Clásicos Inolvidables (LXXIII-A): El sueño eterno, de Raymond Chandler

04 octubre, 2015

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Cuando nos acercamos a El canto del cuco, de Rowling, hablamos de la visión idealizada de los detectives, contrariada por la vida de Cormoran Strike. Sin embargo, compartía con las novelas negras clásicas el afán por descubrir la verdad, un afán que no era impedido por el autor, sino que, por el contrario, era el objetivo del mismo. Pero no ha sido siempre así.

La verdad no siempre prevalece cuando se incluye el interés privado para que permanezca oculta. Nos referimos a las novelas que, perteneciendo al género, se deshacen del idealismo moral clásico, en el que la ciencia, la investigación y la moralidad permitían hallar al criminal y acusarlo públicamente. Uno de los ejemplos es el giallo italiano cuando fija su atención en la mafia, como hiciera Leonardo Sciascia en su obra El día de la lechuza (1961), donde la verdad no es descubierta y el principal heraldo del bien, y de la investigación, rompe sus ilusiones de justicia ante el poder de la mafia. No obstante, el autor nortamericano Raymond Chandler (1888-1959) llegó a ir más allá al presentarnos a un detective cínico e irónico, Philip Marlowe, que se entremezcla en la sociedad a la que pertenece y emplea los mismos trucos sucios que sabe que el resto de la población realiza.

Antes de comenzar la escritura de novelas, Chandler se dedicó a publicar poesías en su juventud y, posteriormente, relatos que se publicarían en revistas pulp, durante la época de la Gran Depresión. Entre estas revistas, destaca Black Mask, donde verían la luz Asesino bajo la lluvia (1935) y El telón (1936), relatos que sirvieron de base para su primera novela, El sueño eterno (1939), primera de un contenido número de obras largas entre las que se encuentran también La hermana pequeña (1949) y El largo adiós (1953), esta última considerada su mejor obra. Soldado en la Primera Guerra Mundial y empleado de banca posteriormente, también dedicó su tiempo a la escritura de guiones cinematográficos entre los años cuarenta y cincuenta, colaborando con Billy Wilder en Perdición (Double Indemnity, 1944) y con Alfred Hitchcock en Extraños en un tren (Strangers on a Train, 1951). Hacia el final de su vida,  tuvo problemas de alcoholismo y llegó a intentar suicidarse tras entrar en depresión por la muerte de su esposa.

"Parecía demasiado fácil. Poseía la austera sencillez de la ficción en lugar de la retorcida complejidad de la realidad" (pg. 190)

Raymond Chandler
El sueño eterno nos lleva a la mansión del viejo general Sternwood, donde ha sido citado el detective privado Philip Marlowe, quien nos narra en primera persona la historia. Allí se encontrará con un caso de intento de chantaje por parte de un tal Geiger hacia el general por unas supuestas deudas de su hija menor, la salvaje Carmen. Sin embargo, antes de abandonar la mansión en pos de su investigación, la hija mayor, Vivian, le interroga para averiguar si su misión es encontrar a su ex marido, Rusty Regan, quien se fugó con la esposa de un gángster local, Eddie Mars. Este asunto comenzará a crear interés en el detective, aunque esté a punto de adentrarse en un mundo de perversidad y peligro, especialmente cuando se convierta en testigo (no ocular) de un asesinato. 

A pesar de contar con la primera persona para la narración, el lector será bastante ajeno a los pensamientos reales de Marlowe y, por tanto, del resto de personajes, de comportamientos bastante irregulares y generalmente egoístas. La degradación social es completa en una novela donde ningún personaje está a salvo de la acusación, ya sea criminal, ahí encontramos la corrupción policial, la estafa, el chantaje, la distribución ilegal de pornografía, el uso de drogas, o morales, como la ausencia de una paternidad responsable, el encubrimiento de los crímenes, las mentiras, la lujuria en forma de femme fatale o ludopatía. 

El detective también cae en encubrimientos, siempre que favorezcan al trato privado con su cliente, como él mismo revelará en varias ocasiones, una de ellas ante el fiscal y la policía: "La pasma se pone muy solemne y virtuosa cuando alguien de fuera trata de ocultar cualquier cosa, pero ellos hacen lo mismo un día sí y otro también para contentar a sus amigos o a cualquier persona con un poco de influencia" (pg. 129).

Sin embargo, Marlowe es un hombre moralmente justo, incapaz de caer en las trampas de la femme fatale, en dos ocasiones distintas, o de intentar salvar la situación a pesar de arriesgar su vida. Pero el hecho de que se adhiera siempre al vínculo privado con su cliente crea un nivel diferente de lectura si lo comparamos con otros detectives que, por encima de clientes, buscaban la verdad y que todo se resolviera para todos los implicados. El detective de Chandler ocultará fragmentos de verdad en su testimonio y en las conclusiones de su caso por proteger a la familia Sternwood, e incluso hallará una verdad que no llegará necesariamente a la justicia.

"Cuando se contrata a un sujeto de mi profesión no se está contratando a alguien para limpiar ventanas; alguien a quien se le enseñen ocho y se le dice: Cuando haya acabado con esas habrás terminado. Usted no sabe por dónde voy a tener que pasar ni por encima o por debajo de qué para hacer el trabajo que me ha encargado. Hago las cosas a mi manera. Y las hago lo mejor que sé para protegerlo a usted; puede que me salte unas cuantas reglas, pero me las salto en favor suyo. El cliente es lo más importante, a no ser que sea deshonesto. Incluso en ese caso lo único que hago es renunciar al trabajo y cerrar la boca" (pg. 236)

A todo ello unimos el retrato de una ciudad corrupta, que permite los negocios ilícitos, siempre que consideremos que puedan existir lícitos, algo que el crítico Juan Carlos Rodíguez dudaba, donde las influencias y el dinero pesan más que el sistema judicial o la policía.

Precisamente, el dinero y la búsqueda de poder son el motor de los personajes de Chandler, siempre se habla en cuestión de beneficios, de parecer más fuerte de lo que realmente se es, y todo ello conduce a un mundo donde el asesinato es una alternativa factible, los crímenes son cotidianos, la marginación palpable y la injusticia primordial. Incluso encontramos casos de amoralidad y falta de conciencia, como Carmen Sternwood, que, incapaz de sentir culpa, queda abandonada a un mundo donde se deja manipular por sus emociones más primarias.

A todo ello hay que unir un estilo seco, donde reluce la ironía y un uso de los diálogos fluidos y sentidamente reales, similares al cine de la época, que Chandler conocía tan bien. Además, cabe destacar la primera adaptación cinematográfica de esta historia, protagonizada por Humphrey Bogart y Lauren Bacall, y con dirección de Howard Hawks: El sueño eterno (1946).

Raymond Chandler consiguió elevar la calidad de la novela negra en ambos sentidos: con un marcado estilo que perdura aún en la creación de detectives actuales, de tono sombrío pero, sobre todo, irónico, y con un fondo crítico con la realidad. El autor consigue unir la mirada crítica de su realidad y de la sociedad en la que vive con una historia atractiva, que consigue mantener la atención del lector de una forma que solo consigue la novela negra.

"Besarte es muy agradable, pero tu padre no me contrató para que me acostara contigo(pg. 170)

Escrito por Luis J. del Castillo

Puedes leer también la cara B de esta reseña




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