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30 septiembre, 2014

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Edificio Metrópolis (Fotografía de MB & LJ)
Damos la bienvenida al otoño regresando también a los números habituales. Ya vamos notando la llegada de octubre y nos despedimos de septiembre con 16 entradas, siguiendo con visitas alrededor de las 12.000, entre las que queremos destacar el aumento de lectores de Alemania y Estados Unidos. En cuanto a los seguidores, alcanzamos al fin los 150 en Blogger, mientras que subimos también en Facebook hasta los 124, seis más. Aguantamos con 412 en Twitter.

Septiembre ha supuesto el regreso del dominio cinematográfico pero sin faltar auténticas joyas literarias, como los clásicos La verdad sobre el caso Savolta, Si esto es un hombre o La dama del alba. En el cine, no han faltado romances de todo tipo, como El diario de Noa o El amor tiene dos caras, ni el regreso de Sherlock Holmes bajo la mirada de Garci. Todo ello sin olvidar el homenaje a Lauren Bacall, James Garner y Robin Williams a través de algunas de las cintas donde han participado, como El hombre bicentenario en el último caso.


Con el otoño siempre llegan nuevos proyectos, nuevas ideas y una manera distinta de enfocar las cosas. También nosotros, cada uno de una manera u otra, comenzamos una nueva andadura. Pero seguiremos al frente de Baúl para continuar reseñando libros, películas, música y todo lo que nos propongamos. Para octubre seguiremos en la línea de este último mes, aunque hacia finales intentaremos traeros, como cada año, un especial de Halloween.

Robertd Redford junto a Sydney Pollack en El jinete eléctrico
De momento podemos asegurar que volveremos a ver una cinta protagonizada por Robin Williams, en este caso una comedia de enredos. Y os aseguramos que para traer el terror recurriremos a un novelista estadounidense cuyas obras han sido llevadas al cine o a la televisión en multitud de ocasiones. Esperaremos vuestros comentarios, como siempre.

Un saludo,
L.J.

PD: Esta famosa película de amor cumple diez años. La reseñamos en septiembre para recordar a James Garner, pero también para recordarla a nuestros lectores. Os dejamos con el trailer de El diario de Noa.


"Cuando no me ve nadie, como ahora, gusto de imaginar a veces si no será la música la única respuesta posible para algunas preguntas"

                  -Antonio Buero Vallejo


El jinete eléctrico, de Sydney Pollack

28 septiembre, 2014

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Sonny Steele (Robert Redford) es un vaquero experimentado en una fase de madurez, en el sentido de repensar, más que su pasado, su futuro. Lo que hasta ahora ha sido su vida se narra espléndidamente en los créditos iniciales, que cuentan el ascenso y declive de eso que llamamos un “ídolo de multitudes”. Diez años de una vida consagrada al mundo de los espectáculos de rodeo, y cinco veces campeón mundial.

Es el arranque de El jinete eléctrico (The electric horseman, Universal, 1979), dirigida por Sydney Pollack (1934-2008), y según se nos informa en los créditos finales, en base a un relato corto (story) de Shelly Burton. El motivo de las reflexiones y determinaciones de Sonny serán su conversión en una “estrella”, pertrechada con colores chillones y que puede ser sustituida por un doble porque “no se nota la diferencia”, junto a los tejemanejes de Industrias AMPCO, una compañía liderada por Hunt Sears (John Saxon), que pretende fusionarse con un importante banco. Más concretamente, por el trato dispensado al símbolo de dicha fusión, un caballo purasangre llamado Estrella Naciente (Rising Star), valorado en doce millones de dólares.

Incluso el vaquero tratará en determinado momento de responderse a la surrealista cuestión de “¿qué hace ese caballo en un parking?”. En definitiva, Steele es prescindible en un mundo que no es el suyo, porque el suyo ya está desapareciendo. Pero la imprevisible reacción del público será quien de verdad acabe determinando todo el incidente, haciendo que la empresa repiense el asunto; con miras siempre a lograr beneficios, desde luego, pero a lo mejor no son necesarios ciertos excesos para vender(se).


Pese a su honestidad, Steele no es un hombre perfecto, somos testigos de sus fallas: sus borracheras, incumplimiento de contrato y sus relaciones con las mujeres (la última, su ex esposa Charlotta -Valerie Perrine-, ya no sabe cómo hacer efectivo el divorcio). Aún así, prevalece el carácter más “solar” e íntegro del personaje.

A Sonny Steele se añaden las mañas de la periodista Alice ‘Hallie’ Martin (Jane Fonda). La imagen que de él dan las noticias en un principio, hace que el jinete y custodio de Estrella Ascendente cambie de opinión con respecto a conceder una entrevista. Comprobará que aún queda dignidad en algunos profesionales. De este modo, lo que comienza siendo un reportaje se convierte en “algo más”. Cuando Alice establece ciertos vínculos con Steele durante su estancia en las “Cataratas Cisco”, él le recordará que “aquí es donde yo vivo”.

Y es que ella se encuentra ahora dentro de su mundo, del mismo modo que él ha estado sobreviviendo en el de ella. Él se muestra tal cual es, junto a sus motivaciones, y finalmente, ella le lee sus anotaciones, lo más privado que posee.


A este entramado añade Sydney Pollack una estupenda secuencia de acción: la persecución “atemporal” entre el animal y la máquina (los coches). Sin olvidar el sentido del humor, por ejemplo cuando Hallie vaga por pleno desierto con sus botas de ciudad y “cargando con todo el equipo”.

Otro buen momento lo encontramos en el discurso improvisado que la periodista capta al vaquero con su cámara, cuando este no se sabe filmado. Un discurso que resulta más convincente que el que ha sido “planeado”.

En las historias de Pollack suele darse un romance y una separación. Los dos mundos retratados no pueden mezclarse, por tanto, no pueden permanecer juntos; solo se entrecruzan. De ese modo, no existe una respuesta directa a la pregunta “¿qué vas a hacer mañana?”, cuando Sonny y Alice se despiden en una cafetería cualquiera, frente a una estación de autobús.

El jinete eléctrico sigue siendo una película muy recomendable, con el aliciente de la fotografía de Owen Roizman (1936), la música de Dave Grusin (1934) y las canciones - además de su participación como Wendell, un amigo de Sonny Steele-, de Willie Nelson (1933).

Escrito por Javier C. Aguilera


Clásicos Inolvidables (LV): El tragaluz, de Antonio Buero Vallejo

26 septiembre, 2014

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Cuando hablamos de Buero Vallejo podemos caer en el error de considerar a este dramaturgo tan solo como un hijo de su tiempo, cuyas principales obras se relacionan en exclusiva con la oposición a la dictadura franquista, pero que fueron hechas, y de ahí su maestría, para decirnos cosas aún fuera de esos años de censura y control totalitario. Al igual que en Historia de una escalera (1948), nos encontramos con la historia de un tragaluz, El tragaluz (1967), el de un semisótano que viene a simbolizar el lugar, casi como un pozo, donde permanecen los personajes anclados, aún cuando han logrado marcharse y prosperar.

