Rebelde sin causa, de Nicholas Ray

27 enero, 2015

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Cuando el psiquiatra Robert M. Lindner (1914-1956) escribió su libro Rebelde sin causa (Rebel without a cause: The hypnoanalysis of a criminal psychopath, 1944), un material después adaptado por Irving Schulman (1913-1995) y que acabó dirigiendo Nicholas Ray (1911-1979), no tenía puestas sus miras únicamente en el comportamiento agresivo o indisciplinado de una determinada juventud, sino también en los padres, sin que con esto quisiera decir que solo debía culparse a la manida “sociedad”, como única responsable de tales comportamientos.

La secuencia de apertura de Rebelde sin causa (Rebel without a cause, Warner Bros., 1955) muestra a varios detenidos que poco después terminarán por relacionarse. La vida siempre juega, en este sentido, con lo casual. Jim Stark (James Dean) ha sido hallado ebrio en plena calle, es de carácter solitario e introspectivo y, como podemos comprobar, ha de convivir con una madre asfixiante y sobreprotectora así como con un padre resignado a su suerte (ambos interpretados por unos excelentes Ann Doran y Jim Backus, que componen un matrimonio en permanente enfrentamiento). Por su parte, Judy (Natalie Wood) se ha refugiado allí tras una discusión con su padre. Siente pavor hacia una figura que resulta conservadora en exceso. Finalmente, allí se encuentra también el joven John Crawford, apodado Platón (Sal Mineo), desatendido en todo salvo económicamente.

Se trata de un grupo de inadaptados que ni encajan completamente con el resto de jóvenes desocupados -la visión de estos es menos poética-, ni en unas familias que solo lo son institucionalmente. Y como recordará Jim a sus padres, su inadaptación no encuentra remedio por el hecho de cambiar de lugar (mudándose). Jim comprenderá que no puede huir de quiénes lo rodean y que los problemas deben ser afrontados.


Estos tres personajes son la representación de una edad “complicada”, de búsquedas, encuentros y desencuentros (y casi siempre nostálgica). En el caso que nos ocupa, esta viene determinada por unos padres que ya no educan, puesto que para eso están las escuelas e institutos, o porque no saben cómo hacerlo. De igual modo, se hace evidente que los hijos no pertenecen a los padres, en el sentido de constituir una “propiedad”, más allá de su obligación como educadores, asfixiando el desarrollo de un carácter propio (el poder ser “uno mismo”), en favor de unos modos y pensamientos diseñados a imagen y semejanza. “No le gusta nada de mí”, asegura Judy, refiriéndose al hecho de que su padre ha ido rechazando a todos sus amigos.

Tanto Jim como Judy y Platón, parecen ser además más conscientes que el resto de una mayor pesadumbre vital, la misma que enuncia el encargado del planetario cuando, en uno de los momentos más trascendentes de la película, asegura a los jóvenes que “nuestro mundo no será echado de menos” (significativamente, el joven Crawford hallará su “estrella” en dicho lugar).


Todo ello no quiere decir que la adolescencia sea solo vista de forma beatífica. Su naturaleza es compleja, y a la necesidad de ser aceptados por un grupo o de encajar en la institución familiar, se suma la búsqueda de la propia identidad. Un periplo que incluso puede conducir a la desesperación o la locura. Nuevamente, es Judith quien comenta que “nadie es sincero”. Los tres amigos están cansados del soniquete que reza que cuando se sea mayor se comprenderán mejor las cosas, lo que en parte es cierto, aunque no deje de ser una excusa muy pobre por parte de los progenitores; si me permiten la perogrullada, somos lo que fuimos.

La acción de Rebelde sin causa se concentra en poco más de veinticuatro horas, desde la noche en la comisaría, hasta el amanecer del segundo día en el observatorio Griffith, en Los Ángeles. Refleja una deriva emocional potenciada en todo momento por la fotografía en cinemascope de Ernest Haller (1896-1970) y la planificación de Nicholas Ray, que llega a constreñir a los protagonistas en el plano, literalmente. Un buen ejemplo de guión y realización reside en el simbolismo de determinados objetos, como el espejito de mano de Judy, o la chaqueta que Jim ofrece a Platón en la comisaría.

Dean y Wood con Nicholas Ray
Como curiosidad, Rebelde sin causa fue comenzada a filmar con fotografía en blanco y negro (se han conservado secuencias relativas al “primer día de clase” de Jim en el instituto, o al desenlace de Platón en la cúpula del observatorio: un emplazamiento algo distinto al empleado finalmente). Por fortuna en este caso, tanto productor como realizador supieron rectificar para hacer un buen uso del color, con el fin de potenciar todo el conflicto, tanto generacional como universal, de los protagonistas.

Buen ejemplo de ello es el empleo del color rojo en el abrigo que Judy luce en la comisaría, en la referida chaqueta de Jim, o incluso en uno de los calcetines de Platón. Son emblemas de su naturaleza afligida aunque esperanzada.

Escrito por Javier C. Aguilera


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