Sinuhé, el egipcio, de Mika Waltari, y adaptación de Michael Curtiz

02 abril, 2017

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El longevo Sinuhé está cansado de los dioses y de los faraones, de lo que hacen y lo que no hacen (Libro I: capítulo I). Parece que estemos condenados a que esto se repita en casi todas las épocas: acabar hartos de quienes nos gobiernan y comprobar que, los que pretenden suplirlos en sus funciones, también nos hastían.

La novela del escritor finlandés Mika Waltari (1908-1979) ejemplifica el sometimiento del individuo, hacia uno mismo, y merced a un ejecutivo sin cortapisas; esto es, sin una efectiva separación de poderes, pues el faraón, y aquellos que desean hacer acopio de la autoridad, lo abarcan todo sin ofrecer gran cosa a cambio. No en vano, un estado sin las debidas delimitaciones es siempre una amenaza, pese a que sus integrantes traten de aliviar las dificultades engrandeciéndolo aún más, y mostrándolo como un ente imprescindible bajo las coartadas más variopintas y bien trovadas (aunque, últimamente, ni siquiera esto último).

Un peligro que se extrapola a toda élite que detenta el poder sobre los demás; como peligrosos e imprevisibles son los intermediarios entre la divinidad -o divinidades- y el resto de los mortales.

Esta sumisión, voluntaria o involuntaria, presenta una doble aunque complementaria faceta. En primer lugar, la de las masas que, en su creencia de que todo les será dado, pensado y organizado, se dejan conducir; y en segundo, la que se fundamenta en los errores cometidos por la propia persona -se asuman o no-, dentro del devenir histórico. Es por ello que Sinuhé, el egipcio (Sinuhe Egyptilainen, 1945; Orbis, 1983; DeBolsillo, 2005; Plaza&Janés, 2016) es una novela de continua actualidad, en la que se aseguran cosas como que los hombres rehúyen la verdad, incluso aunque a veces la busquen (Libro I: III).

Claro que todas estas observaciones, o dolorosas revelaciones, las padece el protagonista a lo largo de toda una vida, y las contempla cuando ya han transcurrido los hechos más trascendentales que le tocaba vivir, hallándose ahora en la transitada senda de la decepción humana (otras veces, su andadura es más temprana). Aparte de que, como ya he señalado, en estas consideraciones cuentan también los errores de bulto, al albur de las circunstancias particulares o del colectivo. Precisamente, Sinuhé habla de la fiebre de Tebas, ciudad en la que acontece parte de la trama, para referirse a esa subordinación al conjunto; maximizada por la circunstancia de que, sin la intercesión de los sacerdotes, no podía conseguirse nada (I: V).

Mika Waltari
Tampoco le importa a Sinuhé la posteridad, pues es igualmente efímera y otros doctores ideológicos tiene (y si no, que se lo pregunten a la propia Literatura). Todo lo que ha sucedido acaecerá también en el porvenir, resume Sinuhé (I: I), en la que, con toda probabilidad, es la conclusión más devastadora del libro. En este sentido, añade el narrador que el corazón humano es tan insensato que deposita su confianza en el porvenir y la esperanza, sin aprender nada de sus errores (XIII: VI). El egipcio acomete sus desoladas pero fascinantes memorias el tercer año de su destierro, en las playas de los mares orientales. Pero su decepción postrera es aún mayor, existiendo una razón para ello: Sinuhé ha formado parte del organigrama del poder.

Su desesperanza es vital y, sin embargo, le queda la suficiente presencia de ánimo como para abordar la tarea de plasmar sus recuerdos, de una forma tan honesta como poética, porque esto último es lo que queda del ser humano de su paso por la tierra, su capacidad para contemplar el mundo por medio de las manifestaciones artísticas. Dan comienzo estos recuerdos en la época de la niñez y la juventud, recordando Sinuhé cómo los cuentos me divertían el espíritu (I: III). El joven egipcio, que ha sido adoptado por un médico y su esposa, se forma en dicho hogar y en la Casa de la Vida, sita el interior del gran Templo de Amón. Allí es instruido en el sacerdocio y la medicina, pues ambas vertientes se contemplan simultáneamente (Libro II).

