Mascotas, de Chris Renaud y Yarrow Cheney

04 septiembre, 2016

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Suele ser un tópico advertir cómo en el arte ya está todo hecho. En realidad, esto es tan solo verdad desde la perspectiva de quien conoce cuánto hay. Para un niño que lo está descubriendo ahora, puede que una historia que no contenga nada original, se traduzca en una experiencia irrepetible. Aún cuando a nuestros ojos, ya cansados de ver lo mismo en la pantalla, no haya nada nuevo bajo el sol. Por eso, no nos gusta que nos engañen con posibles argumentos novedosos y nos quejamos, lo cual es lógico, de que la industria se haya convertido en un continuo ir y venir de refritos, películas rehechas (llámense remakes, reboot o como se prefiera) y secuelas en ocasiones de dudosa necesidad. Curiosamente, como apelan a la nostalgia, como apelan a lo que sentimos cuando vimos aquellas obras por primera vez, resulta complicado resistir la tentación. Y las taquillas se llenan.


Esta cuestión también se da en el mundo de la animación, llegando a extremos inusitados como las continuas y cada vez peores secuelas del ogro Shrek frente a otras propuestas que saben mantener el tipo y trazar historias que, curiosamente, se basan a su vez en la nostalgia; ahí tenemos a Toy Story 3 (Lee Unkrich, 2010). Sin embargo, hay también propuestas que se nos venden como originales, como el caso de Mascotas (The Secret Life of Pets, Chris Renaud y Yarrow Cheney, 2016). Trasladados a Nueva York, nos inmiscuimos en la vida de una comunidad de mascotas diversas que combinen en un barrio de Manhattan. El protagonista, Max, está encantado de su vida junto a su dueña, hasta que la aparición de otro perro, Duke, le hará tener que tomar medidas para deshacerse de su rival.

Cuando uno ve la propuesta de Mascotas puede tener la sensación de que va a visionar una historia original, una obra divertida en torno a lo que hacen las mascotas en ausencia de los humanos, centrada quizás en sus interrelaciones, en sus problemas y, en definitiva, en su comportamiento tan semejante al humano, dado que esa es la perspectiva que se adopta. Pero al final, lo que uno encuentra en Mascotas es una buddy movie combinada con una alocada road movie. Lejos de querer resultar pedante, una buddy movie es la usual combinación de dos personajes, generalmente hombres, con una forma de ser contraria entre sí, que al atravesar toda una serie de dificultades juntos, terminar por reforzar una amistad insólita en origen. 


Suelen además combinarse con otro tipo de géneros, siendo por ejemplo usual el género policíaco, donde se combina a un policía recto y firme con otro de actitud más agresiva o ajena a las reglas que rigen el comportamiento policial. Otro típico es la road movie, es decir, la historia de un viaje en el que los personajes evolucionan a raíz de los acontecimientos que se suceden sobre el mismo. Hay cientos de ejemplos de este tipo de películas, pero por no alejarnos del mundo de la animación, podemos señalar desde la reciente Del revés (Inside out, Pete Docter, Ronnie del Carmen, 2015) hasta la ya clásica Toy Story (John Lasseter, 1995).

Es decir, al final, la idea original que se planteaba al menos en los primeros avances de la película, descubrir a los animales sin sus dueños, se pierde en pro de una historia más tópica, la de dos compañeros que no se llevan bien pero que acabarán por conciliarse tras una aventura juntos, algo que ya hemos visto en multitud de ocasiones. Si ya hemos mencionado a Toy Story podemos traer a colación también su secuela, Toy Story 2 (John Lasseter, Lee Unkrich y Ash Brannon, 1999), dado que en esta se trata el tema del abandono de juguetes, de la misma forma que en Mascotas se aborda el abandono de animales a través de toda una comunidad que habita en las cloacas de Nueva York.


