Otros mundos (XI): Las máquinas del cosmos, de Antonio Ribera

22 abril, 2015

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A decir de algunos, los interesados por el fenómeno O.V.N.I. están –o estamos– abocados a la credulidad o la inmadurez. En esta, como en otras tantas materias, parece que únicamente podemos pasar del escepticismo al misticismo. Es cierto que razones no parecen faltar para ello: timos, iluminados, escépticos rampantes, especialistas en distintas materias científicas totalmente desinformados con respecto al fenómeno, algún que otro oportunista televisivo o literario de exótico nombre...

Pese a todo, hablar de la cuestión O.V.N.I. es adentrarse, por más que su resolución se nos escape, en uno de los mayores misterios que el ser humano tiene planteados, un enigma que convive con la necesidad –que a esos algunos parece que les entusiasma negar– del individuo por lo misterioso, sin que esto quiera decir que toda explicación haya de ser necesariamente irracional o tenga que doblegarse al ámbito de lo psicológico, vertiente demasiado afín a la mayoría de ufólogos de segunda o tercera generación. De un tiempo a esta parte ha venido teniendo mejor prensa –y seguramente venta– la introspección soporífera en el interior de la Gran Pirámide que la posibilidad de presencia de otras vidas inteligentes en nuestro planeta. De este modo, el interesado no tiene, ni ha tenido nunca fácil, la búsqueda de una información fiable.


Ya he comentado en alguna otra ocasión que esta sección pretende ofrecer un material sugestivo acerca de los aspectos más insólitos y desconcertantes de nuestra realidad, así como traer a la memoria situaciones y personajes por medio de textos, dado que es una sección bibliográfica, de cierta solvencia literaria, referidos a ese mundo del misterio.

Aunque el fenómeno de los no identificados permanece en tablas o en punto muerto, ya sea por razones terrestres o extraterrestres, sí me gustaría recordar que el conjunto de manifestaciones categóricas y displicentes tienen más que ver con la (des)información de que uno disponga que con una cuestión de fe (de creencia o no en el fenómeno), así como de una actitud no apriorística frente el análisis. Debemos tener en cuenta que muchos de los mejores estudiosos del tema partieron del escepticismo.

Aparte de que una cosa es pasarlo bien o entusiasmarse con los arcanos que a uno le agraden y otra, muy distinta, hacer mofa de todo aquello que se desconoce, que suele ser la salida más cómoda y ordinaria, acrecentada por la actual impunidad que proporciona el anonimato; para ello basta con darse una vuelta por cualquiera que exprese su parecer, inmediatamente surge un aludido: las crucifixiones no son cosa exclusiva del pasado.

Fotografías de Arturo Robles
En cuanto al espinoso asunto de la ocultación de documentos, conviene recordar que, la mayoría de las veces, han sido los propios militares los que han levantado esta curiosa e incómoda liebre, siendo además las primeras víctimas de un opresivo pacto de silencio. Un personal militar no sujeto ya a un secretismo administrativo endiablado, por medio de rúbrica en documento severísimo, que visiblemente aliviado con respecto a esta conspiración de silencio, se vio relativamente libre de poder transmitir una información sorprendente, por la cual supimos que, más que los gobiernos –siempre de turno–, eran determinadas agencias gubernamentales –perennes–, las que sabían más de lo que ofrecían al contribuyente medio, y que, en efecto, procedieron a negar sistemáticamente el fenómeno que nos ocupa, principalmente por vía de la coacción y ridiculización del testigo. ¡Demasiadas molestias para tratarse únicamente de testimonios subjetivos!

La reciente desclasificación de archivos del proyecto Blue Book (primero Sign y más tarde Grudge), tampoco ha sido tal, sino una mera digitalización de documentos que ya estaban a disposición de los especialistas desde los años setenta. En este sentido, tampoco está de más recordar que el astrofísico J. Allen Hynek (1910-1986), bien conocido de Antonio Ribera (1920-2002), se interesó en proseguir con la investigación de los O.V.N.I.S de modo independiente, sin ataduras, después de haber soportado años de censura como asesor científico de las Fuerzas Aéreas americanas y director del referido programa de encubrimiento (lo que no obsta para que un elevado porcentaje de avistamientos atendiera a causas conocidas por la ciencia).

En cualquier caso, el ciudadano inquieto ha venido haciéndose las mismas preguntas desde hace décadas. Por ejemplo, si el estamento militar ya sabía que el fenómeno se reducía a supuestas pruebas de misiles secretas, ¿para qué investigar entonces la cuestión, tal y como han venido haciendo por su cuenta los distintos ministerios de defensa, invirtiendo en ello ingentes cantidades de dinero?