Pero al contrario de lo que sucede hoy en día, donde se vilipendian a los fallecidos y se criminaliza a las víctimas, Sinuhé señala que nada hay tan sagrado como la muerte (II: III). No en vano, por encima de su natural inclinación trascendente, su encontronazo religioso es con los hombres más que con la divinidad; es decir, con los gestores de lo sacro, o con todo aquello que el ser humano diviniza y convierte en sacro (aunque haya quienes crean que mensajero y mensaje son la misma cosa); en el caso que nos ocupa, las Iglesias de Amón y de Atón. Es por ello que a Sinuhé le sobran los dioses interpuestos y toda la parafernalia retórica. Desea creer, pero, en un principio, no le dejan, y duro es saber que los dioses consienten impasibles todas las calamidades, sin interferir por medio de su proclamada justicia.


Es una etapa convulsa en la historia de Egipto. Con el reinado del mistérico y esquivo Amenófis IV, conocido por Akenatón (1372-1336 a. C.), el culto del establecido dios Amón da paso al del recuperado Atón, un dios incluso más antiguo, que entra en conflicto con la decadencia del mundo que siempre ha acompañado al hombre, según lo expresa Thotmés, un amigo de infancia de Sinuhé (II: V). En definitiva, los personajes se hayan en pugna en una sociedad que se encarga de apartar a quiénes la cuestionan o se preguntan el porqué de las cosas.

Entre otros sucesos, Sinuhé rememora su encuentro con Horemheb (¿?-1294 a. C.), un lancero hijo de unos modestos fabricantes de queso (en novela y película). Ambos tendrán ocasión de conocer en persona al heredero al trono, el referido Akenatón, la noche en que Amenófis III (1381-1353 a. C.; III: II) fallece. Pese a las buenas intenciones de Akenatón, su intenso brillo se limita a un corto periodo histórico. Su intento de regeneración certifica que los extremos suelen eclipsar a los centros. J. van Dijk (-) sintetiza muy bien esta etapa al señalar que la iconografía tradicional se abandonó en favor de un modo radicalmente nuevo de representar al dios: un disco con rayos que terminaban en unas manos que tocaban al rey y a su familia, tendiéndoles símbolos de vida y poder (…) Más tarde, una vez Akenatón estuvo firmemente asentado en su nueva residencia (Amarna) se produjo una nueva radicalización de sus reformas religiosas (capítulo décimo del excelente libro Historia del Antiguo Egipto, Oxford-La Esfera de los Libros, 2007-2015).

El caso es que, con el transcurrir del tiempo, Horemheb alcanza el grado de oficial en los ejércitos del faraón, en tanto que Sinuhé inicia su particular descenso a los infiernos, que da comienzo con sus encuentros sexuales -o más bien, concesiones- con la irresistible y embaucadora Nefer, que inflama los corazones y hace olvidar las obligaciones (III: V). Hasta el punto de cometer un acto terrible, que me guardaré de especificar. De hecho, en la novela se despliegan diversos tipos de esclavitud: al poder, la belleza, la culpa, las circunstancias… Como personaje, Nefer contiene los atributos característicos de una femme fatale: es perfectamente consciente del daño que ocasiona y sabe justificarlo (bajo la sempiterna coartada de la supervivencia). A ello se suman las prácticas corruptas -¡nunca mejor dicho!- en la Casa de la Muerte, el lugar destinado a dignificar a los difuntos por medio del embalsamamiento (IV: IV), así como el desfile de otros desheredados de la fortuna que Sinuhé va a encontrar a lo largo de su caminar.


