Cazafantasmas 2, de Ivan Reitman

30 octubre, 2016

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Al concebir una historia, se suele plantear de forma cerrada. En muchas ocasiones su fragmentación en distintos volúmenes o series es una cuestión más relativa al aspecto lucrativo que a la entidad narrativa. Una buena muestra la encontramos en las grandes franquicias de los últimos años, incluyendo las adaptaciones que se parten en varias películas pese a que la obra literaria sea unitaria. Precisamente, la popular declaración de que segundas partes no son buenas la podemos relacionar con cómo, por tratar de explotar un éxito, se acaba por desvirtuar el concepto original y así una historia bien cerrada y redonda se vuelve a abrir en muchas ocasiones sin una idea clara de qué se pretende. Como en cualquier generalización, hay múltiples excepciones. Pero sirvan estas ideas para iniciar nuestra reseña de una secuela que, seguramente, vio la luz por el éxito taquillero de su predecesora: Cazafantasmas 2 (1989).

Para volver a las aventuras de la simpática patrulla regresó todo el reparto, con algunas incorporaciones nuevas, y el director, Iván Reitman, con el guion de Aykroyd y Ramis. Cambió el encargado de la banda sonora, de Bernstein a Randy Edelman, aunque no la popular canción, aquí acompañada de una versión de tintes más propios del hip hop. Estábamos a finales de los ochenta y los gustos iban cambiando.


En la trama nos encontramos con nuestros protagonistas cinco años después de los acontecimientos de la primera entrega, el mismo tiempo que había transcurrido entre ambos estrenos. En este sentido, ambas habitaban en un presente coetáneo a los espectadores. En Nueva York la amenaza de los fantasmas parecía haber disminuido y el grupo que había conformado los cazafantasmas se ven relegados al olvido y, sobre todo, a la duda sobre si fueron unos estafadores o fueron reales. Cada uno de ellos ha acabado en un trabajo distinto, acorde a su personalidad: Raymon Stantz (Dan Aykroyd) como librero esotérico, Egon Spengler (Harold Ramis) ocupando un nuevo puesto en la universidad dentro del campo del estudio psicológico y Peter Venkman (Bill Murray) como presentador de un programa de fenómenos paranormales, entrevistando con su habitual escepticismo a diferentes personajes fácilmente tachables como estafadores o, simplemente, alocados. Curiosamente, uno de ellos, como se descubrirá más adelante, tendrá cierta razón.

Pese al final de la primera entrega, Dana Barret (Sigourney Weaver) acabó separándose de Venkman y casándose con otro hombre, con el que tuvo un hijo. Ahora, como madre soltera tras haberse divorciado, vuelve a convertirse en el vínculo con lo paranormal, como sucediera en la primera entrega. A partir de un incidente anómalo con su hijo, pedirá ayuda a los cazafantasmas, quienes se reagruparán para averiguar qué sucede en la ciudad, aunque la administración y la justicia no se lo pondrá fácil. Mientras tanto, la amenaza real procede del Museo de Arte de Manhattan, donde el retrato de Vigo el Cárpato cobra vida para recuperar a su retratado a la vida y desolar bajo su mando al mundo.


Como hemos podido comprobar, la trama recupera el mismo esquema narrativo que en la primera ocasión: la amenaza de una fuerza sobrenatural que provoca la aparición masiva de fantasmas, la posición indefensa de Dana (o en este caso, su hijo) como un interés central de esa nueva amenaza, incluyendo por otra parte a un personaje secundario enamorado de ella, aunque sin ninguna oportunidad evidente de estar con ella, los impedimentos de un miembro de la política local y un grupo de cazafantasmas que debe superar sus miedos y diferencias para lograr salvar la ciudad que anteriormente les había denostado. Por tanto, en este sentido, no hay novedad y, por ello, debemos fijarnos en qué ha cambiado en torno a ello.

En primer lugar, la trama del malvado está mejor llevada en tanto que la amenaza se sigue y se siente con mayor interés. Ayuda en este caso el imponente aspecto de Vigo el Cárpato (Wilhelm von Homburg, en la versión original fue doblado por Max von Sydow). De esta forma, el espectador es consciente del peligro que corre la ciudad y, a su vez, de cuánto se acercan nuestros protagonistas a conocer la verdad así como para crear ciertos gags en torno al cuadro. No obstante, como es usual en esta comedia, se ridiculiza el plan villano de alguna forma, en este caso con un secuaz absurdo y cargante, Janosz Poha (Peter MacNicol), que puede acabar por ser insoportable para el espectador allá donde el -también algo cargante- personaje de Louis Tully (Rick Moranis) podía ser simpático en la primera entrega por su inocencia y retrato irónico de cierto tipo de personas.


En relación a lo que comentamos sobre este personaje, se puede notar cómo el tono de toda la película se ha infantilizado, no solo ya por la presencia del bebé, sino también el aumento de escenas graciosas relacionadas con mucosidades, chistes demasiado evidentes o situaciones excesivamente absurdas. Hasta el uso que hacen de la Estatua de la Libertad o de la buena energía o buen rollo desentonan y parecen incorporados por cierto sentido de espectacularidad más que por haber desarrollado un guion cómico con cierta seriedad y congruencia. A su vez, y de nuevo, los fantasmas desfilan por pantalla sin gran interés, incluso menos aterradores que en la primera ocasión. Por suerte, los efectos especiales están más pulidos en esta segunda aventura.

Siguiendo con otros personajes, algunas situaciones resultan incomprensibles. La relación entre Verkman y Dana es recobrada con excesiva naturalidad y aunque la pareja formada por Murray y Weaver no han perdido la química de la primera ocasión, su reconciliación se nota forzada y repentina. A su vez, más curiosa y graciosa será la que surja entre Janine Melnitz (Annie Potts) y Louis Tully, este último siendo aún el patoso que la anterior entrega nos había presentado, ahora reconvertido en abogado de los Cazafantasmas en uno de los giros inesperados, aunque humorísticos, de esta secuela. También resulta extraño comprobar cómo Dana ha pasado de trabajar en una orquesta a ser restauradora por no poder continuar con el primer trabajo por su embarazo y posterior maternidad... cuando un trabajo y el otro tienen poca relación y para el segundo se espera cierta preparación que parece surgir aquí de forma espontánea. En este sentido, parece que Dana solo cumple con la necesidad del guionista de que esté en el lugar adecuado para el desarrollo de la trama. Por no hablar de Winston Zeddemore (Ernie Hudson), que es como el Guadiana: aparece y desaparece de la trama sin mayor explicación, a pesar de ser un miembro de pleno derecho de la patrulla.


Si en la primera ocasión brilló cierta chispa especial, en Cazafantasmas 2 parece pesar cierta bajada de nivel o autoexigencia. Si bien es cierto que encontramos momentos graciosos o diálogos inteligentes y ácidos, otros resultan demasiado vacíos o ridículos. Y, de nuevo, la batalla final sucede con ligereza para culminar un esquema que se trató de reiterar sin el éxito de la primera ocasión. Con todo, un entretenimiento puntual y ameno, que no alcanza el nivel de su predecesora, pero que llega a convertirse en una de esas aventuras sencillas, cómicas y familiares que se reconocen como tales y que se prestan a dejarnos algunos momentos para reír despreocupadamente. 

Escrito por Luis J. del Castillo


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