Antonio Buero Vallejo (Fotografía de José Aymá)
Buero despliega esta historia bajo un escenario que acoge diferentes espacios a la vez, de una manera incluso simbólica: la Editora, lugar de trabajo de Vicente, se alza por encima del semisótano de su familia, mientras que en primera instancia encontramos el cafetín y un muro donde la Esquinera, personaje de la prostituta, aparece. Estamos en Madrid, a mediados del siglo XX. Pero el espectador también forma parte de la función y esta obra lo convierte en un personaje del futuro. La ciencia-ficción que emplea el dramaturgo para realizar esta obra logra conferir a las escenas de un ambiente de estudio sobre la condición humana.

El espectador que vio en su producción original El tragaluz se encontró con una obra donde había un doble juego: dos personajes, Él y Ella, señalan que actualmente están en un siglo avanzado, en el futuro, y que lo que van a ver sucedió hace mucho tiempo, pero se relaciona con ellos en cuanto a que se plantea la pregunta esencial que ha hecho evolucionar al ser humano.

Buero casi se mofa del espectador al señalar a través de estos personajes que verán a los personajes usar un lenguaje hosco, pero también se sirve de ellos para alejarse de nociones como las del patriotismo (España ya no existe como tal en este futuro) a la par que el espectador hará una doble función: la figurada, la de sentirse como un auténtico investigador, y la real, la de ver reflejada la vida a la que pertenece. Así lo revelarán los narradores de esta obra. Aunque muchos críticos lo valoraron de manera negativa, incluso como una extravagancia, otorga un valor añadido a lo que hubiera sido un drama más de no contar con estas reflexiones.

Fuera del planteamiento filosófico, encontramos en esta obra una contraposición entre varias fuerzas: los que prosperan y los que no, los que olvidan y los que recuerdan, los que someten y los que aman. En todos los casos, serán respectivamente Vicente y Mario, hermanos, los que representen esos dos lados. Vicente ha avanzado en una sociedad basada en el egoísmo y en pisar a los demá para prosperar, a la par que ha olvidado y enterrado sus culpas sobre un hecho del pasado familiar, intentando solventarlo con ayudas económicas a su familia. Al olvidar, Vicente también trata se engaña y crea una realidad distinta de su pasado. Mario se niega a prosperar de esa manera, incluso rechazando la ayuda de Vicente. Él no quiere formar parte de una sociedad mezquina y por eso permanece en el semisótano, en el pozo, en un mundo aparte del real, por lo que será precisamente acusado de personaje quijotesco por su hermano. A la vez, será el que se eriga como juez del pasado, cuando sus sospechas crezcan entremezcladas con los recuerdos borrosos de infancia. Ambos hermanos también tendrán una disputa romántica por Encarna, aunque de distinto carácter, mientras Vicente se aprovecha de ella por su posición en la Editora, Mario está enamorado de la mujer.


MARIO: [...] Y nos inculcó la religión de la rectitud. Una enseñanza peligrosa, porque luego, cuando te enfrentas con el mundo, comprendes que es tu peor enemiga. (Acusador.) No se vive de la rectitud en nuestro tiempo. ¡Se vive del engaño, de la zancadilla, de la componenda...! Se vive pisoteando a los demás. ¿Qué hacer, entonces? O aceptas ese juego siniestro... y sales de este pozo..., o te quedas en el pozo. (pág. 125)

Elvirita, la hermana fallecida, será un símbolo de gran importanca en este enfrentamiento entre ambos hermanos, como también el mencionado amor por Encarna o la obsesión por el escritor Beltrán, este último sin presencia en la obra, como signo de la culpa presente de Vicente. Elvirita es su culpa pasada junto a la locura del Padre. Este último personaje será el único que adquiera momentos de humor, pero un humor negro si tenemos en cuenta que los chistes proceden de una especie de demencia senil. Los espectadores descubrirán en este personaje un ser obsesionado con la infancia: creerá que es un niño, siempre oirá a un bebé llorar, pensará que otros niños son sus hijos y no será capaz de reconocer a sus hijos adultos. Pero, sobre todas las cosas, permanecerá obsesionado con Elvirita, recordándola dentro de su demencia hasta el punto de provocar la fatídica escena final, clímax de la obra tras la confesión de Vicente.

Junto al olvido obligado del Padre, salvando el hecho de recordar continuamente al tren y a su hija, momento al que está anclado en su mente, está el olvido escogido por la Madre, que no dudará en apoyar la versión oficial de la familia cuando el propio Vicente trate de confirmar sus sospechas. Incluso Encarna apoyará en el tramo final de la obra ese olvido. Mario, por el contrario, defiende el recuerdo, lo que refuerzan la tesis ofrecida por los investigadores futuros: hay que saber la verdad, descubrir lo que sucedió en el pasado, aunque duela, pero solo eso nos permitirá avanzar hacia el futuro con paso firme, lentos, pero con seguridad.

Salida de un tren. Año 1960. Fotografía de Xavier Santamaría. Extraída de Historias del Tren
No podemos terminar sin mencionar el hecho de que nos encontramos ante una obra valiente también en su denuncia hacia las guerras. Existe la clara evidencia de que la guerra que se menciona en la obra es la guerra civil española, igual que se menciona el hecho de que el Padre perdió su empleo en el ministerio por la depuración de todos los cargos que habían pertenecido a la II República y eso nos da la idea de que estamos ante una familia de vencidos. La tragedia familiar también está vinculada a la tragedia nacional, Vicente culpará a la época de la muerte de su hermana, como última excusa: "habían muerto cientos de miles de personas... Y muchos niños y niñas también..., de hambre o por las bombas...".

La contundente frase "¡Malditos sean los hombres que arman las guerra!" de la Madre nos proporciona la idea fundamental de que, por encima de la culpa personal de Vicente, está la culpa de la nación, la falta de solidaridad generalizada en esos momentos de crisis social, pero aún más: el tren sigue avanzando y aunque un vencido como Vicente se suba, no cambia nada, al contrario, es él precisamente el que cambia para adaptarse. A esta realidad era a la que se negaba Mario, aunque su postura no sea más que un inmovilismo autoimpuesto.

El espacio escénico de El tragaluz (Dibujo de Antonio Alegre Cremades)
En definitiva, El tragaluz ahonda en la dimensión humana a través de unos personajes tangibles junto a una estructura dramática de indudable calidad. Esa estructura hace uso de mecanismos esceneográficos, como las luces y las sombras, especialmente las proyecciones en la pared del fantástico tragaluz, o el sonido, como el empleo del ruido del tren como señal de pensamiento y recuerdo, para ofrecernos una obra que evoluciona y experimenta más que sus antecesores, entre los que encontramos la ya mencionado Historia de una escalera, pero que remite a un mismo mensaje alentador hacia la zona final: la mirada hacia el futuro que depende de ese enigmático ellos: los hijos, los investigadores del futuro, el público de la obra... o los lectores.