Ello le confirma a Sinuhé lo que siempre ha sospechado. Que el intercambio de dioses se reduce a una mera cuestión política (en la que, como es costumbre, lo primero que se sacrifica es la libre elección del individuo). Ahora bien, como ya anticipé, muchos de los reveses se los granjea Sinuhé a pulso, por su inconsciencia o su apatía. Algo que, en su calidad de médico, tratará de purgar a lo largo de varios años por tierras foráneas, bien a título personal, bien acompañando a las tropas egipcias, mientras Horemheb queda a cargo de una guarnición en Jerusalén, primeramente (V: III), o del ejército en su totalidad, poco después. Eso sí, siempre tratando de redimirse de las equivocaciones cometidas.

Así sucede en esta primera y larga etapa de su vida. Pese a todo, según observan Sinuhé y Horemheb, solo Akenatón parece creer cabal y fielmente en ese nuevo dios y su verdad (V: III). De hecho, el poder solar de Atón no hace referencia a un ansia de dominación, sino a un afán integrador. Pese a lo cual, se hace inevitable una guerra civil entre los partidarios de ambos dioses, agravada por los restantes conflictos bélicos, con pueblos como los hititas o los sirios. Sencillamente, explicita Waltari, porque es más fácil hacer el mal que el bien (XII: I). El problema del traspaso de poderes, o sorpasso, de un dios a otro, reside en que no se favorece la libre coexistencia, sino la imposición de uno sobre otro. De modo que los conflictos con la nueva deidad de Akenatón no se hacen de rogar. De aquí parte el principal yerro, al no favorecerse la completa libertad de culto: siempre ha sido más fácil prohibir que consentir, y no hay más que mirar a nuestro alrededor.

Esta cuestión queda bien especificada en la novela, y es el entramado básico del relato, su escenario conceptual. A pesar de la buena disposición de Akenatón, sus razones y bondades no son suficientes para un gobernante del Alto y el Bajo Egipto, pues ingenuamente favorecen el desamparo y la inseguridad (y recuerdo que empleo el término dioses bajo una acepción mucho más amplia, según la atenta mirada dispensada por Mika Waltari). Así lo advierte el baqueteado Horemheb, que finalmente comprende que, en realidad, todo es un engaño (V: IV).; si bien, tratará de ponerle remedio. Unas manipulaciones, por cierto, que también se aplican al gobernante amorreo Aziru (1360-1335 a. C.), que interesada y retóricamente pregunta ¿qué es la verdad?


De este modo, se suceden guerras que son matanzas y persecuciones, hasta el punto de que, para Sinuhé el egipcio, las edades del hombre se dividen en la infancia, la juventud y el revelador desánimo de la edad madura, por contacto con los demás. Además de su trato con Aziru, Sinuhé se encuentra con el joven rey de Babilonia, al que cura de una afección molar (VI: II). Consciente de que nadie puede modificar el destino (V: IV y VI: VI), el médico se interroga sobre hasta qué punto está todo escrito.

En esta larga estancia babilónica, el criado Kaptah hace las veces de Sancho Panza en la representación de una burla cortesana (VI: V), al modo de una Isla Barataria, pero de resultados mucho menos ejemplares. Finalmente escapan de Babilonia con una esclava del rey llamada Minea (Libro VI), pero aparte de llevarse como el perro Anubis y el gato Bastet, episodios como el de esta esclava nos colocan ante un relato que, además, es la crónica de un viajero (forzoso y por decisión propia) por tierras hititas, sirias, babilónicas o cretenses, esta última de donde es oriunda Minea (VIII: I). Cada una de ellas, con sus diversos ritos y costumbres (VI: III).

