La heredera, de William Wyler

30 julio, 2015

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Dedicado a Simón.

No es del todo cierto eso de que el amor se marcha con la misma facilidad con que llega. Aunque ya no se encuentre a nuestro lado, de alguna forma, permanece. 

Una pérdida no es necesariamente sinónimo de fracaso, pero sea como fuere, nos enseña a madurar como personas, nos conforma y fortalece, siempre que uno esté dispuesto a aprender.

Por ello, no es casualidad que el tema de amor de la película La heredera (The heiress, Paramount, 1949) sea el poema de Jean Pierre Claris de Florian (1755-1794) titulado Plaisir d’amour, una de las más bellas composiciones amorosas y también una de las más atribuladas, debidamente musicalizado por Jean Paul Égide Martini (1741-1816) en 1784. 

No en vano, descubrir una obra de arte es identificarse con lo que de uno mismo existe dentro de esta.

Las fiestas, el alternar con la gente joven, la ilusión, el desengaño (no solo entre prometidos, también entre familiares), la ingenuidad, la muerte de la inocencia, la desesperación… pueden no desaparecer nunca, pero, sin duda, forman parte del universo de la adolescencia. Incluso hoy, casi todo estímulo visual está dirigido y pertenece a los más jóvenes, incluyendo aquellos acontecimientos ajenos que conducen al pesar.

En el mundo femenino de antes de ayer, con determinada edad, ya se podía considerar a una persona que no hubiera contraído matrimonio como “una solterona”; situación que está bordeando Catherine Sloper (la excelente Olivia de Havilland, cuya actuación fue premiada con un Óscar), la heredera del título.

Sus escasos dones de gentes y su discreto atractivo (mengua favorecida por la actriz), la mantienen al margen del circuito habitual de la vida. La ya no tan joven muchacha es insegura y apocada, pero posee dinero. De tal modo que, hasta cuando su padre, el eximio doctor Austin Sloper (un espléndido Ralph Richardson), la contempla, solo ve en ella una inversión que ha de mantener a buen recaudo de los desalmados. Además, no puede evitar compararla con su difunta esposa, compendio de todas las virtudes naturales y sociales, en un acto no exento de acusada idealización.


De este modo, cuando aparece un pretendiente con intención de cortejar a la casadera, en la figura del agraciado aunque menesteroso Morris Townsend (Montgomery Clift), se disparan todas las alarmas. La aquiescencia de la tía, hermana de la fallecida esposa del doctor, Lavinia Penniman (Miriam Hopkins: recalco que todos los actores están magníficos), será fundamental para que la ilusión y el deseo broten al fin en la muchacha, que ya observa cómo la presente puede ser su primera y última oportunidad en el amor. Pero Morris es un hombre que no ofrece nada material “a cambio”; por lo que es posible, como teme el progenitor, que en definitiva, no esté ofreciendo nada de nada.

No me agrada deshilvanar los argumentos de las obras literarias o cinematográficas, algo que parece práctica común en demasiadas páginas, y que me resulta inaudito (comentarios “de solapilla” en la línea de lo que sucede con los actuales trailers: ya no se invita al espectador, se le cuenta la película, directamente). Digamos entonces, sin ánimo de facilitar excesivas pistas, que a las dudas de si Morris siente interés por la persona de Catherine o por su dinero, se suman, en primer lugar, la atracción física de la soltera hacia el joven, y más tarde, el amor sincero de una Cathy que, también por vez primera, se siente lo suficientemente estimulada como para abandonarse al futuro.


Pero dos circunstancias sobrevuelan esta relación. Por un lado, hasta qué punto sería aconsejable comprar la felicidad ante la duda, no ya de una auténtica correspondencia amorosa, sino de una simple meta matrimonial; línea argumental que la tía está dispuesta a asumir y que más tarde hallará la connivencia de la propia sobrina. Y por otro, hasta qué punto se puede ser sincero y certero en los juicios, sin necesidad de resultar cruel; otro de los nudos gordianos de la trama, por mucho que, como asegura el doctor, “la gente no se muere por esas cosas”. De hecho, la ausencia de comprensión y de cariño serán los aspectos verdaderamente devastadores del relato; y estos se presentan del modo más inesperado, casi como una revelación.

En definitiva, todo un análisis social y humano, proporcionado por la novela –que aún no he tenido ocasión de leer- de Henry James (1843-1916), Washington Square (1880), ambientada en el Nueva York de la segunda mitad del diecinueve, y adaptada para el cine y el teatro por Ruth (1908-2001) y Augustus Goetz (1897-1957), en 1947. Con respecto a la traslación cinematográfica, hemos de mencionar la dirección artística de Harry Horner (1910-1994), el vestuario de Edith Head (1897-1981), la edición de William Hornbeck (1901-1983), la fotografía de Leo Tover (1902-1964) y la aportación musical del gran Aaron Copland (1900-1990).


Del saber hacer de su director y productor, William Wyler (1902-1981), dan buena cuenta resoluciones visuales como la presentación de Morris ante Cathy y su tía Lavinia durante un baile. Esta tiene lugar de espaldas (en tanto que ellas permanecen de frente), por lo que el realizador muestra, en primer lugar, la impresión que el joven produce en ambas.

A este instante podemos añadir el plano que muestra a Cathy posando su mano sobre uno de los guantes de Morris, o la entrevista con la hermana de este, la señora Montgomery (Betty Linley), que incluye el inteligente momento en que la invitada observa la fotografía de la esposa muerta… después de haber conocido a Cathy. Un retrato que el doctor se llevará consigo cuando se encuentre enfermo.

Por descontado, también destaca la secuencia final, en la que Morris reclama el amor de Carthy o, con anterioridad, el plano que muestra la angustia del paso del tiempo, de la fulminante comprensión de todas las palabras dichas hasta entonces y la implacabilidad de los hechos. Situación proseguida por una Cathy que remonta las escaleras de su casa completamente abatida. La traumática vivencia tendrá su contrapartida, en idéntica disposición espacial, justo al término del relato, cuando la mujer recupere, casi beatíficamente, la dignidad que ha de completar su transformación interior y exterior, ya como heredera.


Hace cien años… indica el rótulo con el que da inicio el relato. Pero lo cierto es que lo que en él se nos narra ha venido sucediendo incluso hace más tiempo, desde el principio del mismo; de igual modo que, prejuicios aparte, puede estar ocurriendo en estos momentos (por supuesto que todo el trabajo de ambientación es excelente).

Es el amoroso un mundo tan pleno como ingrato, en el que muy a menudo se recoge lo que se siembra. Al fin y al cabo, el placer de amor solo dura un instante, mientras que el dolor de amor dura toda la vida.

Escrito por Javier C. Aguilera



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