Escrito por Luis J. del Castillo



Adaptaciones (XXXI): Sherlock Holmes (X) Gary Piquer

24 septiembre, 2014

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HOLMES & WATSON: MADRID DAYS

Buen escritor, crítico y cineasta, José Luis Garci (1944) ha impreso siempre en sus textos y guiones un marcado contenido autobiográfico, que es lo que le da una autenticidad y comunicabilidad especial. Con mayor afinidad, o más inclinado a filmar la vida que fue que la presente, en su último trabajo –que deseamos que no lo sea-, se propuso mostrar a Sherlock Holmes desde otro punto de vista, pero sin desnaturalizar al personaje, elucubrando con su psicología.


De este modo, Holmes & Watson: Madrid days (Nickel Odeon, 2012), constituye una mirada reflexiva, pese a lo que creen algunos a buen ritmo -que no es sinónimo de prisa o confusión visual-, que se formula por medio de encadenados, principalmente. Para Garci, buen conocedor de los “clásicos”, la actualidad está en la puesta en imágenes (recordemos que una película no resulta más actual por estar ambientada en ella: elementos típicos para la típica incomprensión). Claro que también es cierto que rara vez ha sabido España venderse, salvo en esporádicas y con frecuencia espurias ocasiones.

Según el realizador –aquí también montador-, es la de Holmes una época similar a la actual, el final de una era (o el inicio de otra). Por ello, nada impide presentar a un Holmes más reflexivo (de hecho es una idea excelente), distinto y personal. Una visión a la que se suman, junto a los escenarios naturales madrileños, los estupendos decorados de Gil Parrondo (1921), la ambientación de Julián Mateos y la fotografía de Javier Palacios. 

Y es que la apuesta de Holmes & Watson: Madrid days evidencia un cariño especial por la capital, junto a una considerable tradición cultural: por sus escenarios circulan o son homenajeados Goya, Galdós, Emilia Pardo Bazán, Albéniz, Boccherini, Bizet, Henry James, Stevenson

Junto a estos apuntes “en escena”, está un Sherlock Holmes (interpretado con convicción por Gary Piquer), cuyo off son todas sus aventuras y vivencias anteriores. 


En el presente relato, los dos personajes principales se enfrentan al amor: para Watson (J. L. García Pérez) se trata de un juego, como atestigua su coqueteo con Elena (Manuela Velasco), pese a que está “felizmente casado”; para Holmes, en cambio, supone un nuevo desafío, tal vez el último reto. Como definidores de una época y también como adelantados, la pareja se enfrenta a un periodo de decadentes y al surgimiento de las “grandes finanzas” y proyectos empresariales. Un tiempo nuevo, o más desaforado que el anterior, donde no existe el futuro, solo la incertidumbre.

Pese a ello, los Holmes y Watson que visitan el Madrid decimonónico, resultan más cercanos que en los relatos (por ejemplo, la divertida cuestión de la incorporación de los perros policía). También más nihilistas, si se quiere, pero sin por ello desvirtuar su esencia. El guión va introduciendo paulatinamente al resto de ambientes y personajes. Por mediación de Luis Delgado (Jorge Roelas), un conocido de Watson en España, la pareja arriba al país, donde les son presentadas personalidades como el marqués de Simancas (un contundente Manuel Tejada), que tiene muy claro que “la maquinaria del futuro es imparable”.


Formando parte de esta nueva cosmovisión está el periodismo de la época, representado por el honesto José Alcántara (Víctor Clavijo), cuya novia, Berna (Macarena Gómez), tratará de ayudar a Holmes y a la policía en sus pesquisas. Estas se dirigen más que a aclarar una serie de asesinatos extrapolables, a certificar ese turbio ambiente que se está instalando en toda Europa.

En cuanto a la realización, destaca el empleo del plano general, que abarca “toda la atmósfera”; por ejemplo, durante la representación de magia, estampa que fusiona el recuerdo de los espectáculos de variedades con unas oscuras “clases altas”. O dentro de otro orden, el rojo minneliniano que luce Irene Adler (una estupenda Belén López) en uno de sus vestidos.

Otros buenos apuntes muestran a Holmes en una biblioteca, o haciendo anotaciones sobre un espejo empañado, o de algún modo, teniendo una premonición con el asesino. De igual modo es un detalle interesante la semejanza de las “tarjetas de presentación”, que también parecen proceder de un mismo ambiente: una de ellas nos ha sido mostrada por medio de una leve grúa en la mano de una de las víctimas; la otra la exhibe el detective en su despedida de Madrid. Excelente es la secuencia del regreso de Holmes a la soledad del 221B, tras su visita a España.


En definitiva, una elegancia cinematográfica que tiene que ver con la composición plástica del plano, con cómo se desenvuelven los actores dentro del cuadro, con el diálogo preciso, e incluso con el gracejo autóctono y el donaire que “se contagia”. En este sentido, Holmes & Watson: Madrid days nos regala el placer de la contemplación. Más que investigar un caso, somos participes de un estado de ánimo, testigos de una transformación tan autóctona como globalizada.

Así, a la buena indagación de la intimidad de ambos personajes, se suma un ambiente convertido en trama. Una autobiografía viva que muestra a un Holmes, como queda dicho, “familiar” –hasta donde cabe serlo-, interesante y respetuoso, pero siempre a ras de suelo, “a la altura de las circunstancias”, y no convertido en un trapecista; del mismo modo que Watson nos es presentado en su consulta médica como un hombre responsable aunque mujeriego.

Tal grado de abstracción es cualidad del poder, cuyo lazo físico con la tierra son los crímenes justificados por un progreso descontrolado. Jack el destripador es la especulación. Ese poder abstracto donde no hay nadie concreto arriba; planteamiento que nos recuerda el final de la excelente El crack II (1893).


Algunas declaraciones del realizador evidencian su querencia por la etapa retratada, pese a todo. O mejor dicho, cuyo arte dignifica el periodo. También revelan datos acerca de su método de trabajo, para el cual ha contado en muchas ocasiones con la figura de un productor, especie en vías de extinción en España a favor de la subvención estatal (concretamente, esta película está dedicada a José Luis Tafur [1929-2012], productor de algunas de sus primeras obras).

En definitiva, unas cualidades que nos devuelven la sana costumbre de acudir a una película sin estar aleccionado, sin “domesticaciones críticas” ni trailers estrepitosos, a la expectativa de la sorpresa (como en este caso, agradable).

De cualquier modo, no tiene el interesante realizador de qué disculparse por ofrecer su visión de Sherlock Holmes, porque no lo desvirtúa –sus personajes se alejan de los arquetipos y les devuelve su condición de seres humanos- y porque existe -o debería seguir prevaleciendo en el cine-, la puesta en escena.