Aunque el exilio de Sinuhé es más interior que exterior, los padecimientos no han cesado. Sinuhé pierde de vista a Minea en la Mansión del Dios cretense, de donde nadie ha salido antes, regresando a Siria después de tres largos años, y luego a Egipto, donde nuevamente se establece como médico de los más desfavorecidos. Allí, Sinuhé es invitado por el faraón a su nuevo Palacio Dorado, en Amarna (la Ciudad del Horizonte), donde el galeno advierte la afeminada deformidad de su cuerpo escuálido (X: IV). Pese a todo, sigue siendo consciente del poder de convicción del gobernante (XI: I), pues su locura era más bella que la locura de muchos otros (X: IV). Es un tiempo en el que se desvela la posible procedencia de Sinuhé (XI: VI), y en el que, así pasaron aquellos días, rápidos como un sueño, y no existieron ya (quevediana y cervantina cita, XI: VI).

Pintura de Nikos Gyftakis
El faraón no tiene herederos varones, tan solo a su joven sobrino Tut (XIII: I). Entre tanto, Sinuhé se refugia con Thotmés en Tebas (XIII: III), donde reina la miseria y la devastación. Un caldo de cultivo ideal para la referida guerra civil (el enfrentamiento de dos ideologías sacro-políticas) y sus posteriores leyes revanchistas sobre la memoria histórica: que todo lo que ha existido anteriormente sea, literalmente, borrado y olvidado. A la pérdida de seres muy queridos, se viene a añadir la participación de Sinuhé en el regicidio, presa del dolor y por instigación de Horemheb. El sucesor de Akenatón, Smenkharé (¿-1336 a.C.), es proclamado, pero muerto al día siguiente, por abrazar la causa de Atón (XIII: V). Tras lo cual, el trono es ofrecido a Tut (1345-1327 a. C.), bajo la supervisión del general Ay (-) y de Horemheb.

Para todos estos personajes, las aguas nunca podrán volver a su cauce en un Nilo tan revuelto. Aparte de que, siempre que pugnan dos bandos oficiales, prevalece la hipocresía de quien medra al sol que más calienta. Ya no lloré más ni sentí más dolor, sino que todo se helaba en mí, y mi corazón se cerraba (XIII: IV), diagnostica Sinuhé. Al final, será la egipcia una tierra maldita y solitaria (XIII: V), castigada por la guerra contra Siria y los hititas, y por la peste. El breve reinado de Tutankamon culmina con su muerte y con el definitivo establecimiento de Sinuhé en Tebas (XIV: V), tras un hiato en el que el protagonista ha envejecido considerablemente (XIV: IV)

En el libro XV y último, Sinuhé se ve forzado a tomar parte en otro delito, en esta ocasión, en la persona de un príncipe hitita, con el que Nefertiti (1370-1330 a.C.), que no se resigna a abandonar el poder, deseaba desposarse. Carambolas del destino -siempre debidamente encauzado-, el ascenso al poder de Horemheb supone la restauración del añorado poderío de Egipto (XV: VII). Con la princesa Baketamón (¿- c. 1360 a. C.), este engendra a Ramsés I (¿?-1294 a. C.; 217) y a Seti I (¿?-1279 a. C.; 218), pero lo más remarcable de esta nueva estirpe es que el matrimonio nunca será feliz. En última instancia, Sinuhé pide a Horemheb que restaure de nuevo al más benévolo Atón, en un postrero intento de servicio útil (XV: VI). Pero, tal vez, el problema no sea el nombre del dios, sino las atribuciones que los seres humanos le otorgan a este.

Si acaso cabe achacarle alguna cosa al personaje principal de la novela es que, ya desde un principio, Sinuhé es rehén de un carácter en exceso pusilánime y determinista, que se va acrecentando con los años y con cada derrota (o derrotero). Se queja, pero también se deja arrastrar por las circunstancias (aunque no siempre de forma indolente). Salvo, tal vez, al final de la novela de su vida, donde vuelve a recuperar cierta ilusión (o ilusión de ilusión), al universalizarse en la alegría y el infortunio de todos los hombres.