En este sentido, hasta tal punto llegó la cerrazón informativa en la antigua Unión Soviética, que toda la cuestión quedaba justificada en base a los consabidos globos sonda o de investigación, cohetes, bolsas de gas, satélites espía, efectos físicos tales como fuentes térmicas o lumínicas, cuando no se atribuía a fenómenos alucinatorios gestados por la mente del testigo, proyecciones mentales o visiones místicas, y otras teorías aún más pintorescas y alambicadas.

La enfermiza necesidad de algunos por creer que todo tiene explicación siempre que “suene a científico” (si non è vero…) ha contaminado el fenómeno de igual modo que han hecho los visionarios del mismo, cuando lo más aconsejable estriba en no esperar que ese todo responda a una explicación inmediata; ni siquiera, a una sola explicación. De este modo, a los fraudes y ocultaciones se suman las interpretaciones de los racionalistos, tan pueriles que ofenden a la razón misma. Sea como fuere, resignémonos al escarnio y procedamos con el texto que he seleccionado para esta ocasión.

Antonio Ribera
Tan grata de leer hoy como lo fue en su día es la obra de Antonio Ribera. Y, concretamente, el estudio que hoy recordamos, Las máquinas del cosmos (Planeta, colección Documento, 1983), un ensayo bien nutrido de ejemplos, a modo de relatos siempre sorprendentes, que salpican al lector con aspectos inquietantes y lo mueven a la reflexión. ¿Realidad, ficción… o ambos?

El libro se completa con un útil índice onomástico, una fértil bibliografía y un impagable documento en forma de transcripción de una entrevista radiofónica efectuada al referencial Allen Hynek. En sus textos para Planeta, Antonio Ribera decidió enfocar la cuestión O.V.N.I. desde sus vertientes más idiosincráticas e inquietantes (también incómodas), ofreciendo sus conclusiones personales cuando las había, y que, cercanas o alejadas de la realidad del fenómeno -que eso nadie puede asegurarlo como tampoco negarlo-, eran el testimonio sincero de quien dedicó gran parte de su vida y de forma pionera, al estudio y exposición de lo que acontecía en los cielos. Como ejemplo tenemos el posible origen de las “envolturas” de los tripulantes de O.V.N.I.S estrellados, que bien podrían ser el producto de una clonación (pg. 58 en adelante).

Una de las primeras cosas de las que advierte Ribera es que el vocablo O.V.N.I. no ha de ser necesariamente sinónimo de nave extraterrestre, sin que tampoco quiera decir con ello que tal posibilidad deba ser desechada (de hecho, es la que él prefería personalmente, como la “menos insatisfactoria de las hipótesis”). Como “notario ufológico”, los enxiemplos se alternan con datos que contienen pruebas tangibles y verificadas (como los efectos electromagnéticos de larga duración, sin que a un motor se le descubra ningún fallo mecánico, las captaciones por el radar o las huellas en el terreno con un anormal índice de radiación…).

En Las máquinas del cosmos el autor se interesa por esos extraños artefactos que mediante su desconocido y asombroso sistema de desplazamiento –más que de propulsión-, parecen manejar a su antojo el campo unificado einsteniano, como sabemos, conformado por las fuerzas electromagnética y gravitatoria (que el físico alemán trató de comprimir en una sola fórmula al final de sus días). Los tan cacareados límites en la velocidad, que en principio harían imposible el poder recorrer las mayúsculas distancias siderales, son tales exclusivamente aplicados a la actual ciencia terrestre. 

Por no mencionar –que lo hacemos– la patochada campestre de que estos fenómenos solo acontecen en tiempos de crisis o que todo el que cree en estas fábulas es porque ha dejado de creer en otros asuntos mucho más provechosos. La visión antropocéntrica del ser humano se extrapola al universo entero y (pre)determina que solo existe un medio de viajar, así como un solo origen, una sola clase de máquinas o una única explicación del fenómeno.

A la ingente casuística de avistamientos, aterrizajes y encuentros se suman en el libro los enriquecedores testimonios del ufólogo, relaciones públicas y especialista en marketing de productos químicos, Leonard Stringfield (1920-1994), y de Maurice Chatelain (-), este último, director de los sistemas de comunicación de las cápsulas Apolo, un grupo de científicos al que también podríamos agregar al filósofo Carl Gustav Jung (1875-1961), afecto al fenómeno.