Escrito por Javier C. Aguilera




Clásicos Inolvidables (LIV): Si esto es un hombre, de Primo Levi

22 septiembre, 2014

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Imaginaos ahora un hombre a quien, además de a sus personas amadas, se le quiten la casa, las costumbres, las ropas, todo, literalmente todo lo que posee: será un hombre vacío, reducido al sufrimiento y a la necesidad, falto de dignidad y de juicio, porque a quien lo ha perdido todo fácilmente le sucede perderse a sí mismo [...] (pág. 27)

Sobre la Segunda Guerra Mundial y sus pormenores se han escrito y filmado multitud de obras de muy variada intención y resultado. La cuestión bélica, especialmente las operaciones militares más arriesgadas, o la recreación histórica son algunos de los motivos principales, aunque también el de los campos de concentración, lugares despojados de toda humanidad. En los últimos años han tenido cierto éxito algunos best sellers que han visto este asunto desde el lado de Alemania, pero con la inocencia de los niños, como son los casos de La ladrona de libros (2005), de Markus Zusak, o El niño con el pijama de rayas (2006) de John Boyne.

Primo Levi
No obstante, en este caso debemos remitirnos al presente de aquellos que salieron de esos campos de concentración y vieron la luz tras días, meses o años de esclavitud, dolor y pérdidas. Primo Levi fue uno de esos hombres. En 1944 fue arrestado en Italia y conducido hasta uno de los campos de Auschwitz junto a 650 judíos italianos más. Tras diez meses, el lugar fue liberado por el denominado Ejército Rojo. Solo sobrevivieron veinte italianos, entre los que se encontraba Levi. A partir de entonces, y una vez reestablecido en casa, comenzó a narrar sus memorias, a reflexionar sobre los hechos que había vivido, y comenzó así por Si esto es un hombre (Se questo è un uomo, escrito en 1946, publicado en 1956), la obra de la que hablamos hoy. Continuó su tarea, tanto de memorias como con relatos de ficción, hasta su muerte en 1987, tirándose, y por tanto, suicidándose, o cayendo accidentalmente por el hueco de las escaleras de su edificio. Una tragedia que no nos debe alejar de su obra.

Si esto es un hombre recorre la estancia de Primo Levi en uno de los Lager dependiente de Auschwitz, en Monowitz. Él tenía veinticuatro años, había sido apresado en Italia a finales de diciembre de 1943 y desde allí lo deportaron como judío junto a mujeres, hombres, ancianos y niños hacinados en un tren con vagones cerrados hasta su terrible destino. Una serie de casualidades, como podemos percibir tras la lectura del libro, provocaron que Levi sobreviviera durante diez meses entre trabajos forzosos, el despojamiento de toda dignidad humana y la conciencia de que no existía futuro para ellos en aquel lugar: sus estudios en química, la colaboración de otras personas, especialmente de Alberto, que no sobrevivió, y de Lorenzo, o haber caído enfermo de escarlatina y decidir no abandonar los barracones del Lager en los últimos días del dominio alemán.

La crudeza de su relato aumenta en el uso del presente como motor verbal principal del relato, lo que concede al lector la misma sensación de ignorancia inicial ante un entorno hostil e ininteligible para el narrador-protagonista junto al vértigo de todas las escenas descritas en este breve, pero intenso testimonio.

Con todas nuestras fuerzas hemos luchado para que no llegase el invierno. Nos hemos agarrado a todas las horas tibias, y a cada puesta de sol hemos procurado sujetar el sol en el cielo todavía un poco, pero todo ha sido inútil. Ayer por la tarde el sol se ha puesto irrevocablemente en un enredo de niebla sucia, de chimeneas y de cables, y esta mañana es invierno (pág. 133)

No obstante, no es este un relato emocional ni sentimental. Levi se permite la reflexión, pese a que la escritura fue cercana a la experiencia, incluso en el relato nos muestra el momento en que comenzó a tomar notas, aunque ello supusiera un gran peligro para él. Su forma de escribir nos permite tener un narrador que, de la manera más objetiva posible, nos relata todo el funcionamiento de estos campos de concentración desde su interior: la deshumanización, el exterminio selectivo, los contrabandos, el sistema "sanitario" del Ka-Be, la organización de los barracones siempre dada a tejemanejes y favoritismos, el comercio entre los presos, la dura labor de trabajo insalubre y forzoso, el sistema social a partir de los números tatuados en su piel, las propias y eufemísticas selecciones, así como los últimos días de (super)vivencia en un barracón con de enfermos de tifus y difteria, comiendo patatas y bebiendo agua conseguida de la nieve cuajada en el suelo.

En este último capítulo recupera precisamente la cronología perdida en el principio, una muestra de la recuperación lenta de la humanidad de estos presos, como también los primeros pasos de una solidaridad perdida durante todos esos meses, sustituida por el egoísmo de supervivencia y el miedo, que el propio protagonista muestra haber tenido. "Si supiese que no es verdad, que no he soñado nada de él, que para mí tampoco es él nada, sino durante un instante, nada como todo es nada aquí abajo, salvo el hambre dentro, y el frío y la lluvia alrededor" (pág. 146) nos confiesa tras una escena donde apoya y conmueve a uno de los recién llegados engañándole con un sueño falso. La miseria y el sufrimiento eran mayores. Una caída al infierno, como asemejará al recordar los versos de Dante y su Divina Comedia.


¿No haríais igual vosotras? Si fuesen a mataros mañana con vuestro hijo, ¿no le daríais de comer hoy? (pág. 14)

El relato funciona por la forma en que Primo Levi nos lo transmite, él mismo comenta en el apéndice de 1976 que no quiso usar "el lamentoso lenguaje de la víctima ni el iracundo lenguaje del vengador" (pág. 193) que hubiera podido resultar menos creíble o más vehemente. Puede parecer incluso frío ante las atrocidades que narra, pero no son más que el reflejo al que se enfrenta el lector de una experiencia tortuosa y lamentable, un hecho que la humanidad, como también confiesa en el apéndice, no debe olvidar. A nuestra mirada actual, con un siglo XX que ha avanzado hacia una unión entre el compromiso social y político, pese a todos los escollos y fraudes que también nos ha deparado, nos puede resultar tremendo que apenas un siglo atrás sucediera lo que narra Levi.

Sin embargo, sucede en nuestros días de manera similar. En este sentido podemos destacar la escena onírica del capítulo "Nuestras noches" donde vislumbramos la sensación del sentirse ignorado del exterior, del feliz exterior del campo de concentración, hasta del hombre que lucha en el frente. Una metáfora de la muerte silenciosa que sucede fuera de nuestras vidas y por las cuales no nos interesamos por el simple hecho de no afectarnos. La humanidad de este relato nos aleja de cifras para ponernos nombres, nombres de personas que desaparecen, de personas que, aún sin necesidad de haber sido moralmente buenas, no merecían verse despojados de su humanidad.

