Cómo entrenar a tu dragón, de Dean DeBlois y Chris Sanders

26 septiembre, 2015

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Romper con lo establecido, sobre todo cuando nos enfrentamos a una tradición milenaria, es muy difícil. La historia nos ha dado grandes ejemplos de cambios sociales ante situaciones que ahora nos parecerían absurdas, pero que fueron prácticamente ley de vida. El cine ha recurrido tanto a nuestra realidad como a la invención de narraciones sobre superación, sobre marcar precedentes para mejorar o, al menos, para cambiar la perspectiva de lo que sucedía en torno a los personajes. 

Si acudimos a la animación, generalmente marcada como un género para niños, aunque ya hemos señalado en otras ocasiones lo erróneo de este pensamiento preestablecido, encontramos diversas historias sobre la necesidad de escuchar los sueños y deseos de las nuevas generaciones, la necesidad de prestar atención a nuestro alrededor aunque nuestras conclusiones sean contrarias a lo que nos han enseñado, así como, a la par, el peligro que supone para la generación precedente y para la nueva evitarse mutuamente, especialmente al advertir el peligro de la sobreprotección sin justificación. Ideas que estaban presentes en películas como La sirenita (1989), Mulán (1998), Buscando a Nemo (2003) o, más recientemente, Brave (2012).

A su vez, y de manera más contemporánea, se ha combatido contra los estereotipos y debatido sobre la adjudicación de roles, como hemos podido ver en Shrek (2001), El espantatiburones (2004), ¡Rompe Ralph! (2012) o Frozen (2013). En este sentido, podemos observar una mayoría de ejemplos de la factoría Disney-Pixar, generalmente porque Ghibli ha tratado otros temas de forma más primordia y Dreamworks ha preferido el corte humorístico (en muchas ocasiones de baja calidad) para la mayoría de producciones que han podido tratar estas temáticas, como bien puede mostrar un precedente sobre héroes improbables con Kung Fu Panda (2008). La excepción la supone, precisamente, esta obra dirigida por Dean DeBlois y Chris Sanders: Cómo entrenar a tu dragón (2010).

Chris Sanders y Dean DeBlois
La historia, que adapta libremente la novela de Cressida Cowell, nos transporta a un mundo de vikingos rudos y fuertes cuya principal dedicación es combatir a los dragones desde tiempos inmemoriales. En la isla de Mema, el líder y héroe de la población es Estoico, que pretende encontrar el nido de dragones para acabar con él. Por contra, su hijo, Hipo, es un vikingo adolescente débil, poco dado al combate, pero inteligente y hábil. Al inicio de la película, durante el asalto de dragones al poblado, decidirá emplear uno de sus artilugios contra unos de los dragones más temidos: un furia nocturna. Sin embargo, esta acción le dará la oportunidad de conocer mejor a los seres contra los que su tribu se ha enfrentado y a descubrir que quizás todo lo que pensaban sobre los dragones no sea cierto.

Al enfrentarse a la realidad con sus matices, Hipo emprende una lucha por su propia identidad: en medio de lo que el resto del mundo quiere que seas, tú debes descubrir quién eres. Hipo debe enfrentarse no solo contra su poblado, sino contra aquel que representa todas las cualidades positivas de su tribu: su padre. Una cuestión que físicamente ya lo representa, planteándose así un héroe marginal con respecto a su sociedad, al no corresponderse con el perfil de musculoso y fuerte de todos sus congéneres. Un tipo de personaje más en la línea del reciente Hiro de Big Hero 6 (2014), donde prima la inteligencia y la habilidad tecnológica, que a los habituales guerreros donde destacaba la fuerza o el poder.


Precisamente, la representante de ese tipo de héroe es Astrid, antítesis a la par que objetivo romántico de Hipo. Ella emerge como una mujer ejemplar dentro de los ideales de su mundo, y aunque la podamos observar como un ejemplo de mujer guerrera ajena a clichés femeninos, no deja de corresponderse con un estereotipo de heroína, con ocasionales momentos románticos. No obstante, a pesar de chocar en sus ideales con el protagonista y de ser reacia a sus propuestas, llegará a convertirse en su mejor aliada, aportándonos la idea de que la juventud acepta mejor los cambios que las generaciones precedentes.