Virgen con el Niño y San Juan, autor incierto, c. 1490
Una primera sección dedicada a “O.V.N.I.S estrellados”, hace especial hincapié en un posible empleo de campos de fuerzas como método de desplazamiento. Por ejemplo, para Stringfield una característica interesante consiste en lo que él denomina como “test de extrañeza(17), fenómeno por el cual el O.V.N.I. evidencia su condición de objeto “foráneo” según se aproxima al observador –prefiero que el lector descubra tan interesante aportación por sí mismo, producto de una “curiosidad evasiva”, en terminología del propio Stringfield (pg. 25)-.

No se trata, por lo tanto, de un problema de “credulidad”, sino de cierta apertura. Como resulta imposible que cada dato pueda ser verificado por cada aficionado, o se confía en una adecuada investigación (por parte de ufólogos, físicos, personal militar -cuando trasciende-, astrónomos…), y en los testimonios ya “cribados” de toda suerte de profesionales, hasta ese momento ajenos al fenómeno (agricultores, pilotos, sacerdotes, astronautas, médicos, abogados, biólogos, capitanes de barco, alcaldes, oficiales de policía…), o la “cerrazón” anula cualquier posibilidad. Para un científico, como para un filólogo, pongo por caso, resulta fascinante constatar cómo las “humanidades” ¡realmente existen!

Restos del OVNI de Roswell, Nuevo México, en 1947, mostrados por el mayor Jesse A. Marcel
Seguidamente, Ribera aborda en otro capítulo los casos de “O.V.N.I.S averiados”, donde destacan sucesos como el avistamiento de la misión anglicana de Boianai (Nueva Guinea), con el reverendo William Booth Gill como testigo principal, junto a otros colegas maestros, en junio de 1959 (89). O el de Socorro (Nuevo México, 1964), donde se obtuvieron raspaduras de metal y otros restos de metales poco comunes, como demostraron los análisis de laboratorio. Una tarea que, como recuerda nuestro “antólogo”, más se asemeja a una investigación policial que a una cuestión esotérica (98). También recoge el autor el impresionante “incidente” en el bosque de Rendlesham, Bentwaters, en Reino Unido (corroborado años después en el interesante -y espeluznante- documental UFO Files: Great Britain’s Roswell, 2005). 

En la sección tercera, Tres abducciones y una sola máquina, Antonio Ribera recuerda el no menos sorprendente asunto del O.V.N.I. barroco contenido en Los viajes de Gulliver (1726) de Johnathan Swift (1667-1745), o el jocoso O.V.N.I. “mal aparcado” del agente de policía Herbert Schirmer, que se llevó la sorpresa de su vida, y que está pormenorizado en otra obra anterior del autor, Secuestrados por extraterrestres (Planeta, Documento, 1981). Una casuística que convive junto a teorías que se refieren a las formas de comunicación, cuestión resuelta –por raro que suene– mediante el empleo de la telepatía en el idioma oriundo. Posibilidad no tan sorprendente si tenemos en cuenta que nosotros mismos seguimos desconociendo los fondos oceánicos de nuestro propio mundo.

Recreación del OVNI de Socorro
En el capítulo La posible tecnología, Antonio Ribera aborda los “atajos dimensionales que se valen del campo unificado einsteniano(247), un apartado que incluye el caso de la desintegración sobre la playa brasileña de Ubatuba, en el estado de Sao Paulo (285). Seguidamente, aporta sus conclusiones (293) junto a las teorías de otros investigadores competentes, que incluyen un interesante y extenso informe acerca de la “anti-gravitación” (302), elaborado por el enigmático profesor Marcel Pagès.

No en vano, algunas veces el misterio también se traslada a -o se encarna en- los propios investigadores, caso del español Francisco Aréjula (327), el astrónomo estadounidense Morris K. Jessup (1900-1959) (340), o el malogrado locutor Frank Edwards (1908-1967) (66 y 210), autor de otro excelente libro sobre O.V.N.I.S publicado en la colección Otros Mundos de Plaza & Janés: Platillos volantes, aquí y ahora (Flying saucers, here and now, 1967). Muertes y desapariciones escalofriantes, envueltas por la oscuridad y el secreto.

Frank Edwards y Morris K. Jessup
Ribera se pregunta finalmente (360), ¿por qué el gobierno norteamericano ha gastado más de doscientos millones de dólares en comisiones de encuesta para estudiar algo “inexistente”? ¿Por qué nuestra Junta de Jefes de Estado Mayor creó la Materia Reservada para asuntos relacionados con los O.V.N.I.S?