En libertad (Fotografía de LJ y cita de Primo Levi)
Parte de nuestra existencia reside en las almas de quien se nos aproxima: he aquí por qué no es humana la experiencia de quien ha vivido días en que el hombre ha sido una cosa para el hombre. [...] El gesto de uno de sus dedos podía provocar la destrucción del campo entero, aniquilar a millares de hombres; mientras la suma de todas nuestras energías y voluntades no habría bastado para prolongar ni un minuto la vida de uno solo de nosotros (pág. 188)

Este último fragmento guarda cierta semejanza con la idea que César Vallejo expuso en su poema Masa, donde observamos cómo es necesaria la presencia de todos los hombres de la tierra para conseguir que un hombre no se muera, la necesidad de ponerse todos de acuerdo, cercano a la bondad y a la paz auténticos. Un imposible en un mundo que estaba y sigue estando en guerra. Levi no critica la guerra, la comprende en la especie humana, pero nos despedaza el alma para mostrarnos el auténtico terror que esta conllevó, y sigue conllevando, con tantas muertes innecesarias y tanto sufrimiento inmerecido.

Escrito por Luis J. del Castillo




La Real Academia Española. Vida e historia, de Víctor García de la Concha

20 septiembre, 2014

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Con motivo de los tres siglos transcurridos de existencia de la Real Academia Española de la Lengua (R.A.E., 1713-2013), el filólogo, director del Instituto Cervantes y ex director de la propia Academia (1998-2010), Víctor García de la Concha (1934), nos presenta un recorrido por su historia en La Real Academia Española. Vida e historia (R.A.E. – Espasa, 2014), jalonado con muchos nombres y apellidos imprescindibles, e ilustrado con multitud de testimonios de integrantes o de personas relacionadas con la institución.

Como recuerda el autor en su prólogo, “la historia y vida de la Academia refleja la historia y vida de España(pg. 14).

Obligado es comenzar mencionando a una figura clave cono don Juan Manuel Fernández Pacheco, marqués de Villena (1650-1725), que desde su llegada a Madrid en 1711 había abierto la biblioteca de su palacio madrileño de la Plaza de las Descalzas a una tertulia con ocho miembros iniciales, que pronto se convertiría en el núcleo central de la futura Real Academia Española.

Los antecedentes a este tipo de actos y encuentros hay que buscarlos en el surgimiento de un movimiento español cultural de apertura hacia Europa. Es por ello que florecen un buen número de tertulias a lo largo del XVIII y XIX, aunque la del marqués de Villena se distinguió siempre por tener sus miras no solo en el futuro del idioma, sino en un futuro donde hubiera lugar para una academia española de la lengua que lo representara. Pero a todas estas manifestaciones culturales las unía un sincero compromiso nacional, cuyo objetivo común era el de traer la Ilustración a España.

Marqués de Villena
La fundación como tal se certificó el tres de octubre de 1714, aunque la primera acta se había levantado ya el tres de agosto de 1713, fecha tenida entonces por oficial de la “constitución” de la Academia. Una Academia cuya meta es “asegurar la base de la cultura literaria y científica española, y contribuir al engrandecimiento del honor de la nación(pg. 41).

Así mismo, se procede a designar a un académico por letra, el dos de enero de 1716 (pg. 61) y, con el beneplácito real, se cuenta con un impresor y distribuidor propios (en la Puerta del Sol) (pg. 64). En este sentido, resulta interesante la información añadida acerca del lema y el sello que adoptaron la Academia (pg 38).

A partir de ahí, se pone en marcha la redacción de una serie de trabajos destinados a completar todo un corpus lingüístico e idiomático, cuyo principal empeño será la elaboración del gran Diccionario de Autoridades, donde los académicos hicieron un planteamiento mucho más amplio que sus homólogos europeos.

Poco después, Felipe V (1683-1746) concede una renta anual a la Academia (pg. 62). No en vano, a la muerte del fundador será clave el apoyo del rey.

Diccionario de Autoridades
Durante el resto del siglo XVIII, deviene clave la figura de un académico como Ignacio de Luzán (1702-1754), autor de la conocida Poética (1737), y todo un adalid en el retorno a lo mejor del mundo clásico, tal y como propugnaba el neoclasicismo. Luzán retoma el proyecto inicial del marques de Villena de unir la Academia de Ciencias con la de las Bellas Letras, e incluso ya entonces intentó incluir a mujeres dentro de la Academia, una batalla que aún habría de librarse a lo largo de todo el siglo XIX, y que no quedó resuelta hasta la segunda mitad del XX.

A través de esa vuelta al clasicismo, los ilustrados pretendían la modernización intelectual, o “interior” del país, sabiendo que solo entonces se podría proceder a realizar los debidos cambios en el “exterior”. Es en esta época cuando la institución estrena una nueva sede, el veintisiete de noviembre de 1794 (pg. 134), inaugurándose además la Biblioteca de la Academia, y nombrándose por vez primera a un bibliotecario (la Biblioteca Nacional sí se había creado antes, en 1712).

El organismo inicia el siguiente siglo con la incorporación de algunas novedades tecnológicas venidas de Europa, caso de la estereotipia, una nueva forma de impresión, de la cual se beneficiaron autores como Torquato Tasso (1544-1595), el inolvidable autor del poema épico Jerusalén liberada (publicado en 1580, por cierto, sin permiso del autor). De este modo, era evidente que la Academia se preocupaba por el aspecto de sus obras.

Real Academia Española en Madrid (Fotografía de LJ)
De la Concha también nos recuerda que mezclar Academia y académicos no siempre puede parecer una buena idea: certámenes poéticos para esquilar al contrincante, premios a la creación al mejor drama original, ¡trasladado a la vida real!, pese a festejar el nacimiento de un infante; trifulcas por prefijos clásicos y rencillas personales también muy clásicas, junto a otros momentos críticos, como el parón ominoso en los ajetreados tiempos del zote de Fernando VII (1784-1833).

Pero, por fortuna, si por algo ha destacado en todo este tiempo la labor de los académicos y de la Academia, ha sido por su afán de perfección. De hecho, ¡ni los terremotos han podido interrumpir su labor! (pg. 380). Así lo corroboran la aparición en seis tomos del citado Diccionario de Autoridades (respectivamente, durante los años 1726, 1727, 1732, 1734, 1737 y 1739), o la primera Ortografía del español (1741).

En esta última, se procede a marcar paulatinamente un criterio con respecto a la pronunciación del español, por encima de la pauta etimológica, sin convertir necesariamente toda la estructura en un sistema fonológico (como pretendió Andrés Bello; 1781-1865). Ya una segunda edición se completa con nuevas normas relativas a los sonidos [g-j], [b-v] y [ph-th]; y más adelante, en pleno siglo XX, se atiende al asunto, largamente postergado, de las grafías ch y ll. Así, hasta alcanzar la edición “definitiva” de 2010. En su día, Isabel II (1830-1904) impuso la oficialidad de las normas ortográficas de la R.A.E.; fue el veinticinco de abril de 1844.

Juan Valera, otro ilustre académico
La Academia siempre ha oscilado en si un diccionario ha de ser normativo, y servir como guía de buen uso, o si debía proponer un inventario general del idioma. La Gramática (1771; segunda edición en 1796), irá respondiendo a esta cuestión con el transcurrir del tiempo, sin perder la perspectiva científica por la que una lengua actúa como expresión del pensamiento de una población (o de varias, unidas por dicha lengua).

