El autocine (XXI): Saturno 3, de Stanley Donen

15 enero, 2016

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De Stanley Donen (1924) siempre me agradó el hecho de que abordara todo tipo de relatos de género durante su segunda etapa como realizador, tras haber proporcionado algunas de las obras maestras al del musical a lo largo de la primera. Como también me desagradó que, desde mediados de los ochenta, no hallara –o la industria no le proporcionara- más oportunidades para poder seguir dirigiendo, en su último pero aún productivo tramo vital; una situación equiparable a la de Billy Wilder (1906-2002) y tantos otros.

Saturno 3 (Saturn 3, ITC-Fox, 1979; estrenada al año siguiente) fue una modesta producción del británico Lew Lord Grade (1906-1998). Una película, como el lector podrá fácilmente suponer, a rebufo de los sonados éxitos espaciales precedentes. Acontecimiento que abrió las puertas a todo un universo de posibilidades, muchas de ellas apenas recordadas hoy.

Pero Saturno 3 no merece caer en el olvido, pues bajo su apariencia austera se agazapa un guión tenso, bien estructurado y, naturalmente, competentemente dirigido.

Una apreciable vuelta de tuerca -¡y circuitos!- al asunto de la relación del ser humano con la máquina y consigo mismo; en esta ocasión, escrita por Martin Amis (1949; hijo del gran Kingsley Amis (1922-1995]), en base a las ideas del diseñador de producción John Barry (1935-1979), punteada por la inquietante música de Elmer Bernstein (1922-2004) y acorralada por los minimalistas decorados de Stuart Craig (1942), no por parcos menos eficaces.


Llama la atención, por encima de todo, el clima sombrío del relato, dado por imágenes como la de los robotizados mecánicos de la estación Saturno 3, que disponen la cápsula espacial que ha de emprender un viaje, y que son contemplados como figuras oscuras que se recortan sobre el fondo de un logotipo comercial; o como la de los propios pilotos, portadores de unos cascos de aspecto siniestro.

Una atmósfera opresiva que se deriva de la temprana muerte del capitán James (Douglas Lambert), auténtico titular de la plaza, pero que también se alimenta de lo que se dice. Por ejemplo, que el grado de contaminación y hambruna de la Tierra es tal, que se hace bastante insoportable la vida -o la supervivencia- en el tercer planeta. Además de otras líneas de diálogo elocuentes, como la que asegura que negarse a compartir el goce sexual –entendido como un producto de consumo- con otra persona, la que sea, es algo socialmente inconcebible en el planeta madre.

Una coyuntura que carga de aprensión, aún siendo liberadora, la imagen de la nave en la que finalmente viajará uno de los protagonistas, y cuyo destino es, justamente, una Tierra que sabemos incierta y en muchos aspectos desolada.


En sustitución del malogrado piloto ocupa su lugar el capitán Benson (Harvey Keitel), que como se nos anuncia, se muestra potencialmente inestable al no haber superado un test mental. Junto a él viajan los componentes que darán forma a un robot de aspecto igualmente aterrador, al que acabará poniendo el nombre de Héctor. Pero el destino de Benson no es el planeta Saturno, sino su principal luna, Titán, donde se halla una estación de investigación de alimentos experimentales, gestionada desde hace tres años por dos científicos, el mayor Adam (Kirk Douglas) y la joven Alex (Farrah-Fawcett).

De este modo, lo que Benson lleva consigo a la estación experimental, más allá de su propia inestabilidad, es la dependencia del ser humano hacia todo lo artificial, ante aquello que no es natural. Una vinculación extirpada por Adam en su paraíso particular. Esta servidumbre frente a lo tecnológico lega una de las imágenes más impactantes de la película, por la cual el robot se fusiona con el ser humano, en busca de una apariencia más lustrosa y definida.

Por descontado, buena parte de toda esta inquietud la proporciona el aislamiento de los personajes, que pasa de ser idílico a amenazador en cuanto se introduce un tercer -y un cuarto- elemento. Confiaba en que nos habrían olvidado, asegura Adam al respecto. El mayor mantiene una relación con una persona más joven, Alex, lo que proporciona otra fuente de conflicto adicional, no exenta de desconfianza y sacrificio.


Por su parte, y abundando en esa cortesanía hacia lo artificial, el flemático y arterial Héctor es descrito por su ensamblador, Benson, como el primero de una serie de semidioses. Y como tal, no tarda en adquirir una conciencia individual -aunque, en esta ocasión, prestada: la del capitán-, para acabar revelándose contra su creador y poder dar rienda suelta a unos instintos que no le son propios, como demuestra su reacción de enojo ante el juego del ajedrez o, posteriormente, de recelo, respecto a la trampa que se le tiende en el laboratorio. 

Significativamente, lo que no le puede programar Benson al robot es el sentido del humor del cual él mismo carece. El exceso de pleitesía y confianza del desequilibrado capitán hacia los valores meramente tecnológicos y egocéntricos, se contempla en Saturno 3 como otra malformación del ser humano trasladada al espacio exterior.

Escrito por Javier C. Aguilera


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