Novio a la vista, de Luis García Berlanga

23 julio, 2016

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El paso de la niñez a la adolescencia, con el consiguiente descubrimiento del primer amor, ha sido contado, y hasta cantado, en un sinfín de novelas y películas, hasta acabar convertido en un tan personal como manoseado tema. Por eso, son pocas las obras que, vistas y leídas hoy, resultan mínimamente originales. Entre las películas que sí lo son, por diversos motivos, podemos citar -entre otras que ahora no recuerdo- títulos como La blé en herbe (Claude Autant-Lara, 1953), Besos robados (François Truffaut, 1968), Melody (Waris Hussein, 1971), Adiós, cigüeña, adiós (Manolo Summers, 1971), Algo más que amigos (Lewis Gilbert, 1972), el díptico Valentina (1982) y 1919, crónica del alba (1983, ambas de Antonio José Betancor), Zappa (Billie August 1983) o Flipped (Rob Reiner, 2010); no se trata de elaborar una lista exhaustiva.

Novio a la vista (Cifesa, 1953; estrenada al año siguiente), forma parte de lo mejor de ese nutrido grupo. Fue producida por el puntilloso -qué productor no lo ha sido- pero entregado Benito Perojo (1894-1974), director él mismo, además de guionista, actor cómico (en la línea de los famosos personajes del cine mudo) y popular animador de las tempranas pantallas cinematográficas en lengua española.

Algo de ese pasado se trasluce en los títulos de crédito, que se impresionan sobre la imagen de un gramófono. Nada había más moderno que este instrumento, antepasado de nuestros actuales MP3 o iPhones, en la Europa de 1918, el año en que se sitúa la acción.

El tiempo es el estival y el escenario, un indeterminado lugar de la costa. Pero este nuevo periodo veraniego no va a ser igual a los anteriores para los jóvenes protagonistas de Novio a la vista, Loli (Josette Arno) y Enrique (Jorge Vico), como corrobora su realizador, Luis García Berlanga (1921-2010), por medio de una Loli que ha crecido, porque las telas no encojen. Que este va a ser un verano muy especial lo confirma, además, el hecho de una creciente coquetería o las juveniles bravuconadas dialécticas.


Es la época de los balnearios y las curas de salud a pie de playa. Lo cual queda muy bien expuesto gracias al guión del gran Edgar Neville (1899-1967), autor también de la historia; José Luis Colina (1922-1997), Juan Antonio Bardem (1922-2002) y el propio Berlanga. Más allá de los trajes de baño de cuerpo entero (las modas cambian, pero no así los anhelos), en la población costera de Lindamar se da cita todo un microcosmos de personajes y temperamentos, donde campan a sus anchas los chascarrillos, los dimes y diretes, los juegos infantiles concretados por medio de mapas y códigos secretos, y el mar como horizonte de todos aquellos bañistas que no alcanzan a ahogarse en él.

Imágenes veraniegas que refresca la vivaracha música del maestro Juan Quintero (1903-1980) y que se enmarcan entre los estupendos decorados de Francisco Asensio (-). El locuaz trabajo de los guionistas y el innato talento visual del realizador confluyen en la chanza del tribunal que examina de historia de España a un vástago de Alfonso XIII (1886-1941) al comienzo de la película o en la imagen de los tres “generales”, que solo son capaces de intercambiar órdenes y discutir tácticas militares ad absurdum.


Por su parte, las relaciones entre adultos se cimentan en las apariencias de una vida social con sus respectivas poses. Frente a estos y su imaginación anquilosada, se halla el mundo contagioso y festivo de los jóvenes que allí veranean. Es el mundo de la escollera y las ruinas del castillo; aunque curiosamente, en ambas esferas se juega al espionaje. A fin de cuentas, no existen tantas diferencias entre los unos y los otros, como el tiempo acaba demostrando de forma inexorable, y como sucede cuando los adultos entran a formar parte del recreo de la toma y asalto al castillo en el que se emboscan y refugian los descendientes (ciertamente, no se sabe qué grupo resulta el menos “maduro”). En este escenario, los zagales exigen su responsabilidad autónoma, y los adultos regresan a la niñez, siquiera por unas horas.

Pero de los juegos de chiquillos a la chiquillada del amor apenas median unos pocos pasos, que Enrique y Loli caminan cogidos de la mano, ese verano. Aunque para ello ha de llegar el momento oportuno, y antes de que eso ocurra, Loli se resiste a formar parte del ámbito de las “personas mayores”, pese a la insistencia de la madre (la inolvidable Julia Caba Alba). Hay que destacar, en este sentido, cómo Berlanga enlaza las acciones de jóvenes y adultos por medio de elementos visuales o dialogados, tales como un barco en lontananza o la algarabía que desencadena la aparición de la familia Villanueva, ciudadanos de postín.


Y ahora sí, tras el magnífico detalle de ese viento que barre la playa y que preludia el final del verano, llega a su conclusión el recorrido propuesto por Novio a la vista, por el cual Loli y Enrique, ya cada uno por su cuenta, pasan a contemplar la vida de su pasado más inmediato; la vida de la infancia.

Algo que ocurre tanto en el presente como en esa Europa de 1918, tal y como nos recuerda el vitalismo de esta película tan injustamente olvidada como reivindicable, a nivel jubiloso y cinematográfico, y que forma parte de un conjunto en apariencia escuálido pero bastante vitaminado, como es el cine con y para los niños (que aunque se pretenda, son parámetros que no siempre llegan a ser coincidentes). Un mini-género que todos hemos agradecido.

Escrito por Javier C. Aguilera

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