Al igual que sucedería con la Ortografía poco después, Carlos III (1716-1788) hizo obligatoria la Gramática en los colegios. Actualmente, antes de la edición revisada de 2010, la última reforma “concienzuda” de la misma databa de 1917 (pgs. 239 y 374).

Pero además de estos trabajos de carácter lexicográfico, la Academia pronto se ocupó del acervo literario del español; ofreciendo por ejemplo, ediciones de El Quijote, si bien en un principio en una línea interpretativa más jocosa que filológica. Pero la gran obra de Miguel de Cervantes (1547-1616), sería finalmente objeto de una edición oficial e intachable en 1780.

El autor recuerda además el interés de la institución por localizar y preservar adecuadamente tanto los restos del propio Cervantes (pg. 207…), como los del poeta Meléndez Valdés (1754-1817) (pg. 178), así como la casa donde vivió Lope de Vega (1562-1635) (pg. 337). Cuestiones relativas a la definición de la lengua como “española” o “castellana” son también analizadas por el autor (pgs. 96 y 330).

Cuadro de A. Schrödter
Con el nacimiento de las academias americanas, se establece el papel hegemónico del español como medio de sistematización de toda una cultura. La RAE ya había nombrado académicos a varios americanos en una categoría de extranjeros, pero la iniciativa tomada por Colombia, en primer lugar, de “estrechar lazos” con España, marca un horizonte nuevo (y por fortuna apolítico) a toda una concepción pan-hispánica.

De este modo, la edición del Diccionario de 1884 es una de las más innovadoras, aunque no será hasta 1925 que no se introduzcan en él gran número de americanismos.

A ello se suman los diversos Congresos de las Academias, cuyo primer encuentro se produjo el ocho de enero de 1952. Y también cabe destacar el convenio entre los distintos estados de habla española (Convenio de Bogotá), para garantizar la pervivencia de las correspondientes academias. De igual modo, en 1997, tiene lugar un Primer Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en Zacatecas (México).

Como recuerda García de la Concha, quedaba claro que “el español tiene diversas realizaciones dialectales que no quebrantan su unidad esencial”. Nuevamente, se había inaugurado una nueva sede (la actual) el uno de abril de 1894, quedando atrás el edificio de la calle de Valverde, ahora Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.

Fernando Lázaro Carreter
Tras la muerte de Ramón Menéndez Pidal en 1968, le sucede en el cargo Dámaso Alonso (1898-1990), académico desde 1948. Después, Pedro Laín Entralgo (1908-2001), en 1982; sucediéndole Manuel Alvar (1923-2001) y F. Lázaro Carreter (1923-2004), en diciembre de 1991. Se fijan finalmente hasta cuarenta y seis sillas, entre vocales y numerarios.

Actualmente, la Academia y la Asociación Pro Academia (fundada con otro nombre en 1984; rebautizada en 1993), cuentan desde 2007 con una sede complementaria en la calle de Serrano, donde se aloja una escuela de lexicografía.

Desgraciadamente, en épocas recientes también hubo altibajos. Por ejemplo, en 1996 quedó suspendido el trabajo de redacción del sufrido Diccionario Histórico, que no se retoma hasta el año 2005 (ahora como Nuevo Diccionario Histórico del español). En esta línea, Víctor García de la Concha recuerda como incluso la Academia llegó a ser desatendida oficialmente en hasta dos ocasiones (pgs. 332 y 335). ¡Y es que con la política habíamos topado!

Pero en el balance positivo cabe señalar la creación en 1995 de un gran banco de datos del español, estructurado en dos secciones: sincrónica y diacrónica, cuyo resultado son los compendios del CORDE (o Corpus Diacrónico del español, con referencias hasta 1974), y el CREA (Corpus de referencia del español actual, con material del 75 hasta hoy).

Víctor García de la Concha en la Biblioteca de la Academia
El volumen se completa con una “síntesis” cronológica, referencias bibliográficas, un listado de las publicaciones de la R.A.E., un índice onomástico y una escueta pero agradecida galería fotográfica. Además, el autor ofrece unas notas a pie de página como toda la vida se ha hecho (en lugar de las florituras, relativas al APA, que nos obligan a introducir en los textos para interrumpirlos).

El tono cambia sensiblemente en el último capítulo, que destila una mayor emoción al estar relatados los acontecimientos en primera persona (y no en tercera como hasta entonces, incluso cuando el autor se refería así mismo), y también por reflejar el momento actual de auge e ilusión respecto al futuro de nuestro idioma.

Escrito por Javier C. Aguilera


La noche en que Frankenstein leyó el Quijote, de Santiago Posteguillo

19 septiembre, 2014

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Se unen en este libro varias facetas que perfilan la figura de su autor, Santiago Posteguillo: la historia, la literatura y la investigación filológica. No se trata, sin embargo, de un ensayo sesudo, ni tampoco de una de las novelas históricas que, desde 2006 con Africanus: el hijo del cónsul, han popularizado al mencionado escritor, quien hasta entonces, y aún sigue así, se había dedicado a la noble tarea de la enseñanza y sus diferentes investigaciones de filología inglesa. Como nota personal, podría añadir que en ese último punto me crucé con él en relación a un trabajo sobre anglicismos y nuevas tecnologías, cuestión sobre la que él había escrito a principios de este siglo.


Este primer comentario sirve para encuadrar al encargado de esta obra de título peculiar, La noche en que Frankenstein leyó el Quijote (2012), que viene a recoger una serie de anécdotas literarias, historias vitales o temas comunes en las vidas de diferentes autores, la mayoría de los cuales mundialmente conocidos. Se presenta así la obra a través de diferentes relatos que entremezclan la reflexión del autor con una manera amena de acercar la historia, como ya realiza en sus conocidas novelas. No se trata de un trabajo demasiado florido, pero sí de un gran ejercicio de divulgación que saciará a curiosos, aunque se quedará corto para personas realmente interesadas o auténticos investigadores, a los que Posteguillo reserva una bibliografía final así como numerosas referencias cinematográficas que sirven también como recomendación, mostrando igualmente los conocimientos abiertos de este autor. 

Los capítulos funcionan de manera autónoma, la mayoría siguiendo el esquema de un relato inicial que trata de mantener la incógnita sobre el personaje literario para desvelarlo en la parte final, seguida de un comentario más o menos breve sobre el suceso narrado, normalmente una recreación de lo que pudo suceder realmente. Esta fórmula activará en los lectores el juego de resolver la identidad a través de las pistas que se dan ya desde el título, funcionando perfectamente para estimular y resultar una lectura entretenida a la par que instructiva. Su formato, además, recordará a algunos artículos periodísticos que funcionan en este mismo sentido, cuestión que no nos debe extrañar si descubrimos que gran parte del contenido de este libro vio la luz con anterioridad en el periódico Las Provincias.

No obstante, no es una simple recopilación, sino que encontramos algunos ampliados, artículos nuevos y unas excelentes ilustraciones de Joan Miquel Bennasar y Josep Torres, dejando aparte la sugerente y divertida portada de Alejandro Colucci, aunque esta siga el tópico de confundir al doctor Frankenstein con su creación, cuestión a la que se refiere el propio Posteguillo en uno de los capítulos de la obra.

