Baúl del Castillo: balance de 2015

31 diciembre, 2015

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Atardecer en Ibiza (fotografía de LJ)
Otro año que vemos pasar delante de nuestros ojos y, en este caso, de nuestras pantallas. Desde 2011 hemos compartido con todos vosotros nuestro afán por alcanzar todos los rincones de la cultura en cualquier área, aunque fuera desde nuestra humilde opinión. Un proyecto que ha ido creciendo en una estabilidad que no pretende ser rauda, pero tampoco detenerse. Así cerramos un nuevo año que se suma a la cuenta, con un 2015 marcado por la regularidad.

Ha sido un año interesante donde hemos alcanzado las 784000 visitas, 124000 más que el año anterior, in crescendo a lo largo de los meses, con un inicio algo deslucido que dio paso a un verano y a un otoño de florecimiento. Hemos también crecido en seguidores en todas nuestras plataformas. La subida en Blogger ha sido menor debido a la desaparición, por mandato de Google, de aquellos seguidores que no tuvieran cuenta perteneciente a esta empresa, aunque hemos pasado de los 154 seguidores a los 166, 12 más, algo deslucido del número que habíamos alcanzado antes de la decisión de Google. En nuestra página de Facebook llegamos a 167 me gustas, 30 más desde el año pasado, como en nuestro perfil de Twitter, el que más ha crecido, con 551 seguidores, 110 más que cuando cerramos 2014.

Nuestra actividad también nos ha permitido llegar a diferentes países en el mundo, siendo nuestros visitantes generalmente españoles, pero seguidos por mejicanos y estadounidenses, estos últimos de forma cada vez más frecuente. Saludamos también a todos los argentinos, colombianos, alemanes, chilenos, peruanos, franceses y venezolanos que nos visitan, de los más frecuentes según nuestras estadísticas. Además, hemos notado este año la presencia de rusos de forma notable en los últimos meses. A todos nuestros lectores, seáis de donde seáis, gracias, y esperamos que hayáis disfrutado, y sigáis haciéndolo, de nuestro blog.


Gracias a vosotros hemos alcanzado los 56 comentarios en el blog durante 2015, además de numerosos retuits, respuestas por esta red social y varios +1 en Google+. Debemos mencionar especialmente a lectores habituales, como es el caso de Mangrii, bloguero de Boy with letters, así como a Mientras Leo, Diego González y tantos otros miembros de la blogosfera que se han acercado a nuestras entradas. Os animamos a participar con vuestros comentarios, a darnos vuestra opinión y a formar una comunidad todos juntos, compartiendo nuestras visiones de la cultura.

Y no falta material en Baúl del Castillo, ¡aunque aún sea corto lo recorrido y largo el camino! Este 2015 nos ha dejado 187 entradas, superando a 2013 pero sin alcanzar, por poco, al año pasado. Todas con la redacción de nuestro equipo, a los que agradezco siempre su labor desinteresada por este proyecto, tanto a los que han estado ahí desde el principio y aportando todo el tiempo posible, como es el caso de Mariela B. Ortega, como quienes, incoporándose luego, han logrado un ritmo constante y una visión personal, en el caso de Javier C. Aguilera. Cierra el equipo un servidor, Luis J. del Castillo, que además de administrar, editar y redactar en el blog, me encargo también de forma general de todas las redes sociales.

Con todo este trabajo, hemos alcanzado en este 2015, en nuestro cuarto año de actividad, las 803 entradas publicadas, más de 784000 visitas, 373 comentarios y un amplio repertorio de artículos sobre literatura, cine, música, publicidad, psicología, seriesvideojuegos.


B. Wilder, B. Edwards y L. G. Berlanga
Ha sido también un año repleto de recuerdos para obras que cumplían números redondos, como los 380 años de la aparición de La vida es sueño, los 150 del nacimiento del granadino Ángel Ganivet o los 60 años alcanzados por todas las películas estrenadas en 1955, de las que hemos reseñado unas cuantas, como Rebelde sin causa, El beso mortal, Espartaco o La invasión de los ladrones de cuerpos, además de obras que ya forman parte de nuestra imaginería colectiva, como la fantástica Los Goonies, que alcanza los treinta años. Ha sido también un año marcado por algunas franquicias, así hemos inaugurado la página de ciclos y este año hemos dedicado con especial atención nuestra visión a las sagas cinematográficas de Harry Potter y a la de Star Wars.

Por último, queremos tener un recuerdo para todos los que nos han dejado en este 2015, recordando en concreto a personalidades del mundo de la cultura que han formado parte de las obras de que hemos comentado. Así, recordamos a los directores Sergio Sollima, Vicente Aranda, John Guillermin y Wes Craven, a los actores Rod TaylorLeonard NimoyChristopher Lee y Lina Morgan, al cantante Demis Roussos, y a los escritores Eduardo Galeano, Gunter Grass y Terry Pratchett.

Además de estas efemérides, queremos recomendar, como hacemos anualmente, una entrada por cada mes:


Ahora nos espera un 2016 también lleno de momentos para recordar obras del pasado y para analizar las que vayan surgiendo con el paso del tiempo. Afrontamos con ilusión los nuevos retos que nos propone el tiempo y esperamos continuar con todas nuestras secciones según podamos. Este año hemos estrenado La caja de Psique, sobre psicología, que esperamos que lo disfrutéis, dado que seguirá siendo parte de nuestro blog. Pero esperamos seguir con más sorpresas para el futuro. Gracias por compartir con nosotros este año 2015 y esperamos que sigáis con nosotros para 2016.

