El Dorado, de Howard Hawks

20 agosto, 2015

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Todos los personajes de El Dorado (Ídem, Paramount, 1966) están marcados por el peso del recuerdo. Todos ellos atesoran un pasado que les condiciona. Un ayer que no se explicita pero que está presente.

Por ejemplo, del pistolero Cole Thornton (un estupendo John Wayne) apenas sabemos que le unen fuertes lazos de amistad con el ahora sheriff John Paul Harrah (igual Robert Mitchum) desde antes de la guerra (civil); del mismo modo que también formará parte del pasado, por vía de la elipsis, el desengaño amoroso que sufre este último y que lo transforma en un ser vulnerable. Únicamente somos testigos de las consecuencias, que es lo que narrativamente le interesa a Howard Hawks (1896-1977).

El pretérito también afecta al joven Mississippi (James Caan), entregado a vengar el asesinato de la persona que se hizo cargo de él desde niño (otro lazo familiar no directo de los que se establecen en la película), de la misma forma que sabremos, por boca de la común amiga Maudie (Charlene Holt), que se trata de la viuda de un jugador. Como señalaba, todo lo demás está ahí sin necesidad de ser nombrado.

Igual de elocuente es la cicatriz que exhibe en el rostro el mercenario Nelse McLeod (Christopher George). Más aún, según se comenta, nadie sabe de dónde pudo sacar su dinero el terrateniente Bart Jason (Edward Asner).

Todas estas informaciones desgranadas en el guión de la estupenda Leigh Brackett (1915-1978) son como pinceladas impresionistas que, de alguna forma, nos acercan a los personajes, pero manteniendo el debido misterio que siempre proporciona la otra persona…


En esta última etapa de su carrera, Howard Hawks se mostró más interesado en profundizar en el estudio de caracteres que en renovar unos vericuetos narrativos de sobra conocidos por él. Como muchos aficionados saben, El Dorado es una paráfrasis de Río Bravo (Ídem, Warner Bros, 1959), en base a unas líneas argumentales propuestas o derivadas de esta. Ahora bien, por mucho que el excelente guion de Brackett (de la que celebramos el centenario de su nacimiento) tuviera como base la obra precedente o una novela de Harry Brown (1917-1986), titulada The Star in their courses, el resultado no deja de ser absolutamente personal.

Algo en lo que también tiene que ver la contrastada fotografía de Harold Rosson (1895-1988), capaz de pasar del naturalismo de los exteriores al efecto crepuscular y nocturnal del resto de secuencias; así como la bella y melancólica balada compuesta por Nelson Riddle (1921-1985), sustento de los excelentes títulos de crédito iniciales, que se componen de una sucesión de pinturas del espléndido Olaf Gieghorst (1899-1988); unas estampas no exentas de añoranza que son tanto el reflejo de una épica como el respetuoso canto al individuo en la figura del hombre del oeste, sea cowboy o no (por cierto que, en la película, el artista interpreta al armero apodado “el Sueco”). Tampoco andaba lejos en esta ocasión la imprescindible diseñadora de vestuario Edith Head (1897-1981).


En El Dorado, los paisajes reconocibles están al servicio del universo inconcreto y siempre en movimiento de los personajes (pistoleros, ganaderos, jóvenes impetuosos, mujeres de gran fortaleza, hasta unos conocidos “funcionarios de la ley” que Thornton encuentra en otra localidad). Personajes que, llegado el momento, están dispuestos a asentarse (casi definitivamente). Una fase vital que ya se anticipa en el comentario de Maudie cuando, al regreso de Thornton, esta comenta que se alegra de volver a tenerle cerca y que “John Paul parecía sentirse tan solo…

La soledad también se evidenciada por medio de la planificación. Frente a unos personajes que irán interactuando entre ellos dentro del plano, el encuentro de Thornton con Bart Jason, primero, y con el cabeza de familia Kevin McDonald, después (R.G. Armstrong), muestra al pistolero separado mental y físicamente de sus interlocutores –como ellos lo están de él-, gracias al correspondiente empleo del plano-contraplano. Las razones para estos desencuentros varían, pero la soledad es la misma. Poco después, Thornton sí que compartirá el plano con Maudie, durante su despedida hacia los territorios de la frontera.


Raíces antiguas y recientes se dan cita en la población de El Dorado; espacio físico y de resonancias míticas. En esa involuntaria determinación de “echar raíces” no pesa solo la edad, sino también las deudas contraídas (Thornton respecto a los McDonald; Harrah como sheriff de la comunidad; Mississippi tras haber “ajustado cuentas”).

Sin domicilio conocido, es el de estos personajes un viaje continuo hasta dar con esas raíces afectivas y geográficas que pronostica el poema de Edgar Allan Poe (1809-1849) que recita Mississippi, y que da nombre al pueblo y a la película. Un lugar para el que también se precisa de tiempo para poder olvidar. Pero la “sombra” del poema de Poe impele al jinete (al viajero) a que no cese nunca en su búsqueda de la felicidad.

Como jocoso preludio a esta disposición, a su (inicial) regreso a El Dorado, Thornton le comenta a su amigo, antes de fijarse bien en la estrella que luce, que “¡oí decir que te habían hecho Sheriff!”. Toda esta red de relaciones dará como resultado la formación de una peculiar familia, como anticipaba, no unida por lazos de sangre pero sí de camaradería y lealtad.


Por ello, los personajes acaban acompañados de alguna forma; hasta el doctor Miller (Paul Fix) encuentra a un colega más joven (Anthony Rogers).

No podemos dejar de retener algunos momentos divertidos, como la elaboración del engrudo anti-alcohólico que Mississippi prepara con ayuda de Bull (el excelente Arthur Hunnicutt, y otro personaje con un pasado a cuestas, en su relación con los indios); junto a otros instantes más dramáticos, entre los que se cuenta la muerte del joven Luke McDonald (Johnny Crawford). En la desafortunada refriega somos testigos de dos disparos, que acaban convirtiéndose en tres…

Los lugares de ese asentamiento físico y vital tienen su parangón en los escenarios no menos “míticos” de western, pese a las confrontaciones. Así sucede con el tiroteo en el interior de una iglesia, la detención de un asaltante en el saloon, o la comisaría que cobija a esa familia en formación…

Escrito por Javier C. Aguilera


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