Clásicos Inolvidables (XCVII): Poesía de Pablo García Baena

24 abril, 2016

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Es la de Pablo García Baena una poesía que indaga en las fuentes de la naturaleza y en la intimidad de la ornamentación religiosa, que entiende la experiencia vital como espejo de todas las vidas que en él deseen observarse. Nacido en Córdoba en 1923, García Baena ha llegado a tener una voz tan propia que no ha podido ser sofocada por ninguna de las corrientes poéticas imperantes. Su libertad para con la creación lírica lo es también consigo mismo. Porque García Baena sabe que los compromisos también se adquieren por medio de la tradición y no solo a través de las sobadas consignas de siempre. En este sentido, es la suya una poética que ha venido narrando contra corriente, sobrevolando modas literarias; porque las modas, modas son.


Una actitud que no anula la capacidad renovadora bien entendida. Co-director de la revista Cántico, fundada en 1947 (con periodos de actividad centrados en los años 1947-1949 y 1954-1957), el poeta recibió el premio Príncipe de Asturias de las Letras el año 1984, entre otras muchas distinciones.

La precisión léxica constituye la base de su esteticismo formal, y un modo de relacionar la poesía con otras artes, como vasos comunicantes de un mismo manantial del que bebe el ser humano. Lo trascendente es el recorrido de la persona. Por eso, la experiencia se transforma en un saber espiritual. De este modo, es la de García Baena una poesía de y para la vida, que transmite dicha experiencia particular universalizándola, tal y como sucede con aquellos poetas que el tiempo acaba reclamando para sí.

La plenitud alcanzada en el poemario Antiguo muchacho (1950), evocación de una infancia noblemente mítica y de generoso barroquismo, equipaje propio de la poesía de (aquella) juventud, aún sigue evolucionando hasta el sereno equilibrio de existencial diálogo con el amor, las ciudades, los poetas y Dios, propuesto en Antes que el tiempo acabe (1978).

Y es que, para el cordobés, esta búsqueda de la belleza se va alejando de la experimentación del artificio verbal, nutriéndose de la alternancia del verso libre y las estrofas tradicionales (sobre todo, a partir de Almoneda: Doce viejos sonetos de ocasión [1971]), en las que vence un neo-romanticismo que conversa con esa parte esencial y misteriosa que ofrece la vida al iniciado en poesía.

Por ello, García Baena se permite el lujo de abordar desde la confidencial introspección de los ritos religiosos (El Corpus, La Huerta de la Cruz…) a la (in)concreta corporalidad del erotismo (Jardín, Junio, Narciso…) o su recuerdo, enclavado en El verano (poema inédito) o en Como el árbol dorado (I), que junto a Tres voces del verano: Helios, deja entrever una veta antropológicamente esotérica o mágica, que no riñe con la oficialidad, y a la que se suma un evidente simbolismo numérico y cromático, constituido en personalísima lírica testimonial. Por ejemplo, volviendo a Helios, en efecto, García Baena es cáncer, aunque el relevante dato señalado por el último verso carezca de notación crítica.

Pintura de Gregorio Prieto
Sentimientos y estados de ánimo que son punteados por la melodía de los versos, caso de El retorno, Rumor secreto de guitarras, Noche del vino, Junio o Elegía a Chopin en un atardecer de Octubre. La naturaleza es la música que representa la armonía del entorno, del exterior y el interior; por eso la existencia es contemplada como un bosque en Antiguo muchacho, una identificación que desemboca en la excelencia del posterior Contrapunto: Edad.

De igual manera, el autor presta especial atención al otoño, el cine o la música (clásica), dedicando gran parte de sus poemas a artistas y amigos, cercanos o espirituales, como Vicente Aleixandre (1898-1984), Manuel Alvar (1923-2001), Rafael León (1908-1982), Francisco Zurbarán (1598-1664) o San Juan de la Cruz (1542-1591). Así, hasta la recapitulación y profundización que supone Fieles guirnaldas fugitivas (1990), poemario que aúna en una cálida ráfaga de viento la voluntad de interiorización de Juan Ramón Jiménez (1881-1958) con un maduro retorno al formalismo de Luis de Góngora (1561-1627), que en ese particular trabajo de orfebre que es el compartir la vida por medio de la poesía, siempre demanda una lectura atenta y exigente. Con frecuencia, es el último verso el que reviste de un sentido global a todos los demás.

Córdoba
Y en fin, ¿dónde hallar toda esta liturgia del amor, imagen de los amigos (entre los que se encuentran los libros) y ambientación del paisaje andaluz, a caballo entre Málaga y Córdoba, sin olvidar la evocación al poeta granadino por excelencia, en Los que un día os llevasteis? Pues, por ejemplo, en su Poesía Completa (1998) para Visor (completa desde 1940 a 1997), con introducción de Luis Antonio de Villena (1951) o en la recién publicada antología poética Mientras cantan los pájaros (Cátedra, Letras Hispánicas, 2015); edición a cargo de Felipe Muriel (-).

Ambas constituyen un magnífico ejemplo de la interacción poética con las artes visuales (pintura, música, imagen e imaginería) propuesta por Pablo García Baena, en sintonía con unos sentimientos que se desbordan, las impresiones sensoriales, el escenario simbolista de herencia modernista, el poder sugeridor de las imágenes por vía -crucis- de las estampas más costumbristas, diversos matices de la melancolía, y aquellos elementos simbólicos que saben multiplicar unos significados, en los que el carácter lúdico, amoroso -principalmente de pérdida o imposibilidad-, espiritual o anímico, siempre yace conjugado en pasado.

Naturaleza muerta, Zurbarán
La entrega del poeta es con frecuencia dolorosa, como lo es siempre el reconocerse en unos versos. Pero para Pablo García Baena también es una experiencia gozosa, gracias a la expresión del vitalismo más conciliador.

Escrito por Javier C. Aguilera

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