Un estimable saludo, el administrador, 
L.J.

PD: 2016 tiene muchos estrenos a la vista, tres de los cuales siguen franquicias (Star Wars, X-Men, Harry Potter) que han formado parte de ciclos en nuestro blog. Os dejamos con algunos trailers que hemos reunido para rematar 2015 y empezar a soñar con 2016.







"En el pensamiento científico siempre están presentes elementos de poesía. La ciencia y la música actual exigen de un proceso de pensamiento homogéneo."

-Albert Einstein





La caja de Psique (VI): El regalo del hábito lector en la infancia

30 diciembre, 2015

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La lectura, según las concepciones cognitivas, es un proceso de pensamiento, de solución de problemas en el que están involucrados conocimientos previos, hipótesis, anticipaciones y estrategias para interpretar ideas implícitas y explícitas. Además, supone un diálogo entre las ideas escritas por un autor y los conceptos u opiniones entendidas por un lector. Así, no es extraño que muchos psicólogos vinculen lectura y cognición. Algunas personas adultas suelen referirse a este proceso como algo doloroso y lento; sin embargo, los niños difieren mucho de esta concepción. Los niños perciben el proceso de una manera natural, como descubrir colores o identificar objetos cotidianos. No obstante, el sentido de obligatoriedad impuesto en la mayoría de ocasiones por parte de los adultos puede explicar la huida de la lectura, pareciendo, incluso, un castigo. Se trata de los lectores renegados, aquellos niños, jóvenes o adultos que no se interesan por la lectura o la escritura, salvo lo estrictamente necesario.

Dentro de la realidad escolar, la lectura es una materia instrumental y, por tanto, obligatoria, pero a la vez es una actividad hacia la que debemos crear una afición. Aunque suene aparentemente contradictorio, la lectura impuesta provocará en el niño la impresión de que tras ella siempre habrá alguna tarea obligatoria para clase, por lo que no podrá disfrutarla plenamente. Y es que en clase se acabará evaluando si la obra ha sido leída frente a si ha sido comprendida, atractiva o motivadora para el alumno. Cuando la lectura pierde el sentido lúdico que debe caracterizarla, la convertimos en una obligación por parte del profesor o de los padres, algo que en los niños hace que, inevitablemente, acaben rechazándola.


Un estudio de la Fundación Bertelsman en el año 2003 indicaba que el 55% de los escolares entre 6 y 12 años les gusta leer, mientras que en edades entre 12 y 16 años esa cifra bajaba al 8%. En ello pueden influir varios motivos: culturales (con los años los hábitos de ocio han cambiado de forma favorable hacia la tecnología), cognitivos (las dificultades de comprensión o el esfuerzo excesivo que puede suponer la lectura) o educacionales (la falta de diferenciación entre lectura obligatoria y lectura voluntaria). En otra investigación, de Rodríguez Almodóvar, propone dos tipos de libros para incentivar a leer: libros para una encrucijada, cuyo tema es el paso problemático de la adolescencia a la edad adulta (por ejemplo, libros como Demian, de Hermann Hesse, Carta al padre, de Frank Kafka, o El diario de Ana Frank) y libros de fantasía, en los que incluye libros de misterio, de aventuras, de fantasía y de ciencia-ficción (por ejemplo, citamos La historia interminable, de Michael Ende, Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, o El señor de los anillos, de J.R.R. Tolkien). Por ello, para que la motivación lectora no fracase cuando el niño crezca, deberemos seguir unas pautas y unos métodos incentivos que ayuden a fijar ese hábito lector, tanto por parte de la escuela como por parte de la familia.


A través de la lectura se adquieren muchos de los conocimientos necesarios para la formación del niño, por ello, la enseñanza de la lectura siempre ha sido una actividad central en el ámbito escolar. La fascinación que se obtiene de la lectura se logra, obviamente, cuando se domina la habilidad, y se centra en la actividad lectora con verdadera motivación. Como decíamos, lo propicio es que leer fuera un placer, y no sólo referido exclusivamente a la lectura de creaciones literarias, sino también al ámbito de lo técnico, lo académico o lo científico.

El propósito que queremos emitir con la animación a la lectura es un acercamiento a los libros por parte de los niños: hacer de la lectura una afición, favorecer que exista interés y conseguir una actitud positiva hacia ella. En definitiva, propiciar un hábito lector. Se trata, pues, de transmitir una educación que sea lúdica y, a su vez, formativa, para poder llevar a cabo una lectura activa y creativa, aquella que posteriormente pueda convertirse en un placer para el niño. 

En definitiva, se trata que la experiencia resulte motivadora, gratificante e invite a seguir explorando entre libros. Es importante también de que los niños empiecen a entender lo que leen, reflexionen y acepten o rechacen lo leído, algo que comenzarán a hacer con una mayor naturalidad gracias a esta actividad. La posibilidad de hablar sobre lo leído permite que los niños pasen de recordar simplemente una historia a demostrar un pensamiento crítico, demostrando así una capacidad lectora que abarca la comprensión, el interés y el desarrollo personal que van más allá de una simple lectura.


