La isla, de Michael Bay

21 septiembre, 2016

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Con cierta normalidad nos referimos al peligro que supone el exceso de dinero o, quizás como consecuencia de lo primero, el exceso de poder. Las distopías clásicas han ahondado en cómo los gobiernos suelen imponer un determinado tipo de dictadura más o menos evidente, pero no es necesario que suceda de tal forma para encontrarnos con un mundo que ha explotado sus defectos para crear más desigualdades o, aún peor, una sociedad esclava de otra. No obstante, hay otras opciones que nos sumergen en la posibilidad de lo cotidiano. En observar que a nuestro alrededor suceden cosas que nos resultarían inmorales, solo que las ignoramos.

La isla (The Island, 2005) nos sumerge precisamente en una sociedad no muy lejana a la nuestra (la fecha escogida es 2019), solo que para comprender su magnitud debemos afrontar que estamos ante dos obras en una. La primera es la imagen velada, el argumento inicial que nos muestra un mundo post-apocalíptico, o si se prefiere, como sucedía en Akira (Katsuhiro Otomo, 1988), post-nuclear, en el que el único lugar libre de cualquier contaminación radicativa es una isla paradisíaca a la que solo pueden ir unos pocos escogidos por la suerte de una lotería interna. 

Mientras tanto, la sociedad vive confinada en una especie de búnker con un sistema de vida rigurosamente vigilado. En esa situación, nuestro protagonista, Lincoln Seis-Echo (Ewan McGregor), no puede evitar sentirse extraño, angustiado por unas pesadillas que le hablan de otro mundo. 


La otra película se corresponde a la segunda mitad de la película, cuando Lincoln, tras dudar sobre lo que le rodea, descubre lo que realmente sucede a su alrededor y decide huir, al estilo de La fuga de Logan (Logan's Run, Michael Anderson, 1976). Y poco tiene que ver con el argumento expuesto. Obviamente, se corresponde con un giro argumental en el que no nos introduciremos, pero digamos que marca la diferencia del significado de todo lo que hemos visto y nos recuerda a la sorpresa final de otras películas similares, como Soylent Green (Richard Fleischer, 1973) o el fragmento futurista de la posterior El atlas de las nubes (Lilly y Lana Wachowski, 2012). Por así decirlo, esta segunda parte nos muestra hasta dónde puede llegar a la sociedad con tal de satisfacer deseos o seguridades de la parte más beneficiada de la misma. Es decir, hasta dónde pueden llegar los caprichos de quienes se encuentran en una posición privilegiada y cómo se puede pervertir el sistema para satisfacerlos.

Ahora bien, estas dos cuestiones argumentales nos llevarían a considerar que estamos ante una película de ciencia ficción que entremezcla ideas de otras, incluso considerándose un homenaje. Pero lo cierto es que también suponen dos películas distintas tanto en contenido como en forma. Las incógnitas de la primera parte se resuelven con facilidad al inicio de la segunda parte, y a partir de ahí la estructurada película de ciencia ficción se convierte en una alborotada persecución de los protagonistas, Lincoln acompañado de su particular flechazo, Jordan Dos-Delta (Scarlett Johansson) que han conseguido evadir el sistema social en el que se encontraban recluidos. Se convierte así el panorama en una aventura típica de película de acción, con explosiones por doquier y hasta algún que otro helicóptero estrellándose. De todas formas, era lo que cabría esperar de Michael Bay, un director especializado en crear películas de este sello en lugar de fijar el interés en la materia que tiene entre manos.


De esta forma, todo lo que se había construido en la primera parte, incluyendo el giro que nos lleva a la segunda, acaba por desvanecerse. No hay realmente mucho interés en abordar el tema, sino solo centrarnos en los personajes concretos. No faltarán ciertos clichés, como el científico empresario poco interesado en cuestiones humanitarias, es decir, el usual villano doctor Merrick (Sean Bean), que dirige su empresa al servicio de quien esté interesado en adquirir sus servicios... pero sin saber lo que realmente ocurre en su interior. 

Tampoco falta la impostada relación amorosa entre los dos protagonistas, a pesar de la falta de química o de que resulte innecesario a expensas de la historia creada. Incluso hay inverosimilitud entre lo que se explica al espectador y lo que sucede en pantalla, como podemos observar cuando el protagonista muestra unas habilidades extraordinarias a pesar de haberlo considerado como un ser limitado.


Con todo ello, la propuesta no deja de resultar interesante e intrigante, el reparto cumple con el papel, incluyendo la notable participación de Steve Buscemi o el cameo del malogrado Michael Clarke Duncan, y la película es entretenida y cuenta con giros y momentos bien llevados. Si no te dejas llevar, los defectos son más que evidentes, sin faltar escenas forzadas e intentos de comedia que pueden acabar por causar cierta vergüenza ajena. Al final, el principal problema es que si te satisface el cine de acción al estilo de Bay, poco te aportará la primera parte, y si lo que buscas es que la película mantenga la seriedad (que no falta de humor) de la ciencia ficción del principio, te sorprenderá hasta donde puede caer en el espectáculo de destrucción, acción y sinsentidos de la segunda.

Escrito por Luis J. del Castillo




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