Tomates verdes fritos, de Jon Avnet

20 enero, 2016

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Hay una forma de relatar historias íntimas que traspasa la necesidad del espectáculo visual y a veces grotesco de los considerados artistas modernos. A veces resulta agradable sentarse a escuchar un viejo relato familiar, alguna anécdota conocida sobradamente o, incluso, detenerse en el detalle sutil, pero tan trascendente, de contar un cuento a un niño. Convertir esos momentos en trascendentes ha estado al alcance de no muchos, pero hay quienes al intentarlo, no buscaban esa finalidad, sino simplemente transmitir una historia. No creo que debamos ser excesivamente abusivos con esta buena intención, podríamos acabar con historias hermosas. Así nos adentramos en el Café de Whistle Stop para probar Tomates verdes fritos (1991).

Jon Avnet cosechó cierto éxito con su ópera prima para cine en 1991, aunque su papel principal en la industria ha sido la de productor, incluyendo éxitos tan recientes como Cisne negro (Darren Aronofsky, 2010) y toda una colección de películas familiares de muy variada calidad e interés, como su propia carrera en definitiva. Ahora bien, supo traernos en esta adaptación de la novela homónima de Fannie Flagg una historia cálida y tierna que triunfó más por el boca a boca que por el éxito entre la crítica especializada.  

Evelyn Couch (Kathy Bates) es una mujer apagada, con una relación nada satisfactoria, que le hace sentirse inútil, algo que unido a su complejo por el peso y a su incomodidad entre las nuevas tendencias femeninas de sus amigas, la hacen sentirse muy desgraciada. El encuentro casual, aunque necesario, como parte de un misterioso destino, con una simpática y algo entrometida anciana llamada Ninny (Jessica Tandy) en un geriátrico empezará a provocar un cambio en ella. Un cambio promovido por la visión del pasado de dos vidas entrelazadas, las mujeres Idgie Threadgoode (Mary Stuart Masterson) y Ruth Jamison (Mary-Louise Parker). La historia en flashbacks de esta pareja de mujeres nos ofrece la historia que podemos considerar principal y más relevante en esta película.


En Tomates verdes fritos hay un evidente desnivel que provoca que no estemos ante una película equilibrada. La vida de Kathy resulta insulsa también para el espectador, a pesar del esfuerzo del guión por mostrarnos su historia de forma humorística. El espectador puede empatizar con la triste realidad del personaje y hasta entender el acceso de ira y rebeldía en la escena del coche, pero el resto divaga en torno a un cuadro costumbrista de la mujer en una época rancia para su situación. Por contra, sus encuentros con Ninny y la introducción, por tanto, en otro capítulo de la vida de Idgie y Ruth, resultan más gratificante.

La relación entre ambas mujeres surge desde su infancia y juventud, unidas por una tragedia común, además de ese plano donde la vemos caminar cogidas de la mano, señal visible de su futuro juntas. Un corte especial que marcará en cierta forma su futuro, incluso la forma de ser de Idgie se verá afectada por cómo se comportaba su hermano Buddy (Chris O'Donnell) con ella, convirtiéndose en la que transmitía sus cuentos metafóricos. Se trata de parábolas que se repetirán a lo largo de la película en distintos momentos y que nos transmiten la esencia optimista de esta historia.

 
Como mencionábamos, estamos ante una historia adaptada de una novela más explícita en la relación romántica entre Idgie y Ruth, un lesbianismo que se omite aunque manteniendo la intimidad que ambos personajes alcanzan tanto en su juventud como en su trabajo en el café de Whistle Stop. El flashback dedicado a la juventud de ambas nos sirve para mostrar la personalidad asalvajada de Idgie junto a sus actividades nada adecuadas para una señorita, algo que sí representa mejor Ruth, que quedará encantada por la que iba a ser su cuñada y en lugar de ser una buena influencia para Idgie, será ella la que caiga en sus redes y actitudes. No obstante, este tramo queda exagerado, tratando de ser humorístico sin llegar a serlo y se nota poco real, al contrario de lo que sucederá después, con la forma sutil en que se observa un tema tan complejo como el maltrato a la mujer.

El ambiente final de la cafetería que abren juntas será un entorno ideal, aunque siempre pende sobre el lugar ciertas amenazas, como los peligros de las vías de tren cercanas, el racismo contra Sipsey (Cicely Tyson) y Big George (Stan Shaw), los trabajadores afroamericanos de la cafetería, explícito con la presencia del Ku Klux Klan, el peso de una justicia obstinada por descubrir a un asesino, aunque sin cadáver ni pruebas, o la enfermedad, amenaza que a todos nos une.


El plano dramático de la película es solvente y, sin duda, lo más interesante de la misma. El entramado principal de la segunda mitad de la obra es atractivo en cuanto a que se plantea una historia de género negro, aunque lamentablemente es notable cómo se pretende abarcar muchas temáticas sociales, todos con buenas intenciones, pero que al final queda reducido en algo anecdótico. En efecto, el tema del racismo, de la libertad de la mujer, de los matrimonios fallidos y de aquellos envueltos en violencia, hasta el tema de la obesidad y la imagen de la mujer perfecta que se vende, este ya en el plano de Evelyn, son algunas cuestiones que están presentes en el desarrollo de esta obra, pero al final todo queda expuesto de forma tangencial, lo que nos lega sobre todo una bonita historia de amistad que supera todos los problemas, incluídos los de Evelyn y que sobrevive, al plasmarse en la memoria, hasta a la propia muerte.

Otro defecto notable es que el personaje malvado, Frank Bennett (Nick Searcy), es tratado de forma maniquea y resalta en sí todos los aspectos negativos de la película: un hombre blanco, racista, maltratador, violento y acosador, sin ninguna evolución ni desarrollo mayor. De la misma forma que sucede con el marido de Evelyn, Ed (Gailard Sartain), que queda retratado como un personaje tipo, sin desarrollo alguno, lo que establece finalmente una película incompleta y poco equilibrada o realista. Frente a ellos, tan solo dos hombres salen reflejados de forma positiva: el sheriff de la zona, Grady Kilgore (Gary Basaraba), que a pesar de pertenecer también al Ku Klux Klan, se muestra más partidario de la libertad y de la tranquilidad en la zona que de los actos violentos del grupo, al que incluso detendrá cuando se sobrepase; y Smokey Lonesome (Timothy Scott), vagabundo que será más relevante de lo que parecía. Ahora bien, esta visión partidista nos lleva a un relato superficial, que sirve de telón de fondo a temas más profundos, y donde lo que más brilla es la relación entre sus protagonistas, que los regala una optimista y esperanzadora forma de ver la vida, a pesar del drama del que hemos sido testigos.


El secreto está en la salsa... reza un eslogan debajo del título de Tomates verdes fritos, la cuestión es preguntarse a qué secreto y a qué salsa se referirá esta frase. Porque cuando atendemos a la película que precede nos encontramos efectivamente ante un conjunto de elementos que tratan de casar en lo que es un evidente retrato crítico de dos épocas distintas, aunque no necesariamente nos otorgue una salsa eficaz. A pesar de eso, debe tener algún secreto para cosechar cierto éxito íntimo y resultar tan agradable al visionado.


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