También cabe la posibilidad de que, aunque dispongan de más dossiers, no tengan necesariamente una mayor información, pese al placer que han demostrado en tachar párrafos –a veces completos- en documentos oficiales que, más que la luz, solo han llegado a ver la oscuridad. Documentos que afectan al departamento de defensa, puesto que se refieren a la violación de los espacios aéreos nacionales por parte de objetos que no se identifican, por lo que el asunto pasa casi inmediatamente a convertirse en un secreto militar gestionado por los distintos servicios secretos de información, tales como la C.I.A., el K.G.B. o el M.I. 5, siendo además objeto de estudio por parte de entidades eufemísticas como la “Oficina de Investigaciones Especiales” o la “Policía Secreta”.

En cualquier caso, “¿y si lo que nos parece una posibilidad teórica fuese una realidad natural en otro planeta?(330). Estas consideraciones siguen siendo válidas en la actualidad, y hemos de recordar que en numerosas ocasiones se han puesto de manifiesto gracias a unos inesperados aliados naturales –elementos que escapan al largo brazo de las agencias de intoxicación-, como sucedió en 1991 con el eclipse sobre una franja de México, que permitió la observación de multitud de objetos que en condiciones habituales están vedados a simple vista. Con Las máquinas del cosmos, Antonio Ribera reclama el interés científico de un fenómeno apasionante.


No quiero dar a entender con lo expuesto que toda la información que circula sobre el fenómeno sea fiable. Si en asuntos tan vitales como son la política o la historia la tergiversación es casi una condición sine qua non, no parece que haya mucha razón para exigir al ciudadano medio un conocimiento especialmente relevante en la materia. Pero el aficionado e interesado sí debería tener en cuenta que hubo autores que desde su honestidad profesional y pese al –relativo– tiempo transcurrido, merecen una consideración especial. Hasta el punto de que, “se crea o no se crea”, textos como el que hoy traemos a colación pueden contemplarse como una buena ocasión para reflexionar acerca de la naturaleza del fenómeno, o incluso de disfrutar –por qué no– de unas historias muy humanoides, a modo de breves relatos de suspense. Narraciones de unos sucesos sumamente extraños que, en muchas ocasiones, dejaron una huella bastante física sobre el terreno o en un dispositivo de radar.

Por otra parte, es justo señalar que el ejército, como institución, no es algo monolítico: las explicaciones de corte académico les afectan en igual medida, y a ellos mismos se les oculta información, cuando no se les obliga a firmar documentos restrictivos, como mencionábamos anteriormente.

Mostrando humildad ante lo inconmensurable del fenómeno, Antonio Ribera no elude los casos fraudulentos, ni oculta los errores, propios o ajenos, de apreciación (213), expone sus dudas (230 y 240), y refuta teorías absurdas, como la de una Tierra hueca (216). ¡Bastante ocultamiento existe ya con respecto a la cuestión! Pero más aún, en todo este periodo de “estancamiento”, o de “no injerencia”, la ciencia ha venido corroborando muchos de los aspectos del espacio-tiempo hasta entonces tildados de meramente fantásticos. Esa “apertura” mental sigue siendo la mejor aliada del ser humano.


Estamos inmersos en un universo conformado por un tejido tan manipulable como la propia actuación por parte de determinadas agencias, cuya interpretación de los derechos humanos es, la mayoría de las veces, abracadabrante. Frente a estos groseros inconvenientes, la vasta erudición, inigualable amenidad y sentido del desparpajo, son la cálida comunicación que Antonio Ribera sigue tendiendo al lector desde los confines estelares.

Si alguna certeza hemos tenido en todo este tiempo con respecto al universo es que el ser humano está, en buena parte, constituido por elementos venidos de las estrellas. De modo que, si nosotros mismos estamos compuestos de materia extraterrestre, qué mejor prueba de que ellos sí existen.

Escrito por Javier C. Aguilera


1 comentario :

  1. Considero que este señor Ribera fue sincero, pero murió engañado por sus propias fantasías, fue un ilustre iluso... Descubrí algo de él que parece anecdótico, pero más bien, fue un completo fiasco. Comienza su libro "Las máquinas del Cosmos" con algo que le contó su gran amigo mexicano Guillermo Mendizábal Lizalde sobre una reunión que sostuvieron el presidente Dwight D. Eisenhower y el presidente mexicano Miguel Alemán Valdés, en la que el estadounidense relata al mexicano que visitó una base secreta donde guardaban los cadáveres de dieciséis hombrecitos y algunas naves estrelladas. Lo malo de esto es que ellos nunca fueron presidentes en la misma época ni tampoco se reunieron jamás. Miguel Alemán fue presidente de México desde 1946 hasta el 1º de diciembre de 1952 y Eisenhower, desde el 20 de enero de 1953 hasta el 20 de enero de 1961. Don Toño Ribera se alucinó tanto por lo que "contó" un presidente, que hasta comenzó su libro ralatando ese bodrio. Se tragaba TODO lo que le contaran.

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