Al igual que en otras parcelas de la vida, en el cine, los lugares comunes campan a sus anchas, y este es un buen ejemplo para corroborarlo. En efecto, se suele achacar a la versión cinematográfica de Sinuhé el egipcio, elaborada por el veterano y demasiado infravalorado Michael Curtiz (1886-1962), el que la película naufragara -relativamente- al no recaudar lo que costó. O bien se esgrime que la joven e inexperta actriz -que yo sepa, todos hemos de comenzar alguna vez- Bella Darvi (1921-1971) fue impuesta por el productor, Darryl Zanuck (1902-1979). O que, para colmo, a Curtiz no le quedó más remedio que conformarse con Edmund Purdom (1926-2009) para el papel de Sinuhé.

Más aún, los recolectores de fetiches cinéfilos suelen recurrir a eso de que los actores estaban “muy perdidos” (exótico lujo para unos profesionales asalariados) cuando no saben qué otra cosa decir. Por el contrario, el hándicap, no sé si el problema, de la versión cinematográfica, estriba en la propia naturaleza descreída y pesimista de la novela, a poco que se pretenda ser fiel a su contenido. Tanto, que me sorprende que no se haya incidido en este aspecto a la hora de enjuiciarla, en lugar de echar mano a los antedichos y recurrentes tópicos.

Se trata de un material literario ciertamente incómodo, o al menos arriesgado, para un relato que se pretende, en principio, de corte familiar y aventurero (no necesariamente una superproducción). Sin duda, estamos ante una magnífica novela por lo anteriormente expuesto pero, como ya hemos apreciado también, la cara oculta del antiguo Egipto y del ser humano supone un poso mucho más directo y desesperanzado de lo habitual, por mucho que, como era de esperar, hubieran de suprimirse algunos de los pasajes del libro; luego referiremos alguno de forma sucinta.


El asalto al poder -a todo poder- y el abuso que se deriva de cualquier situación de privilegio (sexual o político, sino no semejan ser la misma cosa), incluyendo la caída en desgracia del protagonista, más parece el material idóneo para un relato de cine negro o policíaco que para uno de aventuras con apariencia de péplum. Ciertamente, parece entrar en contradicción el que una película de cierto despliegue de medios tenga como fin último suscribir la mezquindad de la vida a través de un antihéroe de tomo y lomo. Pero los hechos son los que son, y no puede negarse el valor hollywoodiense, ese que tanto parece irritar a quienes apenas entienden de cine, pero son muy prolíficos a la hora de comentar con desprecio y faltas de ortografía. Un acusado valor, no solo en esta ocasión, sino en otras muchas.

Como recuerda la voz en off al inicio de la película, los egipcios no solo construían monumentos, sino que también eran seres humanos como nosotros. El plano inicial que superpone las ruinas actuales a la imagen ennoblecida y colorista de la Esfinge y las Pirámides nos introduce, junto a otras postales, como la del templo de Hapshetsup (¿?-1468 a. C.) o el Valle de los Reyes, en un mundo donde lo nuevo no parecía tan viejo; entre otras cosas, porque siempre ha habido personas que, como Merit, la tabernera (Jean Simmons), lo han renovado continuamente. Ahora bien, se trata de un esplendor que no pretende soslayar la absoluta impasibilidad de la gente ante una desgracia ajena, como es la de un obrero atrapado bajo los rodillos que transportan un bloque de piedra, o la del propio Sinuhé, cuando a propósito de Merit, comprende que no supe que la amaba hasta que ya fue demasiado tarde.

Un espíritu aciago, o al menos azaroso, que se extiende a los tonos azulados, fríos, que Leon Shamroy (1901-1974) incorpora a la fotografía, en los momentos de cálido recogimiento y algarabía festiva, así como en la tumba real que visitan Sinuhé y Baketamón (Gene Tierney). Una extrañeza acorde con la imagen distorsionada, aunque bella, de una Nefer (Bella Darvi) reflejada en las aguas de un estanque (o incluso, de forma más diáfana, ante un espejo). Ello rubrica la romántica ceguera sexual de Sinuhé hacia la que es otra desterrada (como lo será el); en esta ocasión, de Babilonia. De relativa voluntad, más allá de expiar sus delitos y penar los sinsabores, el engatusamiento juvenil y la fatídica pasividad del protagonista no lo convierten en un personaje precisamente simpático, aunque sí muy humano. De igual modo, que tampoco se puede decir que el bravo Horemheb (Victor Mature) sea una figura que se limite a una sola faceta.


