El autocine (XXV): Marty, de Delbert Mann

09 mayo, 2016

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A falta de cultura humanística, existe la llamada cultura del cuerpo, entre la infinitud de “culturas” con las que hoy día nos regalamos y calificamos desde lo más trascendente hasta lo más nimio. Incluso la hay del intelecto, por no abundar en detalles aún más sorprendentes, como los que arroja la denominada erótica del poder. Pese a todo, si todo fuera bello, no habría mucho lugar para la belleza. En su Historia de la fealdad (Storia della bruttezza, 2007; DeBolsillo, 2011), Umberto Eco (1932-2016) recuerda que, a menudo, la atribución de la belleza o la fealdad se ha hecho atendiendo a criterios no estéticos, sino políticos y sociales (pág. 12).

Abundando en ello, se ha venido proclamando como una verdad incuestionable, o un mantra, eso de que la belleza está en el interior, lo que sin dejar de ser cierto, se ha transformado en una sentencia demasiado solemne, ya que tal condición no está reñida con el saber gustarse a uno mismo o, lo que no es menos importante, a los demás. Y mucho menos se opone al cultivo de una personalidad. Y es que muy distinta es la tiranía del físico que el cuidado del mismo, lo que viene a ser algo así como diferenciar entre las estatuas griegas y la frialdad del arte neoclásico, que se nos antoja algo distante e insípido, como suele serlo toda perfección formal de la belleza.

Ciertamente, los pecados tradiciones ya no trastornan a nadie, por fortuna para todos. Pese a todo, existe un nuevo y capital pecado, el de la gordura (mucho más que el de la fealdad). Pero por suerte para Marty, el protagonista de la película del mismo nombre, al que puso rostro un excelente Ernest Borgnine (1917-2012), lo bello no solo está en su interior, sino también en cada una de las manifestaciones exteriores de su carácter. Y es que, regresando a Eco, existen cosas feas no solo en un sentido físico, sino también moral (436).


Escrita por Paddy Chayefsky (1923-1981), Marty (Ídem, United Artist, 1954) fue dirigida por Delbert Mann (1920-2007), producida por Harold Hetch (1907-1985) y Burt Lancaster (1913-1994) y contó con la música del todoterreno Roy Webb (1888-1982) y la fotografía del espléndido Joseph La Selle (1900-1989). Como consecuencia, en ninguna otra película la percepción estética ha dependido tanto de la mirada.

La presión social, de la familia y los amigos, hace flaco favor al aún joven carnicero Marty, un hombre con pasado universitario que debido al fallecimiento de su padre hubo de ponerse a trabajar. Es el único de seis hermanos que aún no ha alcanzado “la meta” del matrimonio; o en cualquier caso, si deseamos ampliar o incluso aliviar el espectro, del compromiso que supone una relación.

Razón por la que dicha presión se hace tan molesta como recurrente. Hasta el punto de que las clientas de la carnicería no cejan en que debería usted avergonzarse o en preguntar cuándo se va usted a casar. Fuera de ese entorno no es mucho mejor. En el diner, con los colegas, solo se presume y se deambula de conquista en conquista (esas eufemísticas chicas de la calle 72…). Y es que estar soltero es un oprobio para la comunidad italiana de Brooklyn, a pesar de que Marty resume su verdadero estado de ánimo al afirmar que me he cansado de buscar.


A Teresa, la madre (Esther Minciotti), acuden el resto de miembros de la familia con sus cuitas, aunque el guión también le reserva un interesante y muy humano proceso de “readaptación”. El caso es que es que será la madre quien aconseje a Marty que acuda al salón de baile Stardust. Pero en este concurrido lugar de encuentro uno tiene la sensación de ver siempre los mismos rostros y las mismas actitudes, no importa que hayan transcurrido décadas. Allí las personas se muestran -y son mostradas- como mercancías. Desde solterones y aprovechados hasta los (des)ilusionados mozalbetes, masculinos o femeninos.

Lo que impera en el rítmico ambiente es la alergia a cualquier compromiso, por lo que establecer una relación seria se ha convertido en algo cada vez más complicado (últimamente se comenta que desde que resulta tan fácil acostarse, se ha hecho mucho más difícil enamorarse, y eso ya lo constata una película como la presente). Con la floración hormonal que propicia la llegada de la primavera sobreabundan los pasmarotes que, bebida en mano, tratan de aparentar que lo están pasando genial, en tanto que en el otro frente quedan poco menos que los saldos identificados por su físico. En realidad, tanto unos como otros están marcados por la necesidad de afecto.


Pero la casualidad (o la sincronicidad) intercede en favor de Marty Piletti, pues en este local conocerá a una joven agraciada en cuanto a personalidad se refiere, que es profesora de química: Clara (Betsy Blair). Será entonces cuando afloren las acumuladas ganas de hablar, las ilusiones, las inseguridades, cierta desgana por tener que comenzar de nuevo, la desconfianza, las risas y las lágrimas… en definitiva, la posibilidad de poner fin a interminables jornadas de aburrimiento en las que siempre se depende del contagioso estado de ánimo de los demás, como le sucede a Marty con el cándido aunque absorbente Angie (Joe Mantell) y el resto de colegas.

Escrito por Javier C. Aguilera

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