Y es que toda lectura responde a necesidades o intenciones procedentes del lector. Las finalidades de la lectura pueden ser infinitas; se lee para informarse, para documentarse, para entretenerse. Se lee por recomendación, incluso por imposición, pero también se lee por iniciativa propia. Se lee con una actitud libre y abierta ante lo que pueda sugerir el texto, aunque, en ocasiones, también se lee condicionado por la finalidad. No se trata de leer por leer, sino de leer en amplitud, entendiendo, reflexionando y viviendo. De aprender a sensibilizarse ante las situaciones en la que la literatura nos adentra, procurando conseguir los patrones de respuesta ante lo leído: reacción personal, interpretativa y crítica. Es por eso que hay que buscar otras vías para incentivar el placer por la lectura, para motivar a leer aquello que al niño le pueda interesar o atraer más. 

Opciones como las bibliotecas, que cada vez son más activas y que albergan un sinfín de recursos y actividades motivadoras, como los clubes de lectura, donde muchos aficionados a las historias pueden encontrar compañía con gustos similares a los suyos. Si bien es cierto que los medios de comunicación y el cambio de mentalidad juvenil a la hora de divertirse y practicar aficiones (auge de la tecnología móvil, Internet y televisión a edades cada vez más tempranas) ha ido en detrimento del gusto por la lectura, podemos destacar que leer es siempre una oferta global.


Actualmente y aprovechando las fechas navideñas en las que nos encontramos, no debemos ignorar el auge de las nuevas tecnologías y la expansión de los medios de comunicación de masas; por eso, y ya sea mediante adaptaciones cinematográficas, musicales o libros electrónicos, cualquier acercamiento a la lectura, independientemente de la edad y del medio empleado, siempre será positivo.

Porque en toda historia, entre sus páginas, imágenes o palabras, siempre hay algo nuevo por descubrir.


Escrito por Mariela B. Ortega

Plácido, de Luis García Berlanga

29 diciembre, 2015

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A veces da igual a quien identifiquemos como el malo de la película, al final, quien siempre pierde es una clase media-baja cada vez más empobrecida; esa que ahora paga el triple de luz sin apenas consumirla mientras contempla atónita cómo se ríen delante de sus narices con cada vuelta de tuerca de la presión fiscal.

Un ciclo continuo de esperanzas renacidas y promesas incumplidas –incluso las que vienen envueltas en nuevos y vistosos embalajes-. Pero si bien es cierto que hay cosas que nunca cambian, por lo menos tampoco lo hace el buen cine.

En Plácido (Jet Films, 1961) también parece extenderse como una mancha de aceite que todo lo cubre un diestro y siniestro monopolio que afecta tanto a desheredados de la fortuna como a algún que otro personaje acomodado. Realmente, ambos sectores son presa de un mecanismo aparentemente bienintencionado: la campaña benéfica cene con un pobre, encarnada exhibición de las miserias, anhelos y frustraciones del ciudadano medio.

Pero además de la urbana e institucional, por las imágenes de la película se cuela la precariedad de la tan cacareada armonía familiar, por medio de los diversos ejemplos de institución matrimonial que van apuntalando la narración. Y en esto, no hay distingos entre clases, pues lo que Luis García Berlanga (1921-2010) nos muestra es el miserabilismo que forma parte del ser humano (ejemplos no faltan incluso hoy, cuando gestos en nombre de la conciliación tienen como consecuencia directa el recrudecimiento de la represión sobre los disidentes).


La familia de Plácido Alonso (Cassen) subsiste encargándose de la gestión de unos aseos públicos. Ese día, Plácido recibe la primera letra de pago de su nuevo motocarro que, como la bicicleta para el protagonista de Ladrón de bicicletas (Vittorio de Sica, 1948), le es imprescindible para poder seguir tirando. El vehículo ha sido adornado para la referida campaña y se le ha instalado un altavoz desde el cual Gabino Quintanilla (el excelente José Luis López Vázquez) vocea las bondades, ¡al menos durante un día al año!, de la misericordia compartida.

Un pregón que se hace extensivo a las señoras de la directiva, cuya cabeza visible es doña Encarnación (una esplendida Amelia de la Torre), madre de Martita (Carmen Yepes), la escogida “reina” de la verbena, en endeble noviazgo con Gabino. Esta caridad de cartón piedra contrasta con las necesidades, bastante más materiales, del abono de la letra y otras penurias callejeras.

Pero aparte de quejarse mucho, tampoco parecen ayudar demasiado Emilia (Elvira Quintillá) o Julián (Manuel Alexandre), la esposa y el cuñado de Plácido, cada uno inmerso en su propia parcela de quehaceres domésticos. De este modo, el hombre honesto se ve sometido a una considerable tensión por parte de poderes tanto públicos como privados.


La narración concentra toda su puesta en escena en la campaña, recorrida a ritmo de música de banda por los ancianitos de varios asilos de monjas, los depauperados de la calle, los artistas de una subasta benéfica, promocionada por las ollas cocinex, y la debida retransmisión desde los hogares más pertinentes. Un compendio de buena parte de los (des)intereses de la fauna humana, matizados siempre por la importancia de las apariencias -entonces como ahora-. El resultado convierte la realidad en un artificio retórico sobre las tablas, en un espectáculo donde prevalece el poder de la imagen -o del sonido, en este caso-.

