El autocine (XI): El león de Esparta, de Rudolph Maté

18 marzo, 2015

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Rudolph Maté
El episodio histórico que recordamos en esta ocasión, presenta a una nación incipiente, Grecia, como una inestable agrupación de varias ciudades-estado, cada una con su propia oligarquía y su ejército. Lejos de constituir aún un territorio unificado, más allá de lo estrictamente geográfico, pero en vías de lograrlo, el enfrentamiento con los persas puso de manifiesto la necesidad del esfuerzo conjunto del que depende el desarrollo de una democracia real, sostenida por el trabajo continuo, enfocada al bien común, y que aunase las distintas identidades.

Estamos en el año 480 A.C. Tras la batalla de Maratón (490 A.C.), en que fue derrotado el rey persa Dario I, su hijo Jerjes (David Farrar) ve acrecentadas sus ansias por conquistar toda Grecia, una región fragmentada en disputas internas, aunque finalmente unida por el deseo de preservar su libertad. 

La situación se expone con acierto en El león de Esparta (The 300 spartans, Fox, 1962) de Rudolph Maté (1898-1964), de cuyo guión se encargó el para mí desconocido George St. George (-) y que contó con la fotografía de Geoffrey Unsworth (1914-1978).

Demaratus (Ivan Triesault), rey espartano gracias a que usurpó el puesto, ha sido desterrado y se ha pasado al enemigo, lo que favorece el ascenso de Leónidas (Richard Egan) como nuevo monarca y caudillo del ejército. El del impostor no es el único apoyo con que cuenta el rey de Persia; la desenvuelta Artemisa (Anne Wakefield), reina de Halicarnaso, también se muestra favorable a la invasión. 

Una coyuntura que el propio Jerjes explicita cuando asegura que “no quiero verles unidos”, y que se contagia, hasta el punto de que un montañés despechado, Ephialtes (Kieron Moore), traiciona a su propia gente mostrando a los persas un atajo. Como podemos comprobar, el conflicto se extiende desde lo particular (rencillas personales, odios familiares ancestrales…) a lo general (también como forma de poder particular, sin duda, pero ya implicando a toda una población). 

Esta situación de desunión, de la que abomina el “maestro de la palabra” ateniense Temístocles (Ralph Richardson), pero posterior unión -aunque llegara tarde para los trescientos espartanos-, queda bien trazada en la secuencia de la asamblea de Corinto, donde los representantes de cada ciudad-estado expresan sus pareceres, tratando de encubrir con la retórica las aspiraciones particulares (lo que por otra parte constituye una perfecta definición del ámbito político: el poder corrompe en base a la propia naturaleza del ser humano, sobre todo si no se le pone límites). El mismo Leónidas recuerda, frente a las diatribas del aislacionista consejo, que él no es ningún político.

La aceptación de la limitada condición natural del ser humano, advierte de la inutilidad de toda recreación de un “paraíso” en la Tierra, de igual modo que recuerda la conveniencia de que los distintos estados sean un instrumento y no un fin. Tras haberse enfrentado Atenas y Esparta, la una considerada como una madre-patria de progresiva democracia; la otra, con unas leyes y sistema de gobierno más extremo y hermético, pero columna vertebral durante el enfrentamiento con los persas, ambas ciudades-estado se unen frente a una amenaza común. Un desafío en el que, una vez más, acontece en la historia el enfrentamiento de dos contextos culturales excluyentes, oriente (Persia) frente a occidente (Grecia).


Ambas concepciones chocan física e irónicamente en un espacio reducido, el angosto terreno del Paso de las Termópilas, al norte de Corinto, y puerta de toda Grecia. Un lugar remoto, aunque “para ningún griego, ningún lugar de Grecia está lejos”. De igual modo, para atenienses o espartanos, “ningún griego emprende nada sin consultar a los dioses”, lo que proporciona otro buen detalle a la película, aquel en que Temistocles le da la vuelta a la predicción del oráculo.

Pese a las diferencias de orden cultural e intelectual, sí existe un denominador común entre griegos y persas: este último imperio es también un crisol de nacionalidades, que abarcan desde el río Indo hasta el Nilo, aunque en su caso, absorbidas las identidades y sometidas a un poder central tan represor como expansionista. Para repeler la agresión persa, solo comparecen trescientos espartanos a causa de las celebraciones de un festival religioso; prácticamente, la guardia personal de Leónidas. Un grupo que es comparado con una máquina (palabra de origen griego).


A pesar del escueto apoyo del resto de ciudades-estado, cifrado en unos siete mil hombres, la cuadrilla se midió con una fuerza de doscientos cincuenta mil persas. Estos, pese a su superioridad numérica, estaban peor armados y quedaron constreñidos por el espacio. Junto a Leónidas, también se encuentra su amigo Filón (Barry Coe), enamorado de la joven Ellas (Diane Baker) y deshonrado indirectamente por su padre, que ha sido visto en el campamento de Jerjes. Más que a la batalla en sí, Rudolph Matré da preponderancia a los planos y travellings que anteceden a la misma: hay uno breve que muestra a muchachos muy jóvenes; junto a aquellos momentos posteriores al combate (en realidad, se trató de una sucesión de enfrentamientos).

Tras acumular una serie de fracasos, Jerjes envía finalmente a su propia guardia, otra élite de guerreros, llamados los “inmortales”. Una tropa de asalto que, con la ayuda del mencionado traidor, infringe a los griegos derrota tras derrota, hasta que solo pervive un triste puñado de espartanos (Leónidas ha enviado a los demás soldados de vuelta a casa). A manos de los arqueros persas y “por no someterse a la tiranía”, estos irán pereciendo bajo las ingentes andanadas de flechas, unas armas consideradas de cobardes por los griegos, pues entendían que vulneraban el arte de la guerra, basado en el enfrentamiento cuerpo a cuerpo.


Finalmente, el victorioso Jerjes será derrotado por los griegos en las batallas de Salamina y Platea (480-479 A.C.), en un momento que definió la historia de occidente. Una encrucijada que, aún de distinto modo, puede que estemos padeciendo en estos momentos.

Escrito por Javier C. Aguilera 


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