Ahora bien, si en Toy Story los juguetes eran conscientes de sus límites para ser descubiertos por los humanos y eso se erigía como una característica idiosincrática del argumento; en Mascotas, por contra, como ha pasado también recientemente con Buscando a Dory (Finding Dory, Andrew Stanton y Angus MacLane, 2016), los animales se exceden en su actitud y la película acaba por regalarnos unas escenas demasiado inverosímiles para nuestra realidad y que tampoco casan con un final sin mayor repercusión social (ni siquiera una mención en las noticias).

Precisamente, la película se alimenta de una forma muy eficaz de los tópicos para el retrato de los animales protagonistas, como el carácter depredador del halcón, la amistad dependiente de los perros o el comportamiento arisco y solitario de los gatos, aunque en cierta medida todos acaban por verse neutralizados conforme avanza la película. Eso provoca que se entremezclen caracteres desdibujados con otros demasiado alterados que van perdiendo interés conforme avanza la trama, como es el caso del conejo Snowball, cuyas intervenciones nos muestran ciertos casos de bipolaridad psicópata con cierto grado de narcisismo, recreando una especie de villano que, al final, acaba por ser incomprensible. Como detalle a destacar, que al final sea una heroína la que demuestre mayor nivel de acción para rescatar a su amado y no haya sido a la inversa. Gidget, en su papel de enamorada empedernida, acaba por ser el personaje más coherente, quizás junto al dúo de protagonistas, Max y Duke.


Entre lo más destacable de la película, sin duda su nivel de comicidad, con numerosos gags, sketches (destacando el uso de la música, de diverso tipo y tiempo, como canciones de Grease y Fiebre del sábado noche; llamamos la atención sobre la fábrica de salchichas, que acaba siendo un símbolo sobre el alcohol o las drogas que tan solo los adultos comprenderán bien) e incluso diversas referencias, como el diálogo final de Con faldas y a lo loco (Some like it hotBilly Wilder, 1959) adaptado a una situación transanimal o el cartel de Los pájaros (The Birds, Alfred Hitchcock, 1963) en la casa del dueño de Alitas. 

También los momentos en que la película se detiene tanto a mostrarnos la vida privada de los animales, como se nos prometía, aunque la mayor parte aparece ya en los trailers que anunciaban la película, o el retrato que se realiza de la relación entre humanos y animales tanto al principio como al final, rebelándose contra tópicos y dando a través de escenas amables un trasfondo emotivo que comprenderán quienes han compartido parte de su vida con una mascota. Incluso debemos agradecer la crítica que se infiere contra el abandono de animales o contra su utilización para fines indignos, como certifican el grupo de animales no domésticos, con casos como el cerdo completamente tatuado. Por cierto, el cortometraje previo que acompaña a Mascotas sobre los Minions viene a demostrar lo bien que funcionan estos personajillos para breves escenas y no tanto para un largometraje propio como el que han tenido.


Mascotas se une a la carrera, nunca mejor dicho, de los distintos estudios de animación por traernos nuevas historias de animales, ya sean secuelas, como la citada Buscando a Dory, o historias originales como Zootrópolis (Byron Howard, Rich Moore y Jared Bush, 2016), aparte de las que quedan por llegar, como Cigüeñas (Storks, Nicholas Stoller y Doug Sweetland, 2016) o ¡Canta! (Sing, Garth Jennings, 2016). Sin embargo, Mascotas, al caer en un argumento que conocemos bien, acaba por resultar menos estimulante de lo esperado, dado que el espectador más sagaz estará más pendiente del próximo chiste que de la trama. Los niños, en general (aunque no podemos generalizar a la ligera), más acostumbrados y predispuestos a la repetición de algo que conocen, disfrutarán de ambas cosas.

Al final, estamos ante una película dinámica, que no se estanca en ningún tema concreto, sino que nos proporciona pequeñas dosis de cada uno de los que se tratan en la película. Por ello, no tiene una profundidad relevante, pero logra cumplir sus metas aún cuando no puede evitar caer en sentimentalismos habituales y en un esquema argumental bastante manido sin aportar grandes novedades. Suponemos que con su buena animación y para despreocuparse durante un rato no está mal.

Escrito por Luis J. del Castillo


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