Un cuadro al que Berlanga inserta otra puesta en escena: la del pobre que enferma en la vivienda de una de las familias de acogida; la tragedia forma parte de una farsa cuyo cogollo es la representación de los intereses más particulares de cada uno de los personajes. Todo ello lo (re)construye el realizador por medio de su lenguaje más reconocible, los elaborados planos secuencia y la pertinencia del diálogo; características primordiales de toda su filmografía (o cosmogonía). Berlanga explora las posibilidades de la imagen dentro de un mismo plano, dotándolo de hasta tres dimensiones con el concurso de sus protagonistas, y sin caer por ello en ningún tipo de desbarajuste organizativo visual.


Plácido fue escrita por Luis García Berlanga y por su compañero guionista habitual, Rafael Azcona (1926-2008), en esta ocasión, con la incorporación de los notables José Luis Colina (-) y José Luis Font (1932-2013). Una colaboración conjunta con producción ejecutiva de Alfredo Matas (1920-1996), nombre que será capital en la segunda etapa cinematográfica de Berlanga; fotografía de Francisco Sempere (-1979), el dinámico montaje sobre la enérgica puesta en escena, obra de José Antonio Rojo (-), y una afligida melodía a cargo de Miguel Asins Arbó (1916-1996).

Además de los citados, quisiera recordar también la presencia de otros grandes actores españoles como Julia Caba Alba (1912-1988), José Orjas (1906-1983), el inimitable Luis Ciges (1921-2002), Agustín González (1930-2005), Amparo Soler Leal (1933-2013) o Antonio Ferrandis (1921-2000). Todos ellos ayudan a proyectar una atmósfera (un enfoque específico, sin duda alguna) tan ilusoria -para varios de los personajes- como abatida. La misma que se puede desprender de la letra de algunos villancicos populares, como aquel que asegura con innegable tino que la Nochebuena se viene, la Nochebuena se va, y nosotros nos iremos y no volveremos más.

Escrito por Javier C. Aguilera


Noticias: Las novedades de Star Wars

28 diciembre, 2015

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INOCENTADA DE 2015 

Cuando Disney sorprendió al mundo cinematográfico con la compra de Lucasfilm por más de 3000 millones de dólares, resultaba evidente que tenía ambiciosos planes para desarrollar las nuevas licencias de las que disponía, como ha sucedido con Marvel. No obstante, lejos de decepcionar a los acérrimos seguidores de Star Wars, han conseguido satisfacer con el Episodio VII (2015) a la mayoría de los espectadores, alzándose con récords en taquilla.


Este triunfo le ha dado fuerza a la productora para plantear nuevos proyectos para el futuro de la franquicia. Así, además de la trilogía que ha empezado esta película, que concluirá con el Episodio IX en 2019, han añadido varios spin-off , es decir, películas derivadas y centradas en algún personaje o aspecto del amplio universo creado por George Lucas. Así, para 2016 podremos disfrutar de Rogue One, sobre el robo de los planos de la Estrella de la Muerte, y en 2018 tendremos la película dedicada a la juventud de Han Solo. Para 2020 se plantea la posibilidad de otra película centrada en las aventuras del cazarrecompensas Boba Fett. Pero a partir de ese año, todo era un futuro incierto, al menos hasta las recientes declaraciones de Kathleen Kennedy, la actual presidenta de Lucasfilm.

Gracias a la satisfacción del inicio de la nueva trilogía, Disney ha exigido un plan que abarque la próxima década, ideando un sistema similar al que siguen con Marvel con distintas fases, incluyendo también series de televisión. De esa forma, se han planteado hasta tres líneas de acción que os detallamos a continuación.


En primer lugar, la fórmula más sencilla es la realización de diferentes spin-off que expandan el universo cinematográfico sin centrarse en la familia Skywalker como se ha hecho hasta ahora. De esa forma, se han ideado tres obras de este estilo. la primera verá la luz en 2022 y versará sobre la creación de la primigenia Orden Jedi, con la posibilidad de estar centrada en las aventuras de un joven Yoda, conociendo sus orígenes, a su maestro e, incluso, una relación romántica que estuvo a punto de arrastrarle hacia el lado oscuro. La excusa para este argumento se basa en que el rechazo y el conocimiento del lado oscuro del gran maestro debe tener su origen en una vivencia directa.

El segundo proyecto sería un drama político centrado en la vida del canciller Valorum, del que vimos su caída en el Episodio I (1999). Según declaraciones de Kennedy, "Star Wars tiene espacio para todo tipo de géneros por ser un universo tan rico, incluso para la política; queremos expandir nuestro target a todos los sectores posibles"Ahora bien, uno de los que más han sorprendido es la obra centrada en uno de los personajes generalmente más odiados por los fanáticos de la saga, Jar Jar Binks. Según adelanta la productora, seremos testigos de cuál fue su destino entre la trilogía precuela y la trilogía original. Pero, además, señalan que nos sorprenderán con un giro que tiene mucha relación con la relación entre el Imperio, la Primera Orden y la figura de Binks dentro de la caída del Senado Intergaláctico, apuntando a la posibilidad de que el personaje infantiloide fuera, en verdad, un lord sith oculto. Lo descubriremos en 2026.