Adentrándonos en su contenido, tendremos una historia prácticamente cronológica que arrancará desde la ordenación alfabética de bibliotecas hasta el debate creado alrededor de los libros electrónicos, donde observaremos comentarios realmente lúcidos del autor, dejando aparte algún que otro desliz, como la mención a un muñón de Miguel de Cervantes (1547-1616), aún cuando se supone que no perdió la mano, sino solo su movilidad, o su apoyo a la teoría de que Hurtado de Mendoza fue el autor del célebre Lazarillo de Tormes, lo cual no es reprochable, pero sí la falta de mención a otras teorías también bien defendidas, como las que señalan a Alfonso de Valdés. Posteguillo, en el capítulo correspondiente, considera que desconocer al autor de una obra supone una derrota de la literatura, aunque posteriormente concluye en la satisfacción de que ese anonimato permitiera a su vez la supervivencia de autores (anónimos) y obras para la literatura universal, lo que en sí, es una victoria.

Diego Hurtado de Mendoza
De la misma manera, no duda en reflexionar sobre cómo la crítica se empeña en ocasiones en atacar a los autores, pese a su triunfo, muchas veces más importante, con el público, como relata sobre los casos concretos de sir Walter Scott en el capítulo El Ave María de Schubert y la novela histórica, Tolkien en El presidente Eisenhower y la rebelión de un hobbit o J.K. Rowling en El secreto de Alice Newton. Así como reivindica a autores como Galdós o Guimerà, quienes no lograron el Nobel por banales discusiones nacionales ajenas a la auténtica calidad de sus escritos, pero sin menospreciar a Echegaray ni, mucho menos, al dramaturgo Jacinto Benavente, de quien destaca su excelente Los intereses creados (1907), defendiendo de la misma manera la representación teatral, el "Libro en 3D" como dirá, irónicamente, hacia el final del libro. No podemos olvidar tampoco su constante recuerdo hacia el Quijote, obra de la que señala el atractivo que supuso para muchos autores internacionales, entre los que menciona a Mary Shelley.

También se permite Posteguillo criticar a los gobiernos que han provocado grandes pérdidas a esta historia literaria o que trabajaron en pos de oscurecer nuevos escritos, como sucedió con Aleksandr Solzhenitsyn y su Archipiélago Gulag (1973, año de publicación en Francia), donde critica, entre otras cosas, los campos de concentración soviéticos (de la misma manera que Si esto es un hombre, de Primo Levi, hacía con los nazis). No obstante, no se olvida tampoco de las casualidades también relacionadas con políticos que produjeron acontecimientos curiosos, especial mención a Eisenhower en relación a El principito (1943), de Antoine de Saint-Exupéry, o a El señor de los anillos (1954-5), de J.R.R. Tolkien, así como amigos de escritores y editores con cuya ayuda vieron la luz obras como los relatos de Kafka, el discurso en verso de Zorrilla o la famosa saga Harry Potter, ¡por no olvidarnos de los escritores "negros" en el caso de Alejandro Dumas!

Sir Walter Scott, Tolkien, Solzhenitsyn, Raymond Chandler, Galdós y Kafka
Nuestro autor y recopilador de anécdotas nos recomienda a su vez descubrir más allá de este ensayo y crear nuestra propia opinión, invitándonos a descubrir no solo novelas como la desconocida París del siglo XX (1994, año de publicación) de Julio Verne o una ciudad tan literaria como Dublín, sin olvidarse de Joyce con Dublineses (1914) ni de su adaptación Dublineses (Los muertos) (1987), sino también películas, relativas siempre al mundo literario, desde algunas recientes como Anonymous (Roland Emmerich, 2011) hasta las clásicas adaptaciones de las novelas de Raymond Chandler (al que dedica un gran relato en su correspondiente capítulo), con peculiar mención a Humphrey Bogart como Marlowe y su inseparable Lauren Bacall

En definitiva, una lectura amena, que divertirá a los amantes de esas historias curiosas que hay detrás del proceso de la escritura y que, sin demasiada florituras, logra entretener, instruir y reflexionar sobre el mundo literario sin olvidar nunca ni su crudeza ni su lado más divertido.



Para el sábado noche (XXXIX): La ofensa, de Sidney Lumet

18 septiembre, 2014

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Con la llegada del mes de septiembre se produce la vuelta al cole. Pues bien, unas agresiones a escolares son el punto de partida de una trama mucho más densa en La ofensa (The offence, United Artist, 1972), de Sidney Lumet (1924-2011), un extraordinario film policíaco-psicológico, con guión de John Hopkins (1931-1998), de acuerdo con su impactante obra teatral de 1968, titulada This story of yours opened, y retitulada más tarde Something like the truth.

De hecho, La ofensa debe formar parte de ese grupo prestigioso y selecto de películas como M, el vampiro de Düsseldorf (M, Fritz Lang, 1931) o El cebo (Chamartín, Ladislao Vajda, 1958), en las que sobresale la ambigüedad de los representantes del orden, además de la de los propios delincuentes.

Da comienzo el relato con una secuencia introductoria a la que se irán añadiendo capas. En principio, funciona por sí misma, planteando un misterio inicial, del que iremos conociendo más en un segundo acto, la investigación llevada a cabo por el superintendente Cartwright (Trevor Howard); hasta llegar a su esclarecimiento en un tercero.

Secuencia “incompleta” que es un acierto de montaje cinematográfico y que alberga el quiebro final de la historia, en la que se nos mostrará “toda la verdad”. Pero hasta que esta se presenta, tanto el espectador como el protagonista, el inspector Johnson (un contundente Sean Connery), padecen una representación “adulterada”, en lo visual y en lo sonoro (pues la secuencia de apertura constituye una pura cacofonía que culmina con las primeras palabras inteligibles: “Dios mío” - “My God”).

El relato plantea un curioso caso de “proyección”. Algo tan actual y, sin embargo, nada moderno, como esta película demuestra (nuevamente, la década de los setenta se nos presenta como el gran nutriente de muchas producciones posteriores, que rara vez alcanzan a igualar la sordidez del magma original. La memoria es siempre frágil).


En resumidas cuentas, en una ciudad inglesa se han cometido varias agresiones a jóvenes estudiantes. Por ello impera un clima de sobreprotección con respecto a los niños de un colegio situado en las afueras, en extraña comunión con la naturaleza. Lumet muestra varios rostros, incluido uno, inquietante y en interior de un vehículo, al inicio de esta secuencia: ¿se trata de otro policía de incognito o del posible violador?

El inspector Johnny Johnson está encargado del caso junto a otros colegas. La casualidad le pone en contacto con un sospechoso, Kenneth Baxter (Ian Bannen), aunque hay que anotar el hecho de que no ha sido apresado por ninguno de sus hombres. Johnson está seguro de que ha dado con el responsable, y lo cierto es que le proporcionará una pista fundamental.