Son detalles que preservan la pesadumbre de la novela, aunque en esta, Sinuhé no escriba para su hijo, sino para nadie. Dicho de otra forma, aunque el contenido de la trama se suaviza en cuanto a la plasmación visual y argumental, no lo hace a un nivel conceptual: los indicios y derivaciones de la novela siguen estando presentes, solo que de una forma más solapada, formando parte del ambiente; junto con la bienintencionada ingenuidad del faraón, convertida en grave inconsciencia (derribado de esta, será el propio Akenatón quien pida a Sinuhé que ponga fin a su existir; un acto que, en la película, se hace extensivo a Horemheb). En este sentido, merece la pena recordar las últimas palabras pronunciadas por el faraón (Michael Wilding), cuando este asume: imaginé que Dios era el Sol y adoré su imagen; pero Dios es mucho más que eso.

Por lo tanto, una conclusión igual de afligida, aunque menos cruenta en su plasmación (uno de los personajes de soporte de la novela sobrevive en la película). Así mismo, Horemheb se convierte en faraón, pero desconocemos su legado, sí señalado en la novela. En definitiva, Sinuhé, el egipcio (The Egyptian, Fox, 1954), en versión bastante fiel de Philip Dunne (1908-1992) y Casey Robinson (1903-1979), depara buenos momentos de libreto y ambientación, como el correspondiente al apartado musical, gracias a la espléndida partitura conjunta de Alfred Newman (1901-1970) y Bernard Herrmann (1911-1975; una buena edición la hallamos en NAXOS, 8.557.702, 2007).

Junto a los detalles citados, podemos añadir el momento de la trepanación efectuada por el padre adoptivo de Sinuhé, que le insta a no temer a la muerte; la medida y simpática verborrea del fiel criado Kaptah (el estupendo Peter Ustinov), el destino de la despiadada Nefer, que aquí encuentra un final acorde a su presunción: la pérdida de la belleza; o el encuentro de Sinuhé y Horemheb, en pleno desierto, con un ensimismado adorador de Atón, que resulta ser el faraón. La tragedia del gobernante la explicita la reina madre (Judith Evelyn) al confirmar que Baketamón nació para mandar, y no su hermano.


Respecto a la versión cinematográfica de Sinuhé, el egipcio, he de admitir un proceso de digestión lenta que, en mi caso, ha ido mejorando con cada visionado y, justamente, con la reciente lectura de la novela. Como termina asegurando Sinuhé, todas las cosas (materiales) llevan la semilla de la muerte, aunque luego hace un llamamiento a la vida, al dios creador y a la esperanza de un bien sobre el mal que, creencias aparte, emerge de lo individual a lo plural (eso que algunos consignan peyorativamente como individualismo, sin comprender que para hacer dichosos a los demás, se sea rey o común mortal, se ha de comenzar por el buen entendimiento de uno mismo).

En suma, una reflexión la de Sinuhé que ratifica el hecho de que lo que le supera son los intermediarios, los guías políticos o espirituales que decretan al resto de personas qué es lo que conviene hacer, pensar o creer. No en balde, es mucho más fácil dejarse llevar por la corriente, y no solo la de las aguas tebanas, tal y como le sucedió a Sinuhé a lo largo de buena parte de su vida.

A modo de despedida, quisiera consignar la grata presencia en la película de actores de soporte tan destacados como Henry Daniell (1894-1963) o John Carradine (1906-1988), convertidos en altavoz de la oficialidad, el uno, y carcomido asaltador de tumbas, el otro.

Escrito por Javier C. Aguilera


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