En segundo lugar, se ha anunciado una nueva trilogía que ahonde en la línea principal de las películas, pero proponiendo nuevas perspectivas. Aunque no ha querido adelantar demasiadas ideas, Kennedy ha apuntado la posibilidad de experimentar con universos paralelos más que con una línea continuista (precuela o secuela), partiendo de ideas como ¿qué hubiera pasado si Anakin no hubiera caído al lado oscuro?, ¿y si Luke hubiera aceptado la propuesta del Emperador? O, ¿y si Darth Vader hubiera sobrevivido tras El retorno del Jedi? Parece que se ha contactado con Hayden Christensen para regresar al papel de Anakin y que se está buscando a actores con características físicas similares a Mark Hamill y Carrie Fisher. La idea parece proceder de la popularidad de los cómics de Jeffrey Brown, como Darth Vader e hijo (2013).


No obstante, no se estaría solo buscando dar un giro a las tramas ya conocidas, sino que, además, se trata de cambiar la forma de rodar las películas. Así, parecen haberse puesto en contacto con directores bastante dispares, con nombres que van desde Michael Bay hasta Lars Von Trier. De momento, la principal propuesta de la productora es un nombre español: Pedro Almodóvar. El director parece muy interesado en ahondar en la relación paternofilial de Darth Vader y Luke, además de plantear cuestiones tan inesperadas como la relación entre la simbología de la espada láser y la sexualidad o la extraña relación entre Chewbacca y Han Solo.

Por último, no todo va a ser cine, sino que también hay espacio para la televisión, Imitando a Agents of S.H.I.E.L.D. (2013), se plantea la posibilidad de contar las historias de la Alianza Rebelde, desde su formación hasta lo narrado en Una nueva esperanza (1977), uniéndolo a lo que veremos en Rogue One. Pero no es la única serie que se valora, hay al menos otras dos. La primera es de carácter animado, que pretende aunar a distintos personajes de la que son propietarios en Disney en una especie de macrouniverso: Marvel, personaje Disney y Star Wars.


Un proyecto que se está tanteando para un público adolescente, con el fin de atraer al público del futuro, pero aún está poco avanzado y no se ha trabajado en el argumento. Se espera quizás para 2017 o 2018. La última es la que más ha sorprendido a los fanáticos: una sitcom protagonizada por C-3PO y R2D2, incluyendo seguramente a BB8. Veremos su relación con profundidad, se esperan cameos de lujo y, sobre todo, pretende llevar el característico humor de ambos droides a la pequeña pantalla de forma continuada.

Un montón de novedades que solo son el principio de una gran ambición: la de convertir Star Wars en una realidad muy presente en nuestras vidas. Para ampliar toda esta información, os remitimos a las declaraciones originales de Kathleen Kennedy.



Clásicos Inolvidables (LXXXIII): Cuentos completos, de Oscar Wilde

27 diciembre, 2015

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Nosotros, los seres humanos, que con frecuencia decimos lo que pensamos sin pensar en lo que decimos, tenemos muchas deudas de gratitud con multitud de autores de la literatura universal, que tan bien supieron interesar al lector en lo que decían y en cómo lo decían. Uno de los más imperecederos e incisivos estilistas del verbo fue, sin lugar a dudas, el escritor irlandés Oscar Wilde (1854-1900), del que hoy recordamos sus Cuentos completos (1887-1889; Valdemar, 2007), traducidos y anotados por Mauro Armiño (1944).

La ironía es el elemento primordial en la mayoría de estos relatos, tanto en lo que se refiere a las descripciones físicas como a las actitudes. Así sucede con esa “mezcla asombrosa de gente” que se da cita en la ceremonia de alto copete que configura la primera parte de El crimen de lord Arthur Savile, relato que lleva el sardónico subtítulo de un estudio sobre el deber. En este, el quiromántico Mister Podgers demuestra la infalibilidad de su mancia, y con ello pone en marcha la rueda del destino. El título lleva consigo un sutil juego con las palabras o un doble significado, una vez han sido predichos los temibles acontecimientos que afectarán la vida del joven y resuelto lord Arthur. 

Pero esta mordaz figura de estilo no solapa otros momentos de mayor introspección, e incluso ternura. Por ejemplo, durante el paseo nocturno de lord Arthur “del alba hasta el crepúsculo”, contemplando “todo lo que la ciudad destruye”, mientras rumia su desasosiego. El caso es que para que se cumpla la profecía, según la ha entendido su destinatario, lord Arthur determina cometer él mismo un asesinato, bien premeditado, con el objeto de ¡quitarse de encima el peso que supone llevar a cuestas la maldición!

Un colorido argumental que contrasta con el tono más sobrio de La esfinge sin secreto, relato corto en primera persona donde el narrador se reencuentra, diez años después, con un compañero de universidad. Significativamente, el misterio que acompaña a la misteriosa lady Alroy, conocida de este último, es apenas entrevisto, quedando certeramente sin una explicación en firme, aunque el lector pueda llegar a imaginarla.

Haciendo un agradable alarde de inconformismo con los inconformistas al uso, Oscar Wilde dirige su simpatía hacia los valores de la tradición que encarna El fantasma de Canterville frente a las maneras vulgares de la familia que ocupa ahora su ancestral vivienda.

Como la mayoría de fantasmas, sir Simon de Canterville permanece presente, ojo avizor, porque tiene una tarea pendiente. A él presta voz y pensamiento el autor durante todo el relato, con la particularidad de que los roles se invierten en la ficción: sir Simon es un fantasma aterrorizado por los nuevos inquilinos. Hasta que un personaje benévolo actúa como intermediario entre ambas esferas.