El resto de personajes componen un variopinto reparto de comportamientos clichés y acordes con la actitud de los vikingos. Aunque la película recurre en ocasiones al humor irónico, generalmente nos encontramos un humor absurdo o tonto reflejado esencialmente en el resto de muchachos de la misma edad que el protagonista, que poco o nada aporta a la obra. Hubiera sido preferible un humor más sutil introducido en momentos clave, algo que en ocasiones se logra en esta misma obra, por lo que no estamos ante un imposible.


No obstante, donde destaca la obra es en sus momentos más trascendentales, remarcados, pero igualmente conseguidos. La mayoría los encontramos en la relación entre Desdentao e Hipo, que se desenvuelve a lo largo de la película a través de los pasos necesarios, sin artificios: desde la mutua desconfianza inicial hasta la profunda amistad que muestran hacia el final de la película, dejando espacio para momentos especiales, como la primera vez que el dragón permite a Hipo que le toque o el primer vuelo que logran realizar juntos. Todo ello bien hilado a través de un montaje que permite unir el entrenamiento con los otros dragones, presentándonos los distintos tipos que existen, con la rehabilitación del furia nocturna y la conexión entre Hipo y el dragón herido.

Este tipo de relación nos lleva a un acercamiento con lo desconocido, a una amistad con lo que se pensaba peligroso. Un mensaje que encontramos en línea con lo que suele representar Ghibli, en esa unión con la naturaleza. En este caso, existe una identificación entre humano y dragón que logra superar las ideas culturales transmitidas a Hipo, es decir, aquellas que señalaban a los dragones como seres peligrosos y a las que matar en cuanto se tuviera oportunidad. El encuentro con una realidad que va más allá de esas convenciones logra transmitir un mensaje contra el miedo a lo desconocido o a lo que se teme por considerarse peligroso, como determinadas razas animales tachadas como tales. Resulta así más importante el cómo se tratan unos seres a otros que el determinismo que pueda existir entre ellas.


El tema ha sido recurrente para los directores, que también trataron una amistad improbable en Lilo & Stitch (2002), obra también dirigida por DeBlois y Sanders. No podemos dejar la oportunidad de mencionar el excelente currículum en animación de ambos directores, con proyectos tanto para Disney como para Dreamworks, habiendo trabajado para algunos de los títulos ya nombrados anteriormente y otros como El rey león (1994) o Atlantis: el imperio perdido (2001). Precisamente, la animación 3D de la película está muy lograda, especialmente cuando observamos los efectos de agua, el cabello de los personajes o las secuencias de vuelo.

Punto en contra es un doblaje español que en algunas escenas resulta extraño y con falta de unión entre voces, personajes y acción. También es curiosa la preferencia por ciertos recursos como eliminar la -d- en el nombre de Desdentao, cuando el resto de la película tienen una dicción perfecta. No obstante, no son cuestiones que arruinen la experiencia fílmica. La película, por su parte, cuenta con una secuela realizada por DeBlois y Sanders, Cómo entrenar a tu dragón 2 (2014), y una tercera parte planteada para 2018. Sin embargo, esperamos que Dreamworks no sobreexplote la franquicia como ya ha hecho con otros éxitos (Shrek, Madagascar...), descendiendo generalmente el nivel de calidad de forma drástica.


En conclusión, puede que no estemos ante una historia novedosa, ya hemos señalado numerosos ejemplos que tratan ideas semejantes, pero, como siempre, todo está contado ya, cambian solo las formas y los matices. En este caso, Dreamworks logra un excelente trabajo con esta obra. Cómo entrenar a tu dragón consigue transmitir gracias a la rotundidad de ciertas escenas, incluido un giro final poco habitual en este tipo de películas y que la enriquece y diferencia de otras propuestas. En fin, recomendable para todos los públicos.

Escrito por Luis J. del Castillo


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