El personaje del inspector está muy bien delineado. Se trata de un hombre hastiado por la mera sucesión de atrocidades que ha presenciado, un policía atosigado por lo que hizo (agrede al sospechoso) y por lo que es (durante la investigación de los hechos, habla por boca del asesino, aunque no lo sea).


Esta nueva “focalización” narrativa, del esclarecimiento de las agresiones al hastío vital de Johnson, queda expuesta a lo largo de varios momentos de la película, destacando la magistral secuencia entre el policía y su mujer (Vivien Merchant), reflejo de ese vacío existencial. También en esplendidos detalles como que le parezcan idénticas las fotos de dos de las víctimas, o que se vea “sorprendido” por las linternas de sus compañeros cuando ha encontrado a la última de ellas en pleno bosque, por la noche. Todos ellos son momentos magníficamente apoyados por la fotografía de Gerry Fisher (1926), que proporciona un trabajo con textura, solidez; la plasmación visual de esta noche oscura del alma.

Destaca igualmente, y de forma fundamental, el referido entorno. Principalmente ese decorado de edificios feos de hormigón y de estacionamientos que también son idénticos: de hecho, el policía cambia un parking impersonal por otro, de la comisaría a su casa. Estructura, líneas de diálogo, realización y otros apuntes, son aspectos que se ven enriquecidos con un segundo visionado.


Por ejemplo, a lo largo de toda la trama el montaje aplica una serie de encadenados que denotan más el transcurrir del tiempo que el avance de la investigación.

Además, un inserto con la última víctima se corresponde a una fotografía que es significativamente distinta: se muestra en colores más vivos, porque en suma, representa un perturbado refugio frente a la grisura de lo cotidiano.

Escrito por Javier C. Aguilera


El hombre bicentenario, de Chris Columbus

16 septiembre, 2014

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Los nombres de Asimov y Silverberg están ligados a la ciencia ficción en una carrera larga y profunda. No es de extrañar, pues, que a la hora de adaptar sus relatos, estos cobren cierto magnetismo, aunque no siempre a gusto de todos. El hombre bicentenario (Bicentennial Man, Chris Columbus, 1999) abre ambos frentes, por una parte, la crítica la tachó de sensiblera, mientras que, por otra, una gran parte del público la ha encontrado como una hermosa historia y, de nuevo, sobre la condición humana.

NDR-114 (Robin Williams) es un robot de servicio doméstico en un futuro indefinido, aunque más adelante descubriremos que se referían al pasado año 2005, lo cual le hace perder a la película su atemporalidad, entra a formar parte de la familia Martin como un siervo que obedece los tres principios básicos de la robótica.

Sin embargo, su dueño, Richard Martin (Sam Neill), descubrirá pronto que no es un robot cualquiera, sino que está desarrollando sentimientos y una personalidad definida, capaz de tener creatividad al mismo nivel que los humanos.

A partir de esta premisa, seremos testigos de la evolución personal de este robot que, con el tiempo, pasará a ser más humano, sobre todo gracias a las relaciones con la familia Martin: el padre de familia, Richard, que será quien le defienda en su avance, aunque sin llegar a aceptar su libertad de manera completa, Amanda Martin (Hallie Kate Eisenberg/Embeth Davidtz), pequeña miss, quien se llegará a enamorar de él pese a la imposibilidad de ese amor, o Portia Charney (Embeth Davidtz), quien le acompañará en los últimos pasos hacia su humanidad.


La película se define claramente en dos partes, la primera donde el robot pasará de ser un siervo a ser libre, donde se ahondará en los prejuicios o en la esclavitud, y la segunda, donde nos encontraremos en la búsqueda de Andrew por un lugar en el mundo más allá de una vida eterna como robot, insuficiente para alguien que siente, aunque no sea capaz de llorar, reír o dolerse. La maduración de este ser inunda el film, que nada entre el drama con ciertos diálogos que pueden catalogarse de sensibleros, pero que nos dejan frases memorables sobre la condición humana, y un humor blanco, centrado sobre todo en los juegos de palabras y que tiene mucha relación con la forma de entender el mundo desde una manera lógica a la manera más humana. Este mismo humor, que ha sido tachado de excesivamente familiar, también lo encontramos, con más profundidad, en la relación de Spock o con el resto de la tripulación del Enterprise en Star Trek, aunque no es, ni será, el único caso. Podemos tener en cuenta también el film posterior de Steven Spielberg, A.I. Inteligencia Artificial (2001), que explora una historia similar, pero con mayor crudeza y un intento de parecer más profunda.

No hay molestia en un personaje como Andrew, al que vemos madurar, aunque mantenga una actitud similar en casi todo el film, sino más bien en otros personajes que se estancan en clichés, como la hermana mayor de la familia Martin, Grace, el presidente de Northam Robotics, Dennis Mansky (Stephen Root), o el abogado Lloyd Charney, todos ellos mostrándose en contra del robot con actitudes racistas y una mirada de superioridad intelectual que el espectador notará más vacía e inhumana que la positividad de Andrew.


En sí misma, una película que no es oscura, ni profunda en exceso, que cede su importancia a los diálogos y que, pese a su ritmo lento, parece avanzar con rapidez por los años, dejando escapar acontecimientos para centrarse en los momentos esenciales de la vida de este hombre bicentenario. La música de James Horner, acompañada de algunas escenas de fotografía preciosa, funciona perfectamente en un film que no se preocupa en mostrar sentimientos y una vida sencilla, donde hay evolución tecnológica, pero los humanos mantienen sus costumbres más rudimentarias: bailan, se casan, pasean por la playa... y mueren. La profundidad se encuentra en los matices solemnes de esta película que renuncia al efectismo para hablar al corazón.

Chris Columbus sabía bien a lo que se enfrentaba y parecía tener clara la función familiar de esta película. No podemos comentar el nivel de adaptación del relato de Asimov o de la novela escrita por Asimov y Silverberg, por lo que desconocemos su fidelidad o la fuerza de sus escritos, que seguramente sean si no igual de estimulantes, seguramente aún más; no obstante, Columbus ha sido fiel a una marca donde importan los personajes, la familia, la infancia y la evolución personal. Guionista de films como Gremlins (1984) o El secreto de la pirámide (Young Sherlock Holmes, 1985), así como director de Solo en casa (Home Alone, 1990), Mrs. Doubtfire (1993) o las dos primeras entregas de Harry Potter (Harry Potter y la piedra filosofal, 2001; Harry Potter y la cámara secreta, 2002), ha demostrado cierta solvencia en esta clase de cine y una cercanía reconocible por la ciencia ficción o la fantasía.


En definitiva, una película humana, cuyos seguidores recuperarán su visionado con el tiempo para recordar una historia sobre la madurez de la condición humana, sobre sentimientos y sobre los detalles que, sin darnos cuenta, forman parte de nuestra vida y son un don preciado que ignoramos en nuestra cotidianidad. Sensible, sin duda, pero no por ella despreciable.

Escrito por Luis J. del Castillo




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