Abundando en este juego de máscaras, en El millonario modelo, Hughie Erskine, joven “encantador e inútil”, pero de buen corazón, verá recompensada finalmente su generosidad y buena disposición de la forma más inesperada, cambiando radicalmente su suerte adversa en amores, al permitirse un rasgo de humanidad en medio de la hipocresía. Tras este relato deleitable, la recopilación continua con aquellos cuentos destinados a los niños que Oscar Wilde imaginó, algunos de los cuales ya se han convertido en clásicos de la literatura infantil (y también de madurez).

El primero de ellos es el magistral El Príncipe Feliz, nombre con el que se identifica a la estatua de un joven noble ya fallecido, y que se muestra más viva que los propios vivos. Su anterior condición de muchacho satisfecho, heredero de una importante fortuna, le privaba de una conciencia que nace al fin, una vez ha superado este plano de la realidad.

Inconsciente de muchas de las penalidades que afligían al ser humano cuando estaba vivo y formaba parte de un mundo delimitado por barreras (muros), su limitada visión pasará ahora a ser cósmica.

Seguidamente, El ruiseñor y la rosa constituye una poética reflexión sobre el lenguaje; más concretamente, sobre la mutua incomprensión o la imposibilidad de conciliar distintas naturalezas (no solo de orden antropológico, entre el estudiante y la muchacha objeto de sus desvelos, sino también, de forma figurada, entre el estudiante y el ruiseñor). Wilde añade además una ácida moraleja sobre el amor.

En conjunto, resulta curioso constatar cómo estos relatos conllevan el sacrificio personal de uno o varios de los protagonistas, lo que también acaba sucediendo en El cumpleaños de la infanta, en el que un “pequeño enano(sic) contrahecho, que sirve de consentida diversión para tan magno acontecimiento, descubre la verdadera causa de tanta irrisión. (Desafortunadamente, esta narración se nos presenta demasiado deudora del tópico: la acción se sitúa en una España torpemente austera y oscurantista). Seguidamente, la primavera queda equiparada a la infancia -no en vano, la etapa más floreciente en cuanto a recuerdos y aspiraciones del ser humano se refiere-, en El gigante egoísta, uno de los más bellos relatos de Oscar Wilde.

El Príncipe Feliz, por Morry
A continuación, implacable resulta la anatomía de la amistad y también de la retórica -incluso de la crítica literaria- expuesta en El amigo abnegado, que se acompaña de nuevos ejemplos de prosopopeya con animales u objetos inanimados, que entablan diálogo tanto con las personas como con ellos mismos.

Lo comprobamos igualmente en El insigne cohete, crítica del sentimiento de superioridad encarnado por un cohete vivo, respecto a sus otros compañeros de pirotecnia; o en El joven rey, cuento de planteamiento y desarrollo sensiblemente más adulto, por cuanto atañe a la creciente conciencia social de un joven príncipe, ilegitimo pero finalmente hecho heredero, amante del arte y la belleza, que al contrario de lo que le sucedía al Príncipe Feliz, sí que alcanza a ver las miserias de la gente en esta vida por medio -y he aquí el aspecto más interesante- de tres reveladores y admonitorios sueños; el ultimo de ellos, incluso de carácter alegórico. Una irrupción de otro plano de la realidad, por el que todos estos sueños tendrán su correspondencia con un aspecto determinado de dicha realidad.

Cierran el volumen, en primer lugar, El pescador y su alma, acerca de un pescador que pretende deshacerse de su esencia, identificada gráficamente con su propia sombra, para de ese modo poder convivir con una sirena tras el fantástico flechazo. Pero no somos testigos de la plenitud o los avatares de tal amancebamiento, sino que el autor se centra en la compleja relación del pescador con su alma; sin lugar a dudas, la más compleja de las personificaciones acometidas por este (pese a un armazón estructural algo mecánico y descompensado).

Nocturno en gris y oro. Nieve en Chelsea de J. A. McNeill Whistler
Y finalmente, El Niño-Estrella, en el que casi podríamos decir que el autor trabaja las competencias de la empatía, aunque la moraleja final resulte igualmente devastadora. De ella se desprende que el bien que se puede hacer y recibir en este mundo lleva aparejado la necesidad de haber experimentado antes, en uno mismo, su contrario; y que en cualquier caso, la duración y efectividad de esa actitud benéfica no es algo continuo, sino esporádico.

Escrito por Javier C. Aguilera


Clásicos Inolvidables (LXXXII): La colmena, de Camilo José Cela

25 diciembre, 2015

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Poe planteaba en El hombre de la multitud esa masa indiferente donde se entremezclan seres que debieran ser individuales, pero que se pierden en la multitud, que se esconden en ella. Desde la antigüedad ha existido la conciencia de esa masa, del pueblo que actuaba como un personaje más, pero no ha sido hasta la modernidad cuando ha sido posible que el protagonista sea un ente colectivo. Que una serie de personajes que circulan a lo largo de una obra sirvan como representantes de una sociedad que, en su conjunto y no de forma individual, protagonizan una historia entrelazada y reflejo de una realidad. Sin embargo, nadie dijo que esa colectividad tuviera que ser honrosa, heroica o excelsa. Realmente puede ser gris, muy gris, y triste. Ese es el panorama que nos presenta La colmena (1951).

