destaca la buena comunicación entre los compañeros (Avión de pasajeros), siempre capaces de eludir el equívoco corporativista. La propia dueña del periódico, para poder mantener su independencia personal y laboral, asegura sufrir las presiones de los políticos, los sindicatos, las iglesias, las escuelas, los italoamericanos, la comunidad polaca o la mexicana; a lo que se sumarán las coacciones familiares por parte de dos sobrinos desaprensivos (Cophouse).

Esta relación laboral entre colegas también pone al descubierto, como ya he señalado, la íntima soledad de muchos de estos profesionales “a tiempo completo” (Héroe). Un “mal menor” entre el marasmo de situaciones que irán planteándose en la redacción del periódico a lo largo de una serie que, sin duda, cuenta con un amplio conocimiento de causa. Asuntos como lo arriesgado de publicar informaciones no contrastadas debidamente, sacando conclusiones aventuradas (La primicia).

Todo ello, sin obviar el necesario sentido del humor. Como el choteo que provoca la lista de palabras obscenas permitidas o a evitar, según sentencia judicial (El ingreso de Rossi), o las apuestas por los temblores de tierra (junto con las cucarachas que lo predicen) en La réplica y El apagón. Sin excluir algún que otro guiño cinéfilo, como el de El bazar de las sorpresas (The Shop Around the Corner, Ernest Lubitsch, 1940), en el episodio El gallinero, u otro tipo de amenazas, como el cortejo a Margaret Pynchon, en pos de una absorción que denota el peligro de pasar a depender de un monopolio, o un duopolio; situación en la que se pone de manifiesto que quien más poder tiene no es el que atesora más votos (más acciones), sino el que ha sabido convertirlos en cruciales (Apropiación).


Esto nos lleva a una de las características más destacadas de la serie, como es su huida de los tópicos narrativos y argumentales. Lo que la convierte en una obra plenamente vigente. Así ocurre, por ejemplo, con la visión del totalitarismo en Nazi. O con los malos tratos, con todo lo que nos resulta tristemente familiar, y sin falsos ternurismos, en La inauguración. Desde el insulso reportaje que esconde una “bomba informativa”, a la verificación de que las apariencias engañan: los desheredados de la fortuna que resultan ser unos inconscientes primero, y unos aprovechados después (ambos ejemplos en el capítulo Navidad).

Algo que sucede, igualmente, cuando se tiene al enemigo en casa, en forma de todo aquello que va en contra de los principios éticos del periodismo y de la independencia del lector (en el excelente Deportes), cuando un hijo abraza la causa de una secta (La secta), o respecto a las razones por las que el quiosquero Earl (Robert Earl Jones) no quiere dejar el apartamento en el que ha pasado buena parte de su vida y que va a ser demolido (Renovación).

En otras ocasiones, se ha de mantener la independencia respecto a las llamadas agencias de seguridad del estado (CIA, en este caso), cuando se comenta que casi todos los periódicos no la tienen (Espías). Esta agencia presiona a La Tribuna para que deje de investigar un asunto relacionado, aparentemente, con las drogas… aparte de que cunde el rumor de que existe un infiltrado de la organización en el periódico. En la esclarecedora charla con un colega, Lou asegura que la CIA emplea sus contactos para enfocar las noticias a su conveniencia. Aunque los acusados por posesión de narcóticos son finalmente exculpados, no por ello deja de ser cierta la manipulación de esta agencia gubernamental. Una presión federal y estatal que se deja sentir nuevamente, como los temblores de la Falla de san Andrés, en Veneno, capítulo donde se testimonia la mala gestión de una central nuclear (no la conveniencia o no de esta fuente de energía), así como el sometimiento de algunos políticos y el miedo de los trabajadores a perder sus puestos de trabajo. Lo mejor del episodio es el alivio de Joe Rossi al poder contar, finalmente, con las pruebas que se enfrentan con todo ello, y permiten a los muertos descansar en paz.


Especialmente interesante -me parece a mí- es Fantasmas, que transcurre en el misterioso escenario de un accidente con resultado de muerte -un posible asesinato-. Un lugar en el que se dice que suceden cosas extrañas.

La escéptica Billie se hace cargo de la investigación para acabar descubriendo, entre otras cosas, que los profesionales que investigan los hechos paranormales no lo son menos que los que se ocupan de los delictivos. Como ejemplos, advertirá que la médium del grupo de científicos no cobra por sus participaciones, y que lo que el ojo no puede captar puede ser impresionado por la cámara fotográfica. En última instancia, averiguará, junto a su colega fotógrafo Dennis Price, apodado Animal (Daryl Anderson), que el que haya habido un crimen muy terrenal no anula la posibilidad de lo extraño (como se ratifica al final del capítulo), por mucho que esta haya sido empleada como coartada.

Además, como Billie ya sabía de antemano, los entes extraños no se caracterizan por martirizar aparatosamente al personal, haciéndole daño de una forma directa. En el episodio, se pone el mismo rigor a ambas investigaciones, la criminal y la psíquica, cosa que lo honra. De este modo, el vidrioso asunto de la casa Shepard y el caso Kraft deriva en las fuerzas psíquicas desatadas y reconducidas por una testigo del crimen. Al fin y al cabo, no será la primera vez que uno de los personajes principales se topa con lo insólito. Como refiere la señora Pynchon, después de su recuperación de una hemiplejia, no puedo negar lo que me sucedió a las puertas de la muerte (en el mismo capítulo).


Por descontado que la serie nos permitirá ir conociendo bastante más acerca de cada uno de los personajes, como la simpática pretenciosidad, además de valía profesional, de Joe Rossi, la impulsiva sagacidad de Billie Newman, o la campechanía y sinceridad de Lou Grant, de igual modo, emotivo y sensible. Por fortuna, se trata de personajes y no de roles políticamente correctos. Un detalle excelente, en este sentido, lo hallamos en los momentos en que Lou se incomoda cada vez que una aduladora colega le regala el oído (El escándalo).

Y porque hay cosas que no cambian en la profesión, destaca, así mismo, la importancia del teléfono, como hilo conductor vital entre el reportero y la redacción del periódico (pese a existir la telefonía móvil en forma de motorolas y otras unidades, es significativa la necesidad de acaparar los aparatos de toda la vida).

Por todo ello, Lou Grant seguirá estando de plena actualidad, aunque solo sea para quitarnos de encima esa sensación, cada vez más atenazadora, de que existen periodistas que escamotean más que hablan, o que solo están para lustrarle las botas al poder (o a quiénes aspiran a este, que lo mismo da).

Escrito por Javier C. Aguilera

Próximamente: Por trece razones








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