Camilo José Cela (1916-2002) retrató el ambiente social que se vivió en la posguerra española. El autor de origen gallego había estado convaleciente en la guerra, lo que le apartó de la batalla tras estar herido de bala. Interesado en la literatura desde su juventud, llegó a conocer a autores como Salinas o Miguel Hernández, cultivando literatura pronto. Así, aunque a lo largo de su vida siempre desempeñó un papel ciertamente polémico por su actitud, especialmente al mostrarse crítico y no callarse ante lo que él consideraba, debemos reconocerlo por su capacidad literaria y no por su forma de ser. 

No en vano estamos ante uno de los premios Nobel de Literatura de nuestro país, concedido en 1989, justo un año antes de que se lo concedieran a Octavio Paz. Entre sus obras, encontramos el inicio del tremendismo, con La familia de Pascual Duarte (1942), así como obras de corte vanguardista como San Camilo, 1936 (1969) o Cristo versus Arizona (1994) e, incluso, obras de viajes y poesía.


La colmena fue crítica con la situación inicial del franquismo, mostrando una situación de posguerra de miseria, inmoralidad y contra la imagen oficial(ista) del Estado. Eso le valió la censura o la prohibición de publicación, que lo llevó a ser publicado al principio en Argentina, aunque finalmente llegó a las librerías españolas durante los años sesenta. Para reflejar el estado social colectivo, Cela nos llevó al ambiente madrileño del año 1943, sin ningún protagonista concreto, sino con una amplia selección de personajes, casi trescientos, con menciones a personas reales, que circulan entre las páginas, creando vínculos entre ellos que podemos percibir gradualmente, incluso con un narrador que nos recuerda a qué personaje hemos retornado.

Todos estos personajes se mueven como una masa uniforme, con motivaciones similares, generalmente en torno al miedo o al poder. Nos otorga la sensación de estar ante un panorama gris en todos sus aspectos, un sufrimiento callado, que solo nos muestran los personajes a través de sus acciones y diálogos, aunque en muchas ocasiones percibamos que ocultan en su interior más de lo que expresan. No hay críticas concretos al régimen franquista, aunque sí colateralmente, dada la situación de pobreza, de persecución política o la sensación de vigilancia. Una sensación que también se ofrece por el hecho de que, a pesar de encontrarnos en una gran ciudad como Madrid, al final todos los personajes aparecen relacionados de alguna forma, todos parecen conocerse, otorgando la sensación de un espacio reducido, con el hilo conductor final de Martín Marco, seguramente el personaje más relevante por quedar señalado por el propio narrador como el último personaje sobre el que pendulan los acontecimientos.


Algunas caras, desde las próximas mesas, lo miran casi con envidia. Son las caras de las que gentes que sonríen en paz, con beatitud, en esos instantes en que, casi sin darse cuenta, llegan a no pensar en nada. La gente es cobista por estupidez y, a veces, sonríen aunque en el fondo de su alma sientan una repugnancia inmensa, una repugnancia que casi no pueden contener. Por coba se puede llegar hasta el asesinato; seguramente que ha habido más de un crimen que se haya hecho por quedar bien, por dar coba a alguien. (pág, 53)

La lectura de La colmena puede resultar confusa por la cantidad de personajes, pero lo cierto es que Cela sabe conferir una atmósfera conjunta que resta importancia a las personalidades y da más relevancia a los actos. Como si se tratara de una cámara cinematográfica, el narrador nos ofrece distintas perspectivas pero sin tocar el interior de los personajes, o al menos así lo parece la mayor parte de la novela. No podemos considerar así que sea una novela conductista, dado que el narrador sí interviene, generalmente de forma irónica o, incluso, adelantando acontecimientos. Un uso de la ironía con la que delata la doble moral de la época, que le sirve también para criticar la actitud no ya de personajes concretos, sino de cierto tipo de personas reales.

Se distribuye en seis capítulos más epílogos que no se sitúa en un orden cronológico, sino que transcurre a lo largo de tres días de forma fragmentaria con idas y venidas en el tiempo y en el espacio, aunque este segundo elemento tiene gran importancia como elemento unitario. Por ejemplo, el primer capítulo completo se despliega en torno a la cafetería de Doña Rosa, recreando el ambiente de estos lugares en los años cuarenta no solo de forma espacial, sino también personal: los clientes reflejan la situación del país, como sus trabajadores, algunos hasta mimetizados con el lugar, como Elvira, que se ha convertido en un mueble más. También se recrea el ambiente prostibulario, el de las calles nocturnas, los lugares de encuentro amorosos o el interior de las casas, en la intimidad del hogar español. Así, además de la miseria económica, de las dichas y desdichas de los personajes, también encontramos el tema de las relaciones personales entre los personajes como un punto central, incluyendo el aspecto sexual y escatológico, muy presente en la obra, y a lo que Cela no aparta la vista en su narración. 

Cuadro de Ernest Descals
El café, antes de media hora, quedará vacío. Igualmente que un hombre al que se le hubiera borrado de repente la memoria. (pág. 97)

Una narración que nos extrae capítulos sueltos de distintas vidas, no en el sentido de las obras realistas clásicas y cerradas, sino prácticamente con cientos de historias sueltas, abiertas y paralelas, de las que interesa la impronta general más que el detalle concreto. Resalta así el retrato literario que Cela realiza sobre una sociedad que no brilla, que no sueña, que padece sin remedio, que ha aceptado su condición gris. Y, aún peor, cuando alguien osa soñar despierto, el castigo procede de fuera, está latente como una espada de Damocles, como le sucede a Martín Marco justamente en fechas navideñas.

No obstante, no estamos exclusivamente ante pobres personajes, sino también ante quienes abusan de su posición, ante quienes engañan, se aprovechan de los demás o mantienen una postura hipócrita entre lo que dicen y lo que realmente hacen. La comparativa entre situaciones hechas a partir de la mutua envidia, la búsqueda de sexo en lugar de amor, las aventuras extramatrimoniales, el abuso sobre clientes y trabajadores, la irascibilidad provocada por la propia penuria, último rasgo de la dignidad, el rechazo entre iguales, la falta de solidaridad y el uso de las mujeres como banderín, como trofeo a admirar. Una sociedad que no solo es triste de forma generalizada, sino que también es capaz de ser malvada e inmoral, pero seguir viviendo día a día y durmiendo plácidamente por las noches. En este sentido, como sucedía con El árbol de la ciencia (Pío Baroja, 1911) con respecto a la inacción de las personas ante el desastre del 98, el narrador parece sorprenderse de la actitud hipócrita de los ciudadanos, que sonríen sin sentirlo, que están ensimismado y que no parecen responder a aquello que realmente consideran.

La Gran Vía madrileña, cuadro de Antonio López
La noche se cierra, al filo de la una y media o de las dos de la madrugada, sobre el extraño corazón de la ciudad.
Miles de hombres se duermen abrazados a sus mujeres sin pensar en el duro, en el cruel día que quizás les espere, agazapado como un gato montés, dentro de tan pocas horas.
Cientos y cientos de bachilleres caen en el íntimo, en el sublime y delicadísimo vicio solitario.
Y algunas docenas de muchachas esperan -¿qué esperan, Dios mío?, ¿por qué las tienen tan engañadas?- con la mente llena de dorados sueños… (pág. 244)

Camilo José Cela logra introducirnos en la obra con una espontaneidad realmente muy trabajada. Detrás de esa aparente sencillez, hay una cuidada revisión de lo que se pretende narrar: introduce fragmentos de auténtico lirismo, que recuerda su pasado como poeta, especialmente en las descripciones, aúna ironía con una falsa seriedad en torno a temas poco relevantes o, incluso, escatológicos, añade valoraciones subjetivas y reflexiones en torno a los actos que hemos presenciado para cerrar o concluir, para conducirnos finalmente al estado en el que quería deparar al lector. A pesar de su aparente objetividad, el relato nos está conduciendo a un determinado estado de ánimo, nos lleva a sentir lo que Cela observó y vivió en esos años. Hereda así características de la novela social, denunciando la situación al enfrentarse a la realidad que describe, una realidad no falta de elementos pícaros, sexuales, opresivos y hasta poéticos.

Aunque resulte imposible desligar La colmena de la época que retrata, ese estado de pesadumbre, de monotonía rutinaria, de perfiles humanos, aún sigue estando presente en nuestra sociedad. Ha cambiado la situación general, habrá cambiado la economía, la tecnología, hasta la forma en que nos relacionamos, pero sigue extendiéndose la noche en que nos sentimos seguros en nuestra cama, mientras que desconocemos qué será de nosotros al despertar del día siguiente.

Fotograma de La colmena (1982), adaptación de Mario Camus
Los clientes de los cafés son gentes que creen que las cosas pasan porque sí, que no merece la pena poner remedio a nada. En el de doña Rosa, todos fuman los más meditan, a solas, sobre las pobres, amables, entrañables cosas que les llevan o les vacían la vida entera. Hay quien pone al silencio su ademán soñador, de imprecisa recordación, y hay también quien hace memoria con la cara absorta y en la cara pintada el gesto de la bestia ruin, de la amorosa, suplicante bestia cansada: la mano sujetando la frente y el mirar lleno de amargura como un mar encalmado. (pág. 48)

Ahora bien, la novela es también una visión intencionadamente sesgada y concreta: no hay espacio ni para las clases acomodadas de la época ni para los sectores marginales u obreros; estas últimas sí representadas, por ejemplo, en Tiempo de silencio (Luis Martín-Santos, 1962). El centro de La colmena es la pequeña burguesía y la problemática que les rodea, su rutina y su moralidad. Otro de los defectos de la obra es el punto central que se le otorga al sexo, algo que hoy en día se siente anticuado, pero que en una época donde lo oficial era rechazar ese mundo, considerarlo algo externo de la vida pública, suponía poner el dedo en una de las llagas del estado de pensamiento imperante. No obstante, aunque sea comprensible y añada un valor a la novela, en ocasiones su peso en la novela resulta algo cargante y repetitivo.

En definitiva, un relato amargo, que cuando incluye sueños, pende sobre ellos la tragedia. Un ambiente gris que Cela transmite con fuerza a partir de cientos de vidas. No se distancia de nuestra realidad, aunque los años hayan pasado, aunque no estemos en el franquismo, aunque a veces creamos que las personas que nos rodean son felices, porque La colmena sitúa su visión hasta en los mínimos detalles, en el agitar de las tazas del café soñoliento, en las calles nocturnas donde el miedo nos paraliza, en las vidas ajenas que nunca nos resultan importantes.




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